Día 5: Midtown Manhattan

El miércoles la actividad comenzó con hora marcada: teníamos que llegar al Museo de Arte Moderno a las 11 h. Después de un reclamo por las distancias a pie, empezamos a tomar Uber para ir y volver desde la estación del subte y estuvimos más atentos a los ascensores disponibles para no sobrecargar a nadie; después de todo, si alguien no está disfrutando, nadie aprovecha.

Gonzalo entró al museo reclamando y Filipe haciendo comentarios irónicos. «¡Puh, este acá estaba inspirado!», exclamaba frente a un cuadro con un enorme rectángulo rojo con unas rayas verticales en blanco y otra en negro. El arte se explica, pero también se entiende. Es necesario aprender sobre el momento de la historia durante el cual el artista creó la obra, pero, sin paciencia, no hay espacio para el entendimiento. Uno bufaba, el otro caminaba lento leyendo mensajes en el celular. Agus se apuraba con el catálogo en mano para ver las obras que le interesaban y yo trataba de absorber todo lo que podía en una oportunidad que no sé cuándo se volverá a repetir, si es que un día sucede.

«Ver requiere tiempo» 

Georgia O’Keeffe

Hay obras difíciles de entender, otras que nos conmueven; unas son inescrutables, otras muy transparentes y algunas totalmente indiferentes. En el recorrido, nos encontramos con Tarsila do Amaral, Frida Kahlo, Pablo Picasso, Vincent Van Gough, Magritte, y unos cientos de otros artistas. Los cuatro tratamos de no desencontrarnos pero no es fácil. Cada uno está en un momento diferente y no hay mucho que podamos hacer. Subimos y bajamos pisos, paramos a tomar un café en medio del paseo y nos percatamos de que, por lo menos dos miembros del grupo, se quieren ir. Ok, ok. Pasemos por la tienda del museo y vamos.

La próxima parada es el Rockefeller Center. Hay mucha gente en la calle y hace calor. Nos cuesta encontrar un lugar para almorzar. Entramos a uno de los edificios y casi todos los barcitos están llenos o tienen poquitas mesas. Gonzi descubre uno medio de los pasillos. Se llama Field Trip https://www.fieldtripnyc.com/. La base de todos los platos es el arroz y cada plato tiene un tipo de arroz diferente. Interesante. Al finalizar el almuerzo, seguimos caminando. Pasamos por el Bryant Park y más tarde, entramos a la Biblioteca de Nueva York. No es posible acceder a muchas de las salas pero vamos a una muestra con diferentes tesoros. Por ejemplo, los muñecos de peluche que el autor de Winnie the Pooh recibió de regalo en su infancia y que sirvieron de inspiración para sus libros. En la misma exposición, hay varios libros originales (primeras impresiones) de William Shakespeare y hasta una biblia impresa por Gutenberg en 1455. Definitivamente, valió la pena el desvío.

Caminamos un poco más y llegamos a la Estación Central. ¡Cuántas películas ya vimos en ese escenario! El edificio es imponente y 100% funcional.

Hicimos un poco de tiempo en un barcito hasta las 17 h que era nuestro horario de entrada al observatorio The Summit One Vanderbilt. La vista desde el piso 91 es surreal. Te venden toda una experiencia desde el momento que llegás al edificio: que los anteojos, que la pulserita, que las bolsas en los pies, que parate acá para una foto, que la oscuridad, que el sonido… parece más una experiencia de un parque de Disney que una visita, pero todo bien, encaremos. El espacio del observatorio está recubierto de espejos en las paredes y en el piso. Todo se refleja millones de veces y las fotos son muy ‘instagramables’, hasta la de Filipe jugando con los globos. Jajaja. El momento más bizarro fue cuando pasamos la pulsera por un lector de códigos antes de entrar a un espacio con una pantalla con un cielo azul y nubes. Sorpresa: tu cara aparece en relieve con formato de nube. Confieso, fue asustador. Y cuando nos quisieron vender esas imágenes, naaaa… olvídate.

En el recorrido de vuelta a casa, pasamos por Times Square. Mucha, mucha mucha gente. Resolvimos entrar a la tienda de M&M solo para ir al baño. Terminamos recorriendo los tres pisos y descubrimos una máquina que personaliza los M&M. ¿Cómo? ¿Para qué? No se entiende. Podés elegir un texto, una imagen, un logotipo. Realmente, todo es posible en la tierra del tío Sam. Ya era tarde y buscamos el subte para volver a casa.

Día 4: Distrito Financiero

Salimos un poco más tarde de lo planeado. En el fondo, el cansancio se va acumulando. Fuimos de subte hasta Oculus, la estación diseñada por Santiago Calatrava. En realidad, aquí llegan trenes y subtes y también funciona un centro comercial. Según Calatrava, la imagen de la estructura nos recuerda a un pájaro liberado de las manos de un niño. Su idea era transmitir esperanza a la ciudad de Nueva York.

En el espacio exterior de la estación, hay tres esculturas de bronce de Gillie and Marc. La gente hace fila y se sube a las esculturas sin analizar mucho de qué se tratan. Confieso que me crispa un poco la energía que las personas destinan a posar y sacar fotos sin ver o analizar nada. Entiendo que los artistas quieren alertar sobre la necesidad de preservar la vida silvestre y lo hacen desde una visión lúdica. Personalmente, me encantaron las tres obras.

La próxima parada fue una rápida visita al Monumento que recuerda a las casi 3000 personas que perdieron sus vidas el 11 de septiembre de 2001 y a la enorme cantidad de heridos. Donde se encontraban las Torres Gemelas hay dos enormes piletas con bordes de bronce donde están grabados los nombres de víctimas. El espacio está rodeado de árboles y parece estar aislado de la locura del resto del barrio.

Nuestra caminata nos llevó por la antigua Bolsa de Valores de los Estados Unidos, la Iglesia de la Trinidad, la Bolsa de Valores de Nueva York, la escultura de la Niña sin miedo y el famoso Toro de Wall Street.

Seguimos caminando hasta Battery Park, frente al puerto de Nueva York. De ahí sale el ferry a la isla de Staten. La idea era ver la estatua de la Libertad de cerca, sin tener que visitar la isla. El ferry es gratuito y sale cada 30 minutos. Es un recorrido de unos 20 minutos. Al llegar a la isla, basta salir del puerto para dar en un centro comercial. lmorzamos allí y visitamos los locales. Había poca gente y eso, para mí, es un alivio.

El viaje de vuelta fue muy tranquilo. A las 17 h, todavía hay mucho sol. Decidimos caminar por la costanera del río. Llegamos al Pier 15 y nos sentamos en unas reposeras de madera. Todo es muy limpio y organizado y hay diversos restaurantes y bares en la zona. Del otro lado, se veía Brooklyn. Nos pareció interesante cruzar el río nuevamente como parte del camino a casa, ya que estábamos lejos de cualquier estación de subte. El servicio cuesta 4 USD por persona y faltaban como 30 minutos para que saliera el próximo barco. Lo cierto es que un empleado nos llamó y salimos casi que al instante. Nos sorprendió que hubiera muy pocas personas abordo pero antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos del otro lado. Un placer.

Desde el centro de Brooklyn todavía tuvimos que caminar bastante hasta el subte. Queríamos pasar por el supermercado antes de llegar al departamento y precisábamos tomar otra línea. Este tramo final fue todo un desafío porque a esta altura del día, estábamos super cansados y el calor no ayudaba. Desde el supermercado, terminamos pidiendo un Uber. Los choferes son super serios y no te dan charla. No reclamo, es apenas una descripción. 😉

Día 3: Eterna reinvención

Después de haber caminado varios miles de pasos el domingo, el lunes empezó con más calma. Fuimos caminando en otra dirección de Crown Heights porque teníamos que tomar otra línea de subte. El día estaba nublado. Nuestro punto de partida fue en The Vessel, una mezcla edificio con estructura construida en 2017. Lamentablemente, está prohibido subir a las 154 escaleras pero vale la pena observar la vista desde abajo.

The Vessel

A pocos pasos de The Vessel, se encuentra The Shed, un colosal centro de creación e investigación artística que tiene seis niveles dedicados a la programación cultural y a las artes visuales, y está cubierto por una carcasa móvil que puede desplazarse a la plaza adyacente y generar un espacio cubierto para diversos tipos de actividades. Este lo vimos de afuera.

The Shed

A unos 100 m de allí comienza la High Line:  un parque elevado construído sobre una antigua vía de tren. Atraviesa los barrios de Meatpacking District, Chelsea y Hudson Yards. Es gratis y tiene acceso en diversos puntos.

En la década de 1930, la línea servía para el transporte de carga entre las fábricas y almacenes del oeste de Manhattan, una zona muy industrial, pero, con la llegada de los camiones, este sistema de transporte fue perdiendo importancia. En la década de 1980, la vía se abandonó por completo y se fue llenando de plantas y arbustos que crecían entre el cemento. En la década de 1990, la ciudad decidió derribar todo para construir edificios, sin embargo, un grupo de vecinos de Chelsea comenzó a luchar para que la High Line se transformara en un parque público abierto para todo el mundo. Finalmente, el parque abrió en 2009 y, uah, es increíble el verde que agrega a la ciudad en medio de tanto cemento.

Recorrimos toda la línea y llegamos a unos metros de Little Island. Otra creación impresionante. Se trata de un parque (sobre estructuras de cemento) con un anfiteatro y varios puntos de observación de los paisajes a su alrededor. Se inauguró en 2021 después de la pandemia y es otra bocanada de verde en medio del asfalto. Todos estos proyectos tiene en común inversiones millonarias pero todo es tan creativo y funcional que emociona.

Little Island

Para almorzar, elegimos el Chelsea Market porque nos habían recomendado los tacos de Tacos n.° 1. ¡No decepcionan!

La próxima parada fue el Museo Metropolitano de Arte. ¡Qué lugar increíble! Habría que dedicar un día o dos para ver todo, pero no podíamos. El propio edificio tiene una arquitectura impresionante. De lo que vimos, lo que más me gustó fue el sector de historia egipcia. No entiendo cómo se transportaron paredes completas de dentro de las pirámides hasta Nueva York. Hay pasillos que no acaban con piezas de todas las épocas de la historia. Vimos el sector de historia griega y romana, etruscos y otros. También entramos a una exposición de Van Gough. Estaba expuesto el cuadro «La noche estrellada». No pudimos acercarnos porque la gente se amontonaba con sus cámaras. No sé cuántos se dejaron impresionarpor el cuadro pero sé que casi todos sacaron fotos. Probablemente, perdieron una oportunidad única y ni siquiera se dieron cuenta. Es probable que nunca vuelvan a ver la foto que sacaron pero son las paradojas del hombre moderno.

Paramos en una panadería cerquita del museo para descansar y probar unos cookies (https://levainbakery.com).

Resolvimos entrar a un local enorme de ropa deportiva cuando volvíamos al departamento. Todo caro. Las promociones eran nada promocionales para nosotros. Un vendedor se esforzó y seguía trayendo cajas y cajas de zapatillas. Conseguimos un par para Gonzalo. Volvimos agotados a casa. Ya era oscuro cuando llegamos. Se nos hizo tarde y terminamos pidiendo comida por Uber Eats. La entrega fue demorada y nos moríamos de risa porque el entregador tiene que sacar una foto del lugar para comprobar el proceso de entrega.

Día 2: Es un gusto conocerte, NYC

El vuelo de Bogotá a NYC no fue tan feliz como el primer tramo. El servicio de Delta fue impecable pero, en la lucha entre el cansancio y el espacio, gana el cansancio. El proceso de migraciones y retiro de las valijas es muy dinámico. El día está nublado en la ciudad y todos vamos en silencio en el transfer. Vamos enfilando para Brooklyn con una mezcla de incertidumbre y curiosidad. Cuando llegamos a destino, no tenemos las instrucciones a mano entonces, tratamos de llamar por teléfono a nuestro contacto. Ring, ring, ese número no existe. Hmm, no es posible. Vamos de nuevo usando otro celular. Ring, ring, ese número no existe. Respira, respira. Empecemos de nuevo. ¡Ufa! Está faltando un número. Mandamos un mensaje por WhatsApp al anfitrión y el «escribiendo» demora más de lo que los nervios aguantan.

Yupi, el anfitrión nos libera los códigos para que podamos entrar al departamento antes de la hora oficial de checkin. Después de un par de intentos, entendemos el sistema y voilà, entramos. El departamento es sencillo pero todo es igual a la foto. Estamos literalmente agotados. La idea es salir a tomar el desayuno en algún lugar. Decidimos ir directo a Brooklyn.

El departamento queda a unas cuantas cuadras de la estación de subte. Es domingo a la mañana y hay poca gente en la calle. El barrio es bastante tranquilo, algún que otro vecino charla en la vereda y nos van diciendo: «Buenos días». En la estación de subte compramos el pase semanal y listo… a aprender a usar el sistema de transporte local.

30 minutos después llegamos al centro de Brooklyn y sí, parece que estamos en un set de filmación. ¿Cuántas películas y series ya viste con estos puentes emblemáticos? Parece mentira que tengamos tanta familiaridad con este lugar, sin jamás haber puesto un pie aquí. Desayunamos en Zaruma, un café chiquito en DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass). Muchas personas hablan español (turistas y locales). Hace mucho calor y estamos con ropa inadecuada pero ahora, no hay nada que hacer. Caminamos, sacamos fotos, descansamos… El río Hudson está agitado y las balsas se sacuden un poco. Seguimos caminando y descubrimos cómo subir al puente de Brooklyn. Una vez que subimos, Filipe nos desafía a cruzarlo. Creo que está haciendo una broma y seguimos. Seguimos y seguimos. Del otro lado, del puente, estamos en Manhattan, ¿y ahora? Google Maps es el compañero ideal. Nos dice cómo llegar de nuevo al subte y volvemos al centro de Brooklyn para comer en TimeOut Market. Hay mucha gente. Demasiada. Es difícil encontrar lugar para sentarnos. Subimos al segundo piso y esperamos hasta conseguir una mesa. ¡Ufa!

Después del almuerzo tardío, pasamos por el supermercado y tomamos un Uber para volver al departamento. El viaje dura unos 25 minutos. La calidad de los Uber es increíble.

Cuando llegamos al departamento, estamos sin batería (literal) y nos damos cuenta de que no tenemos suficientes adaptadores. Podemos cargar un teléfono pero no las computadoras.

Los chicos y yo resolvemos ir a Best Buy a comprar un adaptador. Ducha y de nuevo a la calle. Es una locura salir de nuevo. En Best Buy no conseguimos mucho. Hubo liquidación y todo parece depredado. Los empleados están de malhumor y quieren irse, no nos dan mucha atención. Conseguimos un adaptador y nos vamos. Pasamos por otro local y entramos solo a mirar. Resumiendo: nunca es solo para mirar. Una hora más tarde, caminamos bajo la lluvia unos 500 m hasta un restaurante a comprar pastas para llevar a casa y volvemos al departamento. Ya son casi las 22h y llueve.

Día 1: ¡Rio, nos vemos pronto!

Salimos de casa a las 4.15 h, mientras la ciudad aparenta estar durmiendo. Unas calles a lo lejos descansan mientras que, en otras, el día hace rato que comenzó. La ‘línea amarela’ es una maravilla, estamos casi solos en una autopista que, durante la semana, no para un segundo.

El aeropuerto nos recibe en silencio. Unos pocos pasajeros se desplazan de un mostrador a otro, usan el teléfono y arrastran sus valijas con rueditas sin prisa. El embarque es rápido y el vuelo de 1 h a São Paulo pasa en un instante. Agus y Gonzi charlan y charlan. Filipe y yo dormimos.

Marcos y Sarah nos esperan en Guarulhos. Compartimos un desayuno y la caminata hasta el Terminal 3 donde embarcamos rumbo a Colombia.

La vida se construye con momentos compartidos. Fue lindo que vinieran a vernos aunque sea por un ratito. Gonzalo se sorprende…hacer 100 km a las 6 am para un café y un sandwich no parece ser un programa interesante. Despachamos las valijas y entramos a la zona de embarque.

Aprovechamos todos los beneficios de la sala Vip de Latam. 1000 puntos. Es enorme y llena de opciones de comidas, sofás, PS y hasta un espacio para dormir. No me animo pero Gonzi y Agus me cuentan que hay 4 camas juntas en un cuarto en penumbra. Disculpas a las personas que están tratando de dormir.

Embarcamos para Bogotá y tenemos un vuelo tranquilo. Ahora estamos esperando…de nuevo! El vuelo a NYC solo sale a las 23.40h (2.00h).