El domingo desayunamos con calma, pusimos a lavar la ropa, ordenamos y salimos a pasear.
Las calles estaban silenciosas y había poco tráfico. El pronóstico anunciaba que la temperatura volvería a subir.
Escribir una dirección en el GPS parece fácil. En Austria es un poquito diferente.
Comenzamos el día en la Catedral de San Esteban, que se encuentra en pleno centro de Viena. Representa el símbolo religioso más importante de la capital austríaca. La construcción de esta catedral se inició en el siglo XIV sobre dos iglesias antiguas. Es increíble pensar en todos los acontecimientos que la catedral sobrevivió: asedios turcos, guerras religiosas, bombas francesas durante las guerras napoleónicas y la Primera Guerra Mundial, etc. Finalmente, en etapas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, fue destruida por bombas y reparada con la ayuda financiera de todo el país. Hay una visita específica al lugar donde se encuentran los restos de algunos miembros de la familia Habsburgo, pero, por falta de tiempo, queda para otro momento. Hay muchas cosas por ver todavía.
Como había misa en ese horario, caminamos por las calles que rodean a la catedral y volvimos más tarde. Es una construcción imponente.
Toda la ciudad es un libro de historia. Quizás ahora conseguimos entender la importancia de la casa de Habsburgo sobre la cual tanto se hablaba en las clases de historia. En diferentes períodos, siempre había algún miembro de la familia real tomando alguna decisión importante.
Después de la catedral, fuimos a almorzar y caminamos por los jardines frente al Palacio de Hofburg. Filipe tenía el «sueño» de visitar la Escuela Española de Equitación, pero tendríamos que haber reservado eso con anticipación.
Nos conformamos con visitar los aposentos imperiales que ocuparon la emperatriz Elisabeth, su esposo Francisco José y sus hijos. Hay muchos objetos personales que permiten entender un poco más el estilo de vida de la familia imperial en esa época (http://www.sisimuseum-hofburg.at/) y de esta mujer tan emblemática.
Más tarde caminamos por los jardines del palacio, subimos al auto y volvimos al centro a tomar un típico café vienés con torta.
La estación central de Viena parece un shopping. A las 7 h de la mañana, todo está tranquilo y hay poca gente. El día amanece nublado. Estamos cansados y cuesta bastante entender los carteles y ubicarnos.
Después de haber caminado muchísimo en Italia, Filipe resuelve alquilar un auto en Viena. Y así comienza otra aventura al llegar a la oficina de Budget. El empleado no tiene mucha paciencia. El proceso es un ‘proceso’ y eso de responder preguntas en el medio del proceso, no les causa ninguna gracia. -No, señor, tenemos que seguir hasta el final y después respondemos a su pregunta. -No interrumpa. -Señor, puede esperar. Hahaha. Simplemente queremos decirles que escribieron mal la dirección, aunque claro que ellos nunca se equivocan y piden que no interrumpamos.
Partimos rumbo al Airbnb despacito. Hay tranvías, hay ciclovías, hay autos…andar por la ciudad es muy diferente. Ponemos la dirección en el GPS, pero llegamos a un lugar que no se parecía a la foto del anuncio. Volvemos al auto y claro, habíamos puesto un número equivocado. Reprogramando llegamos al departamento. Ahí vienen las mil instrucciones: que código para entrar, código para sacar la llave, llave electrónica… todo es un misterio. En ningún lugar decía que estaba en el tercer piso y sin ascensor. Allá fuimos subiendo los tres pisos. El lugar era muy amplio y estaba decorado con buen gusto. Hacía bastante calor. Llegamos y descansamos un poco. El viaje de tren había sido muy intenso.
El velocímetro del auto indica en rojo cuál es el límite en esa zona. Interesante, ¿no?
Cuando finalmente salimos a la calle de nuevo, eran tipo las 15 h. Otra vez ubicarnos y decidir para dónde ir. Fuimos al centro histórico y caminamos un poco. Descubrimos que estaba llevándose a cabo el Festival de cine de Viena y que justo, frente al edificio de la municipalidad había una especie de feria. Filipe quería ir a un café tradicional donde Freud solía parar y Gonzalo quería comer algo contundente. Filipe decidió por su lado. Allá fuimos al café. Nos sentamos y realmente, era café. Solo café y torta. Nos levantamos y volvimos a la feria.
Nos sorprendió la cantidad de policía en la calle y ambulancias que circulaban por la ciudad un sábado. De repente, entra un grupo de jóvenes a la plaza, llevan máscaras y están vestidos de negro. Caminan rápido y los sigue un grupo de policías. No entendimos qué sucede, pero hay peleas, golpes y un policía cae el piso. Los jóvenes se dispersan y desaparecen. Y nosotros en el medio del lío. Después de eso, la vida sigue como si nada.
Cada uno de nosotros elige su comida y nos sentamos en las mesitas a disfrutar del momento. Hay música de fondo y mucha gente circulando. En general, las personas fuman mucho más de lo que estamos acostumbrados. Fuman sin pudor en medio de esta especie de patio de comidas. Es más, las mesas tienen ceniceros disponibles.
Caminamos un poco más y pasamos por un supermercado antes de bajar al auto, que está estacionado en un subsuelo.
Como el día todavía está claro, damos una vuelta por la ciudad. De hecho, el departamento está muy cerca del centro. El barrio es muy agradable. Vemos que hay farmacia, escuela, cafecitos y restaurantes. En algún lugar leemos que todo cierra los domingos. Estacionamos a la vuelta del departamento. No sé si los austríacos salen de la ciudad los fines de semana pero está todo muy tranquilo.
La noche en Venecia dormimos en un hotel a unos pocos pasos del puente del Rialto. Apenas nos levantamos, bajamos a desayunar; después subimos a cerrar las valijas e hicimos el check-out. Por suerte, nos dejaron guardar las valijas en el hotel mientras íbamos a pasear. Nos había quedado pendiente visitar la Basílica de San Marco. Tomamos el vaporetto y aprovechamos para ver otras áreas de Venecia que no habíamos visto.
¿Cómo es posible que hayan construido esos edificios hace más de 1200 años a orillas del mar?
Había fila para entrar a la iglesia y cuando fue nuestro turno, nos pidieron salir porque yo estaba de bermuda y Gonzalo vestía una musculosa. Fuimos a comprar un pañuelo y una remera para cubrirnos y volvimos a la fila. ¡Qué distracción! Yo tenía un pañuelo en la valija. No nos habíamos acordado del detalle y hacía tanto calor que pensamos que serían más considerados. Visitamos la iglesia y empezamos a caminar de vuelta al hotel. En una de las callecitas atestadas de gente, encontramos un local que vendía gomitas tipo Fini. Filipe y Gonzi se compraron una bolsa enorme. No voy a declarar cuánto pesaba la bolsita porque van a decir que soy una exagerada. Sepan que eran muchas gomitas.
Filipe tenía que responder unos mails y preguntamos en el hotel si nos dejarían usar la conexión de Internet. No solo nos permitieron sino que nos dejaron subir a un entrepiso y estar más cómodos. Una hora después salimos para almorzar creyendo que teníamos tiempo suficiente para comer y tomar el vaporetto de regreso a la estación de tren.
Comimos muy rico en uno de los tantos restaurantes que hay en Venecia (Ristorante Cuore Veneziano). Entramos por instinto y confiamos. Hay opciones para todos los gustos en cada rinconcito de la ciudad. De repente, ves lugares con una fila. Yo creo que son recomendados en Tik Tok. No se explica por qué uno está tan lleno y los de alrededor, totalmente vacíos. Es una verdadera invasión de gente por todos lados. Se escuchan diálogos en los más diversos idiomas.
A esa hora ya había empezado el conteo regresivo para tomar el tren a Viena. Buscamos las valijas y salimos del hotel directo para la parada del vaporetto. Estábamos con tiempo, pero no tanto tiempo para esperar tres vaporettos. El sistema tiene dos entradas: una para los que tienen el pase VIP y otra para el pase normal. Quienes estaban con el pase VIP entraban directamente y ocupaban la mayor parte de los lugares disponibles. La gente empujaba. Quedé separada de Filipe y Gonzi. De repente, una señora pasa delante de Gonzalo justo en el momento que colocó su tarjeta y usó su acceso. Entre el calor y los nervios yo empecé a buscar la billetera para comprar otro pasaje, pero un muchacho que estaba ahí y vio todo, ayudó a sostener la barrera para que Gonzalo pasara. Subimos al barco prensados. Yo había puesto la mochila en el piso y no conseguía moverme. La gente con calor protestaba y el tiempo pasaba. El problema del tren es que nadie te espera. La adrenalina aumentando.
Llegamos a la estación del tren 10 minutos antes del horario de partida. El tren estaba en la plataforma. Nadie nos indicaba nada. La gente caminaba de un lado del otro con la misma sensación de estar perdidos que nosotros. Apareció un empleado y le mostré los pasajes. -Che cazzo…? No parecían buenas noticias. Yo que no sabía que «cazzo» era una palabra italiana. Hahaha. El empleado me dijo que esperara ahí, pero yo lo seguí. Subió al tren y desapareció. ¡Maldito!
Filipe y Gonzalo esperaban en la plataforma. Volví con ellos, había otro empleado. Nos indicó que subiéramos. Tipo hormiguitas las personas fueron subiendo al tren y nosotros atrás de ellos. Encontramos nuestra cabina. El vagón debía tener unas 10 cabinas, todas con diferentes configuraciones. Conversamos con la pareja que estaba en la cabina de al lado. Estaban tan perdidos como nosotros. Había solo dos empleados a bordo. Respondían nuestras preguntas con monosílabos. Después supimos que hablaban poco inglés.
El tren salió de la estación y empezó a avanzar. No había lugar especial para guardar las valijas. Todo tenía que entrar en la misma cabina. Se trataba de un compartimento con una ventana enorme, tres butacas delante de un panel de madera y frente a las butacas, estaba la puerta del baño. En la parte superior de la puerta, había un estante con riel, probablemente para guardar bolsos y mochilas. Debajo de las butacas había una caja de plástico y un espacio. Pusimos los zapatos en esa caja y empujamos las mochilas debajo del asiento. De a poco, todo se iba acomodando. Mientras, nos preguntábamos cómo sería la cena, cuándo abrirían las camas, dónde estaban las sábanas.
Cada vez que aparecía uno de los dos empleados por el pasillo, lo deteníamos para preguntar cosas. Seguían con los monosílabos. En un momento, nos trajeron una especie de folleto para marcar nuestras opciones para el desayuno. ¡Uf! Había desayuno. Fue ahí que pregunté por la cena y el señor me dijo que no había cena.
-Solo bebidas -respondió.
-Bueno, ¿dónde compramos algo para comer?
-No tenemos nada para vender. -Esto solo estaba mejorando…
Te parás, te sentás, lees, mirás por la ventana y el tiempo va pasando. Se hizo de noche y el tren paró. Llovía mucho. Empezó a hacer calor. Otra vez buscamos al señor. -Es que mientras que el tren esté parado no funciona el aire. ¿Quéeeeee? Estábamos derretidos. Y nada de salir de la estación. 40 minutos más tarde, el tren empezó a andar marcha atrás. Fui a tomar baño (dentro de nuestra cabina, el baño tenía una ducha). Estuvo mejor de lo previsto. Seguía haciendo calor. Subí a la cucheta más alta y me dormí. Gonzalo y Filipe demoraron más en dormirse. A eso de las 5 am sonó una alarma. Los empleados fueron pasando por las cabinas, guardando las camitas para poder servir el desayuno. Mientras tanto, Gonzalo y Filipe tomaron baño. El proceso de abrir y cerrar las camas era muy rápido. Las sábanas quedan prensadas dentro de la cama contra la pared y las butacas que estaban plegadas vuelven a aparecer. Un sistema bien pensado. Tomamos el desayuno y llegamos a Viena. Fue una experiencia rara. Me gustaría intentarlo de nuevo en otro momento. Gonzalo miró las críticas y había muchos reclamos. No se me ocurrió consultar las críticas cuando compramos los pasajes. Qué ilusa de mi parte, dí por sentado que por ser trenes europeos serían impecables. No estuvo mal… solo que no fue todo lo que me había imaginado.
Otra vez me desperté antes que el resto para adelantar el trabajo. El cambio de horario y el calor son el combo perfecto para derrumbar a cualquiera.
Esta vez salimos a pasear con un guía especial. Joaquín vino con nosotros. Nada como estar con alguien que vive en la ciudad para tener datos clave.
Tomamos el colectivo y el subte. Esta vez nos bajamos cerca de la Fontana de Trevi. Otra vez, mucha gente. Otra vez, las poses locas y todas las personas tirando monedas.
Dicen que diariamente, se recaudan alrededor de 3.000 a 4.000 euros con esas monedas y que esta tradición genera una suma anual de aproximadamente 1 a 1,5 millones de euros. Será? Todo el dinero recaudado se destina a causas benéficas y asociaciones que ayudan a los más necesitados. El arquitecto de la fuente jamás pensó que llegaría tan lejos. La fuente es enorme (26 metros de altura y 20 metros de ancho) y está adornada con numerosas esculturas que representan a dioses y seres mitológicos.
Obviamente, aportamos nuestro granito de arena (nuestros 3 euros) con la ilusión de que la magia nos traiga de nuevo en el futuro a la ciudad eterna.
Próxima parada: Piazza di Spagna. La plaza está situada en el corazón del centro histórico, su nombre proviene del Palazzo di Spagna, que alberga la embajada de España ante la Santa Sede desde el siglo XVII. La plaza es conocida por su monumental Escalinata Española, que conduce a la iglesia de Trinità dei Monti.
Veinte años atrás, vinimos a Roma. Mamá y papá nos acompañaban. Ese día, en este lugar, nos robaron la cámara de fotos. Mil veces nombramos a mamá y papá en este viaje. Lindos recuerdos!! Subimos la escalinata y recuperamos el aire. La vista desde arriba es increíble. Allá abajo, se encuentra la Fontana della Barcaccia, una fuente barroca muy bonita también. La gente rodea a la fuente para servirse agua. Hay muchas fuentes disponibles en toda la ciudad. Elemento indispensable para enfrentar el calor.
Caminamos un poco por la avenida de grandes tiendas (Via del Corso). Almorzamos en Donna Sofia escuchando música argentina (raro, no?) y fuimos caminando hasta Piazza Navona donde había una sala de cine con proyecciones y cuatro maquetas que contaban la historia de Roma (https://welcometo-rome.it/)
Fue super interesante reunir todas las piezas del rompecabezas o, algunas, por lo menos. Hay una película que cuenta la historia de Roma desde la formación geológica de la que surgen los mármoles para tantas construcciones y llega hasta los días de hoy.
Volvimos de colectivo y vimos algunas partes de la ciudad que no habíamos visto desde el subte. Nos bajamos cerca de una heladería y probamos los gelattos locales. Otro colectivo de 10 minutos y llegamos a la casa de Cari. Resolvimos ir a cambiarnos y volver más tarde.
Esa noche, volvimos a casa de Carina para comer pizzas, viajar en el tiempo de nuestros pasados y despedirnos en el presente. Lindos momentos con amigos del alma.
Tres días no alcanzan para conocer Roma a fondo, pero nos dieron una excelente muestra de esta ciudad impresionante.
Otra vez volvimos al Airbnb tarde y preparamos las valijas porque al día siguiente nos toca viajar.
El martes resolvimos visitar la Basílica de San Pedro. Salimos un poquito antes del departamento y la idea es usar las últimas horas disponibles del colectivo turístico. Otra vez colectivo y subte y, en 35 minutos, estábamos en el centro. Lamentablemente, había tanto tráfico en el centro de Roma que el colectivo quedó trabado en el tráfico. En cada parada se agolpaban grupos grandes de turistas que querían subir después de haber quedado demorados en las paradas. Todo era bastante desorganizado y el calor hacía que las personas perdieran la paciencia.
Llegamos a la parada del Vaticano una hora más tarde (un recorrido que normalmente sería de 15 minutos). Cruzamos el Ponte Sant’Angelo, sobre el río Tiber. El puente fue construido por el emperador Adriano en el año 136 d.C. para conectar su mausoleo (el actual Castillo Sant’Angelo) con el centro de la ciudad. En el siglo XVII, se instalaron las estatuas de ángeles que te dan la bienvenida pero que hoy están en obras. Pasamos por el Castillo Sant’Ángelo y, de ahí, avanzamos hacia la Basílica.
La Piazza de San Pietro es imponente y, claro, una de las plazas más icónicas del mundo. Diseñada por Gian Lorenzo Bernini en el siglo XVII, la plaza tiene una forma elíptica y está rodeada por un conjunto impresionante de columnas que contiene estatuas de 140 santos.
En el centro de la plaza se encuentra un obelisco egipcio de 25 metros de altura, traído desde Egipto en el siglo I d.C.2. En la plaza también hay dos fuentes, una a cada lado del obelisco. El calor del mediodía la deja medio vacío y atravesar esa distancia al rayo de sol es un desafío. La fila para entrar era larga pero avanzaba rápido. Pasamos el control. Nos fuimos más cubiertos siguiendo las recomendaciones, pero para ser sincera, no controlaban mucho si la ropa cubría la rodilla, o si los hombros estaban descubiertos. Caminamos por la Basílica y entramos a una galería lateral. Había que pagar entrada para ver los tesoros del Vaticano pero estábamos con poco tiempo así que resolvimos apurarnos.
El tráfico seguía intenso. Quisimos tomar un Uber, pero no había ninguno disponible. Caminamos unas cuantas cuadras antes de conseguir un taxi que nos llevara al Coliseo.
Almorzamos en un restaurante justo en frente al Coliseo y esperamos que fuera nuestra hora. Las entradas son con horario. Fue una fiaca no conseguir seguir la visita con la aplicación (audioguía). Había que instalar una app y llevar tus propios auriculares. Siguiendo la escuela tradicional, visitamos leyendo los carteles, mirando las fotos, las maquetas y las muestras. El Coliseo en sí mismo es un compendio de historia. En cada época, fue destinado a algo diferente y modificado a gusto e piacere del gobierno en el poder. Teatro, estadio, castillo, iglesia, muralla… mil y un usos y allí está, resistiendo al tiempo. En 100 años dirán que el ascensor es el 2024. Es raro, pero es así, ahora el Coliseo tiene ascensor y graffitis muy modernos. También hay carteles que amenazan cobrar muchos euros a quien se anime a escribir nuevos graffitis.
Tomamos una bebida antes de empezar el camino de vuelta. Estábamos preocupados con los carteristas en el subte. Al viajar en los horarios de mayor intensidad, mirás a cada persona como un potencial interesado en tu billetera. Jajaja. Pasamos por el supermercado antes de llegar a casa y nos compramos algo para cenar. La diferencia horaria sigue pesando.