El vuelo de Rio de Janeiro a Londres dura 11 h y algunos minutos. Los aviones son cómodos y tienen sistema de entretenimiento individual, pero nada de eso ayuda cuando se te cae la cabeza cuando estás durmiendo, tu hijo reclama que no tiene espacio suficiente o el comisario de abordo pasa tres veces para ver si tenés el cinturón de seguridad puesto. Nada grave, claro. Llegamos a la terminal 5 del aeropuerto de Heathrow con 3 grados negativos de temperatura. Dicen que es el aeropuerto con mayor tráfico del mundo y se nota. Una estructura impresionante, con miles de controles, ascensores, cintas transportadoras y anuncios. Las valijas fueron despachadas directamente a Berlín y sabíamos que teníamos más de cuatro horas de espera, así que nos acomodamos en los asientos de la sala de espera. Cuando ya no sabíamos cómo sentarnos, salimos a caminar por los locales, volvimos al baño, nos conectamos a Internet y cuando conseguimos lugar en las mesas del barcito, nos sentamos a comer. Las pantallas anunciaban que nuestro vuelo estaba atrasado. Por suerte, no fueron más que 30 min y a las 19 h local, estábamos sentaditos en el vuelo BA988 rumbo a Berlín. Llegamos como a las 22 h y al salir de la manga uno se encuentra con el control de migraciones. Minutos después y apenas a unos pasos de distancia: la cinta transportadora. ¡Uau! Muy Europa. 10 min después y ni un movimiento; apenas la gente acumulándose alrededor de la cinta. 15 min y nada. Nadie se queja, nadie reclama, todos esperan con resignación. Vamos a buscar un carrito y vemos que el sistema para retirar los carros, es como en Portugal; es necesario colocar una moneda de 1 EUR para liberar el carrito y al devolverlo, se encaja una pieza en el último carrito de la fila que libera 1 EUR. No teníamos ni 0,50 centavos de cambio. Miramos nuevamente y el primer carrito está mal encajado. ¡Qué raro! Miramos con más atención. ¡La moneda que traba los carritos es una de 0,50 centavos de Real! Tenían que ser de América del Sur. Resignados a cargar las valijas seguimos esperando. Más 10-15 min y la cinta comienza a moverse. Con temor, vamos contando… faltan 4, faltan 3, falta 2… listo, podemos irnos con todas nuestras valijas. Salimos a las 23 h del aeropuerto de Tegel en taxi. El hotel queda a apenas 9 km de este aeropuerto. Alivio, falta poco. O eso parece. Al llegar al hotel (http://www.melia.com/es/hoteles/alemania/berlin/melia-berlin/index.html), nos dicen que tenemos 4 camas y no 5. Podría arreglarse fácilmente, pero surge la infaltable discusión con la recepcionista. Más o menos que nos sugiere ir a otro hotel… subidas de voz, intercambios incómodos en idiomas mezclados y aparece otro recepcionista más atento y paciente que nos consigue agregar una cama. ¡Aleluya! Estamos instalados. Es la hora de dormir, pero Gonzi pregunta si no hay cena en este lugar. Pobre, es el que peor la pasa en el sector comidas. En el hotel dicen que la cocina cerró, pero que hay restaurantes cerca y ahí, 23.15 h de la noche berlinesa, la familia Caldas sale con -6° C a buscar comida. Nos sugieren un restaurante a unas 5 cuadras. Con cierto recelo y frío, salimos. Casi todo está cerrado pero el restaurante sugerido, Berliner Republik (http://www.die-berliner-republik.de/en/) nos recibe con comida típica y un mozo que habla inglés. Comentamos que solo a nosotros se nos podía ocurrir andar por esta ciudad a la noche, a pie y con las calles nevadas. Volvimos al hotel a las 2 h hora local y caímos rendidos en las 5 camas.
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Destino final: Río de Janeiro
Salimos de São José dos Campos cerca del mediodía. Después de la lluvia del miércoles, el rack estaba muy bajo y algunas luces no funcionaban, pero a esta altura de los acontecimientos, solo nos quedaba seguir. Paramos a almorzar en Penedo, a unos 160 km de Río. Filipe había leído en la guía de viajes que había un restaurante donde pescabas tu trucha y te la cocinaban. Subimos una callecita medio asfaltada y medio de tierra hasta llegar al lugar, en medio de una selva frondosa. (Exageraciones mías, según Filipe). El restaurante era muy chiquito, con un estanque lleno de truchas nadando en círculos. Ahí te daban una cañita con un anzuelo y carnada. Las truchas caían en pocos segundos. Pesan los pescados y a la cocina. Fue divertido y muy rico. Mientras esperábamos la comida, se largó a llover y no paró hasta unos 70 km de llegar a Río. Parecían bolsones de agua que caían del cielo, eso sumado a la cantidad de agua acumulada en la ruta hacía que por momentos no se viera nada. En la entrada a la ciudad (Av. Brasil), el tráfico se detuvo. Hasta salir de la Linha amarela, mucho tráfico, lleno de las imprudencias típicas de los conductores de esta ciudad. Llegamos a las 20.15 h como les contaba en el mensaje anterior. Nos esperaba Cida con la cena lista y todo muy ordenado. ¡Te queremos, Cida!
Gonzalo gritaba de alegría: «É minha casa. É minha casa!». Entiendo perfectamente esa alegría porque -en cierto modo- todos sentíamos lo mismo. Corrió por todos lados, abrió y cerró puertas, no conseguía parar de tanta excitación. Cenamos en calma y empezamos a desarmar las valijas. Nadie tenía sueño. Gonzalo cayó rendido cerca de la 1 de la madrugada. Marcos y Agus, casi a esa misma hora.
Con una mezcla de cansancio y felicidad, estamos de vuelta en casa. Fueron 3356 km en 16 días; 3 países, 5 hoteles, no sé cuántos restaurantes (ni qué hablar de todos los baños) y unas cuantas anécdotas.
Un abrazo enorme para todos los lectores del blog y para todos los que no pudieron leer, pero que nos acompañaron a través de mensajes, llamados y contactos diversos.