• 11/01/14
    Como el largo relato de Marcos les contó, hoy tuvimos que despertarnos a las 5h30 para ir al paseo de los elefantes. El mayor desafío del día fue conseguir bañarse (en el baño) al aire libre. La pared lateral es el muro de piedras y el techo es de cañas. Al salir al baño, vi que todavía estaba oscuro, y el sol estaba saliendo. Mejor forma de bañarse, imposible. Por más que no lo crean, me bañé con agua caliente. Prenden el fuego con leña para calentar el agua. Cuando terminé, grité: «Marcos, tenemos un pequeño problema!» Se había formado una laguna en nuestro baño. Marcos gritó impresionado de la situación, y protestó en cómo podría bañarse así. Después que nos vestimos, estamos pronto para el paseo. Cuando vamos a abrir la puerta, aparece Papá corriendo, y preguntando si estábamos listos. Obviamente, se habían acabado de despertar, y no estaban ni cerca de estar listos. Los esperamos por unos 20 minutos. Marcos, entretanto, se estaba volviendo loco por la preocupación si le iban a picar mosquitos, si iba a tener malaria, si se iba a morir. Jajaja. Neurótico. Fuimos a desayunar, y como había pasado en el día anterior, una pareja alemana capeta nos miró con odio, por haber molestado su silencio. Somos Caldas, ¿qué  podemos hacer? Partimos rumbo a ver los elefantes. Arriba del jeep, había «tapaditas», como diría Gonzi (frazadas para los que no saben). Mamá, Gonzi y yo agarramos de primera, y nos tapamos hasta la nariz. 1 hora después, y nada de elefantes. Hasta que el señor para y dice «estamos llegando cerca de los elefantes, ¿alguien quiere ir al baño?». Nadie quiso, y seguimos el camino. De lejos conseguimos ver un elefante. Uau, UN elefante! Avanzamos un poco, y.,. 15 elefantes aparecieron, había desde un bebé de 4 meses, hasta uno grande de 40 años. Nos quedamos más o menos 1h con los elefantes. Y así, entre idas y vueltas, llegamos al hotel a las 11h40. El almuerzo empezaba a la una, pero nos sirvieron más temprano para que pudiéramos partir y no perturbar el almuerzo de los otros turistas. El gerente del hotel empezó a decirle a Gonzi «mini Bieber», y de ahí partió una gran charla sobre Justin. Jajaja. Como siempre. Y así, partimos para Okaukuejo, adentro del Etosha National Park. Llegamos al hotel y no encontrábamos los cuartos, hasta que de lejos vimos los tan buscados W34 y W35. Los cuartos, que en realidad eran unas casitas de 2 pisos, quedaban justo adelante de una laguna, donde varios animales iban a tomar agua, y mucha gente se juntaba ahí para verlos, también conocidos como Water Holes. Por bastante tiempo, nos quedamos mirando los animales. Aparecieron cebras, springboks (muchos!), rinocerontes, jirafas y hasta un elefante. Cada vez que íbamos a ver a los animales, Gonzi empezaba a hablar, y todos le hacíamos «shhhh», pero nada funcionaba. Nos fuimos a dormir, y yo ya preparé el despertador para las 5h30, para que pudiera ver el amanecer, y poder ver algunos animales que posiblemente vendrían a tomar agua antes del calor.

    Agus

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  • Salimos temprano a dar un paseo en catamarán por la bahía. Éramos pocas personas y el capitán no paraba de hacer bromas y hacer comentarios medio desubicados. Vimos pelicanos, delfines, focas (se suben al barco como si nada) y miles de gaviotas. En determinado momento, el ayudante dio de comer a una foca que estaban tan desesperada que se subió a la espalda de Agus, que estaba sentada en el trampolín del catamarán. Ella estaba feliz, después de todo, no es todos los días que te abraza una foca. En el viaje de vuelta, sirvieron unos aperitivos y champán. Parece que acá asocian turismo con champán porque a cualquier hora y en cualquier lugar, te ofrecen la bebida. Al llegar al muelle, almorzamos algo rapidito porque a las 12.30 h venían a buscarnos para pasear por las dunas. La espera se extendió un poco pero a las 13.30 h, llegó Hermann en su Land Rover y nos llevó a pasear por la orilla del mar y después de algunas paradas, nos dejó subir a las dunas. Es impresionante el paisaje y la experiencia. El camino de vuelta fue todo por la cima de las dunas. Nos divertimos mucho. Hermann nos hizo un par de bromitas así que andábamos con cuidado. Consejos diversos: Nunca te distraigas porque puede esperarte una bajada abrupta y nunca comas ninguna hierba verde que te ofrezca el guía. Puede dejarte un sabor horrible.

    Llegamos al hotel a eso de las 18 h. Después de bañarnos, salimos a cenar y a la cama. Hoy partimos rumbo a Damarland. Será que conseguimos ver elefantes? Más noticias en el próximo boletín. Algo es seguro: a partir de ahora, tenemos que empezar a usar repelentes y tomar más precauciones concretas.

    PS: Estoy tratando de subir las fotos por Google. Mando noticias si consigo. Besos desde Swokopmund!

  • Ya recorrimos 1000 km de este viaje tan diferente. No sé realmente cuántos faltan. Hoy va a ser un tramo complicado porque son más 410 aproximadamente de ruta de ripio que se hace mucho más despacio. Después, queda un recorrido por el medio de un parque y más allá.. ruta asfaltada. El día 12 del viaje salimos de Sossusvlei cerca de las 11 h. No se imaginan el estado de las valijas después del recorrido por rutas de ripio: totalmente llenas de polvo. Cruzamos alguna jirafa, órix y algún avestruz. Cerca de Walvis Bay, nos paró una viejita en la ruta. Por su cara de susto, pensé que estaba con alguien enfermo en la ruta. Lo único asustador fue que la señora saliera de la ciudad sin mapa. Quería ir a la playa y estaba dirigiéndose rauda y veloz justamente para el otro lado: el desierto. Nos siguió y solo aceleramos cuando tuvimos la confirmación que la abuelita iba en dirección correcta.

    Llegamos a Walvis Bay, el puerto de entrada y salida de todos los productos para Namibia. Es pequeña pero en comparación con las ciudades visitadas es una metrópolis. Almorzamos en un restaurante junto a la playa: The Raft. Nos asustó un joven que nos ofrecía lavar la camioneta pero no conseguíamos entender cuánto cobraría. El servicio fue lento y el mozo estaba muy distraído. Llegamos al hotel en Swakopmund, a 25 km poco después del almuerzo. Esta ciudad de origen alemán es donde los namibios vienen a pasar sus vacaciones. El movimiento es poco y no hay edificios. Apenas casitas bajas. Llegamos al hotel medio estropeados pero ilusionados con la civilización. Para nuestra sorpresa, Internet no funcionaba. Tenían que ver la cara de Agustina dispuesta a conectar cuanto aparato electrónico carga en la cartera. Cenamos muy cerca del hotel. Excelente comida en un restaurante con forma de barco remolcador. La vuelta caminando fue un poco asustadora. En la calle no había un auto. Apenas una joven que andaba por la vereda. Estaba cuando pasamos a la ida y estaba a la vuelta. Estoy tratando de subir fotos pero Internet se niega. Hace 20 minutos que dejé subiendo y estoy en 0%.

  • Despertarse temprano fue muy complicado. Todos querían dormir, pero teníamos que encontrarnos con los empleados de Dunas Safari, en Windhoek, Namibia. El hotel era muy simpático, una guesthouse. Las habitaciones bien arregladas y todo en perfectas condiciones. A las 8, papá comenzó a conversar con los tipitos. Entre los temas de conversación estaban: el auto (que tuvieron que cambiar de modelo; nada de carrito), las rutas que tendríamos que tomar, unas curiosidades y unos tips para el futuro. Ciertas cosas, mientras escuchábamos los señores, nos preocupaban. Muchos de los consejos eran sobre el primer tramo en Namibia, Windhoek-Sossusvlei. Sossusvlei es un lugar que queda cerca del desierto Namib, el desierto naranja. El tramo que íbamos a recorrer era de 320 km, pero 318 eran de rutas de ripio. El auto que la empresa nos alquiló era una Toyota Hilux…excelente, porque era 4×4, entonces ningún problema. Yo me puse a analizar el mapa y recordaba con temor cada uno de los consejos…pero estábamos en África, la aventura comenzaba. Los primeros quarenta quilómetros tuvimos que prestar atención, porque había un punto, una bifurcación de las rutas C26 y la ruta D1982. Los locales consideraban ese local como una » ratoeira», o una trampa para ratas. Lo aconsejado era continuar por la C26, pero si entrábamos en la D1982 (considerada por nosotros como la «Demonio1982″) podíamos quedarnos en grandes problemas, o como nos dijo el guía » se entras na D1982m estás perdido». Después de pasar el primer desafío de Hércules, teníamos que pasar el segundo, «el paso de la D1275». Pero antes de eso, disfrutamos de los maravillosos paisajes realmente africanos, con las savanas y las planicies infinitas. Las rutas eran perfectas, no obstante sean de ripio, de gravilla suelta, entonces la pasamos bomba, sin problemas en el auto y todos admirados con la África diferente de Sudáfrica. El segundo desafío era un desfiladero muy inclinado, pero que no pasaba de algo común para nosotros, después de tantos kilómetros recorridos. Los guías nos habían dicho que este desfiladero era muuuuuuuuy peligroso, pero en realidad era un motivo de risa adelante de la gran experiencia de papá. El viaje fue calmo, y la única preocupación que teníamos por delante era un lugar para comer. Para que sepan, Namibia es el país con la menor densidad poblacional del mundo. O sea, muy poca gente, para un lugar tan grande. Namibia tiene 2 millones de habitantes, nada más. Los únicos lugares para comer eran: Solitaire y Sesriem. Solitaire era una ciudad de cien habitantes, máximo. Había un restaurante, una panadería y una estación de servicio que era lo principal de Solitaire. Esta pequeña ciudad nos hizo pensar acerca del mundo que nos rodea, de cuánto hay por conocer, y cómo nos podemos aventurar por el mundo. Solitaire era realmente solitaria, en el medio del desierto, de la nada misma, o como Gonzi diría: en Capetalandia. Después de comer una hamburguesa riquísima, la más rica de Solitaire, (tal vez de en un rayo de 500 km, que no hay, literalmente, nada) continuamos nuestro trayecto hacia el hotel. El último pueblo que vimos fue Sesriem, parecido a Solitaire. El descanso estaba a 25 km. Podemos decir que el nuestro hotel estaba en el medio de la nada, quedaba alejado de todo. Pero tuvimos una gran sorpresa. El hotel era impresionante. Está buenísimo. El lugar tiene forma de un fuerte, un pequeño castillo. Todo muy lindo y organizado. Las habitaciones eran raras, pero el nuestro  nos hizo olvidar de cualquier molestia. El servicio es excelente, con los empleados más cariñosos y amigos del mundo. Nos ayudaron en todo y también planearon un paseo en globo, sobre el desierto Namib, pero a las 5h30 de la mañana. Iba a ser excelente, pero duro de levantarse. La cena también fue riquísima y tuvimos muchas sorpresas. Primero, nos dimos cuenta de lo chico que es el mundo: había una pareja argentina en el restaurante del hotel que vivía en Buenos Aires. Nos encontramos en Namibia, en Namibia, impresionante. Otra de las sorpresas fue la fauna del desierto, que también vimos durante el recorrido. En la noche oscura vimos tres Orix, que son como «caballos del desierto», con cuernos rectos y color gris, y también vimos una lechuza gigante, que nos hizo una visita al restaurante. Papá nos decía que estábamos en el castillo de Hogwarts, con las lechuzas que mandan las cartas. Otros animales que vimos fueron los Kudu (pequeños ciervos), que fueron la comida de Agus, Papá y Gonzi, también vimos tres elegantes girafas, que estaban libres y no doradas como en los zoológicos, y las avestruzes que paseaban en el desierto árido, seco y inhóspito. Las vistas eran impresionantes. Y la última sorpresa, pero nola menos importante, fue el cielo más estrellado que vimos en el mundo. Fuera de la civilización, del mundo rápido, imparable, vimos aquellas lindas estrellas paradas, pero tan encantadoras. El cielo estrellado cerró el día de la mejor manera y nos hizo pensar de como todo esto valió la pena, mismo que tuviéramos que recorrer cientos de kilómetros y millares de aventuras.