Adiós, Botswana, que parafraseando las sabias palabras de Gonzi, «não confunda Botswana com Bostawana» fue un lugar buenísimo de muchas experiencias locas y muchos animales únicos. Hoy es día de viajar hacia la última nación que irá recibir los Caldas, Zimbabue. De Kasane (donde estamos) hasta Victoria Falls, Zimbabwe, son 80 km. Para hacer este último tramo largo, van a buscarnos en una supuesta combi. Otra vez hicimos nuestras valijas y nos preparamos para nuevas aventuras. Después de 3130 km, el viaje llamado de Expedición África, termina en Victoria Falls, el lugar más simbólico de África. Tuvimos otra sorpresa, sin embargo. Al llegar a la recepción, en vez de una combi, apareció un auto de safari. El auto de safari es aquel utilizado para hacer las excursiones por las reservas naturales, o sea es una camioneta abierta, para recibir turistas y no valijas. Unas gotitas locas de sudor surgen en la barriguita de Papá. Pensé que la camioneta iba a explotar con la mirada fija de Papá, como en las películas. Pero nada pasó. Ahhhhhhh… quería ver un poco de acción. Calmamente, pusimos las valijas en la camioneta, que no sé cómo no se cayeron. Estaban en perfecto equilibrio, pero nada de descanso, podían caerse a cualquier momento. Al entrar al auto, nuestro chofer nos explicó que esta camioneta era apenas para llevarnos hasta la frontera de Botswana con Zimbabue, pues la verdadera combi estaba esperándonos en el otro lado. Fueron 15 minutos hasta el puesto de migraciones. Llegando al local, pudimos ver las diferencias entre los dos países que estábamos conociendo. El puesto de Botswana era más limpio, más lindo y más cuidado. Cruzando la frontera, observamos el cartel de «Welcome to Zimbabwe». Conocimos a O’Brian, nuestro chofer de Shearwater Adventures, que nos iba a llevar hasta el Victoria Falls Hotel. Primero hicimos inmigraciones, junto con otro mundo de personas más. Un lío. La cantidad de gente por metro cuadrado era impresionante. Suerte que O’Brian sabía el esquema y todo fue más rápido. En los pasaportes, nos ocuparon una página entera, como una figurita que cubría toda la página. El proceso de obtener la visa tardó un buen rato, entonces nuestro chofer nos sugirió quedarnos afuera, calor, sudor y nervios mezclados con las ganas de irse. Al ver la figura de O’Brian, alivio… Entramos al auto y disfrutamos del tan querido aire acondicionado. Hasta Vic Falls, O’Brian nos contó sobre las principales actividades del lugar, como el vuelo de helicóptero, el salto de bungee jumping, la súper tirolesa, la caminata para conocer las cataratas, entre otras. Aclaramos nuestras dudas y conversamos a cerca de toda la región. Y también nos sugirió para la cena, el restaurante The Boma, con danza típica, comida típica y otras capeteadas, que de antemano parecían interesantes. Llegamos a la sucursal de Shearwater Adventures y reservamos un paseo de helicóptero para mañana a la mañana y una caminata con guía por las cataratas, y tal vez un salto de bungee jumping para Agus.
Para quien no sepa, las cataratas Victoria fueron descubiertas por David Livingstone en 1855, un misionero que catequizaba los pueblos africanos y también descubría nuevos caminos en la jungla densa y calurosa de la región central africana. Hay teorías de que los portugueses fueron los primeros a llegar, y tal vez sea muy probable, pues hay muchos indicios de eso. Victoria Falls recibió ese nombre en homenaje a la Reina Victoria, que era regente en el periodo de 1855. Victoria Falls es un accidente geográfico del río Zambezi, que nace en el norte de Zambia, pasa por Angola, Namibia, se junta con el Chobe de Botswana, pasa por las cataratas y desemboca en Mozambique, en el Océano Índico. Victoria Falls es una de las siete maravillas naturales (de las viejas).
El hotel Victoria Falls Hotel es el más antiguo de Zimbabue, inaugurado en 1904. El estilo es colonial y tiene vista de frente y tal vez la mejor posición para observar el puente y el humo de las cataratas. El servicio es excelente, las habitaciones también y todo lo demás era de alta gama. El hotel tiene tres restaurantes, entre ellos está el Livingstone Room, que está entre los seis mejores restaurantes del mundo, pero ir bien vestido «Smaaartly…» es una de las recomendaciones, sino fueeeeeera. A los Caldas, es claro, es imposible ir al Livingstone Room. Gonzi con el sovaquito, Agus con su risa imperial, yo de «chinelão», y nuestras conversas que todos saben que son y no necesito explicar las pocas razones por las cuales no vamos. De esa forma, nos acomodamos en las habitaciones y esperábamos por el paseo de barco por el Zambezi y ver la puesta del sol. Puedo decir con frialdad que fue una verdadera booooooooooooooooooosta, en todos los sentidos posibles e imaginables. Nos prometieron hipopótamos y elefantes, pero todo no pasaba de una excusa para tomar drinks y tal vez ver los animales imaginarios. Como nos dijo el capitán: «the more you drink, more you see». Nosotros, niños, no vimos nada. Una pérdida de tiempo. Después de dos horas de aburrimiento, llegamos al puertito y fuimos hasta The Boma, el restaurante tan esperado. En la puerta, nos hicieron poner unas telas coloridas, al modo local. Después, nos pusieron a bailar con un grupo del restaurante. Debo decirles que apenas las fotos y el momento pueden describen lo que pasó en esos diez minutos. El primero a bailar fue Papá, que no se cómo aceptó hacerlo. Al verlo de afuera era cómico, y Javi se va acordar del cullini del mismo individuo y sólo eso es comparable a la danza de Papá. En orden, fue Mamá, Agus y yo. En esos momentos, lo único que debemos hacer es acompañar. Bailamos por cinco eternos minutos, nos liberaron y apenas dije » Deu a louca em todos». Nos morimos de risa de uno del otro. Y continuamos nuestra experiencia. Nos pintaron la cara y nos llevaron hacia la mesa. El ambiente era típico de los pueblos africanos y todo era muy bien armado. Nos sentamos y el mozo nos pidió que limpiáramos las manos en un potecito, y también unas semillas para comer. El restaurante era self service. La comida era típica: Kudu, jabalí, avestruz, búfalo, cocodrilo, y otros. Había, para los aventureros, gusanos Mopani, capeeeeta. Claro que la aventura culinaria de los Caldas no iba tan lejos. Comimos carne de Kudu con arroz, básico africano. Durante la cena, venían diferentes personas ofreciendo servicios variados. Predecir el futuro con el humo del asado, pintar la cara (Agus se ganó una puesta del sol y papá, una hiena), artesanías, entre otros. Al terminar la comida, nos dieron unos tambores… Clase de tambor para todos. Acompañando el ritmo y el ruido parece que somos los reyes de la percusión, pero cuando te piden que toques solo, te das cuenta que no sabes nada, que estas tocando cualquier cosa, pero la experiencia de estar tocando el tambor vale la pena. Es algo tribal, natural, que parece infantil pero que todos acaban haciendo. Gonzi estaba como loco, y fue la única cosa que hizo pero estaba feliz. Después de media hora de tambor nos fuimos y Shearwater Adventures nos llevó hasta el hotel, que a propósito es una excelente empresa de actividades. Descansamos para el siguiente día que iba ser lleno de aventuras.



