12/01/16 – El Chaltén – Cueva de las Manos

Salida: 11.00 h – Llegada: 20.00 h – Distancia: 648 km – Total acumulado: 6820 km

El Chaltén - Cueva de las Manos - Total

Hoy era día de kilómetros otra vez, más o menos 600 km de ruta hasta la Hostería Cueva de las Manos. Saldríamos temprano para hacer una caminata simple, el mirador de los Cóndores. El Chaltén, para contar un poco más, es un destino de veraneo que está creciendo. Muchos mochileros van para conocer los senderos más espectaculares de Latino América. Muchos suben hasta la base de los Cerros Fitz Roy y Torre, los más emblemáticos. Una ciudad simple pero organizada, tiene sus avenidas principales llenas de hoteles y restaurantes, además de locales para lavar la ropa. Es una ciudad hecha y preparada para los caminantes. Muchos también vienen de bicicleta para tener otra experiencia de la Patagonia. El Chaltén siempre tendrá ese público asegurado, pero en los últimos años muchos turistas «convencionales» vienen curiosos para conocer esos senderos. Los senderos varían de complejidad. Los más difíciles, como el de la Laguna de los Tres y de Laguna Torre, tienen subidas inclinadas y difíciles, además son largas con 12.5 km de extensión, solo ida. Son senderos para la gente que realmente le gusta. Bueno, obviamente no hicimos esos.

Nos despertamos temprano, a las 7.30 h, Papá ya se había ido hacía un rato porque iba a cargar nafta. Por sus cálculos, teníamos tres posibles paradores, pero como había posibilidades de no haber nafta en ninguno de esos, teníamos que llenar el tanque. Como sólo había una estación de servicio, pequeña del tamaño de un container, Papá tuvo que esperar en una fila gigante, y, encima, el único funcionario no había llegado, además, el camión con el combustible tenía que cargar la estación.

Mientras tanto, Agus, Gonzi, Mamá y yo guardamos las cosas en las valijas y miramos tele, esperando que Papá nos diera alguna información de lo que estaba pasando. A las 10.00 h, tuvimos que salir de la habitación, porque era la hora del check out. Bajamos las cosas y esperamos en la recepción. Mamá, curiosa como es, comenzó a conversar con el dueño de la posada, bonaerense, sobre lo que era vivir en El Chaltén. Mismo que aislada, la ciudad de El Chaltén se sostiene bien y sin problemas, nunca hubo problemas de luz, gas… Vivir en ese lugar remoto, para él, era mejor que la vida agitada del centro de Buenos Aires. Y eso es algo interesante, todos los patagónicos que conocimos venían de las grandes urbes y se mudaron porque ya se habían cansado de esa vida agitada. Acá podían aprovechar y trabajar con tranquilidad, disfrutando la vida calma y solitaria de la Patagonia. El señor nos contó cosas diferentes y buenas para conocer la vida de la Patagonia. Después de un rato, a las 10.30 h, Papá llegó con el tanque lleno listo para seguir camino. Nos despedimos del señor, y fuimos hasta la salida de la ciudad donde estaban los senderos de Mirador de los Cóndores y de las Águilas, cortos, pero nos recomendaron para poder conocer un poquito de las vistas ya que teníamos poco tiempo. Tenía 1 km de sendero con piedra compactada, algún tramo tal vez con piedras sueltas, pero fácil.

Estacionamos el auto y seguimos los carteles para llegar al sendero. Había viento pero no era insoportable. El día estaba espectacular, decían que días como este eran difíciles de encontrar porque el clima es muy cambiante y nublado. El Fitz Roy y el Torre eran lindos sin nubes e imponentes bajo el cielo azul. El sendero comenzaba unos cuatrocientos metros en línea recta, en la planicie y al final había una bifurcación, tomamos el camino de la izquierda que nos llevaba al mirador.

Apenas hicimos la curva, la pendiente subía rápidamente, siguiendo los rasgos de la montaña. Algunos ya estaban pidiendo «arrego» (ayuda, no aguantarse más en pie). A cada parte plana, el grupete paraba y descansaba. Y seguimos subiendo. A cada 100 metros, había un panel que exponía características de los cóndores, que vivían por ahí, animal favorito de Gonzi. Siempre que había un panel, parábamos y Gonzi nos leía en voz alta el texto. Carroña, carroña esa era la palabra más graciosa. Y seguimos subiendo. Papá ya estaba con la punta de la lengua para afuera. El sendero subía la pendiente y después, cerca del final, hacia un giro hacia la izquierda. Ahí, el camino cruza un pequeño bosque de lenga, y Gonzi sintiéndose Indiana Jones. La vista ya perfilaba muy linda. Subimos el último tramo de piedras sueltas y Gonzi resbaló algunas veces, pero nada pasó. A diez minutos del final, hay una otra bifurcación, que daba para otro mirador, el de Las Águilas, Papá dijo que cuando volviéramos, veíamos se íbamos o no por ese camino que agregaban 30 minutos a nuestro recorrido. Al final, las piedras que constituían el mirador nos dieron el punto final del sendero. El mirador nos mostraba el Fitz Roy y el Torre, bonitos como nunca. Además, nos mostraba toda la ciudad de El Chaltén bajo las montañas, cercada por el río y por el pequeño cañadón que era la entrada. El viento ahí arriba era fuertísimo. Sacamos unas fotos y contemplamos por cinco minutos la vista y la nuestra hazaña. Como Gonzi quería irse, comenzamos a hacer el descenso. Papá iba primero y bajó lo más rápido posible. Pasamos otra vez por la bifurcación, y Papá no pensó, pasó directo. Le damos un descanso porque ya subir todo eso había sido un ejercicio grande. Así, bajamos para volver al auto. La bajada fue bastante rápida. El sendero era bueno para quien se quedaba una noche sola. Al volver abajo, visitamos el centro de visitantes de Parque Nacional Los Glaciares. Allí, había una rápida presentación, sobre los diferentes senderos que existían y sobre la vida del escalador de las montañas duras de los Andes.

Como ya era tarde, fuimos a un local y compramos unas empanadas y unos sandwiches, porque no queríamos comer en un restaurante. Y después de estar listos para partir, salimos otra vez de El Chaltén. En el retrovisor veíamos desaparecer las montañas icónicas.

Continuamos por la ruta provincial 23 por 90 km, y después giramos hacia la izquierda de vuelta a la 40. La ruta Nacional 40 es legendaria. Recorre desde el punto extremo norte en Jujuy hasta el extremo sur en Río Gallegos. Es una ruta para los turistas y trae la sensación verdadero viaje de ruta. Es una ruta solitaria que pocas personas recorren. Además, pasa por diversos climas, desde el clima seco y agobiante del Noroeste hasta el frío y helado aire de la Patagonia. Es una ruta diferente, que llama a lo más salvaje del argentino.

Bueno, por esa ruta seguimos unos 70 km hasta Tres Lagos, donde íbamos a cargar nafta. Pueblito en el medio de la nada, fue difícil encontrar la estación de servicio. Cuando la encontramos, el único mensaje nos aparecía era «no hay nafta». Listo, paramos al lado y como ya eran las 14.00 h, comimos la comida que habíamos comprado en El Chaltén. Sentados y mirando el paisaje, comimos ahí calmitos, sin que nada pasara. Al rato, estábamos de vuelta en nuestro camino. Seguimos hasta Gobernador Gregores, nuestra siguiente parada. Más kilómetros adelante. La estepa patagónica volvió a invadir el paisaje. Otra cosa, la planicie interminable de la Patagonia creaba rectas kilométricas de la Ruta 40, miedo por Papá, porque las rectas son muy monótonas. Todos dormían, mientras pasábamos por guanacos y más planicies.

Ese tramo fue bien largo, hasta que la ruta de asfalto se transformó en ripio; nos habían avisado, pero no sabíamos cuándo eso iba a pasar. La ruta estaba mala. Piedras gigantes y filosas eran obstáculos en nuestro camino. Papá las desviaba, pero eran muchas. Pasamos por el Lago Cardiel, otro gigante de la región. Fueron unos 70 km de ruta de ripio, que un día, serían asfaltados. Los Andes, a lo lejos, siempre presentes. Cuando terminó el ripio, teníamos unos 60 km más hasta Gobernador Gregores. Algunas colinas nos hacían subir y bajar lentamente por la 40. Y después de 30 minutos, llegamos a Gobernador Gregores, ciudad simpática y simple. Cargamos nafta y seguimos camino hacia Bajo Caracoles, otro pueblito para cargar nafta. Eran 200 km de ruta. Otra vez los mismos paisajes se presentaban ante nosotros. Los guanacos, la estepa, pero las colinas se transformaban en un cañadón. Un Cañadón conocido en él área, el de Río Pinturas. Seguimos camino, y llegamos a Bajo Caracoles, un pueblo en el medio de la nada con un puesto para cargar nafta, una bomba y nada más. Fue rápido, porque el auto tenía bastante, era apenas para estar seguros de que no iba pasar nada. Seguimos camino. Sabíamos que el hotel quedaba en el kilómetro 73 después de Bajo Caracoles. Comenzamos el conteo y seguimos camino hasta el hotel. 70, 71, 72 y 73… Estancia Cueva de las Manos hacia la derecha. Un pequeño camino de ripio nos llevaba 4 kilómetros adentro de la estepa patagónica. El color de la tierra variaba de tonalidades rojizas. Y al final del camino, aparecía la Estancia Cueva de las Manos. Al atardecer, fantástico lugar aislado, nos registramos, y las recepcionistas nos explicaron las condiciones del hotel. Luz y corriente eléctrica apenas de 20.30 hasta 00.30 h. Agua y gas todo el tiempo. Entonces, nos presentaron la cabaña que íbamos a quedar los cinco. Juntitos. Es la peor receta. Cinco capetas en un mismo ambiente genera una explosión. Había una cama para cada uno. Cada uno eligió su lugar. Había una que otra telaraña, después encontré en el baño a la dueña (¡y qué dueña!). La cena iba a ser a las 21.00 h. Nos quedamos a oscuras hasta las 20.30 h. Conversamos y jugamos en la habitación. El tiempo pasó rápido. Fuimos a comer. Plato único: vacío al horno. Las recepcionistas nos sirvieron, porque -por lo que veníamos sospechando- eran las dos únicas funcionarias del hotel. Comimos y el comedor estaba lleno. Aunque la estancia estaba aislada, había bastante gente.

Volvimos a la habitación y nos dormimos profundamente. Mañana, no había un horario muy temprano para despertarse, íbamos a visitar la Cueva de las Manos. Sin embargo, no íbamos a seguir el mismo camino que la mayoría de los visitantes. Habría un trekking por el Cañadón Río Pinturas, sin guía, sin nada, por nuestra cuenta. Mañana les cuento más.

07/01/16 – Tolhuin – Puerto Natales

Salida: 9.30 h – Llegada: 5.10 am (08/01/16) – Distancia: 809 km – Total acumulado: 4965 km

Tolhuin - Puerto Natales - Total
Despertamos temprano, el viento del Lago Fagnano bajó un poquito y el sol ya estaba radiante. Teníamos un largo tramo que hacer. Desde Tolhuin a Puerto Natales íbamos a recorrer rutas con mucho viento, balsa, paradas y rutas de ripio interminables.

A las 7.00 h, nos despertamos y empacamos. Tomamos el desayuno casi solos en el salón e hicimos todo lo más rápido posible para salir temprano. Sabíamos que llegaríamos tarde, pero todo iba normal. Hicimos el check out y ordenamos todo en los baúles.

Volvimos por la ruta 3, pero hoy sería el último día que recorríamos los  maravillosos caminos que nos trajeron desde la Quinta a Ushuaia. Los primeros kilómetros transcurrieron con normalidad. A medida que nos acercábamos de Río Grande, sentíamos los problemas del viento del verano de Tierra del Fuego. Fuerte como nunca. Lo que es normal para esta región, pero la VeraCruz lo sentía. Bravamente, cruzaba la ruta 3 con vientos de 70 km/h. Hicimos los kilómetros hasta Río Grande, y en lo que sobró del puerto Caleta La Misión paramos porque Papá quería sacar unas fotos y mirar atentamente lo que dejaron del puerto hace unos dieciséis años. Papá y yo salimos del auto, el viento ni nos dejaba abrir las puertas. Caminar en línea recta era un desafío. Casi no nos manteníamos en pie. Quedamos ahí un ratito para poder recuperar algunos momentos de aquel pasado.

Veinte minutos después estábamos de nuevo en la ruta 3. Media hora después, llegamos al paso San Sebastián. Hicimos los trámites en el lado argentino de forma rápida y después en el lado chileno, que fue más lento. Mucha burocracia. Otra vez en la ruta, pero ahora de ripio. En vez de cometer el error de la ida, tomamos la ruta que estaba en obras y no la vieja, que nos hizo tardar años en llegar.

En los primeros kilómetros, todo aparentaba estar mejor que en la otra. Era más lisa, con menos piedras sueltas y más compactada. Seguimos camino. Como me seguía doliendo, un poquito, la cabeza, me volví a dormir en el camino. De repente, escucho que Papá me llama y veo la ruta asfaltada. Era como el Santo Grial. Volvimos de los 50 km/h a los clásicos 130 km/h. Y así fue por unos 40 km. Hasta que la nuestra ilusión terminó. La ruta de hormigón había terminado y volveríamos al ripio. Estaba mal cuidada y horrible para la VeraCruz. Y lo gracioso es que la ruta en obras estaba casi terminada, y tuvimos que seguir el camino mirando con envidia la ruta lisita y lista para ser usada. Qué rabia, pero hasta aquel momento el camino que elegimos había sido mucho mejor que el de la ida.

Seguimos camino hasta el Puerto Espora. Llegamos a eso de las 15 h y había una fila enorme de autos. De hecho, según decía la radio el sistema de balseo estaba suspendido por el viento ya que no era posible atravesar en esas condiciones el Estrecho de Magallanes.

Bueno, esperamos y las horas iban pasando. Conocimos los baños, la confitería, un puesto de información. La radio solo repetía «El balseo está suspendido por condiciones climáticas». Bosta. Y así continuaba. Papá contó 123 vehículos antes de nosotros. Atrás era imposible saber; la fila seguía hasta perderse en el horizonte. No habíamos almorzado entonces a las 18.15 h, Mamá y Agus fueron a comprar algo en la confitería, pero la fila era kilométrica. Gonzi, Papá y yo nos quedamos en el auto. Esperamos, esperamos, y el viento no quería disminuir. Constante y fuerte. Sólo las gaviotas nos hacían distraer por unos minutos. Una hora y media después, las dos llegaron caminando contra el viento con sandwiches y papitas para comer como almuerzo. Y así fue, comimos y nos «divertimos» por media hora. Decían que la previsión para la vuelta del sistema de balseo era a las 20.00 h o 21.00 h. Decidimos llamar al hotel de Puerto Natales porque no íbamos a llegar en el horario previsto. Esperamos y esperamos dentro del auto. El viento comenzó a calmar y las 22.00 h los primeros autos comenzaron a moverse. Fue un alivio salir del lugar. Las dos primeras balsas habían llegado y estábamos andando en la fila, ya cerca del muelle. Finalmente, el mensaje «el sistema de balseo transcurre con normalidad por el Estrecho de Magallanes». Eran las once y seguíamos en la fila. Y el tiempo pasaba, hasta que vimos las luces de la balsa acercándose lentamente. Y lentamente llegó. A medianoche, la balsa atracó y entramos. No hubo ruidos en el equipamiento trasero. En la oscuridad del Sur de Tierra del Fuego, cruzamos el Estrecho de Magallanes y nos despedíamos de Tierra del Fuego. Las olas y el viento irrumpían en la balsa y la mecían. Los ruidos de la madre naturaleza. Encima, como fuimos uno de los primeros en entrar, estábamos en la punta delantera de la balsa, y por eso, con las olas y todo eso nos movíamos más. Sentíamos con más fuerza las corrientes y el viento el Estrecho. Fueron treinta minutos de puro terror. La balsa se balanceaba y las olas mojaban el deck. Había un señor que fue hacer algo afuera del auto, y cuando se estaba acercando a su auto, rompió una ola y lo empapó. Una verdadera ducha de lluvia salada. Nos reíamos a carcajadas, pero al mismo tiempo teníamos miedo de lo que podía pasar. En el medio del viaje, apagaron las luces y todo estaba oscuro. El silencio cobró vida. Lo único que escuchábamos eran los crujidos del barco, las olas y el viento. Nadie decía nada. Fueron minutos asustadores. Al acercarse al muelle, el barco sintió el poder del viento. Sacudón, se prendieron las luces y los primeros autos descendieron. Como el viento era fuerte, la balsa no se estabilizaba y la rampa se movía de un lado al otro. Los autos bajaban y pasaban por el agua de mar porque había agua entrando por la rampa. Y seguían saliendo, lo más rápido posible, probablemente del miedo y de la desesperación de escapar de esa situación asustadora. De repente, un anuncio en los parlantes indica que cierren la rampa y nosotros casi a punto de salir. La balsa volvió a posicionarse, hamacándose con la fuerza de las olas y el viento. Cuando volvió a atracar, bajaron la rampa y continuó el descenso. Nosotros éramos uno de los últimos en salir. Nos dieron la señal, alineamos la trompa del auto y salimos lentamente para no raspar el Thule. El auto se mojó con el agua del Estrecho de Magallanes y no hubo otra, fue el peor raspón de todo el viaje. Al escuchar el ruido, Papá aceleró y salimos lo más rápido posible. Arena y agua volaban y el único ligar seguro era al final de la rampa. Verificamos todo y volvimos a la ruta.

Había otro problemita ahora: el GPS no prendía. Estábamos sin navegación. A los papeles otra vez. En la oscuridad, usando la linternita comenzamos nuestro largo viaje a Puerto Natales, 330 km de ruta normal. Era la 1.15 de la mañana. Otro tema es que, mientras andábamos por la ruta, estábamos con poca nafta o bencina, como dicen los chilenos. Y seguíamos y no encontrábamos cualquier estación de servicio. Papá decidió que era mejor volver y hacer 100 km más hasta Punta Arenas. Llegamos a la estación de servicio y llenamos el tanque. Lo que supimos es que esa estación era la única en el «camino» a Puerto Natales. Si hubiéramos continuado, nos habríamos quedado parados con las liebres y los guanacos. Volvimos a la ruta nacional 9 de Chile y ahora sí sin paradas hasta Puerto Natales.

El tramo fue largo, con todos durmiendo menos Papá y yo (¡qué bien!, ¿no?) y los kilómetros bajaban, las liebres cruzaban la ruta como Kamikazes y empezaba a amanecer. Después de tres horas, cansados y ya con el sol sonriéndonos otra vez, llegamos a Puerto Natales. Sin GPS, tuve que sacar mis habilidades de navegación y explorar la pequeña y pacata de ciudad de Puerto Natales. Calle por calle, íbamos acercándonos al hotel. Después de mucha desconfianza sobre mi navegación, llegamos a la calle Sarmiento del hotel. Nos abrieron los dueños con cara de sueño, pero descargamos y dormimos como piedra. Decidimos despertarnos a las nueve, de ahí a cuatro horas. Moraleja del día: todo lo que podía fallar, falló.

Expedición Patagonia – Introducción

La Argentina, gigante como es y maravillosa como siempre, guarda secretos que tal vez sigan escondidos del mundo y desconocidos hasta para los que recorrieron todo lo posible y imaginable. Una de las joyas y maravillas de este gigante es la Patagonia. Aislada, desierta y, para muchos, perdida en la propia nada. La Patagonia trae en el imaginario argentino una idea de libertad y paz, pero, al mismo tiempo, la soledad, el silencio y, principalmente, el misterio. Uno podría imaginar la Patagonia como un pequeño pájaro, una paloma por ejemplo. Siempre está ahí, sentadita, calmita, paciente, esperando el porvenir. Cuando aparece algún tipo de amenaza, sea lo que fuera, abre sus alas, vuela y se lleva todo lo que representa materialmente y esencialmente. La Patagonia siempre está ahí, pero nunca está para mostrarse ni agrandarse. Es ella y nada más.

Y por qué Expedición Patagonia? Para conocer a la Patagonia tendremos que cruzar caminos que tal vez nunca fueron cruzados y tendremos que hacer largas distancias y estar preparados para lo que pueda pasar. Todas las experiencias nos ayudarán a conocernos a nosotros mismos.
Desde Buenos Aires a Ushuaia, Calafate, Río Gallegos y muchos otros lugares fantásticos, estaremos recorriendo la Argentina. Los que quieran recorrerla con nosotros, aunque no sea lo mismo que hacerlo personalmente, serán totalmente bienvenidos. Conozcamos un poquito más de nuestra gigante nación, con los capetas Caldas de siempre.