Salida: 9.30 h – Llegada: 5.10 am (08/01/16) – Distancia: 809 km – Total acumulado: 4965 km

Despertamos temprano, el viento del Lago Fagnano bajó un poquito y el sol ya estaba radiante. Teníamos un largo tramo que hacer. Desde Tolhuin a Puerto Natales íbamos a recorrer rutas con mucho viento, balsa, paradas y rutas de ripio interminables.
A las 7.00 h, nos despertamos y empacamos. Tomamos el desayuno casi solos en el salón e hicimos todo lo más rápido posible para salir temprano. Sabíamos que llegaríamos tarde, pero todo iba normal. Hicimos el check out y ordenamos todo en los baúles.
Volvimos por la ruta 3, pero hoy sería el último día que recorríamos los maravillosos caminos que nos trajeron desde la Quinta a Ushuaia. Los primeros kilómetros transcurrieron con normalidad. A medida que nos acercábamos de Río Grande, sentíamos los problemas del viento del verano de Tierra del Fuego. Fuerte como nunca. Lo que es normal para esta región, pero la VeraCruz lo sentía. Bravamente, cruzaba la ruta 3 con vientos de 70 km/h. Hicimos los kilómetros hasta Río Grande, y en lo que sobró del puerto Caleta La Misión paramos porque Papá quería sacar unas fotos y mirar atentamente lo que dejaron del puerto hace unos dieciséis años. Papá y yo salimos del auto, el viento ni nos dejaba abrir las puertas. Caminar en línea recta era un desafío. Casi no nos manteníamos en pie. Quedamos ahí un ratito para poder recuperar algunos momentos de aquel pasado.
Veinte minutos después estábamos de nuevo en la ruta 3. Media hora después, llegamos al paso San Sebastián. Hicimos los trámites en el lado argentino de forma rápida y después en el lado chileno, que fue más lento. Mucha burocracia. Otra vez en la ruta, pero ahora de ripio. En vez de cometer el error de la ida, tomamos la ruta que estaba en obras y no la vieja, que nos hizo tardar años en llegar.
En los primeros kilómetros, todo aparentaba estar mejor que en la otra. Era más lisa, con menos piedras sueltas y más compactada. Seguimos camino. Como me seguía doliendo, un poquito, la cabeza, me volví a dormir en el camino. De repente, escucho que Papá me llama y veo la ruta asfaltada. Era como el Santo Grial. Volvimos de los 50 km/h a los clásicos 130 km/h. Y así fue por unos 40 km. Hasta que la nuestra ilusión terminó. La ruta de hormigón había terminado y volveríamos al ripio. Estaba mal cuidada y horrible para la VeraCruz. Y lo gracioso es que la ruta en obras estaba casi terminada, y tuvimos que seguir el camino mirando con envidia la ruta lisita y lista para ser usada. Qué rabia, pero hasta aquel momento el camino que elegimos había sido mucho mejor que el de la ida.
Seguimos camino hasta el Puerto Espora. Llegamos a eso de las 15 h y había una fila enorme de autos. De hecho, según decía la radio el sistema de balseo estaba suspendido por el viento ya que no era posible atravesar en esas condiciones el Estrecho de Magallanes.
Bueno, esperamos y las horas iban pasando. Conocimos los baños, la confitería, un puesto de información. La radio solo repetía «El balseo está suspendido por condiciones climáticas». Bosta. Y así continuaba. Papá contó 123 vehículos antes de nosotros. Atrás era imposible saber; la fila seguía hasta perderse en el horizonte. No habíamos almorzado entonces a las 18.15 h, Mamá y Agus fueron a comprar algo en la confitería, pero la fila era kilométrica. Gonzi, Papá y yo nos quedamos en el auto. Esperamos, esperamos, y el viento no quería disminuir. Constante y fuerte. Sólo las gaviotas nos hacían distraer por unos minutos. Una hora y media después, las dos llegaron caminando contra el viento con sandwiches y papitas para comer como almuerzo. Y así fue, comimos y nos «divertimos» por media hora. Decían que la previsión para la vuelta del sistema de balseo era a las 20.00 h o 21.00 h. Decidimos llamar al hotel de Puerto Natales porque no íbamos a llegar en el horario previsto. Esperamos y esperamos dentro del auto. El viento comenzó a calmar y las 22.00 h los primeros autos comenzaron a moverse. Fue un alivio salir del lugar. Las dos primeras balsas habían llegado y estábamos andando en la fila, ya cerca del muelle. Finalmente, el mensaje «el sistema de balseo transcurre con normalidad por el Estrecho de Magallanes». Eran las once y seguíamos en la fila. Y el tiempo pasaba, hasta que vimos las luces de la balsa acercándose lentamente. Y lentamente llegó. A medianoche, la balsa atracó y entramos. No hubo ruidos en el equipamiento trasero. En la oscuridad del Sur de Tierra del Fuego, cruzamos el Estrecho de Magallanes y nos despedíamos de Tierra del Fuego. Las olas y el viento irrumpían en la balsa y la mecían. Los ruidos de la madre naturaleza. Encima, como fuimos uno de los primeros en entrar, estábamos en la punta delantera de la balsa, y por eso, con las olas y todo eso nos movíamos más. Sentíamos con más fuerza las corrientes y el viento el Estrecho. Fueron treinta minutos de puro terror. La balsa se balanceaba y las olas mojaban el deck. Había un señor que fue hacer algo afuera del auto, y cuando se estaba acercando a su auto, rompió una ola y lo empapó. Una verdadera ducha de lluvia salada. Nos reíamos a carcajadas, pero al mismo tiempo teníamos miedo de lo que podía pasar. En el medio del viaje, apagaron las luces y todo estaba oscuro. El silencio cobró vida. Lo único que escuchábamos eran los crujidos del barco, las olas y el viento. Nadie decía nada. Fueron minutos asustadores. Al acercarse al muelle, el barco sintió el poder del viento. Sacudón, se prendieron las luces y los primeros autos descendieron. Como el viento era fuerte, la balsa no se estabilizaba y la rampa se movía de un lado al otro. Los autos bajaban y pasaban por el agua de mar porque había agua entrando por la rampa. Y seguían saliendo, lo más rápido posible, probablemente del miedo y de la desesperación de escapar de esa situación asustadora. De repente, un anuncio en los parlantes indica que cierren la rampa y nosotros casi a punto de salir. La balsa volvió a posicionarse, hamacándose con la fuerza de las olas y el viento. Cuando volvió a atracar, bajaron la rampa y continuó el descenso. Nosotros éramos uno de los últimos en salir. Nos dieron la señal, alineamos la trompa del auto y salimos lentamente para no raspar el Thule. El auto se mojó con el agua del Estrecho de Magallanes y no hubo otra, fue el peor raspón de todo el viaje. Al escuchar el ruido, Papá aceleró y salimos lo más rápido posible. Arena y agua volaban y el único ligar seguro era al final de la rampa. Verificamos todo y volvimos a la ruta.
Había otro problemita ahora: el GPS no prendía. Estábamos sin navegación. A los papeles otra vez. En la oscuridad, usando la linternita comenzamos nuestro largo viaje a Puerto Natales, 330 km de ruta normal. Era la 1.15 de la mañana. Otro tema es que, mientras andábamos por la ruta, estábamos con poca nafta o bencina, como dicen los chilenos. Y seguíamos y no encontrábamos cualquier estación de servicio. Papá decidió que era mejor volver y hacer 100 km más hasta Punta Arenas. Llegamos a la estación de servicio y llenamos el tanque. Lo que supimos es que esa estación era la única en el «camino» a Puerto Natales. Si hubiéramos continuado, nos habríamos quedado parados con las liebres y los guanacos. Volvimos a la ruta nacional 9 de Chile y ahora sí sin paradas hasta Puerto Natales.
El tramo fue largo, con todos durmiendo menos Papá y yo (¡qué bien!, ¿no?) y los kilómetros bajaban, las liebres cruzaban la ruta como Kamikazes y empezaba a amanecer. Después de tres horas, cansados y ya con el sol sonriéndonos otra vez, llegamos a Puerto Natales. Sin GPS, tuve que sacar mis habilidades de navegación y explorar la pequeña y pacata de ciudad de Puerto Natales. Calle por calle, íbamos acercándonos al hotel. Después de mucha desconfianza sobre mi navegación, llegamos a la calle Sarmiento del hotel. Nos abrieron los dueños con cara de sueño, pero descargamos y dormimos como piedra. Decidimos despertarnos a las nueve, de ahí a cuatro horas. Moraleja del día: todo lo que podía fallar, falló.