08/01/16 – Puerto Natales – El Calafate

Salida: 15.00 h – Llegada: 1.40 am (09/01/16) – Distancia: 548 km Total acumulado: 5513 km

Puerto Natales - El Calafate - Total

Resumo el día en dos palabras: cansancio y corridas. Nuestro tramo hoy era corto, de 280 km, pero íbamos a tratar de pasar por el fantástico Parque Torres del Paine.

Despertamos a las 9.15 am; después de la experiencia interminable y asustadora de la balsa, teníamos que descansar aunque sea unas horas. Nos vestimos rápido y tomamos el desayuno. En el comedor, Papá conversó con  Francisco, hombre muy educado y amable, dueño del hotel para ver dónde podía comprar un GPS nuevo porque estábamos sin navegación. Yo soy bueno en ese trabajo pero tenía limitaciones técnicas sin los mapas. Modestia aparte, el señor llamó al lugar y lo llevó a comprar un GPS.

Mientras tanto, organizamos las cosas y vimos unas pelis en la habitación. Además, conocimos el lindo hotel Viento Patagónico que no habíamos visto a la madrugada. Con una vista fantástica de la Bahía Almirante Montt, y todo muy limpio y organizado. Cuando Papá llegó, trataron de hacerlo funcionar y conseguir los mapas de Argentina que eran los realmente importantes. Internet era lenta. El mapa pesaba casi un giga. No cargaba… Nervios en la piel de todos. Así que nosotros tres capetas (Gonzi, Agus y yo) nos pusimos a ver más pelis. Y las horas transcurrían, mientras resolvían eso del GPS. Como ya se hacía tarde, decidimos ir a comer algo rápido a la Picada de Carlitos. Antes de salir, Papá dejó que la compu descargase el mapa de Internet. Comimos unos pescados y ensaladas. A la hora y media, volvimos al hotel para buscar las cosas de Papá. Cuando llegamos, Internet había caído y no estaban cargados los mapas, no había otra, tuvimos que usar nuestro excelente equipo de navegación, Padre y Hijo. Así, salimos a las 15.00 h.

Cargamos nafta y sacamos unas fotos de la fantástica vista de Puerto Natales, rodeada por las montañas. En dirección, ahora al paso fronterizo. Como era tarde, no planeamos ir al Parque Torres del Paine. Seguimos camino a Cerro Castillo, paso fronterizo de Chile. Como era a unos 56 km, llegamos rápido. Es importante mencionar que en Cerro Castillo hay un acceso a las Torres del Paine. Allí, Papá decidió dar una pasada antes de pasar la frontera. Otro dato: el paso, tanto el argentino como el chileno cierran a las 22.00. Para entrar al Parque son 60 km, con asfalto de mala calidad y ripio con muchos agujeros y suelo aserrado, si es así que se dice. Estábamos cortos de tiempo, como salimos del hotel a las 16.00 h, llegamos a Cerro Castillo a las 17.00 h.

Al acercarnos, vimos la primera vista del Macizo Paine. Espectacular. Sacamos unas fotos, una que otra selfie de la familia (sé que es bosteado, pero hay que dejar una marca nuestra para la posteridad) y seguimos camino. Entramos al parque y la Guardafauna nos sugirió un recorrido corto para que pudiéramos ver lo mejor en poco tiempo.

Resumiendo un poco sobre el Parque Nacional Torres del Paine. Es una Reserva Natural de Chile cuya principal marca es el Macizo Paine, lleno de picos y montañas, en forma de cuernos, paredes esculpidas por las fuerzas monstruosas del pasado. Las formaciones modernas crean algunas de las vistas más fantásticas de toda la Patagonia. Lagos azul turquesa en la base de montañas de 3000 metros. Apenas fotos pueden reflejar la maravilla de estos lugares. Además, el Parque es conocido como un excelente lugar para hacer trekking, la única manera de realmente alcanzar las mejores vistas del parque. Muchos dicen que es necesario reservar de 7 a 9 días para conocerlo por entero. Y nosotros íbamos a contrariar eso, íbamos a hacerlo en una hora y media.

Las rutas de ripio levantaban polvo por todas partes y la VeraCruz ya estaba castigada con los golpes en la suspensión. Viajar con los Caldas es sufrido. Pasamos por la Laguna Sarmiento, Amarga y el más fantástico, Nordernskjöld… Única palabra: espectacular. Una de las vistas más bonitas que ya vi en mi vida, con los cuernos del Paine y los cerros nevados. Sin dudas, un lugar que debe ser aprovechado en todas las vistas posibles. Seguimos por la ruta hasta el mirador Salto Grande donde está la vista del Macizo Paine completo. Juro que parecía una pintura. Sacamos fotos con la VeraCruz y con nuestras poses y de ahí salimos corriendo hacia el paso fronterizo, porque eran las 20.30 y faltaban unos 100 km, incluyendo ripio con curvas y contracurvas, sin contar el tramo final de asfalto bosteado. Estábamos corriendo contra el tiempo. ¿Pero íbamos a dejarlo así no más? ¡No, nunca! Papá nos hizo creer que estábamos en el Rally Dakar a 90 km/h en las curvas cerradas y 130 en las rectas y curvas abiertas. Aceleramos como nunca. Fue el desespero. El polvo volaba por las calmas estepas del Paine y los guanacos nos veían pasar y ni se atrevieron a cruzar la ruta. En media hora, llegamos a Cerro Castillo y eran las 21.40, a veinte minutos de cerrar. Había fila, pero como ya estábamos dentro hicimos los trámites de salida y a las 21.58 estábamos dentro de la zona común. Había unos 10 kilómetros de ripio hasta el puesto fronterizo argentino. Corrimos al auto y aceleramos. Los minutos pasaban y no llegábamos. Finalmente, después de la pequeña montaña que subimos, llegamos al puesto fronterizo Don Guillermo de la Gendarmería. Eran las 22.10. Las puertas ya estaban cerradas. La VeraCruz quedó en la zona común. Cruzamos caminando. En la entrada del puesto, un joven gendarme nos dijo «La frontera está cerrada. Ya son más de las diez. Podemos hacerle los trámites de migraciones, pero si el funcionario de aduana no les quiere hacer los papeles del auto, el auto se queda, ustedes van caminando, sino pueden ir con él. Vean con el señor». Y nos hizo todo un discursito gozador para que nosotros le rogáramos para pasar con el auto. No teníamos otra, le dijimos que tuvimos problemas con el auto y que ya habíamos pasado la frontera, etc. El aduanero nos dijo sí. Como eran tan ineficaces tardaron un rato. Y el auto pasó. Pero los comentarios en nuestra contra  continuaron. Fue realmente una experiencia mala y incómoda. Al salir del puesto y entrar en Argentina, nos reímos y suspiramos de alivio. Casi que nos quedábamos durmiendo en la VeraCruz, nunca podíamos abandonarla.

El tema es que faltaban todavía 291 kilómetros hasta El Calafate. Iba ser cansador. Y de noche encima. Entramos en la ruta 40 finalmente, en próximos días haré más comentarios sobre esa fantástica ruta. Rapidísimo, llegamos al primer parador, Esperanza, donde cargamos nafta. Faltaban 156 km. Ya estábamos todos cansados del día anterior y de hoy. Papá tambaleaba en los últimos kilómetros, ni hablar de los conejos suicidas que cruzaban la ruta. Hubo uno que pasó de esta vida para otra mejor. Apareció de la nada.

Después de todos los kilómetros, llegamos a las dos de la mañana a El Calafate y encontrar el hotel fue un chino otra vez. Google Maps nos mostró el camino usando el Roaming maldito de Papá. Llegamos finalmente. Check-in y directo a la cama. Mañana conoceremos la Capital Nacional de los Glaciares.

07/01/16 – Tolhuin – Puerto Natales

Salida: 9.30 h – Llegada: 5.10 am (08/01/16) – Distancia: 809 km – Total acumulado: 4965 km

Tolhuin - Puerto Natales - Total
Despertamos temprano, el viento del Lago Fagnano bajó un poquito y el sol ya estaba radiante. Teníamos un largo tramo que hacer. Desde Tolhuin a Puerto Natales íbamos a recorrer rutas con mucho viento, balsa, paradas y rutas de ripio interminables.

A las 7.00 h, nos despertamos y empacamos. Tomamos el desayuno casi solos en el salón e hicimos todo lo más rápido posible para salir temprano. Sabíamos que llegaríamos tarde, pero todo iba normal. Hicimos el check out y ordenamos todo en los baúles.

Volvimos por la ruta 3, pero hoy sería el último día que recorríamos los  maravillosos caminos que nos trajeron desde la Quinta a Ushuaia. Los primeros kilómetros transcurrieron con normalidad. A medida que nos acercábamos de Río Grande, sentíamos los problemas del viento del verano de Tierra del Fuego. Fuerte como nunca. Lo que es normal para esta región, pero la VeraCruz lo sentía. Bravamente, cruzaba la ruta 3 con vientos de 70 km/h. Hicimos los kilómetros hasta Río Grande, y en lo que sobró del puerto Caleta La Misión paramos porque Papá quería sacar unas fotos y mirar atentamente lo que dejaron del puerto hace unos dieciséis años. Papá y yo salimos del auto, el viento ni nos dejaba abrir las puertas. Caminar en línea recta era un desafío. Casi no nos manteníamos en pie. Quedamos ahí un ratito para poder recuperar algunos momentos de aquel pasado.

Veinte minutos después estábamos de nuevo en la ruta 3. Media hora después, llegamos al paso San Sebastián. Hicimos los trámites en el lado argentino de forma rápida y después en el lado chileno, que fue más lento. Mucha burocracia. Otra vez en la ruta, pero ahora de ripio. En vez de cometer el error de la ida, tomamos la ruta que estaba en obras y no la vieja, que nos hizo tardar años en llegar.

En los primeros kilómetros, todo aparentaba estar mejor que en la otra. Era más lisa, con menos piedras sueltas y más compactada. Seguimos camino. Como me seguía doliendo, un poquito, la cabeza, me volví a dormir en el camino. De repente, escucho que Papá me llama y veo la ruta asfaltada. Era como el Santo Grial. Volvimos de los 50 km/h a los clásicos 130 km/h. Y así fue por unos 40 km. Hasta que la nuestra ilusión terminó. La ruta de hormigón había terminado y volveríamos al ripio. Estaba mal cuidada y horrible para la VeraCruz. Y lo gracioso es que la ruta en obras estaba casi terminada, y tuvimos que seguir el camino mirando con envidia la ruta lisita y lista para ser usada. Qué rabia, pero hasta aquel momento el camino que elegimos había sido mucho mejor que el de la ida.

Seguimos camino hasta el Puerto Espora. Llegamos a eso de las 15 h y había una fila enorme de autos. De hecho, según decía la radio el sistema de balseo estaba suspendido por el viento ya que no era posible atravesar en esas condiciones el Estrecho de Magallanes.

Bueno, esperamos y las horas iban pasando. Conocimos los baños, la confitería, un puesto de información. La radio solo repetía «El balseo está suspendido por condiciones climáticas». Bosta. Y así continuaba. Papá contó 123 vehículos antes de nosotros. Atrás era imposible saber; la fila seguía hasta perderse en el horizonte. No habíamos almorzado entonces a las 18.15 h, Mamá y Agus fueron a comprar algo en la confitería, pero la fila era kilométrica. Gonzi, Papá y yo nos quedamos en el auto. Esperamos, esperamos, y el viento no quería disminuir. Constante y fuerte. Sólo las gaviotas nos hacían distraer por unos minutos. Una hora y media después, las dos llegaron caminando contra el viento con sandwiches y papitas para comer como almuerzo. Y así fue, comimos y nos «divertimos» por media hora. Decían que la previsión para la vuelta del sistema de balseo era a las 20.00 h o 21.00 h. Decidimos llamar al hotel de Puerto Natales porque no íbamos a llegar en el horario previsto. Esperamos y esperamos dentro del auto. El viento comenzó a calmar y las 22.00 h los primeros autos comenzaron a moverse. Fue un alivio salir del lugar. Las dos primeras balsas habían llegado y estábamos andando en la fila, ya cerca del muelle. Finalmente, el mensaje «el sistema de balseo transcurre con normalidad por el Estrecho de Magallanes». Eran las once y seguíamos en la fila. Y el tiempo pasaba, hasta que vimos las luces de la balsa acercándose lentamente. Y lentamente llegó. A medianoche, la balsa atracó y entramos. No hubo ruidos en el equipamiento trasero. En la oscuridad del Sur de Tierra del Fuego, cruzamos el Estrecho de Magallanes y nos despedíamos de Tierra del Fuego. Las olas y el viento irrumpían en la balsa y la mecían. Los ruidos de la madre naturaleza. Encima, como fuimos uno de los primeros en entrar, estábamos en la punta delantera de la balsa, y por eso, con las olas y todo eso nos movíamos más. Sentíamos con más fuerza las corrientes y el viento el Estrecho. Fueron treinta minutos de puro terror. La balsa se balanceaba y las olas mojaban el deck. Había un señor que fue hacer algo afuera del auto, y cuando se estaba acercando a su auto, rompió una ola y lo empapó. Una verdadera ducha de lluvia salada. Nos reíamos a carcajadas, pero al mismo tiempo teníamos miedo de lo que podía pasar. En el medio del viaje, apagaron las luces y todo estaba oscuro. El silencio cobró vida. Lo único que escuchábamos eran los crujidos del barco, las olas y el viento. Nadie decía nada. Fueron minutos asustadores. Al acercarse al muelle, el barco sintió el poder del viento. Sacudón, se prendieron las luces y los primeros autos descendieron. Como el viento era fuerte, la balsa no se estabilizaba y la rampa se movía de un lado al otro. Los autos bajaban y pasaban por el agua de mar porque había agua entrando por la rampa. Y seguían saliendo, lo más rápido posible, probablemente del miedo y de la desesperación de escapar de esa situación asustadora. De repente, un anuncio en los parlantes indica que cierren la rampa y nosotros casi a punto de salir. La balsa volvió a posicionarse, hamacándose con la fuerza de las olas y el viento. Cuando volvió a atracar, bajaron la rampa y continuó el descenso. Nosotros éramos uno de los últimos en salir. Nos dieron la señal, alineamos la trompa del auto y salimos lentamente para no raspar el Thule. El auto se mojó con el agua del Estrecho de Magallanes y no hubo otra, fue el peor raspón de todo el viaje. Al escuchar el ruido, Papá aceleró y salimos lo más rápido posible. Arena y agua volaban y el único ligar seguro era al final de la rampa. Verificamos todo y volvimos a la ruta.

Había otro problemita ahora: el GPS no prendía. Estábamos sin navegación. A los papeles otra vez. En la oscuridad, usando la linternita comenzamos nuestro largo viaje a Puerto Natales, 330 km de ruta normal. Era la 1.15 de la mañana. Otro tema es que, mientras andábamos por la ruta, estábamos con poca nafta o bencina, como dicen los chilenos. Y seguíamos y no encontrábamos cualquier estación de servicio. Papá decidió que era mejor volver y hacer 100 km más hasta Punta Arenas. Llegamos a la estación de servicio y llenamos el tanque. Lo que supimos es que esa estación era la única en el «camino» a Puerto Natales. Si hubiéramos continuado, nos habríamos quedado parados con las liebres y los guanacos. Volvimos a la ruta nacional 9 de Chile y ahora sí sin paradas hasta Puerto Natales.

El tramo fue largo, con todos durmiendo menos Papá y yo (¡qué bien!, ¿no?) y los kilómetros bajaban, las liebres cruzaban la ruta como Kamikazes y empezaba a amanecer. Después de tres horas, cansados y ya con el sol sonriéndonos otra vez, llegamos a Puerto Natales. Sin GPS, tuve que sacar mis habilidades de navegación y explorar la pequeña y pacata de ciudad de Puerto Natales. Calle por calle, íbamos acercándonos al hotel. Después de mucha desconfianza sobre mi navegación, llegamos a la calle Sarmiento del hotel. Nos abrieron los dueños con cara de sueño, pero descargamos y dormimos como piedra. Decidimos despertarnos a las nueve, de ahí a cuatro horas. Moraleja del día: todo lo que podía fallar, falló.

06/12/16 – Ushuaia – Tolhuin

Salida: 12.00 h – Llegada: 16.00 h – Distancia: 107 km – Total acumulado: 4156 km

Ushuaia - Tolhuin - Total

Hoy el tramo fue corto. Íbamos de Ushuaia a Tolhuin, pequeña ciudad en el camino intermedio entre la capital de la provincia y Río Grande. Como no había prisa y la distancia es de más o menos 100 km, nos levantamos a las 8.00 h y desayunamos al rato. Guardamos las cosas y bajamos a la recepción del lindo hotel Costa Ushuaia. No comenté que el hotel era super acogedor, con una vista fantástica al Canal de Beagle, única en la pequeña calle Costa de los Pájaros. Las habitaciones muy cómodas y el desayuno bueno. Papá todavía tenía que resolver unos trámites del banco y de Infinito, su empresa, en la compu. Como la conexión de Internet era, levemente, mejor en la recepción, nos sentamos y Papá se acomodó para resolver sus cosas. Llamó por teléfono, conversó, escribió. Hizo casi todo, porque realmente la conexión era malísima. No resolvió todo pero bueno…

A eso de las 12.00 h, Papá cerró la computadora y guardamos las bolsas en el auto. Así nos despedíamos de la pintoresca ciudad de Ushuaia, lugar de muchas experiencias y de vistas fantásticas. Volvíamos por la Ruta Nacional 3, que todavía iba acompañarnos hasta la frontera con Chile. Desde 3063 km, los kilómetros iban disminuyendo, hasta el complejo invernal Villa Las Cotorras, donde fuimos a comer. La especialidad del lugar era el cordero patagónico.

Nos sentamos optamos por el cordero, obviamente. Lugar lindo, construido sobre un pequeño arroyo y cerca del Cerro Castor, pista de ski más austral del mundo. Comimos unas ensaladas y panes hasta que vino el cordero. Realmente, era muy rico. No es algo que se encuentra en cualquier lugar. Pero, otra vez, la cantidad era inmensa. Se fueron unos pedazos y sobró un montón. Probablemente, van a los huskies que estaban atrás. Salimos a las 15.30 h, y faltando 70 km, volvimos a pasar por el Paso Garibaldi y sus espectaculares vistas, pena que el día estaba nublado…

Rápido llegamos a la hostería Kaiken, a las 16.15. Al borde de las aguas del Lago Fagnano y a unos 6 km de Tolhuin. Bajamos los dos bolsos Thule que necesitábamos y nos registramos. Habitaciones 205 y 204. Una vista envidiable para muchos. Nos acomodamos, prendimos la tele y me acosté, me dolía la cabeza… Me dormí y solo desperté a las 18.30 h. Siesta profunda y el sol seguía iluminando el Lago Fagnano. Viento impresionante. Bajé al salón común donde estaban Gonzi, Mamá y Papá. Estaban tratando de usar la conexión de Internet de la Hostería Kaiken. Conversamos y yo redacté una de mis grandes opiniones de TripAdvisor, ahora del Hotel Paris, GRANDES RECUERDOS… Nos quedamos ahí hasta la hora de la cena y comimos algo liviano, al contrario de la noche de la centolla. Mientras comíamos, Mamá estaba revisando el blog, y recordamos nuestros viajes otra vez, ahora con fotos y textos del pasado, nos reímos de las situaciones que pasamos y de la evolución del equipo Thule, ahora mucho más organizado. A las once nos fuimos a nuestras habitaciones y dormimos bien. No había sido un día muy complicado.

Mañana haremos un tramo larguísimo. Tolhuin a Puerto Natales en Chile. Son 670 kilómetros, incluyendo balsa, migraciones y rutas de ripio otra vez, veremos qué nos reserva el día.

05/01/16 – Ushuaia – Conociendo el final de la Ruta Nacional 3…

Salida: 12.00 h – Llegada: 23.30 h – Día de paseo – Total acumulado: 4049 km

Recorrido Ushuaia 2

En nuestro último día en Ushuaia, nuevamente nos despertamos a las 8.00 h, otra vez sin problemas. Nos organizamos y desayunamos 9.30 h porque siempre nos atrasamos para todo. Todo normal y al volver a las habitaciones, Papá dijo que tenía que resolver unas cosas del banco. Bueno, dejamos a Papá solo en la habitación, así lo dejábamos calmo. Y así fue, el tiempo pasaba y pasaba. A eso de las 12.00 h, Papá dice que no consiguió resolver casi nada porque Internet era muy mala.

Salimos, entonces, para recorrer el Parque Nacional Tierra del Fuego, pero esta vez de auto. El parque tiene una zona permitida a las visitas de los turistas. Esa zona está alrededor de la Ruta 3 que va hasta Bahía Lapataia, extremo de Tierra Del Fuego con Chile. Entonces, fuimos al parque a visitar lo que el tren no nos mostró. Llegamos rápido porque queda cerca de Ushuaia. Compramos las entradas y anduvimos algunos kilómetros de ripio hasta el mirador Isla Redonda. En ese lugar, hay un muelle que antes llevaba a los turistas hacia la Isla Redonda, dentro de la Bahía Lapataia, que a su vez está dentro del Canal de Beagle. Allí, hace algunos años, estaba el correo del Fin del Mundo. Uno puede mandar un recuerdo del correo más austral del mundo, como fue el caso de Agus, que quiso mandar uno a casa. Le pusieron miles de sellos y ahí fue en dirección a casa, esperemos que llegue. Mientras, los cuatro estaban haciendo eso de la postal de Agus, yo me fui a dar un paseo. Caminé el inicio de unos senderos, saqué algunas fotos y observé el paisaje fantástico. Nunca pensé que en este fin de mundo hubiera escondido un lugar tan lindo como aquel. Sin dudas, voy a volver un día para ver y encontrar más lugares como este.

Después que mandaron la postal, volvimos al auto y nos dirigimos a la Bahía Lapataia. Los últimos kilómetros de la Ruta Nacional 3. 3070, 3071, 3072… Y los lindos paisajes solo continuaban, uno atrás del otro. Y continuamos hasta el kilómetro 3079. Aquel punto, en Ushuaia, Lapataia, Argentina, termina la gran Ruta Nacional 3. Ese número 3079, tan significativo. Allí había un cartel, que anunciaba: «Aquí finaliza la Ruta Nacional 3. Buenos Aires 3079 km, Alaska 17968 km». Gran manera de terminar la Ruta 3. Todavía íbamos a recorrerla hasta salir de Tierra del Fuego. En aquel lugar espectacular, aunque estuviera nublado. Después de contemplar nuestra magnífica hazaña, salimos del auto y caminamos por un sendero de 3 km, que nos llevaba a pequeñas bahías y bosques profundos de lenga fueguina. Caminito muy fácil, con puentecillos de madera y mucha vegetación alrededor. Después del breve sendero, llegamos a una playa con muchas piedritas y le mostré a Agus y Gonzi el arte del patito. Traté de enseñarles, pero muchos intentos fallaron. Continuamos hasta el final del Sendero de la Baliza, que terminaba exactamente con una baliza de señal. Ahí, en la playa los dos consiguieron y celebraron la victoria. Quedamos veinte minutos hasta que comenzó a llover y tuvimos que volver por el sendero a más velocidad. Llegamos al auto mojados y entonces partimos hacia algún lugar que pudiésemos comer. Llegamos al Alakush y comimos unas empanadas y tartas, rico y rápido. Papá hasta se dio el lujo de comer empanada de centolla.

Como seguía lloviendo, volvimos al auto y seguimos camino al hotel. Allí Mamá y Papá reservaron una mesa en un restaurante cuya especialidad era la centolla, supuesto plato más rico de Ushuaia. Reservamos para las 21.30 h porque solía estar lleno. Como eran las cinco, fuimos a nuestras habitaciones a descansar hasta la hora de la cena.

Nueve y cuarto salimos del hotel y fuimos al centro de Ushuaia, donde estaba la Cantina de Freddy. ¡Lleno! Hasta que encontraron la reserva y se organizaron la mesa, tuvimos que esperar en el frío y ventoso Fin del Mundo. En el momento que nos sentamos, el mozo preguntó qué queríamos comer y Papá se pronunció directamente: «Quiero una centolla». Y nos dejó en el aire, como si fuera a comer un cangrejo de aguas profundas, él solo… ¡¡¡1700 gramos!!! Como no estábamos decididos y papá desesperado, eligió nuestros platos como si fuéramos niños. A mí me pidió una centolla a la parmesana, Agus y Mamá, sopa de centolla. Fue algo impresionante. Papá parecía otra persona. «Quiero centolla… Centolla rica» debía decir su cabecita. Y bueno, cuando llegó la bendita centolla, se concentró en el proceso. Hay que comer con las manos y cortar el bicho con tijera. Yo probé el mío y no me gustó. A Mamá y a Agus les gustó la sopa y trataron de sacarlo un poco de la centolla de Papá. Gonzi probó, dijo que le gustó, pero después no quiso más. Le pidieron unos tallarines para que comiera por lo menos algo. Papá disfrutó mucho de la cena y trataba de convencernos para que pidiéramos más. A mí me gustó, pero no moriría por ese plato.

Terminamos de comer y al mirar a nuestro alrededor se veían las mesas de todos los comensales llenas de bandejas con restos de centolla. Comer ese marisco da mucho trabajo! Pagamos y nos fuimos al hotel, ya era tarde y teníamos que descansar. Preparamos las cosas para no haber lío mañana, obviamente, yo ya las tenía todas guardadas.

Ahora, comenzamos nuestra subida de vuelta, si se puede decir así. Nuestro paralelo va volver a subir, primero hasta Tolhuin, pequeña parada antes de Puerto Natales, que también va ser otro tramo gigante, en dirección a las fantásticas Torres del Paine.