Salida: 11.00 h – Llegada: 20.00 h – Distancia: 648 km – Total acumulado: 6820 km

Hoy era día de kilómetros otra vez, más o menos 600 km de ruta hasta la Hostería Cueva de las Manos. Saldríamos temprano para hacer una caminata simple, el mirador de los Cóndores. El Chaltén, para contar un poco más, es un destino de veraneo que está creciendo. Muchos mochileros van para conocer los senderos más espectaculares de Latino América. Muchos suben hasta la base de los Cerros Fitz Roy y Torre, los más emblemáticos. Una ciudad simple pero organizada, tiene sus avenidas principales llenas de hoteles y restaurantes, además de locales para lavar la ropa. Es una ciudad hecha y preparada para los caminantes. Muchos también vienen de bicicleta para tener otra experiencia de la Patagonia. El Chaltén siempre tendrá ese público asegurado, pero en los últimos años muchos turistas «convencionales» vienen curiosos para conocer esos senderos. Los senderos varían de complejidad. Los más difíciles, como el de la Laguna de los Tres y de Laguna Torre, tienen subidas inclinadas y difíciles, además son largas con 12.5 km de extensión, solo ida. Son senderos para la gente que realmente le gusta. Bueno, obviamente no hicimos esos.
Nos despertamos temprano, a las 7.30 h, Papá ya se había ido hacía un rato porque iba a cargar nafta. Por sus cálculos, teníamos tres posibles paradores, pero como había posibilidades de no haber nafta en ninguno de esos, teníamos que llenar el tanque. Como sólo había una estación de servicio, pequeña del tamaño de un container, Papá tuvo que esperar en una fila gigante, y, encima, el único funcionario no había llegado, además, el camión con el combustible tenía que cargar la estación.
Mientras tanto, Agus, Gonzi, Mamá y yo guardamos las cosas en las valijas y miramos tele, esperando que Papá nos diera alguna información de lo que estaba pasando. A las 10.00 h, tuvimos que salir de la habitación, porque era la hora del check out. Bajamos las cosas y esperamos en la recepción. Mamá, curiosa como es, comenzó a conversar con el dueño de la posada, bonaerense, sobre lo que era vivir en El Chaltén. Mismo que aislada, la ciudad de El Chaltén se sostiene bien y sin problemas, nunca hubo problemas de luz, gas… Vivir en ese lugar remoto, para él, era mejor que la vida agitada del centro de Buenos Aires. Y eso es algo interesante, todos los patagónicos que conocimos venían de las grandes urbes y se mudaron porque ya se habían cansado de esa vida agitada. Acá podían aprovechar y trabajar con tranquilidad, disfrutando la vida calma y solitaria de la Patagonia. El señor nos contó cosas diferentes y buenas para conocer la vida de la Patagonia. Después de un rato, a las 10.30 h, Papá llegó con el tanque lleno listo para seguir camino. Nos despedimos del señor, y fuimos hasta la salida de la ciudad donde estaban los senderos de Mirador de los Cóndores y de las Águilas, cortos, pero nos recomendaron para poder conocer un poquito de las vistas ya que teníamos poco tiempo. Tenía 1 km de sendero con piedra compactada, algún tramo tal vez con piedras sueltas, pero fácil.
Estacionamos el auto y seguimos los carteles para llegar al sendero. Había viento pero no era insoportable. El día estaba espectacular, decían que días como este eran difíciles de encontrar porque el clima es muy cambiante y nublado. El Fitz Roy y el Torre eran lindos sin nubes e imponentes bajo el cielo azul. El sendero comenzaba unos cuatrocientos metros en línea recta, en la planicie y al final había una bifurcación, tomamos el camino de la izquierda que nos llevaba al mirador.
Apenas hicimos la curva, la pendiente subía rápidamente, siguiendo los rasgos de la montaña. Algunos ya estaban pidiendo «arrego» (ayuda, no aguantarse más en pie). A cada parte plana, el grupete paraba y descansaba. Y seguimos subiendo. A cada 100 metros, había un panel que exponía características de los cóndores, que vivían por ahí, animal favorito de Gonzi. Siempre que había un panel, parábamos y Gonzi nos leía en voz alta el texto. Carroña, carroña esa era la palabra más graciosa. Y seguimos subiendo. Papá ya estaba con la punta de la lengua para afuera. El sendero subía la pendiente y después, cerca del final, hacia un giro hacia la izquierda. Ahí, el camino cruza un pequeño bosque de lenga, y Gonzi sintiéndose Indiana Jones. La vista ya perfilaba muy linda. Subimos el último tramo de piedras sueltas y Gonzi resbaló algunas veces, pero nada pasó. A diez minutos del final, hay una otra bifurcación, que daba para otro mirador, el de Las Águilas, Papá dijo que cuando volviéramos, veíamos se íbamos o no por ese camino que agregaban 30 minutos a nuestro recorrido. Al final, las piedras que constituían el mirador nos dieron el punto final del sendero. El mirador nos mostraba el Fitz Roy y el Torre, bonitos como nunca. Además, nos mostraba toda la ciudad de El Chaltén bajo las montañas, cercada por el río y por el pequeño cañadón que era la entrada. El viento ahí arriba era fuertísimo. Sacamos unas fotos y contemplamos por cinco minutos la vista y la nuestra hazaña. Como Gonzi quería irse, comenzamos a hacer el descenso. Papá iba primero y bajó lo más rápido posible. Pasamos otra vez por la bifurcación, y Papá no pensó, pasó directo. Le damos un descanso porque ya subir todo eso había sido un ejercicio grande. Así, bajamos para volver al auto. La bajada fue bastante rápida. El sendero era bueno para quien se quedaba una noche sola. Al volver abajo, visitamos el centro de visitantes de Parque Nacional Los Glaciares. Allí, había una rápida presentación, sobre los diferentes senderos que existían y sobre la vida del escalador de las montañas duras de los Andes.
Como ya era tarde, fuimos a un local y compramos unas empanadas y unos sandwiches, porque no queríamos comer en un restaurante. Y después de estar listos para partir, salimos otra vez de El Chaltén. En el retrovisor veíamos desaparecer las montañas icónicas.
Continuamos por la ruta provincial 23 por 90 km, y después giramos hacia la izquierda de vuelta a la 40. La ruta Nacional 40 es legendaria. Recorre desde el punto extremo norte en Jujuy hasta el extremo sur en Río Gallegos. Es una ruta para los turistas y trae la sensación verdadero viaje de ruta. Es una ruta solitaria que pocas personas recorren. Además, pasa por diversos climas, desde el clima seco y agobiante del Noroeste hasta el frío y helado aire de la Patagonia. Es una ruta diferente, que llama a lo más salvaje del argentino.
Bueno, por esa ruta seguimos unos 70 km hasta Tres Lagos, donde íbamos a cargar nafta. Pueblito en el medio de la nada, fue difícil encontrar la estación de servicio. Cuando la encontramos, el único mensaje nos aparecía era «no hay nafta». Listo, paramos al lado y como ya eran las 14.00 h, comimos la comida que habíamos comprado en El Chaltén. Sentados y mirando el paisaje, comimos ahí calmitos, sin que nada pasara. Al rato, estábamos de vuelta en nuestro camino. Seguimos hasta Gobernador Gregores, nuestra siguiente parada. Más kilómetros adelante. La estepa patagónica volvió a invadir el paisaje. Otra cosa, la planicie interminable de la Patagonia creaba rectas kilométricas de la Ruta 40, miedo por Papá, porque las rectas son muy monótonas. Todos dormían, mientras pasábamos por guanacos y más planicies.
Ese tramo fue bien largo, hasta que la ruta de asfalto se transformó en ripio; nos habían avisado, pero no sabíamos cuándo eso iba a pasar. La ruta estaba mala. Piedras gigantes y filosas eran obstáculos en nuestro camino. Papá las desviaba, pero eran muchas. Pasamos por el Lago Cardiel, otro gigante de la región. Fueron unos 70 km de ruta de ripio, que un día, serían asfaltados. Los Andes, a lo lejos, siempre presentes. Cuando terminó el ripio, teníamos unos 60 km más hasta Gobernador Gregores. Algunas colinas nos hacían subir y bajar lentamente por la 40. Y después de 30 minutos, llegamos a Gobernador Gregores, ciudad simpática y simple. Cargamos nafta y seguimos camino hacia Bajo Caracoles, otro pueblito para cargar nafta. Eran 200 km de ruta. Otra vez los mismos paisajes se presentaban ante nosotros. Los guanacos, la estepa, pero las colinas se transformaban en un cañadón. Un Cañadón conocido en él área, el de Río Pinturas. Seguimos camino, y llegamos a Bajo Caracoles, un pueblo en el medio de la nada con un puesto para cargar nafta, una bomba y nada más. Fue rápido, porque el auto tenía bastante, era apenas para estar seguros de que no iba pasar nada. Seguimos camino. Sabíamos que el hotel quedaba en el kilómetro 73 después de Bajo Caracoles. Comenzamos el conteo y seguimos camino hasta el hotel. 70, 71, 72 y 73… Estancia Cueva de las Manos hacia la derecha. Un pequeño camino de ripio nos llevaba 4 kilómetros adentro de la estepa patagónica. El color de la tierra variaba de tonalidades rojizas. Y al final del camino, aparecía la Estancia Cueva de las Manos. Al atardecer, fantástico lugar aislado, nos registramos, y las recepcionistas nos explicaron las condiciones del hotel. Luz y corriente eléctrica apenas de 20.30 hasta 00.30 h. Agua y gas todo el tiempo. Entonces, nos presentaron la cabaña que íbamos a quedar los cinco. Juntitos. Es la peor receta. Cinco capetas en un mismo ambiente genera una explosión. Había una cama para cada uno. Cada uno eligió su lugar. Había una que otra telaraña, después encontré en el baño a la dueña (¡y qué dueña!). La cena iba a ser a las 21.00 h. Nos quedamos a oscuras hasta las 20.30 h. Conversamos y jugamos en la habitación. El tiempo pasó rápido. Fuimos a comer. Plato único: vacío al horno. Las recepcionistas nos sirvieron, porque -por lo que veníamos sospechando- eran las dos únicas funcionarias del hotel. Comimos y el comedor estaba lleno. Aunque la estancia estaba aislada, había bastante gente.
Volvimos a la habitación y nos dormimos profundamente. Mañana, no había un horario muy temprano para despertarse, íbamos a visitar la Cueva de las Manos. Sin embargo, no íbamos a seguir el mismo camino que la mayoría de los visitantes. Habría un trekking por el Cañadón Río Pinturas, sin guía, sin nada, por nuestra cuenta. Mañana les cuento más.



