Día 18: Etosha (Namutoni) – Caprivi

De Etosha (Namutoni) a Caprivi (Divundu) son 590 km. Este es el tramo más largo de nuestra expedición africana. Este tramo es totalmente asfaltado. La idea era parar en Rundu, una ciudad importante para Namibia, y seguir hacia el próximo hotel: RiverDance Lodge. Para los curiosos, podemos decir que Caprivi es una estrecha zona que separa Namibia de Angola, Botswana y Zambia. Esta zona tiene como principal marco geográfico el río Okavango, donde habitan muchos pueblos africanos, además de hipopótamos y búfalos. Es una zona, básicamente, multicultural y muy remota de Namibia.
Bueno, dejando esos hechos de lado, hoy tuvimos una sorpresa impresionante. Todos nos levantamos temprano, nos preparamos rápido, cargamos las valijas sin demoras y salimos temprano. A las 9.15 h, todos los Caldas estaban listos. Pero el viaje que nos esperaba era largo, entonces cerramos las puertas y partimos rumbo al Caprivi. Este tramo era pura recta. Puedo decir que 90% del recorrido era recto. Como copiloto, estaba preocupado con el comandante, que cerraba los ojitos de vez en cuando ante las infinitas rectas y sus tramposos espejismos. Gonzi jugaba a los eternos jueguitos en su «Lepads». Mamá y Agus, compenetradas en sus lecturas. Y yo prestaban atención a cualquier señal de sueño de Papá. El paisaje constantemente cambiaba. En medio del camino, tuvimos un episodio que sacó a papá de la fase de sueño: la policía nos paró y le hizo una multa por manejar a 143 km.

Del ambiente seco de la savana africana hacia los húmedos bosques del Okavango; nuestras pieles sentían esos cambios. Otro cambio que surgía era la cantidad de insectos, típicos de esta región húmeda. La malaria y  las moscas Tse-Tse eran mis grandes miedos. Para quien no sepa, en Namibia, a cada 4500 personas hay un médico, en la región de Windhoek. Así que no me importó el calor, yo me preparé con repelente, pantalones largos  y una campera anti-mosquitos.

Cuanto más nos acercábamos al Caprivi, más notábamos los pequeños pueblos africanos, y las aldeas construidas con madera y paja. Llegando a Rundu, había una misión a ser cumplida…comer. Cuando dije que Rundu era ciudad importante, quise decir para Namibia. Una ciudad de 4000 habitantes, para un país de 2 millones de personas, es grande. Esta ciudad también es la puerta de entrada para los angoleños. Las calles principales eran de ripio y el edificio más alto es de 5 pisos. Al cabo de un rato, encontramos un pequeño restaurante donde comimos un bife riquísimo al modo namibio. De más está decir que nos costó decidirnos. Todo era sospechoso. Había mosquitos y encima se avecinaba una tormenta. Después de salirmos de Rundu Capeta, manejamos los últimos cien kilómetros del día. Agus tuvo el honor de hacer de GPS durante algunos kilómetros. En estos momentos, es posible entender que cuando uno no tiene nada que hacer, hace cualquier pavada, como fue el  caso de Agus. El RiverDance Lodge fue difícil de encontrar. Pero en el final de todo arco iris, hay un pote de oro. Quedaba en el medio de la nada, y estaba medio en construcción. Las habitaciones quedaban en la orilla del Okavango, no había aire acondicionado y las camas tenían cada una su mosquitero particular. Para ir de la recepción a los cuartos, había un sendero de arena en medio de la vegetacion. Después de muchas quejas y de arreglar las cosas, el chico de la recepción nos invitó para un paseo de barco en el Okavango. Ya era tarde, entonces iba a ser corto el paseo. El barco era una lancha muy pequeña, pero sólo íbamos nosotros cinco, que éramos los únicos huéspedes del hotel. El paseo fue fantástico. De un lado estaba Namibia, del otro estaba Angola. Yo le decía a papá, que nunca estuvimos tan cerca de Angola, el país de tantas historias del pasado africano de Papá. Vimos la puesta del sol, que era magnífica. Vimos tres hipopótamos y los pueblos de Angola, que cruzaban el río para ir a la escuela y para ir de compras, pues Angola está una verdadera bosta. Recibimos datos impresionantes de Namibia, un país que incentiva la educación, hasta para los más pobres y los extranjeros que no la consiguen en su proprio país, como Angola. Al fin del paseo, fuimos a comer a la luz de las velas, en una mesa elegante, junto a una fogata. Éramos los únicos huéspedes del hotel. Dormirse fue difícil. El silencio de la noche eran ensordecedor. Mañana vamos a hacer el último tramo de auto de nuestra expedición, hacia Kasane, Botswana, y también nuestro último día en Namibia, gran país de infinitos lugares y una nación acogedora, amiga y de tantos potenciales. Gracias, Namibia y hasta la próxima.

Día 14: Hacia el más allá

Después de la aventura en Walvis Bay, todos dormimos como piedras. Pero al día siguiente nos esperaba una largo tramo, entonces despertarse temprano era nuestra misión. Nuestro destino es Damaraland, una región muy remota y muy interesante, por las grandes montañas al lado de las infinitas planicies. De Swakopmund, manejamos hacia el norte, por la Skeleton Coast, donde hay muchas embarcaciones hundidas y también esqueletos de elefantes. Anduvimos por 72 km hasta Henties Bay, y continuamos manejando hasta Cape Cross, un lugar con dos cosas interesantes: la colonia de focas más grande del mundo, con más de 200.000 focas en todo el local; la otra cosa interesante es el padrão de Diogo Cão, que es un marco de piedra puesto por los navegadores portugueses en cada lugar que descubrían. La ruta para Cape Cross era de asfalto, lisa y con muy poco tráfico. La velocidad media de papá era de 120 km/h, impresionante. Llegamos en poco tiempo a Cape Cross, un lugar en el medio de la nada, cerca de fábricas de sal y de ocasionales casitas de los probables trabajadores. El desierto nos rodeaba y era muy difícil ver mínimos rastros de vegetación. La entrada al lugar tenía dos focas construidas con piedras, muy gracioso. Compramos el permiso para el parque y en seguida notamos el olor a bosta y a foca. Llegando al cabo, vimos los millones de puntos negros y los aullidos de los animales. Para cada lugar había centenas, miles de focas. Como papá dijo: nunca vi tantas focas juntas. Era imposible contarlas. Había de todos los colores, tamaños, formas y olores. Para Gonzi, el ambiente era insoportable. Las fotos son las únicas cosas que consiguen describir el lugar. Después de un rato largo viendo las focas, fuimos a ver la réplica del padrão. Era emocionante ver el marco de la nación portuguesa y pensar qué valientes fueron los tipos al ir hacia lo desconocido y no ver nada, como nosotros vimos. Volvimos al auto y ahora sí en dirección a Damaraland. Kilómetros y kilómetros de nada. Algunos árboles capetas en cada kilómetro cuadrado, nada más. Apenas la larguísima ruta de ripio. Con el tiempo, la vegetación va cambiando y también todo el ambiente al nuestro rededor. Los carteles de cuidado con los elefantes también aparecen, que a mí me parecieron geniales. Tuvimos que parar en Uis, que a Tití y a Javi les gustaría tanto cuanto Itu. Mínima. Terrible y Extraña. Los locales nos ofrecían «piedras preciosas» y terriblemente nos seguían. Encontramos un restaurante, que el servicio era a estilo Uuuuuuuuuuuiiiiiis. Todavía tuvimos que cargar nafta, que el precio era exorbitante, tan grande a estilo Uis. Capetérrimo. Seguimos camino de Damaraland. La ruta estaba empeorando a cada minuto, con huecos del tamaño de cráteres. Llegando a Camp Kipwe,  nuestro hotel, parecía que estábamos en el paraíso. Kipwe significa «bendecido». Apenas llegamos todos nos ayudaron a llevar las valijas y el gerente nos esperaba ansiosamente. El hotel quedaba en el medio de las piedras, medio camuflado. La recepción y el restaurante tenían forma de hongos, muy gracioso. Las habitaciones también estaban geniales. Tenían forma de hongo también. Era todo muy simpático y personalizado. El baño era al aire libre, con vista para el cielo. Rústico pero simpático. No había internet, ni televisión, o sea, un retiro espiritual, con el sonido del los insectos y el silencio. El gerente nos ofreció ver la puesta del sol con unas bebidas y algunos snacks. Cuando llegamos al lugar, una terraza en el medio de las piedras, la vista era única, indescriptible. Al menos una lágrima cayó de nuestros ojos. Después de la puesta del sol, descansamos en las habitaciones un poquito. Cenamos, y quedamos maravillados con la calidad de la comida, recordando los viajes anteriores y pensando cómo pudieron haber construido semejante estructura en el medio de la nada. Reservamos el paseo para observar los elefantes, y hay que despertarse temprano, otra vez. Este lugar, nos hizo, otra vez, pensar como todo valió la pena, aunque hayamos tenido que recorrer 438 km en las terribles rutas de ripio y las miles de ciudades como Uis.

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Día 15: Algunos elefantes

11/01/14
Como el largo relato de Marcos les contó, hoy tuvimos que despertarnos a las 5h30 para ir al paseo de los elefantes. El mayor desafío del día fue conseguir bañarse (en el baño) al aire libre. La pared lateral es el muro de piedras y el techo es de cañas. Al salir al baño, vi que todavía estaba oscuro, y el sol estaba saliendo. Mejor forma de bañarse, imposible. Por más que no lo crean, me bañé con agua caliente. Prenden el fuego con leña para calentar el agua. Cuando terminé, grité: «Marcos, tenemos un pequeño problema!» Se había formado una laguna en nuestro baño. Marcos gritó impresionado de la situación, y protestó en cómo podría bañarse así. Después que nos vestimos, estamos pronto para el paseo. Cuando vamos a abrir la puerta, aparece Papá corriendo, y preguntando si estábamos listos. Obviamente, se habían acabado de despertar, y no estaban ni cerca de estar listos. Los esperamos por unos 20 minutos. Marcos, entretanto, se estaba volviendo loco por la preocupación si le iban a picar mosquitos, si iba a tener malaria, si se iba a morir. Jajaja. Neurótico. Fuimos a desayunar, y como había pasado en el día anterior, una pareja alemana capeta nos miró con odio, por haber molestado su silencio. Somos Caldas, ¿qué  podemos hacer? Partimos rumbo a ver los elefantes. Arriba del jeep, había «tapaditas», como diría Gonzi (frazadas para los que no saben). Mamá, Gonzi y yo agarramos de primera, y nos tapamos hasta la nariz. 1 hora después, y nada de elefantes. Hasta que el señor para y dice «estamos llegando cerca de los elefantes, ¿alguien quiere ir al baño?». Nadie quiso, y seguimos el camino. De lejos conseguimos ver un elefante. Uau, UN elefante! Avanzamos un poco, y.,. 15 elefantes aparecieron, había desde un bebé de 4 meses, hasta uno grande de 40 años. Nos quedamos más o menos 1h con los elefantes. Y así, entre idas y vueltas, llegamos al hotel a las 11h40. El almuerzo empezaba a la una, pero nos sirvieron más temprano para que pudiéramos partir y no perturbar el almuerzo de los otros turistas. El gerente del hotel empezó a decirle a Gonzi «mini Bieber», y de ahí partió una gran charla sobre Justin. Jajaja. Como siempre. Y así, partimos para Okaukuejo, adentro del Etosha National Park. Llegamos al hotel y no encontrábamos los cuartos, hasta que de lejos vimos los tan buscados W34 y W35. Los cuartos, que en realidad eran unas casitas de 2 pisos, quedaban justo adelante de una laguna, donde varios animales iban a tomar agua, y mucha gente se juntaba ahí para verlos, también conocidos como Water Holes. Por bastante tiempo, nos quedamos mirando los animales. Aparecieron cebras, springboks (muchos!), rinocerontes, jirafas y hasta un elefante. Cada vez que íbamos a ver a los animales, Gonzi empezaba a hablar, y todos le hacíamos «shhhh», pero nada funcionaba. Nos fuimos a dormir, y yo ya preparé el despertador para las 5h30, para que pudiera ver el amanecer, y poder ver algunos animales que posiblemente vendrían a tomar agua antes del calor.

Agus

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Día 12: Más ruta de ripio

Ya recorrimos 1000 km de este viaje tan diferente. No sé realmente cuántos faltan. Hoy va a ser un tramo complicado porque son más 410 aproximadamente de ruta de ripio que se hace mucho más despacio. Después, queda un recorrido por el medio de un parque y más allá.. ruta asfaltada. El día 12 del viaje salimos de Sossusvlei cerca de las 11 h. No se imaginan el estado de las valijas después del recorrido por rutas de ripio: totalmente llenas de polvo. Cruzamos alguna jirafa, órix y algún avestruz. Cerca de Walvis Bay, nos paró una viejita en la ruta. Por su cara de susto, pensé que estaba con alguien enfermo en la ruta. Lo único asustador fue que la señora saliera de la ciudad sin mapa. Quería ir a la playa y estaba dirigiéndose rauda y veloz justamente para el otro lado: el desierto. Nos siguió y solo aceleramos cuando tuvimos la confirmación que la abuelita iba en dirección correcta.

Llegamos a Walvis Bay, el puerto de entrada y salida de todos los productos para Namibia. Es pequeña pero en comparación con las ciudades visitadas es una metrópolis. Almorzamos en un restaurante junto a la playa: The Raft. Nos asustó un joven que nos ofrecía lavar la camioneta pero no conseguíamos entender cuánto cobraría. El servicio fue lento y el mozo estaba muy distraído. Llegamos al hotel en Swakopmund, a 25 km poco después del almuerzo. Esta ciudad de origen alemán es donde los namibios vienen a pasar sus vacaciones. El movimiento es poco y no hay edificios. Apenas casitas bajas. Llegamos al hotel medio estropeados pero ilusionados con la civilización. Para nuestra sorpresa, Internet no funcionaba. Tenían que ver la cara de Agustina dispuesta a conectar cuanto aparato electrónico carga en la cartera. Cenamos muy cerca del hotel. Excelente comida en un restaurante con forma de barco remolcador. La vuelta caminando fue un poco asustadora. En la calle no había un auto. Apenas una joven que andaba por la vereda. Estaba cuando pasamos a la ida y estaba a la vuelta. Estoy tratando de subir fotos pero Internet se niega. Hace 20 minutos que dejé subiendo y estoy en 0%.

Día 10: Windhoek-Sossusvlei

Despertarse temprano fue muy complicado. Todos querían dormir, pero teníamos que encontrarnos con los empleados de Dunas Safari, en Windhoek, Namibia. El hotel era muy simpático, una guesthouse. Las habitaciones bien arregladas y todo en perfectas condiciones. A las 8, papá comenzó a conversar con los tipitos. Entre los temas de conversación estaban: el auto (que tuvieron que cambiar de modelo; nada de carrito), las rutas que tendríamos que tomar, unas curiosidades y unos tips para el futuro. Ciertas cosas, mientras escuchábamos los señores, nos preocupaban. Muchos de los consejos eran sobre el primer tramo en Namibia, Windhoek-Sossusvlei. Sossusvlei es un lugar que queda cerca del desierto Namib, el desierto naranja. El tramo que íbamos a recorrer era de 320 km, pero 318 eran de rutas de ripio. El auto que la empresa nos alquiló era una Toyota Hilux…excelente, porque era 4×4, entonces ningún problema. Yo me puse a analizar el mapa y recordaba con temor cada uno de los consejos…pero estábamos en África, la aventura comenzaba. Los primeros quarenta quilómetros tuvimos que prestar atención, porque había un punto, una bifurcación de las rutas C26 y la ruta D1982. Los locales consideraban ese local como una » ratoeira», o una trampa para ratas. Lo aconsejado era continuar por la C26, pero si entrábamos en la D1982 (considerada por nosotros como la «Demonio1982″) podíamos quedarnos en grandes problemas, o como nos dijo el guía » se entras na D1982m estás perdido». Después de pasar el primer desafío de Hércules, teníamos que pasar el segundo, «el paso de la D1275». Pero antes de eso, disfrutamos de los maravillosos paisajes realmente africanos, con las savanas y las planicies infinitas. Las rutas eran perfectas, no obstante sean de ripio, de gravilla suelta, entonces la pasamos bomba, sin problemas en el auto y todos admirados con la África diferente de Sudáfrica. El segundo desafío era un desfiladero muy inclinado, pero que no pasaba de algo común para nosotros, después de tantos kilómetros recorridos. Los guías nos habían dicho que este desfiladero era muuuuuuuuy peligroso, pero en realidad era un motivo de risa adelante de la gran experiencia de papá. El viaje fue calmo, y la única preocupación que teníamos por delante era un lugar para comer. Para que sepan, Namibia es el país con la menor densidad poblacional del mundo. O sea, muy poca gente, para un lugar tan grande. Namibia tiene 2 millones de habitantes, nada más. Los únicos lugares para comer eran: Solitaire y Sesriem. Solitaire era una ciudad de cien habitantes, máximo. Había un restaurante, una panadería y una estación de servicio que era lo principal de Solitaire. Esta pequeña ciudad nos hizo pensar acerca del mundo que nos rodea, de cuánto hay por conocer, y cómo nos podemos aventurar por el mundo. Solitaire era realmente solitaria, en el medio del desierto, de la nada misma, o como Gonzi diría: en Capetalandia. Después de comer una hamburguesa riquísima, la más rica de Solitaire, (tal vez de en un rayo de 500 km, que no hay, literalmente, nada) continuamos nuestro trayecto hacia el hotel. El último pueblo que vimos fue Sesriem, parecido a Solitaire. El descanso estaba a 25 km. Podemos decir que el nuestro hotel estaba en el medio de la nada, quedaba alejado de todo. Pero tuvimos una gran sorpresa. El hotel era impresionante. Está buenísimo. El lugar tiene forma de un fuerte, un pequeño castillo. Todo muy lindo y organizado. Las habitaciones eran raras, pero el nuestro  nos hizo olvidar de cualquier molestia. El servicio es excelente, con los empleados más cariñosos y amigos del mundo. Nos ayudaron en todo y también planearon un paseo en globo, sobre el desierto Namib, pero a las 5h30 de la mañana. Iba a ser excelente, pero duro de levantarse. La cena también fue riquísima y tuvimos muchas sorpresas. Primero, nos dimos cuenta de lo chico que es el mundo: había una pareja argentina en el restaurante del hotel que vivía en Buenos Aires. Nos encontramos en Namibia, en Namibia, impresionante. Otra de las sorpresas fue la fauna del desierto, que también vimos durante el recorrido. En la noche oscura vimos tres Orix, que son como «caballos del desierto», con cuernos rectos y color gris, y también vimos una lechuza gigante, que nos hizo una visita al restaurante. Papá nos decía que estábamos en el castillo de Hogwarts, con las lechuzas que mandan las cartas. Otros animales que vimos fueron los Kudu (pequeños ciervos), que fueron la comida de Agus, Papá y Gonzi, también vimos tres elegantes girafas, que estaban libres y no doradas como en los zoológicos, y las avestruzes que paseaban en el desierto árido, seco y inhóspito. Las vistas eran impresionantes. Y la última sorpresa, pero nola menos importante, fue el cielo más estrellado que vimos en el mundo. Fuera de la civilización, del mundo rápido, imparable, vimos aquellas lindas estrellas paradas, pero tan encantadoras. El cielo estrellado cerró el día de la mejor manera y nos hizo pensar de como todo esto valió la pena, mismo que tuviéramos que recorrer cientos de kilómetros y millares de aventuras.