Día 7: El tren se va y todos corremos…

La noche en Venecia dormimos en un hotel a unos pocos pasos del puente del Rialto. Apenas nos levantamos, bajamos a desayunar; después subimos a cerrar las valijas e hicimos el check-out. Por suerte, nos dejaron guardar las valijas en el hotel mientras íbamos a pasear. Nos había quedado pendiente visitar la Basílica de San Marco. Tomamos el vaporetto y aprovechamos para ver otras áreas de Venecia que no habíamos visto.

¿Cómo es posible que hayan construido esos edificios hace más de 1200 años a orillas del mar?

Había fila para entrar a la iglesia y cuando fue nuestro turno, nos pidieron salir porque yo estaba de bermuda y Gonzalo vestía una musculosa. Fuimos a comprar un pañuelo y una remera para cubrirnos y volvimos a la fila. ¡Qué distracción! Yo tenía un pañuelo en la valija. No nos habíamos acordado del detalle y hacía tanto calor que pensamos que serían más considerados. Visitamos la iglesia y empezamos a caminar de vuelta al hotel. En una de las callecitas atestadas de gente, encontramos un local que vendía gomitas tipo Fini. Filipe y Gonzi se compraron una bolsa enorme. No voy a declarar cuánto pesaba la bolsita porque van a decir que soy una exagerada. Sepan que eran muchas gomitas.

Filipe tenía que responder unos mails y preguntamos en el hotel si nos dejarían usar la conexión de Internet. No solo nos permitieron sino que nos dejaron subir a un entrepiso y estar más cómodos. Una hora después salimos para almorzar creyendo que teníamos tiempo suficiente para comer y tomar el vaporetto de regreso a la estación de tren.

Comimos muy rico en uno de los tantos restaurantes que hay en Venecia (Ristorante Cuore Veneziano). Entramos por instinto y confiamos. Hay opciones para todos los gustos en cada rinconcito de la ciudad. De repente, ves lugares con una fila. Yo creo que son recomendados en Tik Tok. No se explica por qué uno está tan lleno y los de alrededor, totalmente vacíos. Es una verdadera invasión de gente por todos lados. Se escuchan diálogos en los más diversos idiomas.

A esa hora ya había empezado el conteo regresivo para tomar el tren a Viena. Buscamos las valijas y salimos del hotel directo para la parada del vaporetto. Estábamos con tiempo, pero no tanto tiempo para esperar tres vaporettos. El sistema tiene dos entradas: una para los que tienen el pase VIP y otra para el pase normal. Quienes estaban con el pase VIP entraban directamente y ocupaban la mayor parte de los lugares disponibles. La gente empujaba. Quedé separada de Filipe y Gonzi. De repente, una señora pasa delante de Gonzalo justo en el momento que colocó su tarjeta y usó su acceso. Entre el calor y los nervios yo empecé a buscar la billetera para comprar otro pasaje, pero un muchacho que estaba ahí y vio todo, ayudó a sostener la barrera para que Gonzalo pasara. Subimos al barco prensados. Yo había puesto la mochila en el piso y no conseguía moverme. La gente con calor protestaba y el tiempo pasaba. El problema del tren es que nadie te espera. La adrenalina aumentando.

Llegamos a la estación del tren 10 minutos antes del horario de partida. El tren estaba en la plataforma. Nadie nos indicaba nada. La gente caminaba de un lado del otro con la misma sensación de estar perdidos que nosotros. Apareció un empleado y le mostré los pasajes. -Che cazzo…? No parecían buenas noticias. Yo que no sabía que «cazzo» era una palabra italiana. Hahaha. El empleado me dijo que esperara ahí, pero yo lo seguí. Subió al tren y desapareció. ¡Maldito!

Filipe y Gonzalo esperaban en la plataforma. Volví con ellos, había otro empleado. Nos indicó que subiéramos. Tipo hormiguitas las personas fueron subiendo al tren y nosotros atrás de ellos. Encontramos nuestra cabina. El vagón debía tener unas 10 cabinas, todas con diferentes configuraciones. Conversamos con la pareja que estaba en la cabina de al lado. Estaban tan perdidos como nosotros. Había solo dos empleados a bordo. Respondían nuestras preguntas con monosílabos. Después supimos que hablaban poco inglés.

El tren salió de la estación y empezó a avanzar. No había lugar especial para guardar las valijas. Todo tenía que entrar en la misma cabina. Se trataba de un compartimento con una ventana enorme, tres butacas delante de un panel de madera y frente a las butacas, estaba la puerta del baño. En la parte superior de la puerta, había un estante con riel, probablemente para guardar bolsos y mochilas. Debajo de las butacas había una caja de plástico y un espacio. Pusimos los zapatos en esa caja y empujamos las mochilas debajo del asiento. De a poco, todo se iba acomodando. Mientras, nos preguntábamos cómo sería la cena, cuándo abrirían las camas, dónde estaban las sábanas.

Cada vez que aparecía uno de los dos empleados por el pasillo, lo deteníamos para preguntar cosas. Seguían con los monosílabos. En un momento, nos trajeron una especie de folleto para marcar nuestras opciones para el desayuno. ¡Uf! Había desayuno. Fue ahí que pregunté por la cena y el señor me dijo que no había cena.

-Solo bebidas -respondió.

-Bueno, ¿dónde compramos algo para comer?

-No tenemos nada para vender. -Esto solo estaba mejorando…

Te parás, te sentás, lees, mirás por la ventana y el tiempo va pasando. Se hizo de noche y el tren paró. Llovía mucho. Empezó a hacer calor. Otra vez buscamos al señor. -Es que mientras que el tren esté parado no funciona el aire. ¿Quéeeeee? Estábamos derretidos. Y nada de salir de la estación. 40 minutos más tarde, el tren empezó a andar marcha atrás. Fui a tomar baño (dentro de nuestra cabina, el baño tenía una ducha). Estuvo mejor de lo previsto. Seguía haciendo calor. Subí a la cucheta más alta y me dormí. Gonzalo y Filipe demoraron más en dormirse. A eso de las 5 am sonó una alarma. Los empleados fueron pasando por las cabinas, guardando las camitas para poder servir el desayuno. Mientras tanto, Gonzalo y Filipe tomaron baño. El proceso de abrir y cerrar las camas era muy rápido. Las sábanas quedan prensadas dentro de la cama contra la pared y las butacas que estaban plegadas vuelven a aparecer. Un sistema bien pensado. Tomamos el desayuno y llegamos a Viena. Fue una experiencia rara. Me gustaría intentarlo de nuevo en otro momento. Gonzalo miró las críticas y había muchos reclamos. No se me ocurrió consultar las críticas cuando compramos los pasajes. Qué ilusa de mi parte, dí por sentado que por ser trenes europeos serían impecables. No estuvo mal… solo que no fue todo lo que me había imaginado.

(19 de julio de 2024)

Día 6: Haciendo de todo un poco en Venecia

El día empezó temprano. A las 8 h, Pietro nos buscó en el Airbnb para ir hasta Roma Termini. Ya nos habían comentado sobre el tráfico de Roma en la hora pico, así que preferimos salir con tiempo. Llegamos a la terminal a las 9 h y empezamos a buscar la plataforma desde donde salía el tren a Venecia.

Confieso que fue confuso. Teníamos la opción de esperar en el lounge de Ítalo y no encontrábamos dónde quedaba. Una persona de seguridad nos mandó para un lado, otro guardia para otro y solo conseguimos llegar a destino en el tercer intento. Hasta 15 minutos antes de la partida, no había noticias del tren. ¡Qué miedo! Apenas apareció la información, salimos corriendo. Por suerte, en la plataforma estaba todo bien indicado.

El tren cubrió los 560 km entre Roma y Venecia en 4 horas. Me encantó la experiencia. Viajamos muy cómodos; los baños son impecables y el personal a bordo también fue super atento.

El tren entró a Venecia Sta. Lucía a eso de las 14 h. La estación es muy chiquita para el movimiento, pero apenas salís de la puerta principal, te topás con el Gran Canal. Es una sensación muy sorprendente, aunque duró poco porque el calor no había aflojado y la cantidad de gente circulando era excesiva.

Justo al lado de la estación, vimos un puesto de atención al turista. Pedimos mapas y compramos un pase para el vaporetto (colectivo acuático). No es barato, pero es el único medio de transporte. Una vez equipados, buscamos la línea que nos llevaba al hotel y partimos. No fue muy práctico entrar con las valijas a un barco atiborrado de gente y padeciendo el calor, pero era previsible en esta época del año.

En dos paradas, estábamos en el hotel. Hicimos el check-in y salimos a buscar un lugar donde comer y pasear un poco después.

Por lo que vimos en el mapa, la Piazza San Marco quedaba a unos 500 m caminando por dentro de la ciudad, así que encaramos el paseo avanzando por callecitas angostas y pintorescas.

La Piazza San Marco es la única piazza de Venecia, ya que es resto son piazzales (tipo patios). Es el lugar más bajo de la ciudad por lo que, cuando hay «acqua alta» (noviembre y diciembre) es el primer lugar en inundarse. Cuando esto sucede, las autoridades instalan pasarelas para que los habitantes y los turistas puedan seguir circulando. Cuando estuvimos en Venecia hace 20 años atrás, la basílica tenía algo de agua en la nave central y también era agosto pero no es lo más común.

Se nos había hecho tarde para entrar a la Basílica así que visitamos el Palacio Ducal que fue la residencia del Dux, símbolo de la vida política de la República de Venecia.

El palacio es una postal. Nunca habíamos ido. Tiene una historia muy larga e interesante. Lo que más nos llamó la atención fueron las salas de la Magistratura veneciana, los frescos y obras de algunos pintores, como Tintoretto y Tiziano y la sala de armas. Atravesamos un tunelcito llamado «Puente de los Suspiros» y entramos a los calabozos.

Cuando terminamos la visita, fuimos a pasear en una góndola. Yo me dormí con el movimiento del barco (¡qué vergüenza!) pero Gonzi y Filipe se divirtieron bastante.

Después de la góndola, subimos al Campanario de San Marco. Esta vez no había fila y subimos de ascensor. La vista desde arriba es increíble y, como había poca gente, fue rapidito.

Paramos en un barcito a tomar algo porque estábamos detonados y emprendimos la vuelta al hotel. Cuando llegamos a la parada del vaporetto, nos informaron que no habría servicio hasta las 23 h porque el personal estaba de huelga. ¡Noooo! A pesar de ser caro, Filipe resolvió tomar un taxi. Había sido un día demasiado intenso y no dejó de ser una experiencia diferente.

Volvimos al hotel, tomamos baño y fuimos a cenar a un restaurante muy cerca. Era tarde (muchos lugares ya habían cerrado) y no teníamos muchas opciones pero comimos super rico. Atravesamos el puente del Rialto para volver al hotel y nos dormimos rapidito, agotados, pero felices.

(18 de julio de 2024)

Día 5: Una constante clase de historia

Otra vez me desperté antes que el resto para adelantar el trabajo. El cambio de horario y el calor son el combo perfecto para derrumbar a cualquiera.

Esta vez salimos a pasear con un guía especial. Joaquín vino con nosotros. Nada como estar con alguien que vive en la ciudad para tener datos clave.

Tomamos el colectivo y el subte. Esta vez nos bajamos cerca de la Fontana de Trevi. Otra vez, mucha gente. Otra vez, las poses locas y todas las personas tirando monedas.

Dicen que diariamente, se recaudan alrededor de 3.000 a 4.000 euros con esas monedas y que esta tradición genera una suma anual de aproximadamente 1 a 1,5 millones de euros. Será? Todo el dinero recaudado se destina a causas benéficas y asociaciones que ayudan a los más necesitados. El arquitecto de la fuente jamás pensó que llegaría tan lejos. La fuente es enorme (26 metros de altura y 20 metros de ancho) y está adornada con numerosas esculturas que representan a dioses y seres mitológicos.

Obviamente, aportamos nuestro granito de arena (nuestros 3 euros) con la ilusión de que la magia nos traiga de nuevo en el futuro a la ciudad eterna.

Próxima parada: Piazza di Spagna. La plaza está situada en el corazón del centro histórico, su nombre proviene del Palazzo di Spagna, que alberga la embajada de España ante la Santa Sede desde el siglo XVII. La plaza es conocida por su monumental Escalinata Española, que conduce a la iglesia de Trinità dei Monti.

Veinte años atrás, vinimos a Roma. Mamá y papá nos acompañaban. Ese día, en este lugar, nos robaron la cámara de fotos. Mil veces nombramos a mamá y papá en este viaje. Lindos recuerdos!! Subimos la escalinata y recuperamos el aire. La vista desde arriba es increíble. Allá abajo, se encuentra la Fontana della Barcaccia, una fuente barroca muy bonita también. La gente rodea a la fuente para servirse agua. Hay muchas fuentes disponibles en toda la ciudad. Elemento indispensable para enfrentar el calor.

Caminamos un poco por la avenida de grandes tiendas (Via del Corso). Almorzamos en Donna Sofia escuchando música argentina (raro, no?) y fuimos caminando hasta Piazza Navona donde había una sala de cine con proyecciones y cuatro maquetas que contaban la historia de Roma (https://welcometo-rome.it/)

Fue super interesante reunir todas las piezas del rompecabezas o, algunas, por lo menos. Hay una película que cuenta la historia de Roma desde la formación geológica de la que surgen los mármoles para tantas construcciones y llega hasta los días de hoy.

Volvimos de colectivo y vimos algunas partes de la ciudad que no habíamos visto desde el subte. Nos bajamos cerca de una heladería y probamos los gelattos locales. Otro colectivo de 10 minutos y llegamos a la casa de Cari. Resolvimos ir a cambiarnos y volver más tarde.

Esa noche, volvimos a casa de Carina para comer pizzas, viajar en el tiempo de nuestros pasados y despedirnos en el presente. Lindos momentos con amigos del alma.

Tres días no alcanzan para conocer Roma a fondo, pero nos dieron una excelente muestra de esta ciudad impresionante.

Otra vez volvimos al Airbnb tarde y preparamos las valijas porque al día siguiente nos toca viajar.

(17 de julio de 2024)

Día 4: Las visitas clásicas

El martes resolvimos visitar la Basílica de San Pedro. Salimos un poquito antes del departamento y la idea es usar las últimas horas disponibles del colectivo turístico. Otra vez colectivo y subte y, en 35 minutos, estábamos en el centro. Lamentablemente, había tanto tráfico en el centro de Roma que el colectivo quedó trabado en el tráfico. En cada parada se agolpaban grupos grandes de turistas que querían subir después de haber quedado demorados en las paradas. Todo era bastante desorganizado y el calor hacía que las personas perdieran la paciencia.

Llegamos a la parada del Vaticano una hora más tarde (un recorrido que normalmente sería de 15 minutos). Cruzamos el Ponte Sant’Angelo, sobre el río Tiber. El puente fue construido por el emperador Adriano en el año 136 d.C. para conectar su mausoleo (el actual Castillo Sant’Angelo) con el centro de la ciudad. En el siglo XVII, se instalaron las estatuas de ángeles que te dan la bienvenida pero que hoy están en obras. Pasamos por el Castillo Sant’Ángelo y, de ahí, avanzamos hacia la Basílica.

La Piazza de San Pietro es imponente y, claro, una de las plazas más icónicas del mundo. Diseñada por Gian Lorenzo Bernini en el siglo XVII, la plaza tiene una forma elíptica y está rodeada por un conjunto impresionante de columnas que contiene estatuas de 140 santos.

En el centro de la plaza se encuentra un obelisco egipcio de 25 metros de altura, traído desde Egipto en el siglo I d.C.2. En la plaza también hay dos fuentes, una a cada lado del obelisco. El calor del mediodía la deja medio vacío y atravesar esa distancia al rayo de sol es un desafío. La fila para entrar era larga pero avanzaba rápido. Pasamos el control. Nos fuimos más cubiertos siguiendo las recomendaciones, pero para ser sincera, no controlaban mucho si la ropa cubría la rodilla, o si los hombros estaban descubiertos. Caminamos por la Basílica y entramos a una galería lateral. Había que pagar entrada para ver los tesoros del Vaticano pero estábamos con poco tiempo así que resolvimos apurarnos.

El tráfico seguía intenso. Quisimos tomar un Uber, pero no había ninguno disponible. Caminamos unas cuantas cuadras antes de conseguir un taxi que nos llevara al Coliseo.

Almorzamos en un restaurante justo en frente al Coliseo y esperamos que fuera nuestra hora. Las entradas son con horario. Fue una fiaca no conseguir seguir la visita con la aplicación (audioguía). Había que instalar una app y llevar tus propios auriculares. Siguiendo la escuela tradicional, visitamos leyendo los carteles, mirando las fotos, las maquetas y las muestras. El Coliseo en sí mismo es un compendio de historia. En cada época, fue destinado a algo diferente y modificado a gusto e piacere del gobierno en el poder. Teatro, estadio, castillo, iglesia, muralla… mil y un usos y allí está, resistiendo al tiempo. En 100 años dirán que el ascensor es el 2024. Es raro, pero es así, ahora el Coliseo tiene ascensor y graffitis muy modernos. También hay carteles que amenazan cobrar muchos euros a quien se anime a escribir nuevos graffitis.

Tomamos una bebida antes de empezar el camino de vuelta. Estábamos preocupados con los carteristas en el subte. Al viajar en los horarios de mayor intensidad, mirás a cada persona como un potencial interesado en tu billetera. Jajaja. Pasamos por el supermercado antes de llegar a casa y nos compramos algo para cenar. La diferencia horaria sigue pesando.

(16 de julio de 2024)

Día 3: Arde Roma…

La diferencia horaria es cruel y las 5 horas pesan.

En la vida real, habíamos dormido poco, casi nada. Yo me levanté a responder mails y ordenar. Cari nos había preparado un kit de desayuno, así que comimos algo y salimos a pasear. El colectivo para ir hasta el subte pasaba a 20 m del departamento. La primera vez, pagamos con tarjeta de débito y después, en la estación del subte compramos un pase de 3 días que permite usar tanto el colectivo como el subte. Anduvimos hasta Roma Termini, de donde salía el colectivo turístico.

La tentación de querer sacar fotos es enorme pero no hay cámara que pueda compararse a la emoción de ver, sentir y procesar toda esa información con el cuerpo. A todo ese proceso, se le sumaba la dificultad del calor insoportable quemando todos los espacios libres que la ropa no cubre. 38°C que no se alejaban ni a la sombra. Y mientras estás luchando contra el sudor, se te aparecen fuentes, esculturas, columnas… un edificio es más lindo que el anterior.

Los grupos de turistas se agolpan y miran a través de las cámaras, los vendedores ambulantes te asedian, los italianos pasan esquivando, los jóvenes vuelan por las avenidas en sus scooters y uno ahí encantado con tanta información.

Bajamos en la parada de Piazza Venezia. Esta es una de las plazas más emblemáticas de Roma y está ubicada al pie de la colina Capitolina. Su nombre proviene del Palazzo Venezia, un palacio renacentista construido en el siglo XV por el cardenal veneciano Pietro Barbo. La plaza es un importante centro de transporte y conecta varias de las principales avenidas de Roma, como la Via dei Fori Imperiali y la Via del Corso. En el centro de la plaza se encuentra el imponente Monumento a Vittorio Emanuele II, también conocido como “Il Vittoriano”, que fue construido a finales del siglo XIX y principios del XX para honrar al primer rey de Italia unificada.

Durante las excavaciones para la Línea C del metro de Roma en 2009, se descubrieron restos antiguos que se identificaron como el Ateneo del emperador Adriano, lo que añade aún más valor histórico a la plaza.

Almorzamos en un pequeño restaurante y caminamos bastante. Pasamos por la la Basílica de los Santos Cosme y Damián. Es una iglesia católica que está junto a las ruinas del Foro Romano y caminamos un poco más en la zona frente al Coliseo, pero estábamos muy cansados así que tomamos el subte y el colectivo para volver a a casa.

Se hizo tarde y casi todos los negocios de la zona estaban cerrados. Llamé a Cari y ella me acompañó al super a comprar algo para cenar. Otra vez nos fuimos a dormir muy tarde sin poder domar a la diferencia de horario.

(15 de julio de 2024)