Despertarse temprano fue muy complicado. Todos querían dormir, pero teníamos que encontrarnos con los empleados de Dunas Safari, en Windhoek, Namibia. El hotel era muy simpático, una guesthouse. Las habitaciones bien arregladas y todo en perfectas condiciones. A las 8, papá comenzó a conversar con los tipitos. Entre los temas de conversación estaban: el auto (que tuvieron que cambiar de modelo; nada de carrito), las rutas que tendríamos que tomar, unas curiosidades y unos tips para el futuro. Ciertas cosas, mientras escuchábamos los señores, nos preocupaban. Muchos de los consejos eran sobre el primer tramo en Namibia, Windhoek-Sossusvlei. Sossusvlei es un lugar que queda cerca del desierto Namib, el desierto naranja. El tramo que íbamos a recorrer era de 320 km, pero 318 eran de rutas de ripio. El auto que la empresa nos alquiló era una Toyota Hilux…excelente, porque era 4×4, entonces ningún problema. Yo me puse a analizar el mapa y recordaba con temor cada uno de los consejos…pero estábamos en África, la aventura comenzaba. Los primeros quarenta quilómetros tuvimos que prestar atención, porque había un punto, una bifurcación de las rutas C26 y la ruta D1982. Los locales consideraban ese local como una » ratoeira», o una trampa para ratas. Lo aconsejado era continuar por la C26, pero si entrábamos en la D1982 (considerada por nosotros como la «Demonio1982″) podíamos quedarnos en grandes problemas, o como nos dijo el guía » se entras na D1982m estás perdido». Después de pasar el primer desafío de Hércules, teníamos que pasar el segundo, «el paso de la D1275». Pero antes de eso, disfrutamos de los maravillosos paisajes realmente africanos, con las savanas y las planicies infinitas. Las rutas eran perfectas, no obstante sean de ripio, de gravilla suelta, entonces la pasamos bomba, sin problemas en el auto y todos admirados con la África diferente de Sudáfrica. El segundo desafío era un desfiladero muy inclinado, pero que no pasaba de algo común para nosotros, después de tantos kilómetros recorridos. Los guías nos habían dicho que este desfiladero era muuuuuuuuy peligroso, pero en realidad era un motivo de risa adelante de la gran experiencia de papá. El viaje fue calmo, y la única preocupación que teníamos por delante era un lugar para comer. Para que sepan, Namibia es el país con la menor densidad poblacional del mundo. O sea, muy poca gente, para un lugar tan grande. Namibia tiene 2 millones de habitantes, nada más. Los únicos lugares para comer eran: Solitaire y Sesriem. Solitaire era una ciudad de cien habitantes, máximo. Había un restaurante, una panadería y una estación de servicio que era lo principal de Solitaire. Esta pequeña ciudad nos hizo pensar acerca del mundo que nos rodea, de cuánto hay por conocer, y cómo nos podemos aventurar por el mundo. Solitaire era realmente solitaria, en el medio del desierto, de la nada misma, o como Gonzi diría: en Capetalandia. Después de comer una hamburguesa riquísima, la más rica de Solitaire, (tal vez de en un rayo de 500 km, que no hay, literalmente, nada) continuamos nuestro trayecto hacia el hotel. El último pueblo que vimos fue Sesriem, parecido a Solitaire. El descanso estaba a 25 km. Podemos decir que el nuestro hotel estaba en el medio de la nada, quedaba alejado de todo. Pero tuvimos una gran sorpresa. El hotel era impresionante. Está buenísimo. El lugar tiene forma de un fuerte, un pequeño castillo. Todo muy lindo y organizado. Las habitaciones eran raras, pero el nuestro nos hizo olvidar de cualquier molestia. El servicio es excelente, con los empleados más cariñosos y amigos del mundo. Nos ayudaron en todo y también planearon un paseo en globo, sobre el desierto Namib, pero a las 5h30 de la mañana. Iba a ser excelente, pero duro de levantarse. La cena también fue riquísima y tuvimos muchas sorpresas. Primero, nos dimos cuenta de lo chico que es el mundo: había una pareja argentina en el restaurante del hotel que vivía en Buenos Aires. Nos encontramos en Namibia, en Namibia, impresionante. Otra de las sorpresas fue la fauna del desierto, que también vimos durante el recorrido. En la noche oscura vimos tres Orix, que son como «caballos del desierto», con cuernos rectos y color gris, y también vimos una lechuza gigante, que nos hizo una visita al restaurante. Papá nos decía que estábamos en el castillo de Hogwarts, con las lechuzas que mandan las cartas. Otros animales que vimos fueron los Kudu (pequeños ciervos), que fueron la comida de Agus, Papá y Gonzi, también vimos tres elegantes girafas, que estaban libres y no doradas como en los zoológicos, y las avestruzes que paseaban en el desierto árido, seco y inhóspito. Las vistas eran impresionantes. Y la última sorpresa, pero nola menos importante, fue el cielo más estrellado que vimos en el mundo. Fuera de la civilización, del mundo rápido, imparable, vimos aquellas lindas estrellas paradas, pero tan encantadoras. El cielo estrellado cerró el día de la mejor manera y nos hizo pensar de como todo esto valió la pena, mismo que tuviéramos que recorrer cientos de kilómetros y millares de aventuras.