15/01/16 – Esquel – Villa La Angostura

Salida: 10.00 h – Llegada: 16.30 h – Distancia: 480 km – Total acumulado: 7960 km

Esquel - Villa La Angostura - Total

Como siempre, nos despertamos más tarde de lo que deberíamos. Hoy era otro día de ruta; más o menos 370 km, de Esquel hasta Villa La Angostura.

A las 8.30 h, nos traían el desayuno a la habitación. Todos estábamos listos para comer, pero Papá se había ido al Quincho para ver si se conectaba y resolvía algunas cosas. Otra vez, nosotros cuatro ya teníamos todo listo, y sólo estábamos esperando tranquilamente, mirando tele. Obviamente, el tiempo iba pasando; Papá volvió a la habitación e hizo todo su ritual de vestirse, bañarse, etc. En su tiempo, sin problemas. Cuando terminó ya era la hora de guardar; se puso nervioso con nosotros porque también estábamos tranquilos, pero eso ya es normal. Guardamos las cosas y partimos en dirección al nuevo destino.

Papá quiso llenar las gomas de la VeraCruz y después fuimos a la Hoya, centro de esquí famoso acá en Esquel. Quedaba unos 13 km fuera de la ciudad en ruta de ripio. Curvas y contracurvas hasta el final. Ninguna alma penada por el camino. Cuando llegamos al final, observamos la estación de esquí. Como si estuviera abandonada. Nadie… Nadie. Subimos a la boletería y nos dicen que está abierto para subir y ver. Bueno, Papá compró las entradas y fuimos a subir en las aerosillas. Una de las cosas a las cuales tengo mucho miedo son las cosas suspendidas. Las aerosillas, por ejemplo. Encima, entrar y salir de la aerosilla es raro y peligroso. Pero bueno, subimos. A medida que íbamos subiendo, la temperatura disminuía y el viento aumentaba. Agus me iba hablando sobre las técnicas de aerosillas y todo el universo del esquí. Después de varios minutos ascendiendo a la cima, llegamos y salimos violentamente de las sillas.

En la cima, una señora fotógrafa, nos saca fotos, probablemente para venderlas después, y nos cuenta sobre la estación, y lo que podíamos hacer. Nada, obvio. Había un sendero, pero no estábamos preparados para nada. Encima yo estaba de bermuda, creyendo en el consejo de Papá, y me estaba muriendo de frío. Caminamos y vimos la vista, linda, pero nada grandioso. Al rato, volvimos a bajar porque no había nada qué hacer y volví en la aerosilla con Mamá. Tranquilamente, la temperatura fue aumentando hasta una sensación soportable.

Volvimos al auto después del paseo nada necesario.

Continuamos por la ruta 40, ahora con muchos más árboles, vegetación y tráfico. Muchos autos que paseaban lentamente por la ruta, nos hacían desacelerar. Obviamente, Papá se ponía nervioso y quería dar sus lecciones de manejo defensivo (para mí, algo agresivo). Y así fue el camino, tranquilo, pero la ruta estaba bastante mal, con muchos agujeros y peligrosas lomas. Paramos en El Bolsón para comer. Comimos en La Marca, muy rico. Sólo el mozo fue una cosa graciosa porque Agus lo analizaba con si fuera un potencial pretendiente. El almuerzo fue rápido porque teníamos que volver a la ruta para hacer 200 km.

Cuando salimos, Agus nos avisó que tenía ganas de ir al baño y Papá le preguntó si aguantaba, y la respuesta fue positiva. Seguimos camino. La ruta 40, en esta región, es conocida como la Ruta de los 7 Lagos. Creo que es el tramo más fantástico de la ruta 40. Nosotros ya lo habíamos hecho en viajes anteriores y todos los que quieran visitar Bariloche, Villa La Angostura o San Martín de los Andes no pueden dejar de hacer ese paseo. La ruta es muy buena, especial para quienes vienen para hacer turismo.

Seguimos camino, subiendo y bajando las montañas, por la fantástica ruta. Pena que el tiempo no ayudó porque cuando el sol brilla es extremamente lindo. A 70 km de Bariloche, Agus avisó que las ganas habían aumentado. Como íbamos a pasar por afuera de la ciudad, Papá decidió parar en el aeropuerto de Bariloche, dijo que no había otra opción. Acelerando y muchas veces lento por causa de los que iban paseando, llegamos al aeropuerto. Agus y yo salimos corriendo como si fuéramos a tomar un vuelo. Agus salió feliz, y seguimos camino hacia la Angostura. De ahí al hotel Marinas Alto Manzano fue rápido.

El hotel es fantástico, está ubicado en las márgenes de la Bahía Manzano con sus aguas limpias y translúcidas. Orientado hacia la bahía, contaba con ventanas enormes para ver los barcos y las montañas exclusivas de esta ciudad. Papá había alquilado un loft, para nosotros tres. Lindo, y Agus decía que quería pasar su luna de miel acá. Después de varias discusiones sobre quién iba a dormir en cada cama, nos acomodamos y esperamos para ir a comer. Nosotros tres en el loft, esperamos hasta las 22.00 h, cuando Papá y Mamá decidieron salir. La recepción nos sugirió ir a Cook, pequeño resto bar, cuyo dueño es un señor muy simpático. Viejito, decíamos que sería excelente locutor de radio. Este lugar es conocido por las buenísimas empanadas y pizzas, además de la comida irlandesa. No sabemos si el dueño era irlandés, pero tenía cara de serlo. Yo estaba con sueño, y muy cansado, entonces no aproveché mucho la salida, pero bueno, todos saben cómo me quedo cuando tengo sueño.

Comimos rico y simple. Después volvimos al hotel y me tiré a la cama como si fuera a hibernar. Mañana iríamos conocer Villa La Angostura y descansar un poco del viaje que venimos haciendo.

14/01/16 – Cueva de Las Manos – Esquel

Salida: 9.20 h – Llegada: 16.45 h – Distancia: 620 km – Total acumulado: 7480 km

Cueva de las Manos - Esquel - Total

Esquel era nuestro nuevo destino. Comenzamos a subir por la Ruta 40, en dirección a la Región de los Lagos. Bariloche, Esquel, Villa La Angostura, San Martín de los Andes, entre otros son algunos de los destinos conocidos de esta región. Al lado de los Andes en el paralelo 40 a 35, son buenos lugares, húmedos y favorables para las grandes estaciones de ski del mundo.

Bueno, nos despertamos temprano, a las 7.30 h. Yo, por lo menos, quise despertarme a esa hora. Papá y Mamá, un poquito más temprano porque tenían que hacer las valijas. Yo ya la había hecho, entonces me di el lujo de despertarme más tarde. El desayuno estaba listo a las 8.00 h. Puntualmente, hasta cinco minutos antes (¿impresionante no?), estábamos sentados esperando el desayuno. Comimos rico, había poca variedad, pero lo que estaba disponible era bueno. Al rato, como estábamos bastante rápidos y ágiles, ya teníamos todo adentro del auto y listos para partir. Obviamente, todas las ceremonias de salida siempre presentes.

A las 9.20 h, estábamos de vuelta a la Ruta 40. Nuevamente, la estepa los guanacos y la soledad nos acompañaron en el camino. 60 kilómetros del hotel estaba Perito Moreno, donde cargamos nafta. Otro cambio que comenzamos a notar era la temperatura. Hoy fue el primer día de bermuda desde Comodoro Rivadavia. Como estábamos subiendo en latitud, ya se sentían los cambios. El viento Patagónico común ya era más liviano y menos abrasivo, lo que mostraba una vegetación más frondosa, más verde y abundante, una estepa fortalecida, digamos. La temperatura llegaba a los 25. Impresionante, para lo que veníamos pasando. Una observación, el sur no es frío, el tema es que el viento de los Andes crea una sensación térmica muy fría.

Y continuamos subiendo, siguiendo la línea de los Andes, con las rectas impresionantes de la Ruta 40. Después de 200 kilómetros pasamos por Río Mayo, Capital Nacional de la Esquila. A Agus le dio mucha pena el lugar porque las ovejas eran casi que veneradas por ella. Ovejas a parte, pasamos rápido por Río Mayo y seguimos camino hasta Gobernador Costa, después de un largo tramo de ripio. Allí, después de muchas estancias, vacas y guanacos, pusimos nafta y seguimos camino hasta 100 kilómetros después, Tecka.

En Tecka, comimos unos sandwiches, otra vez (íbamos a comer en un parador «La dulzura de Adry», pero cuando entramos, había un ambiente de cumpleaños o fiesta, entonces, creímos que estábamos en el lugar equivocado, fuimos directamente a YPF), y nos conectamos a Internet y tuvimos varias buenas noticias y después seguimos camino hasta Esquel, que eran 100 kilómetros más.

Llegamos a la ciudad a las 16.00 h. Ciudad también rodeada por las montañas, muy linda y organizada y primera gran ciudad desde Ushuaia. Acá había más estructura. Llegamos a los veinte minutos al hotel, donde Papá había alquilado una cabaña. Muy linda y bien equipada. Había un Quincho y varios juegos, nos hizo acordar la Quinta. La dueña nos había sugerido ir a Trevelin, pequeña ciudad a 25 km de Esquel, para tomar el llamado Té Galés. Como ya era hora de la merienda, Papá nos mandó rápido al auto y estábamos de vuelta recorriendo más rutas. Después de 620 km, íbamos a recorrer unos más.

Llegar a Trevelin fue rápido. Trevelin es una pequeña comunidad de origen galés, y el origen de su nombre es «pueblo del molino. No vimos ningún molino, pero bueno. En el centro, había un pequeño local de informaciones, Papá le explicó nuestra situación y le sugirieron ir a unas casas de té. Después de muchas vueltitas, encontramos la casa de té Mutisia. Nos sentamos y la mesa ya estaba toda preparada con las tazas, platitos, etc. La moza nos preguntó qué queríamos y nos sugirió el Té Galés. Es el conjunto del té con tortitas, scones, panes, etc. Como éramos cinco, y Gonzi estaba sólo para probar, pedimos cuatro té galeses, el tomaría una chocolatada.

Yo no estaba acostumbrado a todos aquellos platitos, cubiertos, para mí, lo bueno bueno, eran unos cereales con leche, pero bueno, íbamos a probar algo supuestamente bueno. Cuando llegó el bendito Té, vimos el tamaño de lo que sería nuestra merienda y posible cena. Tortitas, pancitos, manteca, azúcar y el té, pero parecía discreto en ese rejunte de cosas. Nos servimos. Papá tenía nostalgia de los tiempos que tomaba té con su madre y de sus fantásticos scones, que no tenían, en el caso de la casa de té, nada de especial, pero él estaba feliz. Probé las tortitas galesas, menos la que tenía pasas de uva. Todas muy ricas. El té también estaba muy bien, Papá y Agus le ponían toneladas de azúcar, pero a mí me gustaba tal como estaba. Todo muy bien y creo que arrasamos la mesa. Como había sobrado un poco, pedimos para llevar. Cuando terminamos volvimos al auto y retornamos a Esquel. En el hotel, como eran las 18.00, nos quedamos jugando al Sapo en el Quincho del hotel. Hubo ciertos contratiempos por parte de Gonzi, pero Agus y yo acabamos ganando. Papá y Mamá estaban usando la conexión disponible para resolver cuestiones del trabajo, etc. Fue momento de descanso. Aprovechamos y jugamos en los juegos de afuera, el sube y baja fue el mejor. Seguimos jugando por una hora. Agus decidió explorar una pequeña casa con juguetes para niños y jugó de ama de casa, debería haber sacado fotos de eso, disculpen pero imperdible la escena. Gonzi también entró en el juego y yo no tuve otra. Desordenamos toda la casita. Al rato, tuvimos que tener un lapso de consciencia y guardar todo.

Ya eran las 21.00 h y continuaban resolviendo cosas. A las 22.00 h salimos para ver si conseguíamos algo. Gonzi tenía un dolor de garganta, entonces, fuimos a la farmacia. Las cosas estaban cerrando, y no hubo otra que ir a un lugar y pedir unas comidas.

Volvimos al hotel y comimos nuestra cena. Yo me estaba durmiendo en pie, así que fui a mi habitación y caí en el sueño, Agus y Mamá se quedaron mirando una peli bosta de bosta y se quedaron despiertas hasta más tarde.

Mañana seguiremos nuestro comeback hacia Buenos Aires y haremos una parada de dos noches en Villa La Angostura. Veremos qué pasa.

12/01/16 – El Chaltén – Cueva de las Manos

Salida: 11.00 h – Llegada: 20.00 h – Distancia: 648 km – Total acumulado: 6820 km

El Chaltén - Cueva de las Manos - Total

Hoy era día de kilómetros otra vez, más o menos 600 km de ruta hasta la Hostería Cueva de las Manos. Saldríamos temprano para hacer una caminata simple, el mirador de los Cóndores. El Chaltén, para contar un poco más, es un destino de veraneo que está creciendo. Muchos mochileros van para conocer los senderos más espectaculares de Latino América. Muchos suben hasta la base de los Cerros Fitz Roy y Torre, los más emblemáticos. Una ciudad simple pero organizada, tiene sus avenidas principales llenas de hoteles y restaurantes, además de locales para lavar la ropa. Es una ciudad hecha y preparada para los caminantes. Muchos también vienen de bicicleta para tener otra experiencia de la Patagonia. El Chaltén siempre tendrá ese público asegurado, pero en los últimos años muchos turistas «convencionales» vienen curiosos para conocer esos senderos. Los senderos varían de complejidad. Los más difíciles, como el de la Laguna de los Tres y de Laguna Torre, tienen subidas inclinadas y difíciles, además son largas con 12.5 km de extensión, solo ida. Son senderos para la gente que realmente le gusta. Bueno, obviamente no hicimos esos.

Nos despertamos temprano, a las 7.30 h, Papá ya se había ido hacía un rato porque iba a cargar nafta. Por sus cálculos, teníamos tres posibles paradores, pero como había posibilidades de no haber nafta en ninguno de esos, teníamos que llenar el tanque. Como sólo había una estación de servicio, pequeña del tamaño de un container, Papá tuvo que esperar en una fila gigante, y, encima, el único funcionario no había llegado, además, el camión con el combustible tenía que cargar la estación.

Mientras tanto, Agus, Gonzi, Mamá y yo guardamos las cosas en las valijas y miramos tele, esperando que Papá nos diera alguna información de lo que estaba pasando. A las 10.00 h, tuvimos que salir de la habitación, porque era la hora del check out. Bajamos las cosas y esperamos en la recepción. Mamá, curiosa como es, comenzó a conversar con el dueño de la posada, bonaerense, sobre lo que era vivir en El Chaltén. Mismo que aislada, la ciudad de El Chaltén se sostiene bien y sin problemas, nunca hubo problemas de luz, gas… Vivir en ese lugar remoto, para él, era mejor que la vida agitada del centro de Buenos Aires. Y eso es algo interesante, todos los patagónicos que conocimos venían de las grandes urbes y se mudaron porque ya se habían cansado de esa vida agitada. Acá podían aprovechar y trabajar con tranquilidad, disfrutando la vida calma y solitaria de la Patagonia. El señor nos contó cosas diferentes y buenas para conocer la vida de la Patagonia. Después de un rato, a las 10.30 h, Papá llegó con el tanque lleno listo para seguir camino. Nos despedimos del señor, y fuimos hasta la salida de la ciudad donde estaban los senderos de Mirador de los Cóndores y de las Águilas, cortos, pero nos recomendaron para poder conocer un poquito de las vistas ya que teníamos poco tiempo. Tenía 1 km de sendero con piedra compactada, algún tramo tal vez con piedras sueltas, pero fácil.

Estacionamos el auto y seguimos los carteles para llegar al sendero. Había viento pero no era insoportable. El día estaba espectacular, decían que días como este eran difíciles de encontrar porque el clima es muy cambiante y nublado. El Fitz Roy y el Torre eran lindos sin nubes e imponentes bajo el cielo azul. El sendero comenzaba unos cuatrocientos metros en línea recta, en la planicie y al final había una bifurcación, tomamos el camino de la izquierda que nos llevaba al mirador.

Apenas hicimos la curva, la pendiente subía rápidamente, siguiendo los rasgos de la montaña. Algunos ya estaban pidiendo «arrego» (ayuda, no aguantarse más en pie). A cada parte plana, el grupete paraba y descansaba. Y seguimos subiendo. A cada 100 metros, había un panel que exponía características de los cóndores, que vivían por ahí, animal favorito de Gonzi. Siempre que había un panel, parábamos y Gonzi nos leía en voz alta el texto. Carroña, carroña esa era la palabra más graciosa. Y seguimos subiendo. Papá ya estaba con la punta de la lengua para afuera. El sendero subía la pendiente y después, cerca del final, hacia un giro hacia la izquierda. Ahí, el camino cruza un pequeño bosque de lenga, y Gonzi sintiéndose Indiana Jones. La vista ya perfilaba muy linda. Subimos el último tramo de piedras sueltas y Gonzi resbaló algunas veces, pero nada pasó. A diez minutos del final, hay una otra bifurcación, que daba para otro mirador, el de Las Águilas, Papá dijo que cuando volviéramos, veíamos se íbamos o no por ese camino que agregaban 30 minutos a nuestro recorrido. Al final, las piedras que constituían el mirador nos dieron el punto final del sendero. El mirador nos mostraba el Fitz Roy y el Torre, bonitos como nunca. Además, nos mostraba toda la ciudad de El Chaltén bajo las montañas, cercada por el río y por el pequeño cañadón que era la entrada. El viento ahí arriba era fuertísimo. Sacamos unas fotos y contemplamos por cinco minutos la vista y la nuestra hazaña. Como Gonzi quería irse, comenzamos a hacer el descenso. Papá iba primero y bajó lo más rápido posible. Pasamos otra vez por la bifurcación, y Papá no pensó, pasó directo. Le damos un descanso porque ya subir todo eso había sido un ejercicio grande. Así, bajamos para volver al auto. La bajada fue bastante rápida. El sendero era bueno para quien se quedaba una noche sola. Al volver abajo, visitamos el centro de visitantes de Parque Nacional Los Glaciares. Allí, había una rápida presentación, sobre los diferentes senderos que existían y sobre la vida del escalador de las montañas duras de los Andes.

Como ya era tarde, fuimos a un local y compramos unas empanadas y unos sandwiches, porque no queríamos comer en un restaurante. Y después de estar listos para partir, salimos otra vez de El Chaltén. En el retrovisor veíamos desaparecer las montañas icónicas.

Continuamos por la ruta provincial 23 por 90 km, y después giramos hacia la izquierda de vuelta a la 40. La ruta Nacional 40 es legendaria. Recorre desde el punto extremo norte en Jujuy hasta el extremo sur en Río Gallegos. Es una ruta para los turistas y trae la sensación verdadero viaje de ruta. Es una ruta solitaria que pocas personas recorren. Además, pasa por diversos climas, desde el clima seco y agobiante del Noroeste hasta el frío y helado aire de la Patagonia. Es una ruta diferente, que llama a lo más salvaje del argentino.

Bueno, por esa ruta seguimos unos 70 km hasta Tres Lagos, donde íbamos a cargar nafta. Pueblito en el medio de la nada, fue difícil encontrar la estación de servicio. Cuando la encontramos, el único mensaje nos aparecía era «no hay nafta». Listo, paramos al lado y como ya eran las 14.00 h, comimos la comida que habíamos comprado en El Chaltén. Sentados y mirando el paisaje, comimos ahí calmitos, sin que nada pasara. Al rato, estábamos de vuelta en nuestro camino. Seguimos hasta Gobernador Gregores, nuestra siguiente parada. Más kilómetros adelante. La estepa patagónica volvió a invadir el paisaje. Otra cosa, la planicie interminable de la Patagonia creaba rectas kilométricas de la Ruta 40, miedo por Papá, porque las rectas son muy monótonas. Todos dormían, mientras pasábamos por guanacos y más planicies.

Ese tramo fue bien largo, hasta que la ruta de asfalto se transformó en ripio; nos habían avisado, pero no sabíamos cuándo eso iba a pasar. La ruta estaba mala. Piedras gigantes y filosas eran obstáculos en nuestro camino. Papá las desviaba, pero eran muchas. Pasamos por el Lago Cardiel, otro gigante de la región. Fueron unos 70 km de ruta de ripio, que un día, serían asfaltados. Los Andes, a lo lejos, siempre presentes. Cuando terminó el ripio, teníamos unos 60 km más hasta Gobernador Gregores. Algunas colinas nos hacían subir y bajar lentamente por la 40. Y después de 30 minutos, llegamos a Gobernador Gregores, ciudad simpática y simple. Cargamos nafta y seguimos camino hacia Bajo Caracoles, otro pueblito para cargar nafta. Eran 200 km de ruta. Otra vez los mismos paisajes se presentaban ante nosotros. Los guanacos, la estepa, pero las colinas se transformaban en un cañadón. Un Cañadón conocido en él área, el de Río Pinturas. Seguimos camino, y llegamos a Bajo Caracoles, un pueblo en el medio de la nada con un puesto para cargar nafta, una bomba y nada más. Fue rápido, porque el auto tenía bastante, era apenas para estar seguros de que no iba pasar nada. Seguimos camino. Sabíamos que el hotel quedaba en el kilómetro 73 después de Bajo Caracoles. Comenzamos el conteo y seguimos camino hasta el hotel. 70, 71, 72 y 73… Estancia Cueva de las Manos hacia la derecha. Un pequeño camino de ripio nos llevaba 4 kilómetros adentro de la estepa patagónica. El color de la tierra variaba de tonalidades rojizas. Y al final del camino, aparecía la Estancia Cueva de las Manos. Al atardecer, fantástico lugar aislado, nos registramos, y las recepcionistas nos explicaron las condiciones del hotel. Luz y corriente eléctrica apenas de 20.30 hasta 00.30 h. Agua y gas todo el tiempo. Entonces, nos presentaron la cabaña que íbamos a quedar los cinco. Juntitos. Es la peor receta. Cinco capetas en un mismo ambiente genera una explosión. Había una cama para cada uno. Cada uno eligió su lugar. Había una que otra telaraña, después encontré en el baño a la dueña (¡y qué dueña!). La cena iba a ser a las 21.00 h. Nos quedamos a oscuras hasta las 20.30 h. Conversamos y jugamos en la habitación. El tiempo pasó rápido. Fuimos a comer. Plato único: vacío al horno. Las recepcionistas nos sirvieron, porque -por lo que veníamos sospechando- eran las dos únicas funcionarias del hotel. Comimos y el comedor estaba lleno. Aunque la estancia estaba aislada, había bastante gente.

Volvimos a la habitación y nos dormimos profundamente. Mañana, no había un horario muy temprano para despertarse, íbamos a visitar la Cueva de las Manos. Sin embargo, no íbamos a seguir el mismo camino que la mayoría de los visitantes. Habría un trekking por el Cañadón Río Pinturas, sin guía, sin nada, por nuestra cuenta. Mañana les cuento más.

08/01/16 – Puerto Natales – El Calafate

Salida: 15.00 h – Llegada: 1.40 am (09/01/16) – Distancia: 548 km Total acumulado: 5513 km

Puerto Natales - El Calafate - Total

Resumo el día en dos palabras: cansancio y corridas. Nuestro tramo hoy era corto, de 280 km, pero íbamos a tratar de pasar por el fantástico Parque Torres del Paine.

Despertamos a las 9.15 am; después de la experiencia interminable y asustadora de la balsa, teníamos que descansar aunque sea unas horas. Nos vestimos rápido y tomamos el desayuno. En el comedor, Papá conversó con  Francisco, hombre muy educado y amable, dueño del hotel para ver dónde podía comprar un GPS nuevo porque estábamos sin navegación. Yo soy bueno en ese trabajo pero tenía limitaciones técnicas sin los mapas. Modestia aparte, el señor llamó al lugar y lo llevó a comprar un GPS.

Mientras tanto, organizamos las cosas y vimos unas pelis en la habitación. Además, conocimos el lindo hotel Viento Patagónico que no habíamos visto a la madrugada. Con una vista fantástica de la Bahía Almirante Montt, y todo muy limpio y organizado. Cuando Papá llegó, trataron de hacerlo funcionar y conseguir los mapas de Argentina que eran los realmente importantes. Internet era lenta. El mapa pesaba casi un giga. No cargaba… Nervios en la piel de todos. Así que nosotros tres capetas (Gonzi, Agus y yo) nos pusimos a ver más pelis. Y las horas transcurrían, mientras resolvían eso del GPS. Como ya se hacía tarde, decidimos ir a comer algo rápido a la Picada de Carlitos. Antes de salir, Papá dejó que la compu descargase el mapa de Internet. Comimos unos pescados y ensaladas. A la hora y media, volvimos al hotel para buscar las cosas de Papá. Cuando llegamos, Internet había caído y no estaban cargados los mapas, no había otra, tuvimos que usar nuestro excelente equipo de navegación, Padre y Hijo. Así, salimos a las 15.00 h.

Cargamos nafta y sacamos unas fotos de la fantástica vista de Puerto Natales, rodeada por las montañas. En dirección, ahora al paso fronterizo. Como era tarde, no planeamos ir al Parque Torres del Paine. Seguimos camino a Cerro Castillo, paso fronterizo de Chile. Como era a unos 56 km, llegamos rápido. Es importante mencionar que en Cerro Castillo hay un acceso a las Torres del Paine. Allí, Papá decidió dar una pasada antes de pasar la frontera. Otro dato: el paso, tanto el argentino como el chileno cierran a las 22.00. Para entrar al Parque son 60 km, con asfalto de mala calidad y ripio con muchos agujeros y suelo aserrado, si es así que se dice. Estábamos cortos de tiempo, como salimos del hotel a las 16.00 h, llegamos a Cerro Castillo a las 17.00 h.

Al acercarnos, vimos la primera vista del Macizo Paine. Espectacular. Sacamos unas fotos, una que otra selfie de la familia (sé que es bosteado, pero hay que dejar una marca nuestra para la posteridad) y seguimos camino. Entramos al parque y la Guardafauna nos sugirió un recorrido corto para que pudiéramos ver lo mejor en poco tiempo.

Resumiendo un poco sobre el Parque Nacional Torres del Paine. Es una Reserva Natural de Chile cuya principal marca es el Macizo Paine, lleno de picos y montañas, en forma de cuernos, paredes esculpidas por las fuerzas monstruosas del pasado. Las formaciones modernas crean algunas de las vistas más fantásticas de toda la Patagonia. Lagos azul turquesa en la base de montañas de 3000 metros. Apenas fotos pueden reflejar la maravilla de estos lugares. Además, el Parque es conocido como un excelente lugar para hacer trekking, la única manera de realmente alcanzar las mejores vistas del parque. Muchos dicen que es necesario reservar de 7 a 9 días para conocerlo por entero. Y nosotros íbamos a contrariar eso, íbamos a hacerlo en una hora y media.

Las rutas de ripio levantaban polvo por todas partes y la VeraCruz ya estaba castigada con los golpes en la suspensión. Viajar con los Caldas es sufrido. Pasamos por la Laguna Sarmiento, Amarga y el más fantástico, Nordernskjöld… Única palabra: espectacular. Una de las vistas más bonitas que ya vi en mi vida, con los cuernos del Paine y los cerros nevados. Sin dudas, un lugar que debe ser aprovechado en todas las vistas posibles. Seguimos por la ruta hasta el mirador Salto Grande donde está la vista del Macizo Paine completo. Juro que parecía una pintura. Sacamos fotos con la VeraCruz y con nuestras poses y de ahí salimos corriendo hacia el paso fronterizo, porque eran las 20.30 y faltaban unos 100 km, incluyendo ripio con curvas y contracurvas, sin contar el tramo final de asfalto bosteado. Estábamos corriendo contra el tiempo. ¿Pero íbamos a dejarlo así no más? ¡No, nunca! Papá nos hizo creer que estábamos en el Rally Dakar a 90 km/h en las curvas cerradas y 130 en las rectas y curvas abiertas. Aceleramos como nunca. Fue el desespero. El polvo volaba por las calmas estepas del Paine y los guanacos nos veían pasar y ni se atrevieron a cruzar la ruta. En media hora, llegamos a Cerro Castillo y eran las 21.40, a veinte minutos de cerrar. Había fila, pero como ya estábamos dentro hicimos los trámites de salida y a las 21.58 estábamos dentro de la zona común. Había unos 10 kilómetros de ripio hasta el puesto fronterizo argentino. Corrimos al auto y aceleramos. Los minutos pasaban y no llegábamos. Finalmente, después de la pequeña montaña que subimos, llegamos al puesto fronterizo Don Guillermo de la Gendarmería. Eran las 22.10. Las puertas ya estaban cerradas. La VeraCruz quedó en la zona común. Cruzamos caminando. En la entrada del puesto, un joven gendarme nos dijo «La frontera está cerrada. Ya son más de las diez. Podemos hacerle los trámites de migraciones, pero si el funcionario de aduana no les quiere hacer los papeles del auto, el auto se queda, ustedes van caminando, sino pueden ir con él. Vean con el señor». Y nos hizo todo un discursito gozador para que nosotros le rogáramos para pasar con el auto. No teníamos otra, le dijimos que tuvimos problemas con el auto y que ya habíamos pasado la frontera, etc. El aduanero nos dijo sí. Como eran tan ineficaces tardaron un rato. Y el auto pasó. Pero los comentarios en nuestra contra  continuaron. Fue realmente una experiencia mala y incómoda. Al salir del puesto y entrar en Argentina, nos reímos y suspiramos de alivio. Casi que nos quedábamos durmiendo en la VeraCruz, nunca podíamos abandonarla.

El tema es que faltaban todavía 291 kilómetros hasta El Calafate. Iba ser cansador. Y de noche encima. Entramos en la ruta 40 finalmente, en próximos días haré más comentarios sobre esa fantástica ruta. Rapidísimo, llegamos al primer parador, Esperanza, donde cargamos nafta. Faltaban 156 km. Ya estábamos todos cansados del día anterior y de hoy. Papá tambaleaba en los últimos kilómetros, ni hablar de los conejos suicidas que cruzaban la ruta. Hubo uno que pasó de esta vida para otra mejor. Apareció de la nada.

Después de todos los kilómetros, llegamos a las dos de la mañana a El Calafate y encontrar el hotel fue un chino otra vez. Google Maps nos mostró el camino usando el Roaming maldito de Papá. Llegamos finalmente. Check-in y directo a la cama. Mañana conoceremos la Capital Nacional de los Glaciares.

30/12/15 – Puerto Madryn – Trelew – Punta Tombo – Comodoro Rivadavia

Salida: 10.30 h – Llegada: 21.00 h – Distancia: 581 km – Total: 2437 km

Puerto Madryn - Punta Tombo - Comodoro Rivadavia - Total.png

Después de un día de descanso, fue difícil despertarse. A las 7.30 h  fue mi turno. Gonzi y Agus se levantaron ante la fuerza de la suprema líder, mamá. Hoy iba ser un tramo, digamos, intermedio hacia Comodoro Rivadavia, capital del petróleo de Argentina. De paso, visitaríamos los pingüinos de Punta Tombo y la pequeña ciudad de Trelew que papá visitó tantas veces hace 20 años.

Una observación muy importante es que este viaje a la Patagonia marca, por lo menos, 20 años de los tiempos que papá trabajaba acá, y que, de cierta forma, él y Mamá se conocieron. Además, 17 años, mínimo, que vivíamos en Ushuaia y ahora estamos yendo ahí… El tiempo pasó pero ahora volvemos con Gonzi, Agus y la VeraCruz, sin dudas, significativo.

Bueno, dejando de lado esas cuestiones, volvemos a nuestra travesía. Organizamos las cosas y cerramos los bolsos Thule una vez más.

Desayunamos tarde, porque Papá se atrasó «un poquito». A las 9.00 h, desayunamos y a las 10.30 h, partimos hacia nuestro nuevo destino. Nos despedimos de Puerto Madryn, linda ciudad y que nos recibió de la mejor manera. Hasta la próxima.

Primera parada fue a 60 km de Madryn, Trelew. Ahí, visitamos el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF), un importante centro de estudios acerca de los dinosaurios que caminaron, un día, por estas tierras de la Patagonia, un poquito diferentes, pero aquí. Muy lindo y muy bien organizado, fue una buena visita y nos agregó algo acerca de esas criaturas del pasado. Gonzi sacó miles de fotos con el celular de Mamá, algunas bosteadas y otras buenas. Después de esa breve visita, cargamos nafta y seguimos camino hacia la siguiente parada.

Punta Tombo, para quien no sabe, es la mayor colonia continental de pingüinos de Magallanes del mundo, y de cualquier especie, llegando a medio millón de criaturitas en la región. Todos estábamos ansiosos para llegar. Unos kilómetros de ripio y llegamos al centro de visitantes de la pingüinera más visitada por los turistas. Lugar muy moderno y nuevo. Instalaciones muy buenas, pero había un detalle apenas… Los textos que describían las fotos y informaciones expuestas estaban muy mal traducidos, dolían los ojos de tanta vergüenza ajena… Pero todo era tan lindo que no reclamamos tanto. Lo que realmente queríamos eran pingüinos. Comimos unas empanadas y finalmente había llegado la hora tan esperada. En la entrada, nos dieron instrucciones y, entonces, comenzamos la caminata por el sendero abierto. Por el camino, es posible ver pingüinos por todas partes y algunos a centímetros de nuestros pies. Algunos cruzan el sendero y los podíamos ver de cerca y sacar miles de fotos. Los primeros pingüinos eran una novedad, pero a medida que íbamos andando por el sendero, aparecían más y más, y dejaban de ser algo nuevo para algo aburrido, por ejemplo para Gonzi… «No quiero ver más esos pingüinos malditos», unos cambios, pero era esa la idea. En las más diferentes poses, durmiendo, corriendo, saltando… Había pingüinos para todo tipo de situación. ¡Queríamos pingüinos, y ahí estaban! Toma pinguim na cara, como decimos en Brasil. E, insisto, sacamos muchas fotos. Fue buenísimo ver a esas pequeñas criaturas, desastradas y tan cómicas. En cada detalle, veíamos los pingüinos nadando, comiendo y nos reíamos, pero quedamos impresionados, que como nosotros, viajan miles de kilómetros, de la manera que pueden para llegar a un buen lugar para comer y descansar. Después de dos horas, llegó el momento que Gonzi no aguantaba más ver los pingüinos. Entonces, volvimos y nos despedimos de nuestros queridos amigos cómicos.

Partimos, y ahora sí, hacia Comodoro Rivadavia. Fueron 370 km desde Punta Tombo y nuevamente las planicies infinitas, la estepa interminable y los ocasionales guanacos marcaron ese tramo de la ruta 3. Cargamos combustible en Garayalde (a 170 km de Comodoro) porque no había alternativa más tarde. Gonzi durmió la mayor parte del tiempo. Mamá y Agus también pero trataron de ver una película de la sección «Copias  de Micha» algunas con subtítulos en coreano, otras en idiomas raros, pero bueno, cada distracción es mejor que las rectas largas de la ruta 3 y los miles de camiones que llevaban algo hacia un lugar.

Llegamos a Comodoro a las 21.00, todavía de día y comimos en el propio hotel, dormimos profundamente después de 581 km. Mañana es el último día del año… 2015 se va y lo festejamos acá en Comodoro! Veremos cómo vamos a hacer con el nuestro festejo… Y cuenténnos cómo lo van hacer ustedes…

 

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