13/01/16 – Cueva de las Manos – Miedo en el Cañadón 

Salida: 10.00 h – Llegada: 17.00 h – Distancia: 40 km – Total acumulado: 6860 km

Como teníamos un día entero para quedarnos acá en la Cueva de las Manos, nos despertamos a las 8.00 h. Cada uno se bañó y se preparó para el trekking que estaba por venir. La mayoría de visitantes va por Bajo Caracoles y sigue una ruta de ripio de 70 km. Existen otras vías de entrada hasta la Cueva de Las Manos, todas accesibles por auto, pero a través de largas rutas de ripio. Nuestro camino iba ser un poco diferente. El hotel queda en el lado opuesto del Cañadón Río Pinturas, evitando el viaje de auto para llegar hasta la Cueva de las Manos. Hay una ruta de ripio desde la Hostería Cueva de las Manos (nuestro hotel) de 18 km que nos llevaría hasta el punto de comienzo del trekking. El sendero baja el Cañadón, cruza el río por un puente colgante y después sube el Cañadón otra vez, hasta el centro de visitantes de Cueva de las Manos. Dificultad: media – Extensión: 2,5 km. Por lo que nos decían las recepcionistas, parecía fácil y bien organizado. Iba a ser un paseo diferente al de los otros. Obviamente, fuimos «bobinhos», inocentes los cinco hacia la aventura, que parecía fácil, pero iba a ser mucho más difícil.

Tardamos en prepararnos. Creyendo que íbamos a salir a las 9.00 h, nos atrasamos en el desayuno y salimos a las 10.00 h. Buscamos los sandwiches que iríamos a comer a la vuelta. Con lo colgadas que eran las recepcionistas, esperamos un ratito más, para conseguir las vianditas.

Partimos con la VeraCruz hacia la aventura. El camino podía estar peor. Con algunas piedras sueltas y con puntas igual a alfileres, la VeraCruz cruzaba la estepa patagónica sin problemas. Nosotros adentro, ya teníamos leves sospechas de que la cosa no estaba bien organizada. Había pocas indicaciones. El camino se hacía peor, con pendientes más inclinadas. El Thule se la aguantó sin problemas. Media hora tardamos para llegar después de pasar lentamente por muchos caballos y guanacos, además de varios choiques, todos nuestros compañeros de viaje de la Patagonia.

Al final, para nuestro alivio, había otros autos estacionados. Salimos del auto y contemplamos el inmenso Cañadón. Para abajo eran 200 metros de altura hasta la base, donde quedaba el Río Pinturas. Miramos para abajo y pensamos: ¿Cómo vamos a bajar todo esto? Ahí al lado había un cartel tirado en el piso que decía «Cueva de las Manos» y abajo una flechita.

El sendero comenzaba empinado. Dudas sólo dudas. Será que era realmente por ahí? Dudosos, bajamos los primeros metros. El sendero tenía muchas piedras sueltas, lo que dificultaba el descenso. Apenas hicimos los primeros metros, el sendero giraba en una curva cerrada hacia la derecha. Metros después, otra curva cerrada ahora hacia la izquierda. Cuando miramos hacia abajo, notamos el camino bajaba de esa manera, curvas cerradas intercaladas por pequeñas rectas. El camino sinuoso empeoraba por causa de los nervios, no sabíamos para dónde íbamos. Teníamos una noción de que estábamos en el lugar correcto porque en el lado opuesto del Cañadón, se veía la Cueva de las Manos. Entonces, tendríamos que bajar las inmensas paredes del Cañadón. El camino bajaba de esa manera loca hasta cruzar dos paredones de piedra separados. Mientras tanto, el camino tenía unas piedras grandes sueltas y algunas veces, uno de nosotros se resbalaba. Había mucha tensión en el ambiente. En compensación, el paisaje era espectacular. A cada diez segundos parábamos para sacar fotos, por eso íbamos lento. Otro tema que nos daba un miedito era el hecho que el sendero no estaba bien marcado, entonces, cada uno tomaba un camino diferente, que le pareciera más cómodo. Unos iban más lentos que otros y otros iban mucho más rápido. El sendero, para quien no conoce y sin indicación ninguna, era difícil. Continuamos bajando por las curvas sinuosas hasta que pasamos los paredones y el camino seguía ahora un tramo más rectilíneo, siguiendo la bajada menos inclinada del Cañadón. Las piedras sueltas persistían y los resbalos también. Seguimos camino por unos 600 metros de bajada hasta que llegamos a una zona plana donde descansamos un rato. Después de tomar agua y saciar nuestras gargantas, seguimos nuestro camino. De repente, una pendiente aparece en el sendero y tuvimos dudas, porque el sendero no estaba bien marcado otra vez. Seguimos por la pendiente, y el camino volvió a tomar las curvas sinuosas. Sólo que estas curvas eran más inclinadas y más difíciles con piedras sueltas y tierra resbaladiza. Bajamos lentamente por las curvas, con los nervios a flor de piel. Quedamos unos quince minutos bajando la pendiente, hasta que la pendiente se transformó en la planicie, en la base de Cañadón. Como estábamos cerca del Río Pinturas, había un pequeño bosque. Cruzamos el bosque y de repente aparece el puente colgante que tanto esperábamos. El puente cruzaba los 20 metros de ancho del río. Era todo de metal y tenía un cartel que decía «Capacidad Máxima 1 persona». Mamá decidió pasar primero. «Quédate acá, Gonzi, si me caigo por lo menos estás de este lado». Estábamos todos dudando, pero el río debería tener 50 centímetros de profundidad. Mamá cruzó con calma y llegó al otro lado sin problemas. Gonzi probó su suerte después. El puente se la aguantó bien, entonces, crucé con confianza. Fue la parte más divertida. Nos sentíamos Indiana Jones y por hablando en eso, el ambiente y el paisaje, para quien vio Indiana Jones, La Última Cruzada eran muy parecidos. Los desiertos secos y los cañadones que cercan alguna planicie.

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Seguimos camino. Ahora volvíamos a subir, y ya veíamos el centro de visitantes. Mientras caminábamos, Papá se mira la billetera y le pregunta a Mamá si había traído la plata, porque él no tenía mucho para pagar las entradas. Mamá no tenía nada… Bosta, tal vez tendríamos que volver todo para buscar la plata y los documentos. Nooooooo… Papá decía que tenía reales y que tal vez le aceptarían, pero otra vez estábamos en duda. No había otra que continuar, no íbamos a volver todo otra vez.

El camino no era tan empinado. Subimos hasta al pie de unas escaleras y después el camino seguía subiendo por el cañadón, pero con más calma. Hacía calor. Paramos para sacarnos las camperas y buzos porque no aguantábamos más. Aireados, continuamos el camino que hacía un giro a la izquierda y finalmente la última subida hasta el centro de visitantes. Llegamos, cansados y con la lengua afuera. Entramos al centro y preguntamos cuánto costaban las entradas para la visita guiada a las cuevas. El dinero dio justo para los cinco, porque Agus y Gonzi no tenían que pagar (en realidad, Agus tenía, pero con la historia que le contamos y con nuestras caras de pobrecitos y acabados, no nos cobró). Agus encima tenía unos pesitos de no see qué viaje y conseguimos pagar para todos. La visita guiada salía justo a ese momento, entonces fuimos a encontrarnos con la guía.

Juntando a la gente, la guía nos contó una introducción de lo que sería la visita a las cuevas. Al ratito, seguimos a la guía por 600 metros hasta la primer cueva. Fue ahí, las primeras manos en negativos aparecieron ante nuestros ojos y apenas miramos impresionados.

La Cueva de las Manos es un sitio arqueológico muy importante en la Argentina. Acá fueron encontradas las pinturas rupestres más antiguas de América Latina. En el paredón del Cañadón del Río Pinturas, muchas manos en negativo pintadas en la pared, además de dibujos de guanacos, choiques y otros símbolos. La Cueva de las Manos es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1999. Por su valor y estado de conservación, las pinturas son impresionantes, y poseen 9000 años de edad. En este mismo, lugar estuvieron nuestros antepasados y dejaron sus marcas que hasta hoy existen. Por el lugar y las condiciones climáticas, las pinturas se conservaron y podrán conservarse por miles de años más. Entonces, permanecen intactas, pero el ambiente por si no lo cambian, porque si lo hicieran podrían perderse.

Bueno, continuamos camino contemplando maravillados las manos de color vivo en las paredes. Desde ocre, a rojo vivo, las manos llenaban las paredes. Además, la guía nos explicaba la representación de algunos guanacos en la cacería. En negro, blanco y amarillo, los guanacos y huemules aparecían en manadas, alrededor de las manos. Manos de diferentes tamaños, colores y una de seis dedos, inclusive. La historia sobre las pinturas era muy buena y Mamá y Gonzi eran los más curiosos del grupo. Era fantástico, con la linda vista, todas las manos y las pinturas conservadas por el tiempo. Era realmente algo de otro mundo, en realidad de otro tiempo. Después de la caminata con las vistas impresionantes, las manos parecían atraer nuestras miradas de una manera única. Era increíble. Y las pinturas sólo iban apareciendo, más y más. Nunca había visto tantas y tan bien conservadas. La pena es que uno no puede acercarse mucho porque hay unas rejas que impiden el acercamiento porque hubo muchos casos de vandalismo. Dañando las pinturas, sacando un pedazo de la piedra, haciendo grafitis al lado de las pinturas. Vale la pena hacer la visita. Después de una hora y media, volvimos al centro de visitantes, comimos los sandwiches de la hostería y nos preparamos mentalmente para la vuelta. Gonzi decía que no iba a aguantar y a Agus le dolían los pies, además, las suelas de las botas de Papá se habían roto. Puras quejas familiares.

A las 15.10 h, partimos por el mismo camino, pero ahora con menos dudas. Bajamos las escaleras y volvimos al bosque del río. Cruzamos el puente, y ahora subimos las pendientes. Subir era mucho más fácil que bajar, además el peso de la tensión era mucho menor. Ahora estábamos mucho más livianos. Subimos sin problemas. Llegamos al planicie y descansamos un ratito. Seguimos volviendo. La pendiente apareció, algunas arañas capetas por el camino, pero ningún problema ni nervios hasta ahí. La pendiente la subimos rápido. Después llegamos a la parte más difícil. Los dos paredones se erguían ante nosotros. Las curvas sinuosas también. Pero estábamos con energía, menos Papá que se sentaba en alguna piedra de tanto en tanto. Yo iba atrás del grupo por cualquier cosa. Gonzi comenzó a acelerar impresionantemente. En las curvas sinuosas, cada uno tomó un camino diferente otra vez. Cuando estábamos llegando al final, tomé un atajo y subiendo lo más rápido posible alcancé a Gonzi que estaba allá casi llegando. Corriendo y subiendo lo más rápido posible, porque Papá iba mucho más lento, entonces, él y yo habíamos quedado muy atrás. Corrí, subiendo las piedras y al final lo pasé y casi llegando primero. Gonzi reclamó, entonces baje la velocidad y decidí que él llegara primero. Todo esto era sólo para cargar un poco a Gonzi. Llegamos los dos. Después Mamá y Agus y al final Papá. Habíamos subido el Cañadón. Otra gran hazaña de los Caldas. Lo hicimos con todas las dificultades que enfrentamos. Cansados, contemplamos el nuestro camino, y el nuestro logro. Fue genial.

La VeraCruz, que estuvo esperándonos, salió de su lugar nuevamente, hacia la hostería otra vez. En al vuelta comentamos nuestra aventura a la Indiana Jones y cada situación que pasamos. Estuvo genial. Si hubiéramos venido en el auto hasta la Cueva no habría estado tan bueno. Fue una aventura diferente. Y mucho mejor que haberla hecho en auto. Y a pesar de haber sido un grupo desparejo y más lento que otros, hicimos el sendero, las dos veces en 50 minutos, diez minutos más que la media. Estábamos muy bien. La vuelta también fue rápida. Hicimos los 18 km de ripio y llegamos al hotel a las 17.00 h, muertos de cansancio del día que tuvimos. Pedimos unas aguas y nos bañamos en la habitación familiar. Unos dormían, mientras otros se refrescaban. Yo me dormí porque tardaban mucho. Día inolvidable, paisajes impresionantes y pinturas increíbles, algo más? Suficiente.

La cena, otra vez servida por las recepcionistas, fue a las 21.00 h y fue pollo a la pizza, a Gonzi le encantó. Decía «está muy bueno». Comimos y nos fuimos a dormir, yo por lo menos. Estaba con mucho cansancio acumulado.

Mañana nos dirigimos hacia Esquel. Puedo decir que Cueva de las Manos fue nuestra última parada para, digamos, visitar y conocer nuevos lugares. A partir de ahora, emprenderemos nuestra vuelta hacia Buenos Aires. Todavía estamos en la Patagonia y muchas cosas pueden pasar, pero ya nos comenzamos a despedir de la fantástica y inigualable Patagonia, nuestra casa por tantos días. Ya te comienzo a agradecer, gracias por tantos lugares espectaculares, que sigas encantando otras personas. Veremos lo que pasa mañana, es un tramo largo.

12/01/16 – El Chaltén – Cueva de las Manos

Salida: 11.00 h – Llegada: 20.00 h – Distancia: 648 km – Total acumulado: 6820 km

El Chaltén - Cueva de las Manos - Total

Hoy era día de kilómetros otra vez, más o menos 600 km de ruta hasta la Hostería Cueva de las Manos. Saldríamos temprano para hacer una caminata simple, el mirador de los Cóndores. El Chaltén, para contar un poco más, es un destino de veraneo que está creciendo. Muchos mochileros van para conocer los senderos más espectaculares de Latino América. Muchos suben hasta la base de los Cerros Fitz Roy y Torre, los más emblemáticos. Una ciudad simple pero organizada, tiene sus avenidas principales llenas de hoteles y restaurantes, además de locales para lavar la ropa. Es una ciudad hecha y preparada para los caminantes. Muchos también vienen de bicicleta para tener otra experiencia de la Patagonia. El Chaltén siempre tendrá ese público asegurado, pero en los últimos años muchos turistas «convencionales» vienen curiosos para conocer esos senderos. Los senderos varían de complejidad. Los más difíciles, como el de la Laguna de los Tres y de Laguna Torre, tienen subidas inclinadas y difíciles, además son largas con 12.5 km de extensión, solo ida. Son senderos para la gente que realmente le gusta. Bueno, obviamente no hicimos esos.

Nos despertamos temprano, a las 7.30 h, Papá ya se había ido hacía un rato porque iba a cargar nafta. Por sus cálculos, teníamos tres posibles paradores, pero como había posibilidades de no haber nafta en ninguno de esos, teníamos que llenar el tanque. Como sólo había una estación de servicio, pequeña del tamaño de un container, Papá tuvo que esperar en una fila gigante, y, encima, el único funcionario no había llegado, además, el camión con el combustible tenía que cargar la estación.

Mientras tanto, Agus, Gonzi, Mamá y yo guardamos las cosas en las valijas y miramos tele, esperando que Papá nos diera alguna información de lo que estaba pasando. A las 10.00 h, tuvimos que salir de la habitación, porque era la hora del check out. Bajamos las cosas y esperamos en la recepción. Mamá, curiosa como es, comenzó a conversar con el dueño de la posada, bonaerense, sobre lo que era vivir en El Chaltén. Mismo que aislada, la ciudad de El Chaltén se sostiene bien y sin problemas, nunca hubo problemas de luz, gas… Vivir en ese lugar remoto, para él, era mejor que la vida agitada del centro de Buenos Aires. Y eso es algo interesante, todos los patagónicos que conocimos venían de las grandes urbes y se mudaron porque ya se habían cansado de esa vida agitada. Acá podían aprovechar y trabajar con tranquilidad, disfrutando la vida calma y solitaria de la Patagonia. El señor nos contó cosas diferentes y buenas para conocer la vida de la Patagonia. Después de un rato, a las 10.30 h, Papá llegó con el tanque lleno listo para seguir camino. Nos despedimos del señor, y fuimos hasta la salida de la ciudad donde estaban los senderos de Mirador de los Cóndores y de las Águilas, cortos, pero nos recomendaron para poder conocer un poquito de las vistas ya que teníamos poco tiempo. Tenía 1 km de sendero con piedra compactada, algún tramo tal vez con piedras sueltas, pero fácil.

Estacionamos el auto y seguimos los carteles para llegar al sendero. Había viento pero no era insoportable. El día estaba espectacular, decían que días como este eran difíciles de encontrar porque el clima es muy cambiante y nublado. El Fitz Roy y el Torre eran lindos sin nubes e imponentes bajo el cielo azul. El sendero comenzaba unos cuatrocientos metros en línea recta, en la planicie y al final había una bifurcación, tomamos el camino de la izquierda que nos llevaba al mirador.

Apenas hicimos la curva, la pendiente subía rápidamente, siguiendo los rasgos de la montaña. Algunos ya estaban pidiendo «arrego» (ayuda, no aguantarse más en pie). A cada parte plana, el grupete paraba y descansaba. Y seguimos subiendo. A cada 100 metros, había un panel que exponía características de los cóndores, que vivían por ahí, animal favorito de Gonzi. Siempre que había un panel, parábamos y Gonzi nos leía en voz alta el texto. Carroña, carroña esa era la palabra más graciosa. Y seguimos subiendo. Papá ya estaba con la punta de la lengua para afuera. El sendero subía la pendiente y después, cerca del final, hacia un giro hacia la izquierda. Ahí, el camino cruza un pequeño bosque de lenga, y Gonzi sintiéndose Indiana Jones. La vista ya perfilaba muy linda. Subimos el último tramo de piedras sueltas y Gonzi resbaló algunas veces, pero nada pasó. A diez minutos del final, hay una otra bifurcación, que daba para otro mirador, el de Las Águilas, Papá dijo que cuando volviéramos, veíamos se íbamos o no por ese camino que agregaban 30 minutos a nuestro recorrido. Al final, las piedras que constituían el mirador nos dieron el punto final del sendero. El mirador nos mostraba el Fitz Roy y el Torre, bonitos como nunca. Además, nos mostraba toda la ciudad de El Chaltén bajo las montañas, cercada por el río y por el pequeño cañadón que era la entrada. El viento ahí arriba era fuertísimo. Sacamos unas fotos y contemplamos por cinco minutos la vista y la nuestra hazaña. Como Gonzi quería irse, comenzamos a hacer el descenso. Papá iba primero y bajó lo más rápido posible. Pasamos otra vez por la bifurcación, y Papá no pensó, pasó directo. Le damos un descanso porque ya subir todo eso había sido un ejercicio grande. Así, bajamos para volver al auto. La bajada fue bastante rápida. El sendero era bueno para quien se quedaba una noche sola. Al volver abajo, visitamos el centro de visitantes de Parque Nacional Los Glaciares. Allí, había una rápida presentación, sobre los diferentes senderos que existían y sobre la vida del escalador de las montañas duras de los Andes.

Como ya era tarde, fuimos a un local y compramos unas empanadas y unos sandwiches, porque no queríamos comer en un restaurante. Y después de estar listos para partir, salimos otra vez de El Chaltén. En el retrovisor veíamos desaparecer las montañas icónicas.

Continuamos por la ruta provincial 23 por 90 km, y después giramos hacia la izquierda de vuelta a la 40. La ruta Nacional 40 es legendaria. Recorre desde el punto extremo norte en Jujuy hasta el extremo sur en Río Gallegos. Es una ruta para los turistas y trae la sensación verdadero viaje de ruta. Es una ruta solitaria que pocas personas recorren. Además, pasa por diversos climas, desde el clima seco y agobiante del Noroeste hasta el frío y helado aire de la Patagonia. Es una ruta diferente, que llama a lo más salvaje del argentino.

Bueno, por esa ruta seguimos unos 70 km hasta Tres Lagos, donde íbamos a cargar nafta. Pueblito en el medio de la nada, fue difícil encontrar la estación de servicio. Cuando la encontramos, el único mensaje nos aparecía era «no hay nafta». Listo, paramos al lado y como ya eran las 14.00 h, comimos la comida que habíamos comprado en El Chaltén. Sentados y mirando el paisaje, comimos ahí calmitos, sin que nada pasara. Al rato, estábamos de vuelta en nuestro camino. Seguimos hasta Gobernador Gregores, nuestra siguiente parada. Más kilómetros adelante. La estepa patagónica volvió a invadir el paisaje. Otra cosa, la planicie interminable de la Patagonia creaba rectas kilométricas de la Ruta 40, miedo por Papá, porque las rectas son muy monótonas. Todos dormían, mientras pasábamos por guanacos y más planicies.

Ese tramo fue bien largo, hasta que la ruta de asfalto se transformó en ripio; nos habían avisado, pero no sabíamos cuándo eso iba a pasar. La ruta estaba mala. Piedras gigantes y filosas eran obstáculos en nuestro camino. Papá las desviaba, pero eran muchas. Pasamos por el Lago Cardiel, otro gigante de la región. Fueron unos 70 km de ruta de ripio, que un día, serían asfaltados. Los Andes, a lo lejos, siempre presentes. Cuando terminó el ripio, teníamos unos 60 km más hasta Gobernador Gregores. Algunas colinas nos hacían subir y bajar lentamente por la 40. Y después de 30 minutos, llegamos a Gobernador Gregores, ciudad simpática y simple. Cargamos nafta y seguimos camino hacia Bajo Caracoles, otro pueblito para cargar nafta. Eran 200 km de ruta. Otra vez los mismos paisajes se presentaban ante nosotros. Los guanacos, la estepa, pero las colinas se transformaban en un cañadón. Un Cañadón conocido en él área, el de Río Pinturas. Seguimos camino, y llegamos a Bajo Caracoles, un pueblo en el medio de la nada con un puesto para cargar nafta, una bomba y nada más. Fue rápido, porque el auto tenía bastante, era apenas para estar seguros de que no iba pasar nada. Seguimos camino. Sabíamos que el hotel quedaba en el kilómetro 73 después de Bajo Caracoles. Comenzamos el conteo y seguimos camino hasta el hotel. 70, 71, 72 y 73… Estancia Cueva de las Manos hacia la derecha. Un pequeño camino de ripio nos llevaba 4 kilómetros adentro de la estepa patagónica. El color de la tierra variaba de tonalidades rojizas. Y al final del camino, aparecía la Estancia Cueva de las Manos. Al atardecer, fantástico lugar aislado, nos registramos, y las recepcionistas nos explicaron las condiciones del hotel. Luz y corriente eléctrica apenas de 20.30 hasta 00.30 h. Agua y gas todo el tiempo. Entonces, nos presentaron la cabaña que íbamos a quedar los cinco. Juntitos. Es la peor receta. Cinco capetas en un mismo ambiente genera una explosión. Había una cama para cada uno. Cada uno eligió su lugar. Había una que otra telaraña, después encontré en el baño a la dueña (¡y qué dueña!). La cena iba a ser a las 21.00 h. Nos quedamos a oscuras hasta las 20.30 h. Conversamos y jugamos en la habitación. El tiempo pasó rápido. Fuimos a comer. Plato único: vacío al horno. Las recepcionistas nos sirvieron, porque -por lo que veníamos sospechando- eran las dos únicas funcionarias del hotel. Comimos y el comedor estaba lleno. Aunque la estancia estaba aislada, había bastante gente.

Volvimos a la habitación y nos dormimos profundamente. Mañana, no había un horario muy temprano para despertarse, íbamos a visitar la Cueva de las Manos. Sin embargo, no íbamos a seguir el mismo camino que la mayoría de los visitantes. Habría un trekking por el Cañadón Río Pinturas, sin guía, sin nada, por nuestra cuenta. Mañana les cuento más.

11/01/16 – El Calafate – El Chaltén 

Salida: 14.00 h – Llegada: 18.30 h – Distancia: 374 km – Total: 6172 km

El Calafate - El Chaltén - Total
Para hoy, dejé una sorpresa que escondí desde el primer día en El Calafate. Hoy Agus y yo haríamos el llamado mini trekking. Esto no es un trekking normal por la montaña. Es una caminata sobre el hielo, sobre el Glaciar Perito Moreno. El tema era una hora y media de caminata sobre el hielo usando los llamados grampones. Íbamos a salir temprano porque el barco partía de Bajo la Sombra, en el Brazo Rico, del Lago Argentino.

A las 6.15 h, nos despertamos y nos vestimos para el frío. Habría viento patagónico, lluvia y tal vez nieve. Sobre el glaciar el clima es muy cambiante. Cerramos nuestros bolsos Thule y desayunamos con Papá, que nos dio la información para cuando volviéramos de la caminata. Habían conseguido un remis que nos iba a llevar hasta el puerto de Hielo y Aventura. A las 7.15 h, estaba puntualmente esperándonos. Últimos saludos y partimos hacia el Parque de los Glaciares nuevamente. Conversamos con el señor, rosarino que decidió mudarse acá a El Calafate, porque la situación estaba muy violenta, incluso nos contó unas historias capetas. El señor muy simpático y gracioso, nos llevó al puerto Bajo la Sombra y las 8.20 h ya estábamos esperando para que el barco partiera.

Esperamos media hora y entonces nos llamaron para embarcar. Cuando nos sentamos, vimos a nuestros compañeros de caminata. El primer gran grupo era de brasileños, abrigados como nunca, como si fueran a la Antártida, incluso nos reíamos de una de ellas que no sabía cómo se colocaba el cuellito. No saben lo que es frío. Otro grupo era de americanos con dos garotinhos, por lo menos no éramos los más chicos. Entraron unas 60 personas en el barco. A las nueve, el barco partió cruzando el Brazo Rico hasta el otro lado, otra vez, pasando cerca del espectacular Glaciar Perito Moreno. Veinte minutos tardó la travesía. Cuando el barco llega, atraca y todos los pasajeros salen. Ahí, nos dividen en dos grupos, de «Español» y » English». Fuimos al de español, y esperamos los siguientes pasos. Nos dieron las instrucciones y el paso a paso de lo que íbamos a hacer. Primero caminaríamos por un sendero por el bosque hasta el pie del glaciar donde pondríamos los grampones para caminar en el hielo. Después caminaríamos efectivamente por el hielo. Al volver, caminaríamos de vuelta por el sendero, y comeríamos en el refugio, al lado del hotel, con las viandas que habíamos pedido en el hotel, y después a la una y cuarto, estaríamos de vuelta al barco y nos encontraríamos con el resto de los capetas a las 14.00, ahí en el muelle.

Dicho eso, seguimos a la guía por el sendero que mostraba una vista genial del Glaciar. Sacamos algunas fotos y después del sendero, paramos para que la guía diera información acerca del glaciar y todo lo demás, incluidas las reglas de seguridad. Nos iban a dividir, dentro de los grupos, en subgrupos de 20 personas. Como llegamos justo cuando terminaron de dividir el grupo de inglés, nos mandaron al grupo 3. Esperamos un ratito, y nos dirigimos adonde iban a ponernos los grampones. Nuestro guía se llamaba Guillermo y el otro era Mariano. En nuestro grupo estaban los brasileños gorditos de quienes nos reíamos en el barco. Llegamos al tal lugar y esperamos que terminaran con el grupo anterior. Cuando terminaron, Agus se puso los grampones y después yo. Bueno, los grampones son como una base que tiene puntas que se clavan en el hielo, y se los pone en la planta del pie, como una ojota. Después me puse yo. Se sentían pesados y raros en el pie, cuando salí del banquito me enganché uno de los grampones en el pantalón y casi termine siendo la primera causa de gracia de toda la excursión. Los primeros pasos eran raros, principalmente porque había muchas piedritas que se enganchaban en los capetas grampones. Después, bajamos hasta la base del glaciar. Al llegar, estaban los brasileños, porque ya se habían puesto los grampones. Allí, conocimos el resto del nuestro grupo, argentinos y brasileños, y en el mismo lugar, nos enseñaron cómo moverse en el hielo, tanto para las subidas cuanto para las bajadas. Fue ahí, que comenzamos a escalar el glaciar. Pisar en el hielo exigía que uno clavara bien los grampones. Como una marcha. Después de un tiempo, nos acostumbramos. Y era genial. Estábamos caminando sobre el Glaciar Perito Moreno. Nada mejor. Continuamos subiendo y encontramos grietas de color azul único, y sumideros que llegaban a la base del glaciar a metros en el suelo. Cada formación fantástica iba apareciendo al nuestro alrededor. El agua que corría era de un color increíble. ¡Y era bebible! Por todas partes el agua corría y formaba las estructuras que íbamos encontrando. Fotos y fotos por doquier. Nada más lindo. Continuamos subiendo, hasta la primera parada, cuando nos preguntaron si alguien quería volver antes de seguir. Una de las brasileñas decidió volver porque su corazón estaba batiendo muy rápido. Bueno, una menos. Seguimos camino, mientras el otro guía llevaba la señora. Allá arriba, las formaciones raras continuaban y todo era fantástico. El guía nos decía que tenían que cambiar el recorrido cada tanto porque las grietas y los agujeros iban aumentando y acercándose del límite de la pared frontal del glaciar. Fantástico, el paseo nunca es el mismo. No era cansador, apenas era tremendo el viento que nos golpeaba de vez en cuando y muchas veces, cuando estábamos subiendo o bajando y nos desequilibraba. Nunca hubo un momento en que sufríamos de cansancio, pero el hielo en sí, es filoso,  y nos hacían usar guantes. Tomamos un poco de agua de uno de los arroyos del glaciar y el agua era pura y helada (¿por qué será?). Decíamos que adentro de nosotros teníamos un poco del Perito Moreno (¡ahhh, qué lindo!), pena que después se va a ir, el ciclo del agua. Llenamos nuestra botella para llevarle a los tres capetas, que también van a dispersar el agua del glaciar. Caminamos y hacíamos paradas para sacar fotos. Todo era espectacular, y el día también lo estaba, entonces aunque llovía un poquito, nunca estuvimos con frío o muy mojados. Todo transcurrió con normalidad. Sólo había un grupito de brasileños que no escuchaban a los guías, y casi hacían lío una y otra vez. Ven que hay una grieta enorme y lo primero que hacen es acercarse a ella. Encuentren el error en eso. Bueno, después de subir hasta la cima del recorrido, comenzamos el descenso siguiendo los pequeños arroyos que caían. Al llegar a la última rampa, había dos mesitas con vasos y bowls. Los guías, con sus picotas, sacaron pedazos de hielo y los pusieron en los bowls. Con los vasos, sirvieron agua del glaciar y hielo, y para los que querían whisky. Nosotros llenamos una vez más nuestra botella y nos dieron unos caramelos. Después comenzamos el descenso final y sacamos las últimas fotos, nos despedimos personalmente del glaciar y nos sacamos los grampones. Volvimos al refugio después del sendero, donde recolectamos, por nuestra cuenta (disculpas al Parque Nacional Los Glaciares) unos frutitos llamados calafates, que dan nombre a la ciudad El Calafate. Dice la leyenda que quien come el calafate, vuelve a la Patagonia. Comimos varios en el camino para poder volver varias veces, esperemos que funcione. Medio amargos y ácidos, pero a mí me gustaron, no estaban lo suficientemente maduros. Una vez en el refugio, comimos nuestras viandas y descansamos de nuestra aventura glaciar. Esperamos al barco, que llegaba 13.15 al muelle. Mientras tanto, como teníamos media hora, contemplamos silenciosamente el Perito Moreno. No me cansé de verlo, fantástico. Mientras mirábamos, tuvimos la oportunidad de ver dos desprendimientos del glaciar. Pedazos del tamaño de un edificio cayendo al Brazo Rico y irrumpiendo con un ruido impresionante, era para quedarse callado para escuchar cada crujido del hielo y verlo caer lentamente en el agua. Una de las cosas más imponentes, grandiosas que ya había visto. No hay algo igual en el mundo. Después de un rato, el barco llegó, entramos al barco y cuando salió, unas chicas que estaban viniendo se olvidaron de salir porque estaban sacando fotos, tuvimos que volver…. Después cuando salimos, definitivamente, el barco hace una pasada por el frente del glaciar. Últimas miradas al glaciar Perito Moreno. Lindo, todo argentino tiene que verlo porque es nuestro y de nadie más. Como habíamos visto en el Glaciarum, el Perito Francisco Moreno luchó por mil ochocientas leguas de nuestra frontera y consiguió estas maravillas que tenemos hoy, como es el caso de nuestros glaciares y nuestras montañas, las más imponentes de toda América. Esos pensamientos me rondaban la cabeza, mientras volvíamos y veíamos alejarse el Glaciar. Qué lindo país que tenemos. Cuando llegamos al muelle, salimos del barco estaba Papá viéndonos de lejos y nos llevó al auto, con Mamá y Gonzi que ya planean volver en tres años para que el pequeño pueda hacer lo que hicimos hoy. Contamos nuestras aventuras y volvimos a El Calafate, mirando los últimos momentos del Perito Moreno, hasta que salimos del Parque. En el auto, Papá consiguió que el antiguo GPS funcionara. El nuevo GPS sigue 0 km porque nunca conseguimos bajar los mapas de Internet. GPS y navegación garantizados = alivio para el resto del viaje.

Comimos unas empanadas en La Lechuza, y nos contaron lo que habían hecho en nuestra ausencia. Habían conseguido efectivo y el tema de la nafta estaba regularizándose. Los cortes de la ruta 3 que no permitían el paso de los camiones estaban siendo levantados. Después de almorzar, cargamos nafta, por seguridad, porque había pocas estaciones en el camino para El Chaltén y Cueva de las Manos. Emprendimos camino a El Chaltén.

Todo transcurrió con normalidad y nos despedimos del Lago Argentino, nombrado por el propio Francisco Moreno. Eran 270 km hasta la capital nacional del trekking. El camino iba por la ruta 40, la más lengendaria de la Argentina. Con asfalto nuevo, era perfecta y nos llevó rapidísimo al acceso de El Chaltén. La ruta provincial 23 tiene 90 km hasta la pequeña ciudad, al lado del Lago Viedma, que surge de otro glaciar gigante argentino.

Ya a 50 km, comenzamos a avistar las dos montañas más lindas de la Argentina. El Cerro Fitz Roy y el Cerro Torre y sus compañeros. Fantástico. Él Fitz Roy fue nombrado por Perito Moreno, en homenaje al comandante del Beagle (que llevó a Darwin),que navegó por el Río Santa Cruz, hasta el Lago Argentino, y quedaron a 50 km de la Cordillera de los Andes. Hecho impresionante.

La ciudad queda en la base de la cordillera rodeada por montañas y por un río. No había mejor vista. Lindo, como una pintura.

Al llegar la ciudad, muchos mochileros, con sus mochilas gigantes, caminando o llegando de algún lugar. Cada persona, de cada lugar. Muy gracioso. Buscamos el hotel en la ciudad y llegamos a la simpática Posada El Barranco. Lugar increíble. Nos registramos, bajamos las cosas y pedimos sugerencias de algunas caminantes rápidas que pudiéramos hacer. Nos sugirió una de cinco minutos y de una hora con miradores para cascatas y de la ciudad. Y también lugares para comer.

Nos acomodamos y salimos rápido para hacer la más rápida. Tenía 500 metros y era toda plana. Allí, Papá y Gonzi probaron el Calafate y también, esperemos, van a volver. Al final, estaba el Chorrillo del Salto, lindo lugar con la cascada de agua limpia y pura. Sacamos fotos y volvimos al auto, podíamos decir que hicimos un trekking en El Chaltén. Al volver, tratamos de cargar nafta en la súper estación de servicio de El Chaltén. No había nafta. Bosta. No conseguiríamos hacer el tramo de mañana, tendríamos que esperar mañana para ver si había nafta.

Como ya eran las 20.00 h, fuimos a comer a Isabel, especialidad en comida al disco, muy rico y nos hizo acordar la comida de Micha, pero obvio que a la de Micha nadie la supera. La ciudad mismo que rústica, era muy organizada y linda. Nos soprendió muy bien.

Volvimos al hotel, y yo, por lo menos, me dormí profundamente después de todas las actividades del día. Mañana, iremos a la Cueva de las Manos, el lugar más remoto que visitaremos y conoceremos un poco sobre nuestro pasado.

10/01/16 – El Calafate – Navegando entre Témpanos 

Salida: 7.50 h – Llegada: 21.30 h – Distância: 117 km – Total acumulado: 5798 km

Recorrido El Calafate 2
A diferencia de ayer, hoy fue día de navegación. Conocer el Parque Nacional Los Glaciares es conocer no sólo el famoso Perito Moreno por sus características únicas, sino también observar los otros glaciares vecinos. Entre ellos están el Upsala, el más grande del parque y el Spegazzini, que tiene las paredes más altas. Solo es posible verlos de barco y el Perito Moreno es el único accesible por auto.

Entonces, habíamos contratado un paseo de barco de cinco horas de Solo Patagonia, muy recomendable. El paseo comenzaba a las 9.00 h, pero había que estar en el puerto a las 8.30 h.

Nuevamente, nos despertamos y salimos corriendo, porque somos lentos preparándonos. Tomamos el desayuno y todos con caras de sueño. Volvimos a la ruta provincial 11, y en cuarenta minutos llegamos al muelle, 10 minutos antes de la partida del barco. Teníamos que pagar las entradas para el Parque Nacional Los Glaciares, otra vez fila grande, con turistas e idiomas de todo el mundo. Después de la fila, fuimos al barco, un catamarán de tres pisos, con muchos lugares, además de muchos miradores alrededor del barco. Y había muchos lugares ocupados. Nos sentamos, acomodamos y esperamos que el barco saliera y partiera hacia los canales del Lago Argentino. Apenas el barco comenzó a balancear, nos dormimos profundamente. Una hora después, Agus y Papá, ya se habían despertado y nos despertaron a nosotros dos, Mamá y yo. Estábamos navegando por el Brazo Norte del Lago Argentino, en dirección al primer glaciar del día, el Upsala. Ya había bastante gente afuera en los miradores, con el viento glaciar en la cara. El tema de la temperatura es que con el movimiento del barco, el viento era fuerte y helado y muchas veces salpicaba agua y nos íbamos a mojar. Así, nos quedamos esperando un ratito adentro y después salimos. Sacamos fotos de los primeros témpanos, o icebergs, como el que hundió al Titanic. De un azul fluorescente, indescriptible, brillaban sobre el agua también azul, pero oscuro. Inmensos cuerpos flotantes, caídos, algún día, del glaciar, y que un día serán parte de las aguas del Lago Argentino. Tratábamos de ver, pero la gente se aglutinaba en las barandas del barco para sacar fotos. Y el barco siguió avanzando hasta pasar por el lindo Glaciar Seco y acercarse al monstruoso Upsala. El Upsala es conocido por tener delante suyo el canal Upsala, repleto de témpanos. Como acceder al glaciar es complicado, más que el Perito Moreno, el barco para cerca de los témpanos, uno de ellos gigante como una mansión de las más grandes que existen.

La gente ni pensó en salir de sus lugares. En realidad, apenas un lado del barco estaba lleno y el otro, vacío porque la vista era de las montañas, que no eran las protagonistas de este episodio. El témpano era enorme. Como había «fotógrafos profesionales» en el equipo del barco, la gente hacía fotos idiotas, las más ridículas que uno podía ver. Lo que uno hace para tener sus cinco minutos de «celebridad». Yo hacía mejor, mi humilde opinión (mentira, pero las fotos profesionales fueron mostradas en la televisión del barco y no eran tan buenas como decían ser). El glaciar era impresionante, gigante, pero no tan imponente como el Perito Moreno. Nos quedamos un rato observando el témpano, y Gonzi seguía durmiendo en las sillas del barco, sin saber que tenía icebergs a su alrededor. Después, uno de los marineros «pescó» uno de los pequeños témpanos que flotaba para que los pasajeros pudieran sacarse una foto, también ridícula, con el pedazo de hielo.

Después de la parada del Upsala, seguía el Glaciar Spegazzini. Como no había a qué sacar fotos, la gente volvió a la cabina a comer lo que había disponible en el barco. Mientras tanto, nosotros salimos y nos quedamos mirando el paisaje que surgía en nuestro camino. Nos quedamos los cinco en el tercer piso del barco, disfrutando más ahora que Gonzi se había despertado.

Entramos al Canal Spegazzini y vimos el inmenso glaciar. De paredes enormes, se imponía sobre la montaña, y todos quisieron sacar sus fotos. Nosotros teníamos el hot spot, no íbamos a salir para nada. Después que sacamos las fotos, bajamos al primer piso y continuamos observando el glaciar.

El barco partió de vuelta al muelle de Puerto Bandera. Era un tramo de una hora y media. Volvimos a nuestros asientos. Y quedamos un rato despiertos, pero enseguida, los cinco dormimos profundamente por el cansancio acumulado en los últimos días. Cuando faltaban veinte minutos para llegar, Agus, Gonzi y yo nos despertamos. Continuamos observando las aguas del Lago Argentino. A los diez minutos para llegar, desperté a Mamá y Papá, dormidos como piedras. Llegamos a las 14.00 h, después de cinco horas de navegación. Muy lindo, y glaciares muy diferentes del Perito Moreno, valió la pena. Como era hora de almorzar, al salir del barco, fuimos a El Calafate, al hotel.

Allá, descansamos un poco, mientras Mamá y Papá resolvían lo del GPS, pero Internet no quería funcionar, una y otra vez trataron, pero nada. El mini Garmin no nos ayudó para nada hasta ahora.

A las cuatro, comimos algo en el hotel y a las seis fuimos a visitar el Glaciarum, el museo del hielo.

Queda a 7 km de El Calafate, aislado en la estepa patagónica, con forma de glaciar. El frente del museo era muy lindo, moderno y diferente. Compramos los tickets (caritos) y entramos al museo. Las exposiciones cuentan la historia de los glaciares, formaciones, sus orígenes y muchas más curiosidades acerca de estos gigantes que parecen estar parados, pero siempre cambian para lo que la naturaleza le diga. Muy buena información. Muy organizado, el museo merece una visita para entender un poco más lo que es un glaciar, y si la visita ocurre antes de la del Glaciar, mejor, porque uno sale entendiendo y después lo visualiza. Papá pretendía que fuéramos al llamado Glaciar Bar, un bar del propio Glaciarum, en que la temperatura está bajo cero. Gonzi insistía, pero ninguno de nosotros excepto Papá queríamos ir. Como ya habíamos terminado la visita fuimos a comer en un restaurante de El Calafate y comimos livianito porque habíamos acabado de almorzar a las cinco.

A las nueve y media ya estábamos listos y volvimos al hotel, y organizamos las cosas, porque mañana, después del nuestro mini trekking en el glaciar iríamos a El Chaltén, capital nacional del Trekking.

09/01/16 – El Calafate – Conociendo el Glaciar

Salida: 11.00 h – Llegada: 20.30 h – Distancia: 168 km – Total acumulado: 5681 km

Recorrido El Calafate 1
Otra grande parada de la nuestra Expedición Patagonia era El Calafate. Esta pequeña ciudad es refugio antes del Parque Nacional de los Glaciares, casa del más famoso Glaciar Perito Moreno y sus amigos, Upsala, Viedma, entre otros. Todos son impresionantes. Había que organizar bien las actividades.

Había decidido con Papá que íbamos a levantarnos temprano, admito que llegamos tarde y teníamos que descansar un poco, pero no podíamos perder tiempo y dejar de ver un poquito más de los fantásticos glaciares. Yo me desperté en horario, me vestí, bañé, etc. y estaba listo a las 9.00 h para tomar el desayuno tranquilo pero el resto del grupete, se durmió y como siempre, la culpa es del otro. A las 9.50 h fuimos a comer, en el límite, como siempre. Consultamos en el hotel sobre las opciones del Parque. Dos actividades estaban garantizadas: el paseo por el lago y el trekking por el hielo. Así que nos fuimos a organizar, porque los Caldas tardan miles de años en prepararse y a las 11.00 h salimos en búsqueda de las recomendaciones del hotel. Las dos estaban en el centro del Calafate. Recorrimos la Avenida Libertador y paramos en Hielo y Aventura. Allí, descubrimos que el trekking por el hielo del glaciar solo era permitido para personas entre 10 y 65 años. De primera, ya teníamos dos afuera, y el más pequeño sollozaba de tristeza por no poder ir. Quedamos con mucha pena de Gonzi, y habíamos decidido no ir. Decidimos contratar el paseo de barco para este mismo día. Como lo del trekking era algo único, Papá y Mamá nos convencieron a Agus y a mí para ir. Después les contamos los detalles.

Como eran las 12.00 h, fuimos a comer algo rápido en Pietro’s, pero tardó un poco más de lo esperado y eran las 13.30 h y todavía no habíamos salido de la ciudad. El barco salía a las 14.30 h del muelle. Otra vez, aceleramos con toda, y corrimos hacia el Parque Nacional Los Glaciares.

Como el nombre dice, el parque sostiene la fortuna de contener los mayores glaciares de la Patagonia. Además, son glaciares con características únicas porque son estables, de acumulación y baja ablación. Básicamente, el hielo se renueva continuamente y se va acumulando y derritiendo en el lago Argentino (el mayor de la Argentina) y sus brazos, o sea, hay mucho hielo para ver.

El tema es que por las propagandas, mapas, etc, el parque y sus glaciares parecen estar cerca de la ciudad El Calafate, como si fuera uno, pero en realidad los dos están a  80 km. Entonces, teníamos camino a recorrer. La ruta provincial 11 nos iba llevando cada vez más cerca de las montañas que alimentan los glaciares, pero el tiempo seguía transcurriendo. Llegamos a la entrada del parque, abonamos las entradas y seguimos por la pista sinuosa que nos llevaba al puerto Bajo la Sombra y también, posteriormente, a las pasarelas del Glaciar Perito Moreno, donde se sacan las fotos clásicas de este lugar.

En el límite otra vez, ya no es novedad. Si ganara una moneda por cada vez que llegamos a algún lugar en el límite o atrasados, hoy sería millonario. Impresionante. ¡14.25! Buscamos los tickets y entramos en el barco. Lleno de sillas. Obviamente, al lado de las ventanas, no había ni siquiera un lugar. Por suerte, unas personas se movieron del lugar, y nos fuimos al frente del barco. Rodeados por un grupo de viejitas asiáticas, riéndose a carcajadas, nos acomodamos y esperamos que el barco partiera. Salimos a los cinco minutos. Nos dieron las instrucciones y miramos el paisaje. Fantástico, dicho sea de paso. A medida que íbamos acercándonos, la gente se paraba cerca de los lados, en la proa y en la popa se barco, afuera de la cabina. Nos quedamos ahí adentro con las asiáticas. Mientras llegábamos a las paredes monstruosas del Glaciar, Agus y Mamá se reían de la forma que ellas se sacaban fotos, con zoom impresionante, en que la foto aparecía la gigante cara de la señora y un margen de dos milímetros de glaciar. ¡Linda foto! Creo que después se dieron cuenta que el zoom estaba levemente alto.

Después de reírnos un poco, la pared gigante del Glaciar Perito Moreno se erguía sobre las aguas del Brazo Rico y nos mostraba toda su fortaleza. Salimos a los balcones del barco y miramos de cerca la maravilla natural construida en este lugar único. Con paredes de 60 metros de altura y 4 kilómetros de ancho, esta maravilla cambiante era espectacular. El barco se acercaba unos 700 metros del glaciar, no podía ir muy cerca, porque el glaciar desprende continuamente pedazos gigantes de su estructura hacia el agua. Pedazos con toneladas de hielo azul, muy diferente de aquel de la heladera. Sacamos muchas fotos de aquel gigante, como Gonzi decía, pedazo de hielo. El paseo fantástico, pero Gonzi, jugando con el palito de la GoPro, lo desarmó en el deck del barco, sin querer y casi perdíamos las piecitas. Volvimos al muelle una hora después. Lindo paseo, más barato que otros y que vale la pena para ver el glaciar de muy cerca.

Volvimos a la VeraCruz y fuimos en dirección a las pasarelas, caminitos para ver las diferentes perspectivas del Glaciar. Había un sistema que llevaba con un minibus hasta la cima de las pasarelas y era una opción para los que no querían subir todas las escaleras. Otra opción es tomar las pasarelas caminando y subir directamente. Cansador, pero es otra perspectiva. Gonzi, directamente, dijo que quería subir de bus y bajar por las pasarelas, opción interesante, pero Papá, impresionantemente, quiso subir las pasarelas. Había varios recorridos, con variación de complejidad y de duración. Íbamos a ir en una de complejidad baja. Felices, seguimos camino confiantes de que iba a ser fácil. Las primeras escaleras surgieron. Y continuaron apareciendo. A la media hora, nos preguntamos si estábamos bien, y entonces nos dimos cuenta que habíamos agarrado el camino más largo de complejidad media (disculpas, esta vez la navegación no funcionó). Cuando todos escucharon nuestro error, casi hubo un motín, digamos. Gonzi y Agus ya estaban muertos, no aguantaban más, y cada tanto se sentaban y descansaban. Los miradores muestran la vista panorámica del glaciar y cada uno de una posición diferente. Fantástico. A cada mirador, más cansados estaban Gonzi, Agus y Papá. Lengua afuera, fuimos sacando fotos y subiendo las escaleras. Me olvidé la GoPro en un banco, corrí cuando me dí cuenta y allí estaba, esperándome. Ufa! Nunca más la solté. Fue un sube y baja tremendo pero fascinante, al lado del súper glaciar. Es mucho hielo, decíamos. Y comentamos que es algo muy pasajero, algo que un día no puede existir más. Es algo que uno tiene que cuidar y preservar de todas las formas posibles, por eso es Patrimonio Mundial de la Humanidad. Cuando llegamos al final, después de muchas pasarelas y muchos pedazos que cayeron con ruidos fantásticos, tomamos unas aguas y bajamos en el bus. Rapidísimo, mostraba que éramos muy lentos en subir. Volvimos al auto y nos fuimos a comer, así ya íbamos a dormir porque mañana vamos a ir a un paseo de barco por los otros glaciares y es temprano. Comimos en Mi viejo y volvimos al hotel a las 20.30 h. Teníamos un trabajito pendiente que era la nafta. Como había complicaciones de abastecimiento de nafta, las estaciones de servicio estaban con colas kilométricas, y otras simplemente estaban cerradas. A las 23.30, Papá decidió probar suerte y fuimos a una Petrobras que estaba cerrada todo el día. Pero había personas, entonces, decidimos esperar. Quedamos una hora y media esperando en la fila, hasta la 1.30 de la mañana. Tendremos que despertarnos temprano, entonces, a descansar.