Llueve a cántaros ahora y estamos por salir; algo vamos a inventar. 🙂
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Hoy Filipe se fue temprano a los talleres mecánicos y a lavar el auto. Cuando volvió, ya estábamos listos para salir. Después de la experiencia de ayer, sabíamos que había que aprovechar el sol, mientras pudiéramos. Rumbeamos al Alpen Park (http://www.alpenpark.com.br/) y lo primero que hicimos fue subir a un trineo. La fila era larga pero se pasó bastante rápido y Gonzalo vino conmigo. En ningún momento se mostró preocupado, por el contrario, él quiere participar en todo. El próximo paso fue la tirolesa. Yo nunca había subido y quería probar. Gonzi protestaba y decía que me iba a caer, que fuera papá. Filipe lo convenció mientras Marcos, Agus y yo nos preparábamos. En realidad, era una tirolesa de ida y otra de vuelta. Duran unos minutitos pero me encantó la experiencia. Después de la miniaventura, me fui a una sala de juegos para nenes pequeñitos, mientras Filipe veía una película 4D (de una casa tomada por fantasmas) y participaba de un juego con los grandes. Otra vez empezó a llover, así que partimos hacia Rua Coberta en el centro de Gramado. Tanto Gramado como Canela parecen extraidas de otro lugar del mapa. Todo está decorado prolijamente con motivos navideños, todo ordenado. No hay semáforos porque todos saben que el peatón tiene prioridad… Almorzamos en el centro, paseamos un poco y a partir de ese momento visitamos 3 lugares: un museo de cera, una exposición de Harley Davidson y otra exposición de super autos. Creo que todo es puro marketing… tooooodo, pero es así que funciona el sistema. Los folletos te describen unas cosas que no condicen mucho con la realidad. Dura la vida del turista. Llegamos al hotel cerca de las 19.30 h., hora de descansar.
El miércoles fue día de paseos, de muchos paseos. El día amaneció con sol y el hall del hotel tenía una cartelera llena de recomendaciones con lugares para visitar, paseos para hacer, restaurantes para comer. La primera parada fue el «Parque Mundo Encantado». Eran cuatro salas llenas de miniaturas que recreaban la vida de los inmigrantes alemanes e italianos, incluyendo una maqueta de Jerusalem. La visita fue rápida y de ahí partimos a otra exposición: «Mundo a vapor». La exposición presentaba diferentes máquinas a vapor, desde una turbina termoeléctrica a una fábrica de papel en miniatura. ¡Muy interesante! Hasta fabricaban tejas en vivo y en directo. La siguiente parada fue en el Parque do Caracol en Gramado. Almorzamos en un barcito en medio del bosque (flojísimo), caminamos por el parque, subimos a la torre desde donde se ve la cascada del Caracol y terminamos dando un paseo en trencito y paseando por una miniciudad. De repente, comenzó a llover. Volvimos al auto empapados y aprovechamos para buscar un taller donde hacer unos ajustes al rack, a la bola, a las luces y otros problemas menores. Parece que el rack fue creado para andar por las rutas de Suiza y el traqueteo de las rutas locales más el peso colocado en el baúl hicieron que el soporte se aflojara un poco. Como era bastante tarde, Filipe arregló que volvería hoy tempranito. Dejamos ropa para lavar, cenamos en el hotel y descansamos un poquito. Hasta miramos el noticiero de las 20.30 h.
Salimos del Diablo Tranquilo después de un desayuno un poco bizarro entre surfistas con tablets y un ambiente un poco desprolijo. Ni hablar de la cadena de frío porque a Maru le daría un infarto. Costó meter las valijas pero entre protestas y reclamos, salimos a las 11.30 h. Llegamos a Chuy 12.30 h y pasamos la frontera sin ni siquiera acercarnos al mostrador. Almorzamos en un pueblito llamado Novo Povo y a las 20.30 h, finalmente llegamos a Canela. Nos guió una ruta llena de hortensias y una decoración navideña de dejar a cualquiera con la boca abierta. También empezó a llover. Los chicos se portaron muy bien, es decir, las peleas fueron mínimas. Gonzalo está cansado e irritable. Nos ayuda muchísimo el Trio de Fisher Price porque arma y desarma todo tipo de cosas, antes de cenar o en un ataque de aburrimiento. ¡Gracias, madrina! Los libritos de Javi y las cartas de Tití son otro bonus, sin dejar de lado la eterna película de Phineas. A 60 km de llegar, finalmente aceptó Lluvia de hamburguesas. ¡Viva!
Me faltó contar que el domingo fue un día tranquilo. Playa, paseo por la ciudad, cena y a preparar valijas. ¡Sí, una vez más! Meter las valijas en el auto es un poco más fácil porque ya sabemos dónde tienen que entrar, pero siguen sobrando las bolsas y bolsitas con galletitas, películas, la palita de plástico, los libros, etc. El viaje a Punta del Diablo fue rápido; dos horitas de auto por una ruta en excelentes condiciones. Y ahí llegamos a Punta del Diablo. ¿Cómo describirlo? A ver… desde que llegamos no para de soplar el viento y no hay ninguna calle asfaltada. Nos costó encontrar el hotel entre los diversos carteles clavados en las esquinas. Filipe se acordaba que era color bordó, lo que ya era un gran avance en medio de las pocas construcciones. En un hostel, nos dijeron que era al lado de un edificio en construcción, frente al mar. Dos vueltitas más y lo vimos. Había que bajar una escalera de madera hasta llegar a «El diablo tranquilo». El edificio es estrecho, con poquitas habitaciones. La recepción queda en el primer piso, donde varios jóvenes nos reciben con cara desconfiada. ¿Cómo explicarlo? Parecen todos surfistas y hablan un español de acento complicado. Una de las chicas dice: «Mi español no es muy bueno». Uauh. Creí que estábamos en Uruguay. Pero en el mostrados hay dos iBook. La cartelera de la recepción, con papelitos escritos en fibra, ofrece clases de español, clases de inglés y yoga. Impresionante. Hacemos el check-in con Gonzalo pidiendo agua. Hay una heladera grande, con vidrio en la puerta, pero tiene un cartelito que dice: «Dejar todo marcado, con nombre y fecha». Los huéspedes llegan y sacan. Muy europeo. Jajaja. Vamos a las habitaciones en el tercer piso. Son chiquitas, acogedoras, con detalles graciosos como por ejemplo: cortinas de arpillera; los veladores son botellas con una vela en el pico, la mesa y las sillas son de madera también, pero todo está limpio y la vista al mar es impecable. Decidimos almorzar en la planta baja (de acceso exclusivo para los huéspedes), con perros incluidos. Veo que tengo unas llamadas perdidas de Cida y me decido a llamarla. Me cuenta que trató de llamarme varias veces porque Sônia no va a trabajar más con nosotros. Una historia larga y ridícula. Entonces, llamo a Sônia que confirma todo. Se va a su provincia porque tiene que hacer un tratamiento psicológico. ¿La llave de casa? ¡Que no me preocupe! ¡Se queda con su marido! Le deseo suerte y le digo que realmente me da mucha pena que se vaya así, en esas condiciones. Filipe no está de acuerdo ni un poquito. Después de almorzar, nos vamos a la playa. El viento es tremendo. ¿Cómo hace toda esa gente para quedarse paraditos o descansando como si nada? Miro a mi alrededor. Además de los surfistas, están las chicas que toman sol, las que conversan en grupito en la orilla del mar, los chicos que juegan al fútbol, los que caminan en grupo. Nadie parece superar los 25 años. Allá a lo lejos hay familias con niños, menos mal porque ya empezaba a sentirme un poco vieja para esta playa. Agus está de mal humor porque la arena le pica en las piernas, Gonzi salta todo el tiempo y grita: «Está doendo» (está doliendo). Lo abrazo y se calma, pero no quiere estar a upa, quiere hacer un castillo. Marcos empieza con su paciencia eterna y yo lo ayudo. Hace calor y seguimos trabajando. Se viene el castillo, el dibujo de auto de policía, el camión de bomberos y la rutina playera completa. A eso de las 17 h, iniciamos el regreso al hotel. ¿Qué podemos hacer? Gonzi agarra el iPad; Marcos, el iPod y Agus y yo -finalmente- vamos a ver una película en la compu. Sí, una que no sea Phineas y Ferb. Pura tecnología al servicio del entretenimiento. Gracias, Steve y gracias a los surfistas porque la conexión es excelente. Los hombres se duermen y Agus y yo seguimos viendo la peli y comentando. Es súper interesante escuchar los comentarios de Agus, cuando Agus es Agus. A eso de las 21 h, partimos rumbo a la cena. La camioneta ya no es tan negra; la cubre un película de arena. ¿Se acuerdan de Río Grande en Tierra del Fuego? Punta del Diablo se parece mucho, salvando la diferencia del clima, claro. Cenamos a 100 m del hotel. Gonzalo ya está cansado de comer afuera. Es lógico, pobre amiguito. Llora, patalea y protesta que no quiere comer hasta que lo convencemos a entrar. Cerca de media noche, volvemos al hotel. Hay clima de fiesta tranquila en la planta baja. Dos pisos más arriba sólo se escucha el viento bramando. La naturaleza manda. Hay una luna llena impresionante. Hoy nos espera un día largo. Son 700 km hasta nuestra próxima parada: Canela. ¿La mala noticia? Miré en el Weather Channel y dice que tendremos lluvia en Brasil los próximos días. Espero que se equivoquen.