13/01/16 – Cueva de las Manos – Miedo en el Cañadón 

Salida: 10.00 h – Llegada: 17.00 h – Distancia: 40 km – Total acumulado: 6860 km

Como teníamos un día entero para quedarnos acá en la Cueva de las Manos, nos despertamos a las 8.00 h. Cada uno se bañó y se preparó para el trekking que estaba por venir. La mayoría de visitantes va por Bajo Caracoles y sigue una ruta de ripio de 70 km. Existen otras vías de entrada hasta la Cueva de Las Manos, todas accesibles por auto, pero a través de largas rutas de ripio. Nuestro camino iba ser un poco diferente. El hotel queda en el lado opuesto del Cañadón Río Pinturas, evitando el viaje de auto para llegar hasta la Cueva de las Manos. Hay una ruta de ripio desde la Hostería Cueva de las Manos (nuestro hotel) de 18 km que nos llevaría hasta el punto de comienzo del trekking. El sendero baja el Cañadón, cruza el río por un puente colgante y después sube el Cañadón otra vez, hasta el centro de visitantes de Cueva de las Manos. Dificultad: media – Extensión: 2,5 km. Por lo que nos decían las recepcionistas, parecía fácil y bien organizado. Iba a ser un paseo diferente al de los otros. Obviamente, fuimos «bobinhos», inocentes los cinco hacia la aventura, que parecía fácil, pero iba a ser mucho más difícil.

Tardamos en prepararnos. Creyendo que íbamos a salir a las 9.00 h, nos atrasamos en el desayuno y salimos a las 10.00 h. Buscamos los sandwiches que iríamos a comer a la vuelta. Con lo colgadas que eran las recepcionistas, esperamos un ratito más, para conseguir las vianditas.

Partimos con la VeraCruz hacia la aventura. El camino podía estar peor. Con algunas piedras sueltas y con puntas igual a alfileres, la VeraCruz cruzaba la estepa patagónica sin problemas. Nosotros adentro, ya teníamos leves sospechas de que la cosa no estaba bien organizada. Había pocas indicaciones. El camino se hacía peor, con pendientes más inclinadas. El Thule se la aguantó sin problemas. Media hora tardamos para llegar después de pasar lentamente por muchos caballos y guanacos, además de varios choiques, todos nuestros compañeros de viaje de la Patagonia.

Al final, para nuestro alivio, había otros autos estacionados. Salimos del auto y contemplamos el inmenso Cañadón. Para abajo eran 200 metros de altura hasta la base, donde quedaba el Río Pinturas. Miramos para abajo y pensamos: ¿Cómo vamos a bajar todo esto? Ahí al lado había un cartel tirado en el piso que decía «Cueva de las Manos» y abajo una flechita.

El sendero comenzaba empinado. Dudas sólo dudas. Será que era realmente por ahí? Dudosos, bajamos los primeros metros. El sendero tenía muchas piedras sueltas, lo que dificultaba el descenso. Apenas hicimos los primeros metros, el sendero giraba en una curva cerrada hacia la derecha. Metros después, otra curva cerrada ahora hacia la izquierda. Cuando miramos hacia abajo, notamos el camino bajaba de esa manera, curvas cerradas intercaladas por pequeñas rectas. El camino sinuoso empeoraba por causa de los nervios, no sabíamos para dónde íbamos. Teníamos una noción de que estábamos en el lugar correcto porque en el lado opuesto del Cañadón, se veía la Cueva de las Manos. Entonces, tendríamos que bajar las inmensas paredes del Cañadón. El camino bajaba de esa manera loca hasta cruzar dos paredones de piedra separados. Mientras tanto, el camino tenía unas piedras grandes sueltas y algunas veces, uno de nosotros se resbalaba. Había mucha tensión en el ambiente. En compensación, el paisaje era espectacular. A cada diez segundos parábamos para sacar fotos, por eso íbamos lento. Otro tema que nos daba un miedito era el hecho que el sendero no estaba bien marcado, entonces, cada uno tomaba un camino diferente, que le pareciera más cómodo. Unos iban más lentos que otros y otros iban mucho más rápido. El sendero, para quien no conoce y sin indicación ninguna, era difícil. Continuamos bajando por las curvas sinuosas hasta que pasamos los paredones y el camino seguía ahora un tramo más rectilíneo, siguiendo la bajada menos inclinada del Cañadón. Las piedras sueltas persistían y los resbalos también. Seguimos camino por unos 600 metros de bajada hasta que llegamos a una zona plana donde descansamos un rato. Después de tomar agua y saciar nuestras gargantas, seguimos nuestro camino. De repente, una pendiente aparece en el sendero y tuvimos dudas, porque el sendero no estaba bien marcado otra vez. Seguimos por la pendiente, y el camino volvió a tomar las curvas sinuosas. Sólo que estas curvas eran más inclinadas y más difíciles con piedras sueltas y tierra resbaladiza. Bajamos lentamente por las curvas, con los nervios a flor de piel. Quedamos unos quince minutos bajando la pendiente, hasta que la pendiente se transformó en la planicie, en la base de Cañadón. Como estábamos cerca del Río Pinturas, había un pequeño bosque. Cruzamos el bosque y de repente aparece el puente colgante que tanto esperábamos. El puente cruzaba los 20 metros de ancho del río. Era todo de metal y tenía un cartel que decía «Capacidad Máxima 1 persona». Mamá decidió pasar primero. «Quédate acá, Gonzi, si me caigo por lo menos estás de este lado». Estábamos todos dudando, pero el río debería tener 50 centímetros de profundidad. Mamá cruzó con calma y llegó al otro lado sin problemas. Gonzi probó su suerte después. El puente se la aguantó bien, entonces, crucé con confianza. Fue la parte más divertida. Nos sentíamos Indiana Jones y por hablando en eso, el ambiente y el paisaje, para quien vio Indiana Jones, La Última Cruzada eran muy parecidos. Los desiertos secos y los cañadones que cercan alguna planicie.

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Seguimos camino. Ahora volvíamos a subir, y ya veíamos el centro de visitantes. Mientras caminábamos, Papá se mira la billetera y le pregunta a Mamá si había traído la plata, porque él no tenía mucho para pagar las entradas. Mamá no tenía nada… Bosta, tal vez tendríamos que volver todo para buscar la plata y los documentos. Nooooooo… Papá decía que tenía reales y que tal vez le aceptarían, pero otra vez estábamos en duda. No había otra que continuar, no íbamos a volver todo otra vez.

El camino no era tan empinado. Subimos hasta al pie de unas escaleras y después el camino seguía subiendo por el cañadón, pero con más calma. Hacía calor. Paramos para sacarnos las camperas y buzos porque no aguantábamos más. Aireados, continuamos el camino que hacía un giro a la izquierda y finalmente la última subida hasta el centro de visitantes. Llegamos, cansados y con la lengua afuera. Entramos al centro y preguntamos cuánto costaban las entradas para la visita guiada a las cuevas. El dinero dio justo para los cinco, porque Agus y Gonzi no tenían que pagar (en realidad, Agus tenía, pero con la historia que le contamos y con nuestras caras de pobrecitos y acabados, no nos cobró). Agus encima tenía unos pesitos de no see qué viaje y conseguimos pagar para todos. La visita guiada salía justo a ese momento, entonces fuimos a encontrarnos con la guía.

Juntando a la gente, la guía nos contó una introducción de lo que sería la visita a las cuevas. Al ratito, seguimos a la guía por 600 metros hasta la primer cueva. Fue ahí, las primeras manos en negativos aparecieron ante nuestros ojos y apenas miramos impresionados.

La Cueva de las Manos es un sitio arqueológico muy importante en la Argentina. Acá fueron encontradas las pinturas rupestres más antiguas de América Latina. En el paredón del Cañadón del Río Pinturas, muchas manos en negativo pintadas en la pared, además de dibujos de guanacos, choiques y otros símbolos. La Cueva de las Manos es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1999. Por su valor y estado de conservación, las pinturas son impresionantes, y poseen 9000 años de edad. En este mismo, lugar estuvieron nuestros antepasados y dejaron sus marcas que hasta hoy existen. Por el lugar y las condiciones climáticas, las pinturas se conservaron y podrán conservarse por miles de años más. Entonces, permanecen intactas, pero el ambiente por si no lo cambian, porque si lo hicieran podrían perderse.

Bueno, continuamos camino contemplando maravillados las manos de color vivo en las paredes. Desde ocre, a rojo vivo, las manos llenaban las paredes. Además, la guía nos explicaba la representación de algunos guanacos en la cacería. En negro, blanco y amarillo, los guanacos y huemules aparecían en manadas, alrededor de las manos. Manos de diferentes tamaños, colores y una de seis dedos, inclusive. La historia sobre las pinturas era muy buena y Mamá y Gonzi eran los más curiosos del grupo. Era fantástico, con la linda vista, todas las manos y las pinturas conservadas por el tiempo. Era realmente algo de otro mundo, en realidad de otro tiempo. Después de la caminata con las vistas impresionantes, las manos parecían atraer nuestras miradas de una manera única. Era increíble. Y las pinturas sólo iban apareciendo, más y más. Nunca había visto tantas y tan bien conservadas. La pena es que uno no puede acercarse mucho porque hay unas rejas que impiden el acercamiento porque hubo muchos casos de vandalismo. Dañando las pinturas, sacando un pedazo de la piedra, haciendo grafitis al lado de las pinturas. Vale la pena hacer la visita. Después de una hora y media, volvimos al centro de visitantes, comimos los sandwiches de la hostería y nos preparamos mentalmente para la vuelta. Gonzi decía que no iba a aguantar y a Agus le dolían los pies, además, las suelas de las botas de Papá se habían roto. Puras quejas familiares.

A las 15.10 h, partimos por el mismo camino, pero ahora con menos dudas. Bajamos las escaleras y volvimos al bosque del río. Cruzamos el puente, y ahora subimos las pendientes. Subir era mucho más fácil que bajar, además el peso de la tensión era mucho menor. Ahora estábamos mucho más livianos. Subimos sin problemas. Llegamos al planicie y descansamos un ratito. Seguimos volviendo. La pendiente apareció, algunas arañas capetas por el camino, pero ningún problema ni nervios hasta ahí. La pendiente la subimos rápido. Después llegamos a la parte más difícil. Los dos paredones se erguían ante nosotros. Las curvas sinuosas también. Pero estábamos con energía, menos Papá que se sentaba en alguna piedra de tanto en tanto. Yo iba atrás del grupo por cualquier cosa. Gonzi comenzó a acelerar impresionantemente. En las curvas sinuosas, cada uno tomó un camino diferente otra vez. Cuando estábamos llegando al final, tomé un atajo y subiendo lo más rápido posible alcancé a Gonzi que estaba allá casi llegando. Corriendo y subiendo lo más rápido posible, porque Papá iba mucho más lento, entonces, él y yo habíamos quedado muy atrás. Corrí, subiendo las piedras y al final lo pasé y casi llegando primero. Gonzi reclamó, entonces baje la velocidad y decidí que él llegara primero. Todo esto era sólo para cargar un poco a Gonzi. Llegamos los dos. Después Mamá y Agus y al final Papá. Habíamos subido el Cañadón. Otra gran hazaña de los Caldas. Lo hicimos con todas las dificultades que enfrentamos. Cansados, contemplamos el nuestro camino, y el nuestro logro. Fue genial.

La VeraCruz, que estuvo esperándonos, salió de su lugar nuevamente, hacia la hostería otra vez. En al vuelta comentamos nuestra aventura a la Indiana Jones y cada situación que pasamos. Estuvo genial. Si hubiéramos venido en el auto hasta la Cueva no habría estado tan bueno. Fue una aventura diferente. Y mucho mejor que haberla hecho en auto. Y a pesar de haber sido un grupo desparejo y más lento que otros, hicimos el sendero, las dos veces en 50 minutos, diez minutos más que la media. Estábamos muy bien. La vuelta también fue rápida. Hicimos los 18 km de ripio y llegamos al hotel a las 17.00 h, muertos de cansancio del día que tuvimos. Pedimos unas aguas y nos bañamos en la habitación familiar. Unos dormían, mientras otros se refrescaban. Yo me dormí porque tardaban mucho. Día inolvidable, paisajes impresionantes y pinturas increíbles, algo más? Suficiente.

La cena, otra vez servida por las recepcionistas, fue a las 21.00 h y fue pollo a la pizza, a Gonzi le encantó. Decía «está muy bueno». Comimos y nos fuimos a dormir, yo por lo menos. Estaba con mucho cansancio acumulado.

Mañana nos dirigimos hacia Esquel. Puedo decir que Cueva de las Manos fue nuestra última parada para, digamos, visitar y conocer nuevos lugares. A partir de ahora, emprenderemos nuestra vuelta hacia Buenos Aires. Todavía estamos en la Patagonia y muchas cosas pueden pasar, pero ya nos comenzamos a despedir de la fantástica y inigualable Patagonia, nuestra casa por tantos días. Ya te comienzo a agradecer, gracias por tantos lugares espectaculares, que sigas encantando otras personas. Veremos lo que pasa mañana, es un tramo largo.

11/01/16 – El Calafate – El Chaltén 

Salida: 14.00 h – Llegada: 18.30 h – Distancia: 374 km – Total: 6172 km

El Calafate - El Chaltén - Total
Para hoy, dejé una sorpresa que escondí desde el primer día en El Calafate. Hoy Agus y yo haríamos el llamado mini trekking. Esto no es un trekking normal por la montaña. Es una caminata sobre el hielo, sobre el Glaciar Perito Moreno. El tema era una hora y media de caminata sobre el hielo usando los llamados grampones. Íbamos a salir temprano porque el barco partía de Bajo la Sombra, en el Brazo Rico, del Lago Argentino.

A las 6.15 h, nos despertamos y nos vestimos para el frío. Habría viento patagónico, lluvia y tal vez nieve. Sobre el glaciar el clima es muy cambiante. Cerramos nuestros bolsos Thule y desayunamos con Papá, que nos dio la información para cuando volviéramos de la caminata. Habían conseguido un remis que nos iba a llevar hasta el puerto de Hielo y Aventura. A las 7.15 h, estaba puntualmente esperándonos. Últimos saludos y partimos hacia el Parque de los Glaciares nuevamente. Conversamos con el señor, rosarino que decidió mudarse acá a El Calafate, porque la situación estaba muy violenta, incluso nos contó unas historias capetas. El señor muy simpático y gracioso, nos llevó al puerto Bajo la Sombra y las 8.20 h ya estábamos esperando para que el barco partiera.

Esperamos media hora y entonces nos llamaron para embarcar. Cuando nos sentamos, vimos a nuestros compañeros de caminata. El primer gran grupo era de brasileños, abrigados como nunca, como si fueran a la Antártida, incluso nos reíamos de una de ellas que no sabía cómo se colocaba el cuellito. No saben lo que es frío. Otro grupo era de americanos con dos garotinhos, por lo menos no éramos los más chicos. Entraron unas 60 personas en el barco. A las nueve, el barco partió cruzando el Brazo Rico hasta el otro lado, otra vez, pasando cerca del espectacular Glaciar Perito Moreno. Veinte minutos tardó la travesía. Cuando el barco llega, atraca y todos los pasajeros salen. Ahí, nos dividen en dos grupos, de «Español» y » English». Fuimos al de español, y esperamos los siguientes pasos. Nos dieron las instrucciones y el paso a paso de lo que íbamos a hacer. Primero caminaríamos por un sendero por el bosque hasta el pie del glaciar donde pondríamos los grampones para caminar en el hielo. Después caminaríamos efectivamente por el hielo. Al volver, caminaríamos de vuelta por el sendero, y comeríamos en el refugio, al lado del hotel, con las viandas que habíamos pedido en el hotel, y después a la una y cuarto, estaríamos de vuelta al barco y nos encontraríamos con el resto de los capetas a las 14.00, ahí en el muelle.

Dicho eso, seguimos a la guía por el sendero que mostraba una vista genial del Glaciar. Sacamos algunas fotos y después del sendero, paramos para que la guía diera información acerca del glaciar y todo lo demás, incluidas las reglas de seguridad. Nos iban a dividir, dentro de los grupos, en subgrupos de 20 personas. Como llegamos justo cuando terminaron de dividir el grupo de inglés, nos mandaron al grupo 3. Esperamos un ratito, y nos dirigimos adonde iban a ponernos los grampones. Nuestro guía se llamaba Guillermo y el otro era Mariano. En nuestro grupo estaban los brasileños gorditos de quienes nos reíamos en el barco. Llegamos al tal lugar y esperamos que terminaran con el grupo anterior. Cuando terminaron, Agus se puso los grampones y después yo. Bueno, los grampones son como una base que tiene puntas que se clavan en el hielo, y se los pone en la planta del pie, como una ojota. Después me puse yo. Se sentían pesados y raros en el pie, cuando salí del banquito me enganché uno de los grampones en el pantalón y casi termine siendo la primera causa de gracia de toda la excursión. Los primeros pasos eran raros, principalmente porque había muchas piedritas que se enganchaban en los capetas grampones. Después, bajamos hasta la base del glaciar. Al llegar, estaban los brasileños, porque ya se habían puesto los grampones. Allí, conocimos el resto del nuestro grupo, argentinos y brasileños, y en el mismo lugar, nos enseñaron cómo moverse en el hielo, tanto para las subidas cuanto para las bajadas. Fue ahí, que comenzamos a escalar el glaciar. Pisar en el hielo exigía que uno clavara bien los grampones. Como una marcha. Después de un tiempo, nos acostumbramos. Y era genial. Estábamos caminando sobre el Glaciar Perito Moreno. Nada mejor. Continuamos subiendo y encontramos grietas de color azul único, y sumideros que llegaban a la base del glaciar a metros en el suelo. Cada formación fantástica iba apareciendo al nuestro alrededor. El agua que corría era de un color increíble. ¡Y era bebible! Por todas partes el agua corría y formaba las estructuras que íbamos encontrando. Fotos y fotos por doquier. Nada más lindo. Continuamos subiendo, hasta la primera parada, cuando nos preguntaron si alguien quería volver antes de seguir. Una de las brasileñas decidió volver porque su corazón estaba batiendo muy rápido. Bueno, una menos. Seguimos camino, mientras el otro guía llevaba la señora. Allá arriba, las formaciones raras continuaban y todo era fantástico. El guía nos decía que tenían que cambiar el recorrido cada tanto porque las grietas y los agujeros iban aumentando y acercándose del límite de la pared frontal del glaciar. Fantástico, el paseo nunca es el mismo. No era cansador, apenas era tremendo el viento que nos golpeaba de vez en cuando y muchas veces, cuando estábamos subiendo o bajando y nos desequilibraba. Nunca hubo un momento en que sufríamos de cansancio, pero el hielo en sí, es filoso,  y nos hacían usar guantes. Tomamos un poco de agua de uno de los arroyos del glaciar y el agua era pura y helada (¿por qué será?). Decíamos que adentro de nosotros teníamos un poco del Perito Moreno (¡ahhh, qué lindo!), pena que después se va a ir, el ciclo del agua. Llenamos nuestra botella para llevarle a los tres capetas, que también van a dispersar el agua del glaciar. Caminamos y hacíamos paradas para sacar fotos. Todo era espectacular, y el día también lo estaba, entonces aunque llovía un poquito, nunca estuvimos con frío o muy mojados. Todo transcurrió con normalidad. Sólo había un grupito de brasileños que no escuchaban a los guías, y casi hacían lío una y otra vez. Ven que hay una grieta enorme y lo primero que hacen es acercarse a ella. Encuentren el error en eso. Bueno, después de subir hasta la cima del recorrido, comenzamos el descenso siguiendo los pequeños arroyos que caían. Al llegar a la última rampa, había dos mesitas con vasos y bowls. Los guías, con sus picotas, sacaron pedazos de hielo y los pusieron en los bowls. Con los vasos, sirvieron agua del glaciar y hielo, y para los que querían whisky. Nosotros llenamos una vez más nuestra botella y nos dieron unos caramelos. Después comenzamos el descenso final y sacamos las últimas fotos, nos despedimos personalmente del glaciar y nos sacamos los grampones. Volvimos al refugio después del sendero, donde recolectamos, por nuestra cuenta (disculpas al Parque Nacional Los Glaciares) unos frutitos llamados calafates, que dan nombre a la ciudad El Calafate. Dice la leyenda que quien come el calafate, vuelve a la Patagonia. Comimos varios en el camino para poder volver varias veces, esperemos que funcione. Medio amargos y ácidos, pero a mí me gustaron, no estaban lo suficientemente maduros. Una vez en el refugio, comimos nuestras viandas y descansamos de nuestra aventura glaciar. Esperamos al barco, que llegaba 13.15 al muelle. Mientras tanto, como teníamos media hora, contemplamos silenciosamente el Perito Moreno. No me cansé de verlo, fantástico. Mientras mirábamos, tuvimos la oportunidad de ver dos desprendimientos del glaciar. Pedazos del tamaño de un edificio cayendo al Brazo Rico y irrumpiendo con un ruido impresionante, era para quedarse callado para escuchar cada crujido del hielo y verlo caer lentamente en el agua. Una de las cosas más imponentes, grandiosas que ya había visto. No hay algo igual en el mundo. Después de un rato, el barco llegó, entramos al barco y cuando salió, unas chicas que estaban viniendo se olvidaron de salir porque estaban sacando fotos, tuvimos que volver…. Después cuando salimos, definitivamente, el barco hace una pasada por el frente del glaciar. Últimas miradas al glaciar Perito Moreno. Lindo, todo argentino tiene que verlo porque es nuestro y de nadie más. Como habíamos visto en el Glaciarum, el Perito Francisco Moreno luchó por mil ochocientas leguas de nuestra frontera y consiguió estas maravillas que tenemos hoy, como es el caso de nuestros glaciares y nuestras montañas, las más imponentes de toda América. Esos pensamientos me rondaban la cabeza, mientras volvíamos y veíamos alejarse el Glaciar. Qué lindo país que tenemos. Cuando llegamos al muelle, salimos del barco estaba Papá viéndonos de lejos y nos llevó al auto, con Mamá y Gonzi que ya planean volver en tres años para que el pequeño pueda hacer lo que hicimos hoy. Contamos nuestras aventuras y volvimos a El Calafate, mirando los últimos momentos del Perito Moreno, hasta que salimos del Parque. En el auto, Papá consiguió que el antiguo GPS funcionara. El nuevo GPS sigue 0 km porque nunca conseguimos bajar los mapas de Internet. GPS y navegación garantizados = alivio para el resto del viaje.

Comimos unas empanadas en La Lechuza, y nos contaron lo que habían hecho en nuestra ausencia. Habían conseguido efectivo y el tema de la nafta estaba regularizándose. Los cortes de la ruta 3 que no permitían el paso de los camiones estaban siendo levantados. Después de almorzar, cargamos nafta, por seguridad, porque había pocas estaciones en el camino para El Chaltén y Cueva de las Manos. Emprendimos camino a El Chaltén.

Todo transcurrió con normalidad y nos despedimos del Lago Argentino, nombrado por el propio Francisco Moreno. Eran 270 km hasta la capital nacional del trekking. El camino iba por la ruta 40, la más lengendaria de la Argentina. Con asfalto nuevo, era perfecta y nos llevó rapidísimo al acceso de El Chaltén. La ruta provincial 23 tiene 90 km hasta la pequeña ciudad, al lado del Lago Viedma, que surge de otro glaciar gigante argentino.

Ya a 50 km, comenzamos a avistar las dos montañas más lindas de la Argentina. El Cerro Fitz Roy y el Cerro Torre y sus compañeros. Fantástico. Él Fitz Roy fue nombrado por Perito Moreno, en homenaje al comandante del Beagle (que llevó a Darwin),que navegó por el Río Santa Cruz, hasta el Lago Argentino, y quedaron a 50 km de la Cordillera de los Andes. Hecho impresionante.

La ciudad queda en la base de la cordillera rodeada por montañas y por un río. No había mejor vista. Lindo, como una pintura.

Al llegar la ciudad, muchos mochileros, con sus mochilas gigantes, caminando o llegando de algún lugar. Cada persona, de cada lugar. Muy gracioso. Buscamos el hotel en la ciudad y llegamos a la simpática Posada El Barranco. Lugar increíble. Nos registramos, bajamos las cosas y pedimos sugerencias de algunas caminantes rápidas que pudiéramos hacer. Nos sugirió una de cinco minutos y de una hora con miradores para cascatas y de la ciudad. Y también lugares para comer.

Nos acomodamos y salimos rápido para hacer la más rápida. Tenía 500 metros y era toda plana. Allí, Papá y Gonzi probaron el Calafate y también, esperemos, van a volver. Al final, estaba el Chorrillo del Salto, lindo lugar con la cascada de agua limpia y pura. Sacamos fotos y volvimos al auto, podíamos decir que hicimos un trekking en El Chaltén. Al volver, tratamos de cargar nafta en la súper estación de servicio de El Chaltén. No había nafta. Bosta. No conseguiríamos hacer el tramo de mañana, tendríamos que esperar mañana para ver si había nafta.

Como ya eran las 20.00 h, fuimos a comer a Isabel, especialidad en comida al disco, muy rico y nos hizo acordar la comida de Micha, pero obvio que a la de Micha nadie la supera. La ciudad mismo que rústica, era muy organizada y linda. Nos soprendió muy bien.

Volvimos al hotel, y yo, por lo menos, me dormí profundamente después de todas las actividades del día. Mañana, iremos a la Cueva de las Manos, el lugar más remoto que visitaremos y conoceremos un poco sobre nuestro pasado.

09/01/16 – El Calafate – Conociendo el Glaciar

Salida: 11.00 h – Llegada: 20.30 h – Distancia: 168 km – Total acumulado: 5681 km

Recorrido El Calafate 1
Otra grande parada de la nuestra Expedición Patagonia era El Calafate. Esta pequeña ciudad es refugio antes del Parque Nacional de los Glaciares, casa del más famoso Glaciar Perito Moreno y sus amigos, Upsala, Viedma, entre otros. Todos son impresionantes. Había que organizar bien las actividades.

Había decidido con Papá que íbamos a levantarnos temprano, admito que llegamos tarde y teníamos que descansar un poco, pero no podíamos perder tiempo y dejar de ver un poquito más de los fantásticos glaciares. Yo me desperté en horario, me vestí, bañé, etc. y estaba listo a las 9.00 h para tomar el desayuno tranquilo pero el resto del grupete, se durmió y como siempre, la culpa es del otro. A las 9.50 h fuimos a comer, en el límite, como siempre. Consultamos en el hotel sobre las opciones del Parque. Dos actividades estaban garantizadas: el paseo por el lago y el trekking por el hielo. Así que nos fuimos a organizar, porque los Caldas tardan miles de años en prepararse y a las 11.00 h salimos en búsqueda de las recomendaciones del hotel. Las dos estaban en el centro del Calafate. Recorrimos la Avenida Libertador y paramos en Hielo y Aventura. Allí, descubrimos que el trekking por el hielo del glaciar solo era permitido para personas entre 10 y 65 años. De primera, ya teníamos dos afuera, y el más pequeño sollozaba de tristeza por no poder ir. Quedamos con mucha pena de Gonzi, y habíamos decidido no ir. Decidimos contratar el paseo de barco para este mismo día. Como lo del trekking era algo único, Papá y Mamá nos convencieron a Agus y a mí para ir. Después les contamos los detalles.

Como eran las 12.00 h, fuimos a comer algo rápido en Pietro’s, pero tardó un poco más de lo esperado y eran las 13.30 h y todavía no habíamos salido de la ciudad. El barco salía a las 14.30 h del muelle. Otra vez, aceleramos con toda, y corrimos hacia el Parque Nacional Los Glaciares.

Como el nombre dice, el parque sostiene la fortuna de contener los mayores glaciares de la Patagonia. Además, son glaciares con características únicas porque son estables, de acumulación y baja ablación. Básicamente, el hielo se renueva continuamente y se va acumulando y derritiendo en el lago Argentino (el mayor de la Argentina) y sus brazos, o sea, hay mucho hielo para ver.

El tema es que por las propagandas, mapas, etc, el parque y sus glaciares parecen estar cerca de la ciudad El Calafate, como si fuera uno, pero en realidad los dos están a  80 km. Entonces, teníamos camino a recorrer. La ruta provincial 11 nos iba llevando cada vez más cerca de las montañas que alimentan los glaciares, pero el tiempo seguía transcurriendo. Llegamos a la entrada del parque, abonamos las entradas y seguimos por la pista sinuosa que nos llevaba al puerto Bajo la Sombra y también, posteriormente, a las pasarelas del Glaciar Perito Moreno, donde se sacan las fotos clásicas de este lugar.

En el límite otra vez, ya no es novedad. Si ganara una moneda por cada vez que llegamos a algún lugar en el límite o atrasados, hoy sería millonario. Impresionante. ¡14.25! Buscamos los tickets y entramos en el barco. Lleno de sillas. Obviamente, al lado de las ventanas, no había ni siquiera un lugar. Por suerte, unas personas se movieron del lugar, y nos fuimos al frente del barco. Rodeados por un grupo de viejitas asiáticas, riéndose a carcajadas, nos acomodamos y esperamos que el barco partiera. Salimos a los cinco minutos. Nos dieron las instrucciones y miramos el paisaje. Fantástico, dicho sea de paso. A medida que íbamos acercándonos, la gente se paraba cerca de los lados, en la proa y en la popa se barco, afuera de la cabina. Nos quedamos ahí adentro con las asiáticas. Mientras llegábamos a las paredes monstruosas del Glaciar, Agus y Mamá se reían de la forma que ellas se sacaban fotos, con zoom impresionante, en que la foto aparecía la gigante cara de la señora y un margen de dos milímetros de glaciar. ¡Linda foto! Creo que después se dieron cuenta que el zoom estaba levemente alto.

Después de reírnos un poco, la pared gigante del Glaciar Perito Moreno se erguía sobre las aguas del Brazo Rico y nos mostraba toda su fortaleza. Salimos a los balcones del barco y miramos de cerca la maravilla natural construida en este lugar único. Con paredes de 60 metros de altura y 4 kilómetros de ancho, esta maravilla cambiante era espectacular. El barco se acercaba unos 700 metros del glaciar, no podía ir muy cerca, porque el glaciar desprende continuamente pedazos gigantes de su estructura hacia el agua. Pedazos con toneladas de hielo azul, muy diferente de aquel de la heladera. Sacamos muchas fotos de aquel gigante, como Gonzi decía, pedazo de hielo. El paseo fantástico, pero Gonzi, jugando con el palito de la GoPro, lo desarmó en el deck del barco, sin querer y casi perdíamos las piecitas. Volvimos al muelle una hora después. Lindo paseo, más barato que otros y que vale la pena para ver el glaciar de muy cerca.

Volvimos a la VeraCruz y fuimos en dirección a las pasarelas, caminitos para ver las diferentes perspectivas del Glaciar. Había un sistema que llevaba con un minibus hasta la cima de las pasarelas y era una opción para los que no querían subir todas las escaleras. Otra opción es tomar las pasarelas caminando y subir directamente. Cansador, pero es otra perspectiva. Gonzi, directamente, dijo que quería subir de bus y bajar por las pasarelas, opción interesante, pero Papá, impresionantemente, quiso subir las pasarelas. Había varios recorridos, con variación de complejidad y de duración. Íbamos a ir en una de complejidad baja. Felices, seguimos camino confiantes de que iba a ser fácil. Las primeras escaleras surgieron. Y continuaron apareciendo. A la media hora, nos preguntamos si estábamos bien, y entonces nos dimos cuenta que habíamos agarrado el camino más largo de complejidad media (disculpas, esta vez la navegación no funcionó). Cuando todos escucharon nuestro error, casi hubo un motín, digamos. Gonzi y Agus ya estaban muertos, no aguantaban más, y cada tanto se sentaban y descansaban. Los miradores muestran la vista panorámica del glaciar y cada uno de una posición diferente. Fantástico. A cada mirador, más cansados estaban Gonzi, Agus y Papá. Lengua afuera, fuimos sacando fotos y subiendo las escaleras. Me olvidé la GoPro en un banco, corrí cuando me dí cuenta y allí estaba, esperándome. Ufa! Nunca más la solté. Fue un sube y baja tremendo pero fascinante, al lado del súper glaciar. Es mucho hielo, decíamos. Y comentamos que es algo muy pasajero, algo que un día no puede existir más. Es algo que uno tiene que cuidar y preservar de todas las formas posibles, por eso es Patrimonio Mundial de la Humanidad. Cuando llegamos al final, después de muchas pasarelas y muchos pedazos que cayeron con ruidos fantásticos, tomamos unas aguas y bajamos en el bus. Rapidísimo, mostraba que éramos muy lentos en subir. Volvimos al auto y nos fuimos a comer, así ya íbamos a dormir porque mañana vamos a ir a un paseo de barco por los otros glaciares y es temprano. Comimos en Mi viejo y volvimos al hotel a las 20.30 h. Teníamos un trabajito pendiente que era la nafta. Como había complicaciones de abastecimiento de nafta, las estaciones de servicio estaban con colas kilométricas, y otras simplemente estaban cerradas. A las 23.30, Papá decidió probar suerte y fuimos a una Petrobras que estaba cerrada todo el día. Pero había personas, entonces, decidimos esperar. Quedamos una hora y media esperando en la fila, hasta la 1.30 de la mañana. Tendremos que despertarnos temprano, entonces, a descansar.

06/12/16 – Ushuaia – Tolhuin

Salida: 12.00 h – Llegada: 16.00 h – Distancia: 107 km – Total acumulado: 4156 km

Ushuaia - Tolhuin - Total

Hoy el tramo fue corto. Íbamos de Ushuaia a Tolhuin, pequeña ciudad en el camino intermedio entre la capital de la provincia y Río Grande. Como no había prisa y la distancia es de más o menos 100 km, nos levantamos a las 8.00 h y desayunamos al rato. Guardamos las cosas y bajamos a la recepción del lindo hotel Costa Ushuaia. No comenté que el hotel era super acogedor, con una vista fantástica al Canal de Beagle, única en la pequeña calle Costa de los Pájaros. Las habitaciones muy cómodas y el desayuno bueno. Papá todavía tenía que resolver unos trámites del banco y de Infinito, su empresa, en la compu. Como la conexión de Internet era, levemente, mejor en la recepción, nos sentamos y Papá se acomodó para resolver sus cosas. Llamó por teléfono, conversó, escribió. Hizo casi todo, porque realmente la conexión era malísima. No resolvió todo pero bueno…

A eso de las 12.00 h, Papá cerró la computadora y guardamos las bolsas en el auto. Así nos despedíamos de la pintoresca ciudad de Ushuaia, lugar de muchas experiencias y de vistas fantásticas. Volvíamos por la Ruta Nacional 3, que todavía iba acompañarnos hasta la frontera con Chile. Desde 3063 km, los kilómetros iban disminuyendo, hasta el complejo invernal Villa Las Cotorras, donde fuimos a comer. La especialidad del lugar era el cordero patagónico.

Nos sentamos optamos por el cordero, obviamente. Lugar lindo, construido sobre un pequeño arroyo y cerca del Cerro Castor, pista de ski más austral del mundo. Comimos unas ensaladas y panes hasta que vino el cordero. Realmente, era muy rico. No es algo que se encuentra en cualquier lugar. Pero, otra vez, la cantidad era inmensa. Se fueron unos pedazos y sobró un montón. Probablemente, van a los huskies que estaban atrás. Salimos a las 15.30 h, y faltando 70 km, volvimos a pasar por el Paso Garibaldi y sus espectaculares vistas, pena que el día estaba nublado…

Rápido llegamos a la hostería Kaiken, a las 16.15. Al borde de las aguas del Lago Fagnano y a unos 6 km de Tolhuin. Bajamos los dos bolsos Thule que necesitábamos y nos registramos. Habitaciones 205 y 204. Una vista envidiable para muchos. Nos acomodamos, prendimos la tele y me acosté, me dolía la cabeza… Me dormí y solo desperté a las 18.30 h. Siesta profunda y el sol seguía iluminando el Lago Fagnano. Viento impresionante. Bajé al salón común donde estaban Gonzi, Mamá y Papá. Estaban tratando de usar la conexión de Internet de la Hostería Kaiken. Conversamos y yo redacté una de mis grandes opiniones de TripAdvisor, ahora del Hotel Paris, GRANDES RECUERDOS… Nos quedamos ahí hasta la hora de la cena y comimos algo liviano, al contrario de la noche de la centolla. Mientras comíamos, Mamá estaba revisando el blog, y recordamos nuestros viajes otra vez, ahora con fotos y textos del pasado, nos reímos de las situaciones que pasamos y de la evolución del equipo Thule, ahora mucho más organizado. A las once nos fuimos a nuestras habitaciones y dormimos bien. No había sido un día muy complicado.

Mañana haremos un tramo larguísimo. Tolhuin a Puerto Natales en Chile. Son 670 kilómetros, incluyendo balsa, migraciones y rutas de ripio otra vez, veremos qué nos reserva el día.

04/01/16 – Ushuaia – Subiendo las montañas del Fin del Mundo…

Salida: 10.00 h – Llegada: 23.00 h – Día de paseo –  Total acumulado: 3979 km

Recorrido Ushuaia

Después de un largo día de recorrido desde Río Gallegos, hoy era día de conocer la pequeña ciudad de Ushuaia. Nos dimos la oportunidad de descansar hasta las 8.00 h. Despertamos y nos vestimos para el desayuno. Una cosa muy interesante y al mismo tiempo capeta es que hay muchos brasileños que vienen directamente de avión hasta aquí para decir que estuvieron en el fin del mundo. Es gracioso porque son fáciles de identificar. Como un checklist, vas tachando los elementos de la lista y al final da 100% de compatibilidad. Impresionante, nunca erramos. Abrigados como nunca, con ropas llamativas y hablan extremamente alto como si quisieran ser identificados. Fácil, enseguida identificamos algunas familias. Pero nosotros no, vinimos de Porto Alegre asta acá, con miles de kilómetros recorridos.

Bueno, después de algunas risadas de buscar brasileños en el Fin del Mundo, decidimos visitar el centro de la ciudad y conocer el Museo del Presidio de Ushuaia. Sin embargo, cambio de planes repentinos, que es lo que siempre pasa, nos llevaron a un tipo de paseo totalmente diferente. La idea de Papá era tener una vista de Ushuaia y del Canal de Beagle desde arriba. Para eso, necesitábamos ir hacia el Mirador Glaciar Martial.

Así, sabiendo que las aerosillas que llevaban hacia la cima no funcionaban, fuimos hacia allá. El mirador queda en el punto más alto de Ushuaia. Para llegar, hay una serie de curvas cerradas, que pasan por hoteles ya conocidos por Mamá y Papá, pero algunos en estado de abandono.

Después de la subida larga, llegamos al estacionamiento. Dejamos el auto y desde abajo se veía la estación de las aerosillas, abandonada y desierta y el sendero gigante que llevaba hacia el Mirador Glaciar Martial, un glaciar que queda en la montaña encima de Ushuaia. Así, decidimos hacer el comienzo del sendero, que iniciaba con una inclinación moderada.

Los primeros pasos ya nos mostraron que no iba ser fácil. Agus reclamaba y Gonzi no estaba muy ansioso. De abajo se veía el Glaciar, pequeño pero fantástico y también la vista previa de toda la ciudad. Comenzamos a subir y veíamos que el sendero hasta la cima sería muy largo. Decían, una hora de subida hasta la base del glaciar. Subíamos y subíamos. Y de momento en momento, decidíamos dónde íbamos a parar. «En aquel árbol paramos», «Después del puente, volvemos». Siempre así… Entonces, seguimos… Las vistas, sin duda, eran espectaculares. Estaba medio nublado, pero el ambiente seguía fresco y bueno para la subida. Y seguíamos subiendo, no nos dimos cuenta y habíamos subido un largo tramo. Agus ya reclamaba del cansancio y Papá estaba un poco cansado. Gonzi, impresionantemente, estaba resistiendo a todo. Y seguíamos subiendo, paso a paso.

Una cosa que nos estaba preocupando es que ahí arriba en la montaña, se estaba quedando nublado, con nubes negras acechándonos. Pero seguimos subiendo. Pasamos por algunos puentes de madera precarios y después de una hora, pasamos por el primer bloque de hielo. Pasaba el agua del glaciar por ahí, probamos un poco y era la más pura porque venía del hielo de las montañas.

Pasamos por arroyos, piedras y más hielo.

Al final del sendero, subimos por una escalerita dudosa y por fin, llegamos a la cima, al final del sendero estaba ahí, el Glaciar Martial imponente en la montaña. Nos quedamos ahí viendo la fantástica vista y elogiando la nuestra hazaña. No fue fácil, pero los 5 capetas lo habían conseguido. Papá quiso aventurarse más y ver otros puntos de la montaña, pero había comenzado a llover. Guardamos las cámaras y bajamos los más rápido que pudimos. Buscamos los árboles para protegernos de la lluvia. Y seguimos bajando. Un turista americano nos indicó un sendero diferente y más protegido. Y realmente fue más fácil. Más lindo y con menos gente. Bajamos relativamente rápido y nos fuimos a la VeraCruz.

 

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Pusimos en el GPS: Estación tren del fin del mundo. Es la línea ferroviaria más austral del mundo. Antes usada para los presos de Ushuaia, el tren de vías angostas, único en el mundo. Llevaba a los presos hacia los bosques de lo que es ahora el Parque Nacional Tierra del Fuego, y allí recolectaban piedras y leña para la ciudad.

El tren dejó de funcionar en 1952 y en 1994 asumió la función turística.

Bueno, al llegar comimos unos sandwiches y Papá compró tickets para lo que sería la Primera clase. No era necesario pero a Agus y Papá les pareció muy divertido. Al contrario de la clase Turista, cada uno tenía su lugar individual y una comida que habíamos elegido previamente. El paseo era lindo, un must do, pero en clase turista, eso de la primer clase fue innecesario. El tren recorre el parque y para en una estación para hacer un mini paseo. Muy lindo y gracioso. Estuvo bueno el paseo, pero podría ir por lugares más pintorescos del parque, que es fantástico. La anecdota del viaje fue la compañía de unos turistas en el mismo vagón. Se hacían los elegantes y finos tomando vinos y reclamando de nosotros hablando en voz alta, pero bueno, estás con los Caldas tienes que aguantarlos, no hay otra (no querían que abriéramos las ventanas porque venía un olor feo de la locomotora).

Después de apagar los motores de la locomotora Ingeniero L. D. Porta, eran las 17.00 h, y todavía había tiempo para visitar el Museo del Presidio de Ushuaia.

Para los que no saben, el Presidio era para criminales reincidentes, como el Petiso Orejudo (alias: moleque capeta) o señor Banks, famosos aquí en el Sur. Realmente, ser mandado aquí o a la Isla de Los Estados era un pedido de muerte, ejecución. En este fin de mundo, frío, sin escapatoria, estar preso era más que penoso. El presidio dejó de funcionar como tal en la década de 1940, por denuncias de maltratos a los penados. Hoy es un museo, para recordar esos tiempos dolorosos y duros aquí en Ushuaia. Nosotros compramos los tickets y visitamos. Muy bien conservado y con mucha información interesante ,sobre la Prefectura Naval y la Gendarmería Nacional también. Otra visita que no debe faltar. Nosotros nos divertimos mucho, Agus principalmente que era la más ansiosa para visitar el presidio.

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Eran las siete y nos fuimos al centro de Ushuaia. Muy turística y con muchos locales de recuerdos. Hicimos unas compras y nos fuimos a comer al Martina, porque todos los restaurantes de centolla, tan amada por Papá, estaban llenos.

Volvimos al hotel a las 23.00 h y nos fuimos a dormir para descansar y estar listos para otro día de aventuras aquí en el Fin del Mundo.