Santa Rosa – Buenos Aires (Llegada)

Salida: 10.30 h – Llegada: 18.00 h – Distancia: 657 km – Total acumulado: 9737 km

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¡Último día! Los últimos kilómetros recorriendo este fantástico país. Como estábamos ansiosos para llegar y saludar a Micha, íbamos a salir temprano y hacer los últimos kilómetros lo más rápido posible.

Nos despertamos a las 7.30 h, y como Agus y yo ya estábamos listos, no tuvimos tanta prisa. La teoría era fantástica, pero en la práctica siempre salimos mal. Agus tardó en vestirse, Gonzi no quería despertarse de ninguna manera y Papá con su clásico ritual nos hicieron ir a desayunar a las 9.00 h, horario planeado para la salida. Comimos y después nos fuimos a preparar. Tardamos más un rato y al fin salimos, a las 10.30 h, de Santa Rosa, la capital pampeana.

Nuestros últimos kilómetros serían, en su mayoría, por la Ruta Nacional 5, que conecta la Capital Federal a Santa Rosa. Ahora, la Pampa húmeda invadió el paisaje y al contrario de la Pampa seca, las vacas rumiaban por las extensas hectáreas fértiles y nos veían pasar con todo el nuestro equipo. Además, las máquinas enormes agropecuarias, andaban lentamente por las praderas pampenas. A la media hora, pasamos por la frontera de provincia entre La Pampa y Buenos Aires, después de 25 días y volvíamos a las tierras bonaerenses.

Nuevamente, las planicies productivas, repletas de vacas, toros, bueyes y muchos otros rumiantes, pasaban a 160 km/h y el tiempo pasaba. Impresionantemente, los kilómetros pasaban más rápido de lo que creíamos. Pasamos por ciudades famosas como Pehuajó y Chivilcoy y muchas otras que rellenan la provincia de Buenos Aires. Vimos a Manuelita, medio capeta, pero nos acordamos un poco de nuestra infancia. Seguimos camino y Mamá nos contó historias del pasado, de cuando vivíamos acá en Argentina.

Seguimos camino hasta Mercedes. Teníamos poca nafta, pero Papá quería parar en Luján, porque quedaba más cerca de nuestro destino. En el peaje hacia Luján, que quedaba a unos 30 kilómetros, la luz amarilla de la nafta se enciende. No nos restaba mucho tiempo para llenar el tanque. Papá preguntó por alguna estación de servicio… O en Luján o en Mercedes donde justo habíamos pasado. El señor del peaje nos dijo que volviéramos y así lo hicimos. Miedo por quedarnos en medio de la ruta 5. En más de 9000 kilómetros, nunca nos había pasado eso, pero volvimos y faltaban unos 12 kilómetros hasta la estación que nos indicaron. La VeraCruz ya estaba sintiendo sed y cansancio, apagamos el aire y bajamos las ventanas. Papá insistía que no había problema, pero bueno, mejor tomar las precauciones debidas. Después de minutos de estrés, llegamos a la bendita estación de servicio y llenamos el tanque, el último hasta Buenos Aires.

Continuamos camino ahora hacia Luján. Después de Luján, salimos de la Ruta Nacional 5 y fuimos por la Ruta Provincial 6 hasta el cruce con la ruta nacional 8. Ya había muchos camiones porque nos acercábamos hacia la capital del país. El tráfico aumentó mucho. Más autos y camiones, además que volvíamos a la gran ciudad después de muchos días en la tranquilidad del sur. Entramos a la ruta nacional 8 y fuimos hasta Pilar donde paramos en Las Palmas de Pilar. Ahí comimos porque ya era tarde, eran las 16.00 h. Hicimos 600 kilómetros en menos de seis horas, impresionante. Comimos algo rápido porque queríamos llegar a la Quinta lo más rápido posible, ya no aguantábamos más estar en el auto, además las ansias de llegar eran muchas, queríamos hacer una llegada triunfal, como la del Rally Dakar, porque nuestra salida había sido medio desastroza, entonces nuestro plan era llegar de la mejor manera, pero, con nosotros, no iba a ser así, siempre tendría que pasar algo y justo en el final.

Volvimos al auto a los 40 minutos. De nuevo a la ruta nacional 8. El GPS nos llevó por un camino hasta un cruce cerca del shopping Tortugas, estábamos a unos 10 kilómetros de la Quinta.

El tráfico por ahí era un lío, era un miércoles y estábamos en la hora pico. El cruce estaba lleno de autos, buses y camiones. Creo que en ese cruce había más vehículos de los que habíamos visto en muchas ciudades de la Patagonia. En la locura automovilística, entramos en el cruce y Papá dejó pasar un autobús. Sin embargo, otro pasó sin piedad y sin calcular el espacio, obviamente, nos chocó el frente del auto. No nos pasó nada, y el auto tampoco sufrió mucho, se raspó al costado del paragolpes delantero. No fue nada, pero es claro que Papá no lo iba a dejar así.

Al instante del choque, el autobús aceleró y se escapó, nosotros abismados con la situación, fuimos atrás de él. Como en una película de Veloces y Furiosos, Papá siguió velozmente y furiosamente al chofer del autobús. El autobús entró en la Panamericana y nosotros también. La VeraCruz aceleró como nunca y quedamos al lado del autobús, gritándole para que parara y que fuera resuelto el conflicto. Obviamente, no paró. Nuevamente aceleró y se puso adelante del autobús haciéndolo frenar. Como típico conductor de autobús, no le importó nada y aceleraba, casi chocando en nuestra parte trasera. Papá desvió y lo siguió hasta un punto de parada, cerca de la Panamericana. Papá y yo le gritábamos al señor y este se hacía el que no hizo nada. El señor se enfureció y nos gritaba a nosotros. Situación tensa, pero teníamos razón. El autobús forzó el paso entre nosotros y el otro autobús. Nunca iba a pasar. Así que tratamos de hacer que el señor se disculpara o nos hiciera algo para reparar los daños. El tipo no quiso nada, se subió al autobús de vuelta y ni se importó con los que estaban en la parada y se escapó por la Panamericana. No teníamos cómo perseguirlo, era inútil. Pasamos por una calle y al lado nuestro pasó un auto de Servicio de Apoyo Policial. Le explicamos la situación y la fuga del autobús, teníamos foto y todo, le dimos la patente y mostramos por dónde se fue. Y allí fueron las autoridades. Entramos al auto y Papá se fue por el lado opuesto en dirección a la Quinta. Considerando las complicaciones de una denuncia, o de burocracia, además del propio hecho de encontrar al autor del choque, no había nada que hacer. Lo único que nos restaba era volver y descansar en la Quinta. Queríamos llegar a toda costa, pero fue una pena y rabia el hecho de que hubiéramos hecho miles de kilómetros hasta el Fin del Mundo, sin ningún problema, pasando por rutas buenas, malas, de ripio o no, por montañas y todo lo que teníamos derecho y nada pasó, y justo a 10 kilómetros de la Quinta, nos pasaba eso. Tenía que pasar para poder escribir un poco más de nuestra historia.

Así que seguimos nuestro camino, comentando la situación y bajando un poco la tensión y los nervios y también entristecidos y rabiosos por el cierre de la nuestra espectacular Expedición Patagonia.

Pasamos por Garín y finalmente llegamos a Benavidez. Avenida Brasil 2664, después de 25 días de viaje, llegamos a nuestro hogar. Abrí el portón marrón y ahí estaba nuevamente este lugar que considero el mejor del mundo. Papá entró con la VeraCruz y ahí fue donde descansó. Bajamos las cosas y Micha nos recibió a su mejor manera, como siempre, nada mejor, después de tantos días encontrarnos con Micha y poder relajar después de tanto estrés. Estaba Mabel, amiga de Micha, y juntos tomamos la merienda en el Quincho y, por fin, relajamos sentados sin tener que pensar sobre lo que teníamos que hacer al día siguiente. Al rato, Cakis, Flor y Manu nos recibieron también de la mejor manera y ahí estábamos con el día completo, para eso queríamos volver tan rápido, volver a ver a los que más queríamos. Sea para escuchar un «Hola, Marcos» de Manu o reírnos un poco sobre lo que había pasado tanto para los que fueron como para los que se quedaron. Disfrutamos la tarde y descansamos con Micha. Cenamos más tarde y dormimos en el mejor hotel de todos: la Quinta.

P.S.: Disculpen la demora de los últimos posts.

Día 1: Nuevo punto de partida

Dijo Fernando Pessoa: ‟Navegar é preciso, viver não é preciso…” En los tiempos que corren, podemos decir que viajar es necesario. Aunque uno viaje con la imaginación, aunque se dirija al mismo destino, siempre es posible abrir nuevos caminos. En mi caso, viajar forma parte de mi vida y de los sueños de Filipe. Él sueña y nosotros vamos con él. Nuestro viaje de vacaciones comienza hoy y termina mañana a la tarde. Salimos de Aeroparque, Buenos Aires, al mediodía, por una Av. Lugones llena de tráfico, dejamos el auto solito en el estacionamiento porque el representante de la empresa de alquiler de autos no apareció, peleamos con el personal de la aerolínea para no perder la costumbre y embarcamos entre risas y lágrimas con el último llamado. Sí. Viajar es preciso para descubrir nuestros propios límites, para entregarnos a un mundo en el que no tenemos muchas certezas y para divertirnos, y reírnos y descansar y cansarnos de otra manera diferente al ritmo de todo el año.

Dos horas y media más tarde, aterrizamos en São Paulo, con una tormenta. Caminamos de un terminal a otro con las mil y unas valijas. Gonzalo tiene sueño y hambre. Durante el vuelo nos sirvieron una medialuna y ese fue nuestro almuerzo. Si fuera por mí, podía esperar en el aeropuerto, mirando todo lo que pasa a nuestro alrededor. Filipe prefiere arriesgar a un hotel simplecito cerca del aeropuerto donde nos prometen cena. La combi sube y baja y yo pienso a dónde iremos a parar. El hotel es simple de verdad, pero para un par de horas, es demasiado. El restaurante está vacío y la señora que nos atiende protesta que ya debía haber cerrado. Lo único que puede servirnos es un bife con arroz y papas fritas. Para nosotros está perfecto. Y algo más: la conexión a Internet es buena. A eso de las 22 h estamos en los cuartos mirando la novela. Filipe duerme y yo aprovecho para largar con el blog. A las 00.30 h tenemos que salir de acá para el aeropuerto. El vuelo a Johanesburgo sale a las 2.30 h. Falta mucho pero también no falta nada para salir del hotel.

Besos viajeros.

PS: Marcos y Agus ya se comprometieron a escribir cuando yo no pueda. ¡Preparénse para más novedades!

PS: Hoy es el cumple de Filipe. Para la mayoría de la gente, diríamos que el día pasó sin pena ni gloria. Quienes lo conocen, saben que está haciendo lo que le encanta. Tendremos festejos tardíos en algún otro lugar del mundo.

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Año nuevo…¡viaje nuevo!

En un par de horas nos haremos a la ruta. Otra vez las valijas, las corridas de último momento, los abrazos, las lágrimas y los nudos en el estómago. Sin embargo, esta vez es diferente: nos vamos a pasear por Argentina y hasta llevo un mate porque no tengo miedo de que me falte yerba o agua caliente. Los detalles vienen pronto pero como resumen del día sepan que vamos hacia San Luis, o sea casi 800 km de recorrido en un día. Como el año acaba de empezar, les dejo un poema que no es de Pablo Neruda, como dicen en Internet, sino de Martha Medeiros y que vale la pena recordar antes de comenzar un nuevo año:

¿Quién muere?

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo
y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú,
muere lentamente quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las «ies» a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,
sonrisas de los bostezos,
corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente quien pasa los días quejándose
de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no pregunta de un asunto que desconoce
o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo
exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

Llegada a Montevideo – Uruguay

Llegamos a la terminal de Buquebus con mucha anticipación. Pudimos almorzar y embarcar con calma. Gonzi estaba superexcitado en Migraciones y la persona que nos atendió miró los papeles como quince veces. La travesía fue muy tranquila. Después de ver la partida, Gonzi durmió un poco y los chicos se entretuvieron con el iPad, dibujando o leyendo. Llegamos un poco más tarde de lo previsto porque había mucho viento, pero todo en calma. Para cenar, el personal del hotel nos recomendó una restaurante con parrilla. El cuidador de autos del lugar nos indicó un lugar para estacionar. Pena que el señor no vio que el auto tenía un baúl. Marcha atrás y ruido de plástico. Filipe baja, llega el dueño del auto, conmoción dentro de la camioneta y silencio hasta que Filipe anuncia que al otro auto no le pasó nada, pero que el rack tiene la luz de guiño rota. Dimos la vuelta manzana, estacionamos en otro lugar y bajamos a cenar. Comimos rico y volvimos al hotel. Mis compañeros de viaje duermen, pero Filipe se fue a buscar una casa de electricidad para no viajar con el farol roto. Es un poco tarde, voy a despertar a los chicos.

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