El vuelo de Lisboa a Roma salió con 45 minutos de atraso. Llegamos a Fiumicino cansados. A pesar de que ya eran las 20.00 h, todavía había luz solar. En esta época, el sol desaparece a eso de las 21.00 h.
Nos esperaba Pietro, un chofer conversador que mezclaba español e italiano. Aunque había tráfico, en 30 minutos estábamos en el Airbnb, ubicado a unos 100 m de Via Aurelia, una avenida que se extiende desde el centro de la ciudad y sigue hacia el oeste, pasando por varios barrios y áreas suburbanas antes de salir de la ciudad.
Dejamos las valijas y nos fuimos a cenar a la casa de Carina, a unos 300 m del departamento. Se había hecho tarde, pero se pasó el cansancio y el sueño con la alegría del encuentro. Después de todo, yo había encontrado a Cari y a Gabriel hacía dos años, pero los chicos y Filipe no se veían hacía mucho más tiempo.
No sé hasta qué hora nos quedamos charlando. Volvimos caminando a las 2 h y pico. Poco tráfico y una persona atravesando la avenida que además nos dio las buenas noches.
Sentí que la semana previa al viaje fue como ponerse zapatillas y correr, correr y correr. Las mil listas de cosas típicas de preparar un viaje se mezclaron con sorpresitas como que el auto se muriera al salir del estacionamiento, que la persona que te ayuda salga corriendo para el hospital o que el proyecto en el que estás trabajando se complique de la nada.
El sábado 13 nos levantamos temprano y corrimos, corrimos y corrimos. Río de Janeiro nos despidió con lluvia. Resolvimos pasar por la sala vip de Gol y tuvimos la clásica discusión entre el empleado y Filipe. No teníamos mucho tiempo pero no sería un viaje ‘clásico’ sin esa entrada en calor.
No tengo muchas historias sobre el vuelo; simplemente, me dormí. Me sorprendió la falta de paciencia de las azafatas y el desorden que dejaron los pasajeros en el baño y en la cabina del avión. Es como si cada vez fuera peor. No entiendo cómo las personas pueden dejar vasos de plásticos, paquetes de papas fritas y servilletas en el piso del espacio que ocuparon durante 9 horas. La situación del baño dispensa relato.
Aterrizamos a las 9.15 h del horario de Lisboa. Caminamos un poco por el aeropuerto y pasamos Migraciones. El aeropuerto está diferente. Se nota la modernización. Hay mucho movimiento de gente por todas partes. Entramos a la sala de TAP porque tenemos unas cuantas horas de espera hasta la próxima etapa. Filipe ronca, aunque jura que es mentira. Gonzalo intenta dormir. Me acomodo en la silla y tengo sueño, pero tampoco consigo descansar. Ahora son las 12.40 h. Me faltan las cuatro horas de diferencia del huso horario; la luz prendida, las conversaciones en diferentes idiomas y el silloncito no me están ayudando.
El sábado 15 temprano metimos todo en las valijas. Ya había cierta dificultad porque uno va comprando cositas y todo ocupa lugar. Cerrar las valijas no es tan simple como cuando uno sale de casa. Además, como siempre, en el momento menos previsto, surge algo. No encontrábamos una de las llaves del candado. (En los dos lugares donde estuvimos hasta ahora, abrir la puerta para hacer el auto-check in es siempre complejo. El anfitrión te da un código para que abras un candado donde están las llaves de la puerta). Lo cierto es que empezamos a sudar la gota gorda y abrir y cerrar valijas, de nuevo, hasta que por fin apareció la llavecita que faltaba. Yeeeees! Hora de salir. Íbamos con tiempo pero como era un vuelo internacional, era preferible que nosotros esperáramos. Llegamos y siempre es aquel estrés de pasar por los rayos X, etc.
El aeropuerto de La Guardia pasó por obras recientemente y, la verdad, parece un mega shopping. Hay unas fuentes con luces y chorros danzantes que parece sacados de un parque y varias escaleras para un lado y para otro. Buscamos un lugar para sentarnos y esperar.
Poco tiempo después, escuchamos un anuncio avisando que el vuelo a Montreal estaba atrasado. Resolvimos ir a almorzar y seguir esperando. El vuelo salió con una hora de atraso pero como es un recorrido corto, no se notó mucho.
Al llegar a Montreal, encontramos máquinas para hacer migraciones, después, el funcionario de migraciones coteja los datos e imprime un papel. Una vez que ya retiraste las valijas, necesitás entregar el formulario a otro funcionario. Todo es un poco más demorado que en Estados Unidos pero funciona.
Para desplazarnos por Canadá, alquilamos un auto, así que nos tocó ir a buscarlo. Papeles de por medio y pronto, estamos listos para buscar el próximo AirBnB. Es una casita muy linda en un barrio llamado Little Italy. Acá también oscurece muy tarde así que no nos dimos cuenta de que ya había muchas tiendas cerradas y no teníamos nada en la heladera. Resolvimos buscar algún lugar para cenar dentro del barrio porque, aparentemente, había muchas opciones. Debe haber sido el cansancio pero no vimos muchas. Llegamos a un barcito llamado Tenorio’s. Entramos con miedo de que nos hablaran en francés pero enseguida apareció Tenorio y una empleada que nos hablaron en español. Comimos rapidito y volvimos a la casa para dormir. Ya era bastante tarde. En el recorrido de vuelta, Filipe resolvió hacer un paseo nocturno por la ciudad. Yo me dormí apenas subimos al auto y Gonzi poco después. Agus y Filipe nos contaron que había bastante tráfico en la ciudad. Se ve que el sábado a la noche, a la gente de Montreal le gusta salir a pasear.
Después de la tragedia del día anterior, todos estábamos en ritmo más lento. El pronóstico era de lluvia. Los chicos tenían muchos pendientes pero con Agus dolorida, preferimos ir más lento.
Nos fuimos a la Quinta Avenida a visitar algunas tiendas emblemáticas y dar las últimas vueltas. Había planes extra si sobrara tiempo, pero se nos hizo tarde y seguía lloviendo así que el saldo fue una visita a la tienda de Nintendo y a la de Lego (que es un amoooooor). Almorzamos unos bagel y después pasamos por Apple (porque Apple siempre es Apple). La tienda es enorme y queda en un subsuelo super moderno con muchos empleados y gente de todo el mundo comprando cositas. Volvimos cansados de nuestro último recorrido por la gran Manzana pero era hora de hacer valijas, ordenar y prepararnos para la próxima etapa del viaje.
El jueves a la mañana tuvimos un dejá vu: Filipe precisaba entregar alguna cosa y se demoraba y demoraba. Teníamos que salir a las 9.30 h y nada. Gonzi, Agus y yo nerviosos a su alrededor y él seguía tipeando. Nos llamamos a silencio y esperamos. Nuestra entrada al museo era para las 10.30 h y estábamos en clima de drama porque íbamos a perder el horario; solo nos restaba confiar.
A eso de las 10.15 h conseguimos salir y llegamos justo a las 11.30 h. Expliqué la situación al portero y dijo que no habría problema. ¡Ufa!
El museo es todo lo ves que en la película con Ben Stiller y mucho más. La sensación es que se trata de una enciclopedia donde todo está en 3 dimensiones. Hay tantas pero tantas cosas para ver que uno debería reservarse varios días para visitar todo. No es nuestro caso así que nos conformamos con un par de horitas. Son como 45 salas para ver y los temas son los más variados.
Los dioramas de la película son hiperreales. Los animales parecen embalsamados pero no lo son; en realidad, son modelos cubiertos con pieles y detalles de verdad. Una obra de arte.
Hay elementos de todo el mundo en todos los temas tratados. Por ejemplo, hay un piso completo sobre los primeros habitantes de cada continente. El sector sobre los indígenas de Amazonas es sorprendente e inclusive, hay información sobre los indígenas de la Patagonia y del Chaco.
La exposición sobre el fondo del mar parece el oceanario de Lisboa, pero todos los animales son representaciones y esculturas. En el centro de la sala hay una ballena gigante que se sostiene del techo (imposible pensar la ingeniería que hay por detrás de ese detalle). El sector de los dinosaurios es igualmente impresionante. Por ser época de vacaciones, el museo estaba lleno y había muchos grupos escolares con nenes chiquitos. No sé cómo hacen para supervisar a tantas nenes.
Después del Museo, salimos a buscar un lugar para almorzar. Resolvimos ir a un restaurante «de verdad» porque veníamos comiendo bastante comida chatarra los últimos días. Almorzamos muy rico en lugar cerca del museo, llamado Lokal. https://lokal83.com/
Se hizo un poco tarde y el calor apretaba. Nuestro programa era ir a pasear de bicicleta por el Central Park. En mi mente, íbamos a pasear de una zona de visita a otra por los caminitos dentro del parque. Alquilamos las bicis a unos 200 m del parque. Para Filipe optamos por una bici eléctrica porque venía sufriendo con sus rodillas. Para mi sorpresa, hay tanta gente en bicicleta que hay solo un circuito, con semáforos y señales. Solo se puede avanzar en un sentido dentro del circuito y, encima, no es plano. En algunos momentos, el camino baja y, en otros, sube bastante, por eso es que las bicicletas tienen cambios. Personalmente, no entiendo mucho. Voy sintiendo la bici, si está pesada, clic, clic paso el cambio; si está liviana, manijita para el otro lado. Filipe iba adelante haciéndose el canchero mientras nosotros veníamos con la lengua afuera. Entre el sol y las subidas, estaba intenso. Agus y Filipe estaban perdiendo la paciencia. Filipe quería enseñarnos a usar los cambios y nosotros solo queríamos seguir. Agus estaba enojada. Se quedó para atrás para recuperar la paciencia. Unos pocos minutos después, me llama por teléfono.
—Ma, me caí.
—¿Cómo que te caíste? ¿Estás bien? ¿Qué pasó? ¿Podés andar?
—No consigo.
Aviso a Gonzi y a Filipe y empezamos a andar marcha atrás hasta encontrarla. Estaba hablando con un señor quenos trataba de explicar que Agus no había hecho nada mal pero había salido volando. Aparentemente, venía un grupo y clavó los frenos delanteros. El diagnóstico pintaba desastroso. Por donde la mirábamos tenía raspones: en la nariz, los codos, las piernas; tenía el párpado hinchada y un chichón. Ella se preocupaba por la bicicleta mientras trataba de limpiarse con una botellita de agua y una toalla de papel. Ohm ohm ohm. Fui a comprar más agua y mientras pensábamos qué hacer, pasó un señor en un carrito eléctrico. Después de ver la situación, nos explicó que ahí cerca estaban las oficinas del sector de mantenimiento del parque y que, probablemente, tendrían un kit de primeros auxilios.
Anduvimos con cuidado hasta el lugar. Era la hora de salida del personal. Por suerte, una señora se apiadó de nosotros y tomó control de la situación. ¡Gracias, Megan! Nos explicó que como no era su trabajo, no podía tocar a Agus así que nos fue dando indicaciones y elementos para que se limpiara y desinfectara los raspones. Nos dio venda para cubrir todo y hasta me prestó el teléfono para llamar al lugar donde habíamos alquilado las bicis. Me quedó pendiente la visita al parque. Es bueno tener motivos para volver, quién sabe.
Llegamos exactamente una hora después del plazo. Nos nos dijeron nada. No sé si es porque no querían problemas o porque tuvieron pena o si es normal. De ahí fuimos a una farmacia a comprar más elementos. Empezaban a aparecer otros moretones y a hincharse otras cosas. Solo de ver a Agus dolía. Por momento, ella se reía para no llorar. Llegamos a casa y se fue a tomar un baño y a limpiar todo lo que había quedado a mitad de camino. Fue horrible, pero realmente, podría haber terminado mucho peor.