El último día del año 2013 y una ciudad bellísima, que combinación excelente. Como siempre, la familia Caldas se despierta tarde, de acuerdo con la hora local. El jefe del viaje nos dijo que nos levantáramos a las 7:30 para encontrarnos con Manim. Nosotros cuatro estábamos listos para una nueva aventura y el señor Felipe, durmiendo en los brazos de Morfeo, como un lindo bebé. Bueno, después de salir en dirección a Table Mountain (el marco geográfico más importante y famoso de Cape Town) nos desviamos en dirección al puerto, nuevamente. Nos decían que el MussuloIII ya había partido, pero papá insistía: «quiero ver el puerto y conocer». Como simples escuderos del nuestro amo Quijote, fuimos hasta el puerto, y adivinen quién estaba allá, el barco y tooooda su tripulación. Nosotros quatro pensamos: «¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!» Para quienes no se imaginan el resultado, les cuento: quedamos los 4 sentaditos al sol, mientras él conversaba y tomaba unas cervecitas con el capitán y su tripulación, gente la cual no teníamos idea de quiénes eran. Después de esperar una hora bajo el sol capetoniano, infelices, sedientos, con los brazos quemados y aburridos del ambiente del barco, papá, finalmente, nos liberó de aquel lugar. Pero faltaba una cosa, pero tan inútil, tan insignificante, tan, digamos, innecesaria: el auto. Papá no se acordaba dónde estaba el auto, literalmente, había perdido el auto. Caminamos por los dos pisos del estacionamiento y nada de la combi gigante, que supuestamente era fácil de encontrar. ¿Cómo perder algo tan grande como una combi? ¡Impresionante! Sólo a los Caldas les pasa esto. Tan extraña era la situación que pedimos ayuda a los guardias. Papá lo niega pero anduvimos ida y vuelta por un piso que no era el correcto y después de veinte minutos de caminar por el estacionamiento encontramos a nuestra querida amiga.
El viento soplaba como nunca y nuestras esperanzas caían. El teleférico para subir a la Table Mountain cerraba en caso de vientos muy fuertes. Cuando llegamos a la estación, nuestras predicciones se confirmaron: no subimos a la montaña y apenas quedamos mirando el paisaje al nuestro alrededor.
Ya eran las cuatro de la tarde cuando decidimos ir a comer. Cuando llegamos al V&A Waterfront, todos los locales estaban cerrando por lo del Año Nuevo. Suerte que uno de los amigos de Manim nos ayudó y consiguió un lugar para comer. Después subimos a la rueda gigante, Cape Wheel, una rueda gigante en Waterfront. Muy lindo.
Volvimos a casa y nos preparamos para la gran noche de fin de año. La invitación era a las 19 h pero como siempre, llegamos tarde. Solo que esta vez fue como 4 horas después del inicio. A las once y cuarto, todos nos miraban raro («estos tipos que llegan tarde»). Teníamos, al menos, una explicación para nuestro atraso: había kilómetros de tráfico y un auto se prendió fuego… Asustador, «a visão do inferno, do capeta…» Saludamos a todos y observábamos las diversas situaciones de la fiesta. Las raras danzas locales nos impresionaban, y también toda la gente borracha con las celebraciones del Año Nuevo. La fiesta fue muy simple. Poca comida, pocas sillas y mesas y un panorama de los fuegos muy limitado. Fue un fiasco. Y lo peor, nosotros salimos a las dos de la mañana del Waterfront (el local de la fiesta) y el tráfico estaba intenso, porque estábamos en el centro, donde eran todas las celebraciones. Deberíamos haber llegado al hotel en 20 minutos y sin embargo, tardamos una hora y media, tremeeeeendo. Al llegar al hotel, todos durmiendo y probablemente cansados para el día siguiente.
Apesar de todo, un nuevo año comenzó y muchas gracias a todos, las aventuras continuarán en 2014, y buen año.