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El martes nos levantamos temprano y bajamos rápidamente para buscar el auto. Habíamos entendido que el personal multaba a partir de las 9 h. Minuto más, minuto menos, llegamos después de esa hora. ¿Y sabes qué? Ya teníamos otra multita esperando en el auto. Nuevamente, desesperación y paciencia. Cambiamos el auto de lugar y nos fuimos a desayunar. Yo quería tomar mi típico café vienés con esos panes artesanales llenos de semillas.
Por suerte, encontramos un lugar tal como yo quería a dos cuadras del depto. (Ströck – Reinprechtsdorferstraße). Comimos super rico. Qué suerte que la mayor parte de las personas hablan inglés, sino eso, estaríamos completamente perdidos (un poco más perdidos de lo que estábamos).
Ordenamos todo lo que nos quedaba y volvimos a la estación de Viena. Teníamos que entregar el auto y buscar la plataforma para tomar nuestro próximo tren rumbo a Praga.
Fuimos con tiempo considerando el escenario de que algo puede fallar. Por suerte, no tuvimos problemas. Esta vez, también conseguimos ubicarnos rápidamente y esperamos el horario en el lounge de OBB en la estación. La atención fue espectacular. Esta vez, no hubo que correr atrás de empleados. Todo estaba muy bien explicado.



(Todas las tapitas quedan agarradas al cuerpo de la botella. Está piola. Menos basura en la calle).
El viaje de Viena a Praga fue excelente. Por problemas técnicos, hubo un cambio de recorrido y llegamos una hora más tarde, pero estábamos super cómodos y había servicio de restaurante. El tren anda a una velocidad promedio de 160 km/h. Vas viendo el cambio de paisaje. Las estaciones se vuelven más sencillas y las casas se parecen más a las que conocemos. Parece que estamos en un lugar conocido, pero no. No se entiende nada de nada.

Nos bastó bajar del tren para querer salir corriendo. Todos queríamos ir al baño y no teníamos coronas checas. Que sí, que no. La empleada del baño nos hacía señas tratando de explicar cómo pagar y nada. Finalmente, conseguimos. También habíamos alquilado un auto, pero no encontrábamos la oficina. Seguíamos las flechas y volvíamos al punto de partida. Subimos y bajamos por el ascensor, pasamos a la antigua estación de Praga y nada. Por fin, conseguimos.
Los empleados fueron un amor. Esta vez preguntamos cómo funcionaba el estacionamiento en Praga. Yo reclamo del estacionamiento en Rio. Bueno, acá es peor. Toda la ciudad es un enorme estacionamiento pago y las calles son estrechas. Encontrar dónde estacionar es un dolor de cabeza. La ciudad está dividida por colores y se paga el precio dependiendo del color. En la empresa de alquiler, nos recomendaron bajar una app para pagar, así que resolvimos sentarnos y hacerlo con calma. Otra cosa que nos sorprendió fue que te ofrecieran un seguro para las tasas del auto (por separado). El empleado me explicó que es una parte muy cara y que casi todos rayan o arruinan al andar en Praga.
El departamento estaba muy cerca de la estación. Demoramos un poquito más porque era la hora de mayor tráfico y porque no encontrábamos dónde estacionar. Esta vez, el edificio tenía ascensor. El departamento era muy lindo, no muy apto para cocinar, pero enorme y bien equipado. Era tarde y teníamos hambre. El anfitrión nos dejó una lista de recomendaciones y, para no dar vueltas, elegimos un restaurante de la lista. Para nuestra sorpresa, era bastante elegante. Ya era medio tarde y estaban cerrando. Por suerte, todavía había gente cenando. Nos permitieron cenar siempre que pidiéramos rápido. La vista desde la mesa del restaurante era mágica.

No sé si fue el cansancio o el calor, pero Filipe prefirió subir al auto y salir del centro de Viena. No son grandes distancias. Enseguida, estábamos en Grinzing y ante unas vistas increíbles de los bosques de Viena.
Filipe quería visitar la casa de Beethoven. Nos costó encontrar la dirección. Al llegar nos enteramos de que los lunes el museo estaba cerrado.
Mientras nos reíamos de nuestra distracción, notamos que teníamos un papel en el vidrio. ¡Oh, no! Una multa. No entendíamos nada en alemán. Con ayuda de Google Translate, descubrimos que no se trataba de una multa por mal estacionamiento en esa calle del museo, sino de donde habíamos dejado el auto a la noche, cerca del departamento. Sugerencia: consultar siempre cómo funciona el estacionamiento en las ciudades que visitamos.
Seguimos nuestro paseo por los barrios alrededor de Viena. Las distancias son cortas y todo es muy organizado.
Habíamos comprado entradas para visitar el Palacio de Schönbrunn y el tiempo seguía pasand0, así que almorzamos en el bar del propio palacio para no perder nuestro horario. Este palacio era la casa de verano de los emperadores. Im-pre-sio-nante. ¡Qué decirte de un lugar que tiene 1441 habitaciones!
Hicimos la visita más corta, equipados con las audioguías y después caminamos por los jardines. Un mundo aparte.
Volvimos a Viena con la idea de tomar un barco, pero los paseos ya habían terminado cuando llegamos. Nos detuvimos en un barcito frente al río Danubio a tomar algo. Muy cool.
Después volvimos a casa. Era hora de cenar y preparar las valijas nuevamente. Gonzalo estaba de antojo, así que paramos en el camino para que se comprara una hamburguesa vienesa.
Tuvimos cuidado de no estacionar en el mismo lugar donde nos habían hecho la multa a la mañana.





(22 de julio de 2024)
Salida: 10.30 h – Llegada: 17.30 h – Distancia: 624 km – Total acumulado: 9080 km

Nos despertamos temprano para salir lo más rápido posible de Puerta Oeste, o Puerta del Infierno como nosotros solíamos llamar a nuestra cabaña. Yo dormí súper bien, los otros como dormían todos en una sola habitación, decían que durmieron con mucho calor. No tuve ningún problema. Guardamos las pocas cosas que teníamos en la cabaña y salimos rápido para ir a desayunar algo que en YPF.
Salimos por el portón capeta y fuimos a YPF. Comimos liviano y rápido porque hoy teníamos un largo tramo, un largo camino y tal vez uno de los más peligrosos de toda la Expedición Patagonia.
Como siempre, todos, excepto Papá, estábamos listos, porque tenía que cumplir su clásico ritual. Salimos a las 10.30 h de Puerta del Capeta. Rápido y sin problemas seguimos por la ruta Nacional 22, y seguimos hasta la Autovía 2 de Neuquén. Después cruzamos a la ruta provincial 7 y después de muchas lecciones de justiciero de Papá a los automovilistas neuquinos, cruzamos la provincia de Neuquén y entramos a Río Negro, por la ruta nacional 151. Rápido, hicimos ese tramo y después de 150 km, llegamos a Veinticinco de Mayo en La Pampa, después de cruzar el Río Colorado y oficialmente salir de la Patagonia.
Entramos a la región de La Pampa. Apenas cruzamos la frontera de la provincia, cargamos nafta porque hasta Santa Rosa, capital de La Pampa, había muchos kilómetros sin estaciones de servicio y sin auxilio.
Tuvimos que hacer fila y aguantarnos las reclamaciones de Papá. Después de un rato, llenamos y salimos hacia el Cruce del Desierto.
Muchos de los que van hacia Bariloche, Villa La Angostura o alrededores, desde Buenos Aires, van por la ruta Nacional 3 hasta Bahía Blanca, después van por la Ruta Nacional 22 hasta Neuquén y después siguen por la 231 hasta la región de los Lagos. Buena decisión, pero muchas veces hay tráficos y cortes u otras cuestiones complicadas, porque la 3 es muy utilizada. Así, varias personas van por un camino alternativo. Desde Buenos Aires, toman la Ruta Nacional 5 que va hasta Santa Rosa y después, la provincial 35, donde después se hace el Cruce del Desierto por la 143 y 151 o 152, a elección del usuario. Esas rutas llevan a Neuquén y posteriormente a los destinos más famosos de la Argentina. Hasta ahí solo rosas. El tema es que esas rosas tienen espinos y son letales. El llamado Cruce del Desierto es uno de los recorridos más peligrosos de la Argentina. Nosotros hicimos el viaje inverso porque no queríamos hacer el mismo pedazo de ruta que en la ida.
¿Pero por qué tan peligroso es el Cruce? La ruta cruza una región que se llama la Pampa árida. Es tan seca como un desierto, además es planísima. Entonces, el llamado Cruce del Desierto es peligroso por el simple hecho de que hay pocas paradas para cargar nafta y para conseguir auxilio. Además, es la ruta más monótona que uno podría imaginarse. En los 200 kilómetros del cruce, hay 4 curvas abiertas, nada más. Son 200 kilómetros de rectas interminables. Nada más monótono que eso. Principalmente para el conductor. Papá ya había pasado por algunos tramos del viaje cansado y hubo momentos que pensé que tendríamos que parar solo para descansar porque ya se le cerraban los ojos. En este, no sabía qué hacer, tendría que estar con los ojos más abiertos que nunca, y no hacia la ruta, sino hacia él. Hay muchos carteles, en el camino, que aconsejan el descanso o que cuentan historias » el que se durmió, volcó», «el que no descansa, mata», y realmente debe haber habido muchos accidentes porque es muy monótona. Hasta los carteles se tornan monótonos. Había varios paradores, con bancos, fuentes de agua, y otras cosas, para los que quieren descansar.
Bueno, nosotros ya habíamos hecho miles de kilómetros por la Argentina, entonces no habría ningún problema. Entramos al Cruce del Desierto o Ruta de la Conquista del Desierto. Y sacamos algunas fotos, obvio. Papá aceleró enseguida y ya estábamos a 160 km/h por la ruta. Los kilómetros pasaban y pasaban, pero el paisaje no cambiaba. Seguimos andando y el tiempo pasaba. Estaba tan aburrido que vi El Cadaver de la Novia en el tiempo libre del viaje. A cada cinco minutos miraba a Papá para ver si estaba todo bien.
Después de hora y media, llegamos a La Reforma. Íbamos a cargar nafta, pero no había, suerte que habíamos cargado antes, sino nos quedábamos a dormir. Ahí comimos, con una nube de moscas al nuestros alrededor y salimos los más rápido posible. Con las panzas llenas, salimos y seguimos camino. Otra vez la recta interminable nos esperaba y continuamos mirando el paisaje caluroso y constante de La Pampa. Al rato largo, llegamos a otros pequeños pueblos, como Chacharramendí y General Acha. Cargamos nafta y fuimos al baño porque todavía nos restaban varios kilómetros.
Después de terminar el Cruce del Desierto, entramos en la ruta provincial 35, hasta Santa Rosa.
La ciudad de Santa Rosa, en las afueras, era muy organizada con muchos hoteles de lujo y calles anchas. Seguimos camino hasta el inicio de la Ruta Nacional 5, donde estaba el hotel. El Campiña Spa y Hotel muy tranquilo y bueno sería nuestra última parada en la Expedición Patagonia. Estaríamos dos noches para poder descansar. El tramo de hoy fue muy cansador. Fue largo y no sabemos por qué, fue el más doloroso. Creemos que fue la monotonía que nos cansó más, pero también estábamos cansados de todo.
Llegamos al hotel, nos registramos y descansamos en las habitaciones, fuimos un rato a la pileta y descansamos en la soleada Santa Rosa, en La Pampa. A las 21.30, comimos y después que conversamos, nos fuimos a dormir. Mañana pasaremos el día acá descansando para el último estirón.
Después de un larguísimo cruce por el desierto, este día fue una forma de descansar en el intermedio de dos tramos que eran muy largos. El de ayer sumó muchos kilómetros que superamos los 9000, por la Argentina y los 10500 desde Porto Alegre donde comenzó todo. Básicamente, hasta el punto final nos faltan 600 km, un estirón plano por las planicies de La Pampa y de Buenos Aires. Amanecimos más tarde de lo normal. El día, al contrario de ayer, que estaba limpio y soleado, estaba nublado y apenas me desperté, se levantó una tormenta con rayos incluidos. Todos pensábamos con lo que Gonzi nos iba a decir porque le habíamos prometido ir a la pileta y hacer varias cosas. Era día libre, entonces no había mucho problema con horarios. Nos vestimos y fuimos a tomar el desayuno. Agus y Mamá fueron a buscar los horarios y informaciones sobre el spa porque ya pretendían hacerlo desde que salimos de la Quinta. Más o menos a las 10.00 h, la lluvia ya había parado y las nubes se dispersaban. Bueno, a las 10.30 h, como Gonzi estaba aburrido, Papá organizó jugar al paddle. El hotel era bastante simpático. La pileta, gigante, hay muchos salones de fiesta, canchas de tenis, volley, fútbol y paddle. Muy variado. Papá y Gonzi fueron primero, pero como todas las cosas de recreación sólo abrían a las 12.00 h, consiguieron apenas dos raquetas y encontraron una canasta llena de pelotas. Así, empezaron a jugar. Agus y yo llegamos al ratito. Como estaban jugando tranquilos, esperé que terminaran y ahí entre. Jugamos Gonzi y yo un ratito, diferente del tenis pero más rápido y más divertido, creo. Gonzi no le iba muy bien, pero a veces tiraba unas bolas capetas, profesionales. Al rato se cansó. Fue a buscar a Mamá para poder ir a la pileta. Fue, volvió… Fue y volvió…. No la encontraba. En ese entretiempo, Papá y yo jugamos como los viejos tiempos. Como Gonzi ya estaba desesperado y insistente, Papá fue con él y juntos fueron a buscar a las dos. En ese ínterin, me quedé jugando con la pared, esperando al resto. Los cuatro volvieron después de organizar lo del spa, Papá volvió a jugar conmigo y Agus, Mamá y Gonzi nos quedaron mirando por unos 15 minutos y después se fueron para la pileta. Papá quiso jugar más un rato, sudados y con calor insoportoble, fuimos a la pileta también. El hotel estaba vacío a aquella hora. Nadie en la pileta. Obviamente, eran las 12.00 h, quién es loco para tomar sol y aprovechar la pileta bajo el fuerte sol pampeano. El cielo se había despejado espectacularmente. Ni una nube. El viento cesó y día estaba fantástico. Aprovechamos la pileta y quedamos ahí descansando, recordando el viaje que estaba llegando al fin. Quedamos un rato hasta que llegó la hora del almuerzo. Agus tenía marcada su sesión del spa a las 15.30 h y Mamá a las 16.15 h. El sol nos quemaba pero ni nos dimos cuenta. Comimos ahí en el jardín y aprovechamos el día.
Agus después fue a su sesión y Gonzi, Papá y yo nos quedamos descansando en la habitación. Después Mamá fue a su relajación y vimos pelis en el tiempo libre. Descansamos más y más.
A las 22.00 h, todos relajados y descansados fuimos a comer. Pastas para todos. Estuvo bien y recordamos nuevamente el viaje y dimos nuestras opiniones Decidimos salir temprano, pero sabemos que eso nunca pasa. Volvimos a las habitaciones y ya nos organizamos para mañana, Agus y yo por lo menos, no sabíamos cómo estaba la situación en la otra habitación.
Mañana va a ser nuestro último tramo de la Expedición Patagonia y los últimos kilómetros en la Argentina, todavía tendremos kilómetros hasta Porto Alegre, pero nos despediremos de las rutas argentinas. Veremos lo que será mañana en la llegada a Buenos Aires.