Sentí que la semana previa al viaje fue como ponerse zapatillas y correr, correr y correr. Las mil listas de cosas típicas de preparar un viaje se mezclaron con sorpresitas como que el auto se muriera al salir del estacionamiento, que la persona que te ayuda salga corriendo para el hospital o que el proyecto en el que estás trabajando se complique de la nada.
El sábado 13 nos levantamos temprano y corrimos, corrimos y corrimos. Río de Janeiro nos despidió con lluvia. Resolvimos pasar por la sala vip de Gol y tuvimos la clásica discusión entre el empleado y Filipe. No teníamos mucho tiempo pero no sería un viaje ‘clásico’ sin esa entrada en calor.
No tengo muchas historias sobre el vuelo; simplemente, me dormí. Me sorprendió la falta de paciencia de las azafatas y el desorden que dejaron los pasajeros en el baño y en la cabina del avión. Es como si cada vez fuera peor. No entiendo cómo las personas pueden dejar vasos de plásticos, paquetes de papas fritas y servilletas en el piso del espacio que ocuparon durante 9 horas. La situación del baño dispensa relato.
Aterrizamos a las 9.15 h del horario de Lisboa. Caminamos un poco por el aeropuerto y pasamos Migraciones. El aeropuerto está diferente. Se nota la modernización. Hay mucho movimiento de gente por todas partes. Entramos a la sala de TAP porque tenemos unas cuantas horas de espera hasta la próxima etapa. Filipe ronca, aunque jura que es mentira. Gonzalo intenta dormir. Me acomodo en la silla y tengo sueño, pero tampoco consigo descansar. Ahora son las 12.40 h. Me faltan las cuatro horas de diferencia del huso horario; la luz prendida, las conversaciones en diferentes idiomas y el silloncito no me están ayudando.

(13 de julio de 2024)