17/01/16 – Villa La Angostura – Neuquén 

Salida: 11.30 h – Llegada: 17.00 h – Distancia: 420 km – Total acumulado: 8456 km

Villa La Angostura - Neuquén - Total

Agus, Gonzi y yo nos despertamos temprano y comimos nuestro desayuno simple en la habitación. Esperamos a Mamá y Papá pero, no sabemos por qué, tardaron bastante y otra vez hicimos la gracia del Thule y aunque  Papá estaba nervioso, conseguimos salir a las 11.30 h de Villa La Angostura.

La Ruta 40 seguía el Río Limay, un afluente del Río Negro. Estábamos impresionados con el color del agua del río y del cielo.

La ruta pasaba por lugares fantásticos y nos hacía subir en latitud. Imaginen que estuvimos en el paralelo 54, y ahora ya estamos en el paralelo 37. Y subiendo. Este era el último tramo que seguiríamos por la Ruta 40.

Seguimos camino hasta el cruce con la Ruta 231, dónde iríamos directamente hacia Neuquén.

La vegetación volvió a ser un poco más seca y parecida con la estepa Patagónica. El río Limay nos seguía y nosotros lo seguíamos también.

Paramos en Piedra del Águila, pueblo de la provincia de Neuquén y comimos para seguir camino.

Debo decir que el tramo de hoy, mismo que de extensión media, fue rápido. Fueron 480 km, por la ruta 40, com muchos autos que cruzaban el asfalto lentamente y también muchos sobrepasos violentos de Papá. En algunos tramos volvía a llegar a 150 km/h.

Llegamos a Neuquén a la tarde, más o menos a las 17.00 h, y encontrar el hotel no fue difícil.

En la puerta, ninguna indicación. Puerta Oeste se llamaba. Por el GPS, avenida San Martín 8600, estábamos en el lugar correcto. Miramos al lado, y había un portón abierto. Yo decía, «es aquí, dónde más podría ser». Entramos dudosos, lentamente con la VeraCruz. Todo vacío. Había varias cabañas, pero ninguna señal de vida. Seguimos por el caminito y al fondo había un señor sentado en la escalera de una de las cabañas. Le preguntamos por Puerta Oeste y nos entendió Puerto Este. Muy bien. Le repetimos y vino otro que nos comprendió. Nos indicó que fuéramos para atrás y en la primera casita, estaba la recepción. Papá se bajó e hizo lo usual. Aquellos hombres eran nuestros vecinos y participaban de una obra ahí cerca. El desayuno era en la YPF de ahí cerca. Y la conexión de internet era abierta, sin clave, sin nada. Espectacular era la palabra que el «recepcionista» daba para la conexión.

Obviamente, no había nada de espectacular. Volvimos a la cabaña y la primera cosa que hicimos fue decir «Delicia». La cabaña era… No sé… Cómica. Lo que más nos causó gracia fue la tele. Como había dos habitaciones y una sola tele, hicieron un método para que se pudiera ver de los dos lados o de solo uno. Fue cómico, creativo y capeta. El baño también, delicia. Lo más interesante es que veníamos de un extremo al otro. Del Marinas Alto Manzano a Puerta Oeste, había un cambio abrupto. Pero nada podía dejarnos mal.

Nos acomodamos y descansamos. A las 22.00 h, fuimos a YPF, nuestra compañera de ruta, porque no había casi nada para comer en los alrededores, además no teníamos mucha hambre y había sueño.

Comimos y Agus, andando distraídamente como siempre, se golpeó con un tacho de basura y se raspó la mano. No fue nada, pero a Agus le dolía. Todos nos reíamos, incluso ella, porque fue muy ridícula la forma que se golpeó. Por lo menos no teníamos a alguien llorando o algo del tipo.

Volvimos a la cabaña, y nos dormimos profundamente.

Neuquén, como último destino en la Patagonia, nos hace despedir de ella, pero todavía tenemos que cruzar el Río Colorado para realmente decir adiós.

Mañana también cruzaremos el Desierto Pampeano.

16/01/16 – Villa La Angostura – Pedaleando por Angostura

Salida: 11.00 h – Llegada: 18.00 h – Distancia: 76 km – Total acumulado: 8036 km
Villa La Angostura nos recibía en nuestro día de descanso con nubes. Agus y yo nos despertamos a las 8.00 h y vimos un poco de tele, después de bañarnos etc. Gonzi, como siempre, tardó un poco más para despertarse. Esperamos a Papá y Mamá que se prepararan y a las 9.40 h estábamos yendo a desayunar.

Como no había un plan definido tardamos en salir, y, por lo tanto, a las 12.00 h, fuimos al pequeño centro de Villa La Angostura.

La pequeña ciudad está en la Ruta de los Siete Lagos y es una simple localidad, exclusiva, fuera del movimiento agitado y comercialista de Bariloche. Villa La Angostura es un destino muy indicado para los que quieren algo diferente de Bariloche, sin embargo, es más caro.

Fuimos de auto desde el hotel, Marinas Alto Manzano, hasta el centrito de La Angostura. Paramos para ir al cajero y de paso ir caminando por las calles de Villa La Angostura. La avenida Los Arrayanes linda y organizada con muchos locales simpáticos y interesantes. Con bastante tráfico, y gente también conociendo esta localidad, nos gustó mucho el pequeño paseo por la ciudad. Es simple y calmo. El tema que nos dejo decepcionado fue el clima, que no era culpa de la ciudad.

Como no había programa, me había surgido, hace un tiempo, andar de bici y como Gonzi, estaba de aburrido, se coló a la idea y la fijó. Y bueno, teníamos esa idea, de conocer un poco de Villa La Angostura encima de lo yo llamo de «flaquitas» o «magricelinhas». Seguimos caminando y vimos varios locales de alquiler de bici. Como ya era la una, decidimos ir a comer. En el camino, Papá paró e hizo fila para conseguir info sobre los paseos de bici en La Angostura. Con los mapas en mano, Papá descubrió varios posibles paseos de bicis. Uno que iba hasta el Puerto y otro por la bicisenda de la avenida Nahuel Huapi. Ambos paseos bastante recomendados y de corta duración.

Caminando por el centro, vimos al pequeño resto-bar El Viejo Fred. Muy simpático y bueno, pero un poco caro. Como fue algo rápido, salimos caminando buscando el local de alquiler de bicis.

Había uno en la propia Avenida Nahuel Huapi: Bayo Abajo. Preguntamos por una bici para Gonzi y había, medio pequeña, pero le había gustado. Aceptó sin problemas. Cuando Agus vio que había que usar casco, se bajó del programa y Mamá ya se había bajado, por la cuestión de un posible dolor de rodillas y realmente, las bicicletas tienen ese punto en contra, necesitan mucho esfuerzo de las rodillas. Entonces, los ciclistas éramos Gonzi, Papá y yo. Decidimos ir por la bicisenda para que no hubiera problemas con Gonzi. Nuestras bicis eran buenas. Sólo el casco es que no era necesario, pero bueno.

Salimos y la bicisenda comenzaba con una subida. Para Papá y yo fue simple porque teníamos cambios pero a Gonzi cada pedaleada era un esfuerzo enorme. Encima, como la bici era chica para el, tenía que hacer mucho esfuerzo para andar un poquito, además andaba sin marchas. Subimos por unos 20 minutos, hasta que Gonzi se cansó. En la subida, me reclamaba y yo relataba a Mamá y Agus lo que iba pasando, porque nos seguían, andando.

Hubo un momento que Gonzi desistió y esperó a que Mamá y Agus nos alcanzaran, para poder volver y descansar. Como todavía teníamos unos 40 minutos para andar, Papá y yo decidimos acelerar para aprovechar el paseo. Ellos tres volverían para comprar unas cosas en el súper, y devolver la bici de Gonzi. Iba a ser bajada, no habría problema.

Así, seguimos Papá y yo en la bicisenda. Después del punto donde dejamos a Gonzi, la subida seguía un poco y después hacia una bajada impresionante. Sin mover un músculo, bajamos tranquilamente y conseguimos ganar una cierta velocidad y anduvimos usando apenas los frenos, aunque no estaban tan bien como esperábamos. Bajando a alta velocidad y evitando los obstáculos llegamos en cinco minutos al final de la bicisenda. Son esos cinco minutos que a mí me encantan, disfrutando del camino y del paisaje.

Volvimos por el mismo camino, pero ahora en subida. Papá ya estaba sintiendo los golpes del cansancio. Yo iba tranquilo todavía. Llegamos relativamente rápido al final de la subida. La subida cansadora de Gonzi se transformó en una bajada poco inclinada. Comenzamos a ganar velocidad otra vez. Los obstáculos que antes eran árboles, piedras o cosas del tipo ahora eran personas. Íbamos rápido evitando posibles choques. En la bajada, frené para que Papá me alcanzara, pero su espíritu competitivo ni pensó, me sobrepasó y continuó barranca abajo acelerando. Yo iba atrás a una distancia segura de él. En cierto momento, había unos skaters que estaban practicando sus maniobras en la bicisenda. Papá, veloz, pasó rápido por ellos y casi se llevó puesto a uno . Yo pasé y pedí las debidas disculpas.

20160116_150214.jpgLlegamos rápido al local de las bicis y todavía nos restaban veinte minutos más. Como no veíamos a los tres, Gonzi, Mamá y Agus, decidimos andar un poco más. Seguimos por la avenida Los Arrayanes, en dirección al puerto. Ya no había una bicisenda, entonces caminamos por la calzada agujereada. Yo ya estaba acostumbrado por los malos caminos de Rio de Janeiro, pero Papá no tanto, iba lentamente evitando los obstáculos.

El camino hacía un giro a la derecha y después subía en una pendiente considerable. Papá decidió continuar. Subimos y subimos, pero Papá ya había alcanzado su tasa de esfuerzo máximo. Realmente, era una pendiente muy inclinada para quien andaba de vez en cuando en Rio. En cierto momento, como Gonzi, dijo que ya no aguantaba más. Me sugirió que yo anduviera un poco más y que nos encontrábamos al ratito en el local de las bicis.

Bueno, sólo traté de andar lo más rápido posible para no tardar tanto. La subida continuaba por unos 400 metros más, hasta que llegaba a una parte plana y seguía así unos 500 metros. De ese punto en adelante, el camino descendía bruscamente por curvas y contracurvas cerradas hasta el Puerto, que estaba en el final del camino. Observación, el camino del cual estoy hablando es la propia calle, la vereda estaba muy mala para andar. Descendí a toda velocidad. Genial, andando a la misma velocidad de los autos o más, usando apenas la gravedad como acelerador. Rapidísimo bajé. Los frenos aguantaron bien la bajada, pero dudé de ellos en ciertos momentos. Para los que no saben, uno de mis hobbies favoritos, si es que lo puedo llamar así, es andar de bici. En Rio de Janeiro, hay caminos muy buenos y malos para recorrer la ciudad, otro tip para los que un día vayan. Nada mejor que andar de bici por aquellos paisajes fantásticos. Papá siempre llamaba a los ciclistas que iban por la ruta de locos, porque hay muchos que hacen el camino que nosotros hicimos (un tanto menos) pero de bici, pero yo los llamaría de visionarios. La bici tiene algo más que el auto. Puede no ser rápida, o cómoda como el auto, pero te conecta al lugar mucho más que el primero. Uno se siente parte del lugar, cuando siente el viento, fuerte o no, el agua, de la lluvia o no, o la temperatura, fría o caliente. La bici, al contrario del auto no te deja aislado del ambiente. Obviamente, es solo una opinión, otros pueden decir lo mismo sobre caminar, etc..

Al final de la mega bajada, estaba el puerto y la entrada al Parque Bosque Los Arrayanes. Hay un sendero, accesible pero no tenía tiempo de explorarlo. Volví. La bajada impresionante, otra vez se transformó en una subida magnífica y de caer lágrimas, de tristeza. Bajé todas las marchas y subí con todo. Cuando había un lugar para parar, tomaba aire y continuaba la subida. Muchos subían caminando con sus bicis, yo no podía hacer eso. Seguí pedaleando, hasta la cima y después relajé con la bajada que se venía, pena que el día estaba tan nublado, porque si estuviera despejado, sería un paseo muy bueno.

Rápido llegué al local de las bicis. Papá me esperaba ahí y cerramos el negocio. Ellos habían andado una hora y yo una y media. El paseo estuvo bueno. Haría otra vez en otros lugares. Después de pagar y todo lo demás, encontramos a Mamá, Agus y Gonzi.

Ellos se habían ido al súper. Gonzi, arriba de la bici, bajó a toda velocidad también. Casi mató a algunos peatones, pero no hubo accidentes. Compraron cosas para nuestro desayuno de mañana porque como estábamos en el loft, el desayuno no estaba incluido, entonces compraron algo para nosotros tres.

Volvimos al auto y después al hotel, pero Papá quiso pasar por donde anduve de bici, para concoer el puerto y nuevamente hice el camino que había hecho de bici, ellos recién conocían el lugar. Ahora miré con más detalles y comenté cosas con ellos. Al volver al hotel, descansamos un rato. Gonzi tomó baño en el hidromasaje. Agus quería relajarse sola, pero Gonzi se le había adelantado y le arruinó los planes, enojada terminó sin bañarse.

A las 21.00 h, fuimos a comer a Cook otra vez porque Papá le había prometido al señor, que creemos que se llama Walter, que íbamos a comer algo más contundente hoy. El señor nos sugirió varias cosas. El guiso de lentejas, ravioles de trucha y el Goulash Mit Spätzle. Papá y yo fuimos por los ravioles. Mamá por el guiso. Y Agus por el Goulash. Gonzi iba por un poco de cada.

El señor muy simpático otra vez y la comida muy rica otra vez. A Agus le encantó su plato germánico, austro-húngaro. El mío y el de Papá también estaban muy bueno. Y el de Mamá también.

Comimos rico y nos despedimos del señor, que nos saludó muy amablemente y amistosamente. Muy bueno, sugiero para los que visiten Angostura. Volvimos al hotel y vimos una peli, Marley y yo, Agus, inclusive, le agarró ataque de tristeza porque ya sabia el final, pero igual lloró.

Mañana seguiremos camino hacia Neuquén, último destino en la Patagonia. Nos despediremos de esta fantástica regiónPatagonia. Más aventuras para mañana.

15/01/16 – Esquel – Villa La Angostura

Salida: 10.00 h – Llegada: 16.30 h – Distancia: 480 km – Total acumulado: 7960 km

Esquel - Villa La Angostura - Total

Como siempre, nos despertamos más tarde de lo que deberíamos. Hoy era otro día de ruta; más o menos 370 km, de Esquel hasta Villa La Angostura.

A las 8.30 h, nos traían el desayuno a la habitación. Todos estábamos listos para comer, pero Papá se había ido al Quincho para ver si se conectaba y resolvía algunas cosas. Otra vez, nosotros cuatro ya teníamos todo listo, y sólo estábamos esperando tranquilamente, mirando tele. Obviamente, el tiempo iba pasando; Papá volvió a la habitación e hizo todo su ritual de vestirse, bañarse, etc. En su tiempo, sin problemas. Cuando terminó ya era la hora de guardar; se puso nervioso con nosotros porque también estábamos tranquilos, pero eso ya es normal. Guardamos las cosas y partimos en dirección al nuevo destino.

Papá quiso llenar las gomas de la VeraCruz y después fuimos a la Hoya, centro de esquí famoso acá en Esquel. Quedaba unos 13 km fuera de la ciudad en ruta de ripio. Curvas y contracurvas hasta el final. Ninguna alma penada por el camino. Cuando llegamos al final, observamos la estación de esquí. Como si estuviera abandonada. Nadie… Nadie. Subimos a la boletería y nos dicen que está abierto para subir y ver. Bueno, Papá compró las entradas y fuimos a subir en las aerosillas. Una de las cosas a las cuales tengo mucho miedo son las cosas suspendidas. Las aerosillas, por ejemplo. Encima, entrar y salir de la aerosilla es raro y peligroso. Pero bueno, subimos. A medida que íbamos subiendo, la temperatura disminuía y el viento aumentaba. Agus me iba hablando sobre las técnicas de aerosillas y todo el universo del esquí. Después de varios minutos ascendiendo a la cima, llegamos y salimos violentamente de las sillas.

En la cima, una señora fotógrafa, nos saca fotos, probablemente para venderlas después, y nos cuenta sobre la estación, y lo que podíamos hacer. Nada, obvio. Había un sendero, pero no estábamos preparados para nada. Encima yo estaba de bermuda, creyendo en el consejo de Papá, y me estaba muriendo de frío. Caminamos y vimos la vista, linda, pero nada grandioso. Al rato, volvimos a bajar porque no había nada qué hacer y volví en la aerosilla con Mamá. Tranquilamente, la temperatura fue aumentando hasta una sensación soportable.

Volvimos al auto después del paseo nada necesario.

Continuamos por la ruta 40, ahora con muchos más árboles, vegetación y tráfico. Muchos autos que paseaban lentamente por la ruta, nos hacían desacelerar. Obviamente, Papá se ponía nervioso y quería dar sus lecciones de manejo defensivo (para mí, algo agresivo). Y así fue el camino, tranquilo, pero la ruta estaba bastante mal, con muchos agujeros y peligrosas lomas. Paramos en El Bolsón para comer. Comimos en La Marca, muy rico. Sólo el mozo fue una cosa graciosa porque Agus lo analizaba con si fuera un potencial pretendiente. El almuerzo fue rápido porque teníamos que volver a la ruta para hacer 200 km.

Cuando salimos, Agus nos avisó que tenía ganas de ir al baño y Papá le preguntó si aguantaba, y la respuesta fue positiva. Seguimos camino. La ruta 40, en esta región, es conocida como la Ruta de los 7 Lagos. Creo que es el tramo más fantástico de la ruta 40. Nosotros ya lo habíamos hecho en viajes anteriores y todos los que quieran visitar Bariloche, Villa La Angostura o San Martín de los Andes no pueden dejar de hacer ese paseo. La ruta es muy buena, especial para quienes vienen para hacer turismo.

Seguimos camino, subiendo y bajando las montañas, por la fantástica ruta. Pena que el tiempo no ayudó porque cuando el sol brilla es extremamente lindo. A 70 km de Bariloche, Agus avisó que las ganas habían aumentado. Como íbamos a pasar por afuera de la ciudad, Papá decidió parar en el aeropuerto de Bariloche, dijo que no había otra opción. Acelerando y muchas veces lento por causa de los que iban paseando, llegamos al aeropuerto. Agus y yo salimos corriendo como si fuéramos a tomar un vuelo. Agus salió feliz, y seguimos camino hacia la Angostura. De ahí al hotel Marinas Alto Manzano fue rápido.

El hotel es fantástico, está ubicado en las márgenes de la Bahía Manzano con sus aguas limpias y translúcidas. Orientado hacia la bahía, contaba con ventanas enormes para ver los barcos y las montañas exclusivas de esta ciudad. Papá había alquilado un loft, para nosotros tres. Lindo, y Agus decía que quería pasar su luna de miel acá. Después de varias discusiones sobre quién iba a dormir en cada cama, nos acomodamos y esperamos para ir a comer. Nosotros tres en el loft, esperamos hasta las 22.00 h, cuando Papá y Mamá decidieron salir. La recepción nos sugirió ir a Cook, pequeño resto bar, cuyo dueño es un señor muy simpático. Viejito, decíamos que sería excelente locutor de radio. Este lugar es conocido por las buenísimas empanadas y pizzas, además de la comida irlandesa. No sabemos si el dueño era irlandés, pero tenía cara de serlo. Yo estaba con sueño, y muy cansado, entonces no aproveché mucho la salida, pero bueno, todos saben cómo me quedo cuando tengo sueño.

Comimos rico y simple. Después volvimos al hotel y me tiré a la cama como si fuera a hibernar. Mañana iríamos conocer Villa La Angostura y descansar un poco del viaje que venimos haciendo.

14/01/16 – Cueva de Las Manos – Esquel

Salida: 9.20 h – Llegada: 16.45 h – Distancia: 620 km – Total acumulado: 7480 km

Cueva de las Manos - Esquel - Total

Esquel era nuestro nuevo destino. Comenzamos a subir por la Ruta 40, en dirección a la Región de los Lagos. Bariloche, Esquel, Villa La Angostura, San Martín de los Andes, entre otros son algunos de los destinos conocidos de esta región. Al lado de los Andes en el paralelo 40 a 35, son buenos lugares, húmedos y favorables para las grandes estaciones de ski del mundo.

Bueno, nos despertamos temprano, a las 7.30 h. Yo, por lo menos, quise despertarme a esa hora. Papá y Mamá, un poquito más temprano porque tenían que hacer las valijas. Yo ya la había hecho, entonces me di el lujo de despertarme más tarde. El desayuno estaba listo a las 8.00 h. Puntualmente, hasta cinco minutos antes (¿impresionante no?), estábamos sentados esperando el desayuno. Comimos rico, había poca variedad, pero lo que estaba disponible era bueno. Al rato, como estábamos bastante rápidos y ágiles, ya teníamos todo adentro del auto y listos para partir. Obviamente, todas las ceremonias de salida siempre presentes.

A las 9.20 h, estábamos de vuelta a la Ruta 40. Nuevamente, la estepa los guanacos y la soledad nos acompañaron en el camino. 60 kilómetros del hotel estaba Perito Moreno, donde cargamos nafta. Otro cambio que comenzamos a notar era la temperatura. Hoy fue el primer día de bermuda desde Comodoro Rivadavia. Como estábamos subiendo en latitud, ya se sentían los cambios. El viento Patagónico común ya era más liviano y menos abrasivo, lo que mostraba una vegetación más frondosa, más verde y abundante, una estepa fortalecida, digamos. La temperatura llegaba a los 25. Impresionante, para lo que veníamos pasando. Una observación, el sur no es frío, el tema es que el viento de los Andes crea una sensación térmica muy fría.

Y continuamos subiendo, siguiendo la línea de los Andes, con las rectas impresionantes de la Ruta 40. Después de 200 kilómetros pasamos por Río Mayo, Capital Nacional de la Esquila. A Agus le dio mucha pena el lugar porque las ovejas eran casi que veneradas por ella. Ovejas a parte, pasamos rápido por Río Mayo y seguimos camino hasta Gobernador Costa, después de un largo tramo de ripio. Allí, después de muchas estancias, vacas y guanacos, pusimos nafta y seguimos camino hasta 100 kilómetros después, Tecka.

En Tecka, comimos unos sandwiches, otra vez (íbamos a comer en un parador «La dulzura de Adry», pero cuando entramos, había un ambiente de cumpleaños o fiesta, entonces, creímos que estábamos en el lugar equivocado, fuimos directamente a YPF), y nos conectamos a Internet y tuvimos varias buenas noticias y después seguimos camino hasta Esquel, que eran 100 kilómetros más.

Llegamos a la ciudad a las 16.00 h. Ciudad también rodeada por las montañas, muy linda y organizada y primera gran ciudad desde Ushuaia. Acá había más estructura. Llegamos a los veinte minutos al hotel, donde Papá había alquilado una cabaña. Muy linda y bien equipada. Había un Quincho y varios juegos, nos hizo acordar la Quinta. La dueña nos había sugerido ir a Trevelin, pequeña ciudad a 25 km de Esquel, para tomar el llamado Té Galés. Como ya era hora de la merienda, Papá nos mandó rápido al auto y estábamos de vuelta recorriendo más rutas. Después de 620 km, íbamos a recorrer unos más.

Llegar a Trevelin fue rápido. Trevelin es una pequeña comunidad de origen galés, y el origen de su nombre es «pueblo del molino. No vimos ningún molino, pero bueno. En el centro, había un pequeño local de informaciones, Papá le explicó nuestra situación y le sugirieron ir a unas casas de té. Después de muchas vueltitas, encontramos la casa de té Mutisia. Nos sentamos y la mesa ya estaba toda preparada con las tazas, platitos, etc. La moza nos preguntó qué queríamos y nos sugirió el Té Galés. Es el conjunto del té con tortitas, scones, panes, etc. Como éramos cinco, y Gonzi estaba sólo para probar, pedimos cuatro té galeses, el tomaría una chocolatada.

Yo no estaba acostumbrado a todos aquellos platitos, cubiertos, para mí, lo bueno bueno, eran unos cereales con leche, pero bueno, íbamos a probar algo supuestamente bueno. Cuando llegó el bendito Té, vimos el tamaño de lo que sería nuestra merienda y posible cena. Tortitas, pancitos, manteca, azúcar y el té, pero parecía discreto en ese rejunte de cosas. Nos servimos. Papá tenía nostalgia de los tiempos que tomaba té con su madre y de sus fantásticos scones, que no tenían, en el caso de la casa de té, nada de especial, pero él estaba feliz. Probé las tortitas galesas, menos la que tenía pasas de uva. Todas muy ricas. El té también estaba muy bien, Papá y Agus le ponían toneladas de azúcar, pero a mí me gustaba tal como estaba. Todo muy bien y creo que arrasamos la mesa. Como había sobrado un poco, pedimos para llevar. Cuando terminamos volvimos al auto y retornamos a Esquel. En el hotel, como eran las 18.00, nos quedamos jugando al Sapo en el Quincho del hotel. Hubo ciertos contratiempos por parte de Gonzi, pero Agus y yo acabamos ganando. Papá y Mamá estaban usando la conexión disponible para resolver cuestiones del trabajo, etc. Fue momento de descanso. Aprovechamos y jugamos en los juegos de afuera, el sube y baja fue el mejor. Seguimos jugando por una hora. Agus decidió explorar una pequeña casa con juguetes para niños y jugó de ama de casa, debería haber sacado fotos de eso, disculpen pero imperdible la escena. Gonzi también entró en el juego y yo no tuve otra. Desordenamos toda la casita. Al rato, tuvimos que tener un lapso de consciencia y guardar todo.

Ya eran las 21.00 h y continuaban resolviendo cosas. A las 22.00 h salimos para ver si conseguíamos algo. Gonzi tenía un dolor de garganta, entonces, fuimos a la farmacia. Las cosas estaban cerrando, y no hubo otra que ir a un lugar y pedir unas comidas.

Volvimos al hotel y comimos nuestra cena. Yo me estaba durmiendo en pie, así que fui a mi habitación y caí en el sueño, Agus y Mamá se quedaron mirando una peli bosta de bosta y se quedaron despiertas hasta más tarde.

Mañana seguiremos nuestro comeback hacia Buenos Aires y haremos una parada de dos noches en Villa La Angostura. Veremos qué pasa.

13/01/16 – Cueva de las Manos – Miedo en el Cañadón 

Salida: 10.00 h – Llegada: 17.00 h – Distancia: 40 km – Total acumulado: 6860 km

Como teníamos un día entero para quedarnos acá en la Cueva de las Manos, nos despertamos a las 8.00 h. Cada uno se bañó y se preparó para el trekking que estaba por venir. La mayoría de visitantes va por Bajo Caracoles y sigue una ruta de ripio de 70 km. Existen otras vías de entrada hasta la Cueva de Las Manos, todas accesibles por auto, pero a través de largas rutas de ripio. Nuestro camino iba ser un poco diferente. El hotel queda en el lado opuesto del Cañadón Río Pinturas, evitando el viaje de auto para llegar hasta la Cueva de las Manos. Hay una ruta de ripio desde la Hostería Cueva de las Manos (nuestro hotel) de 18 km que nos llevaría hasta el punto de comienzo del trekking. El sendero baja el Cañadón, cruza el río por un puente colgante y después sube el Cañadón otra vez, hasta el centro de visitantes de Cueva de las Manos. Dificultad: media – Extensión: 2,5 km. Por lo que nos decían las recepcionistas, parecía fácil y bien organizado. Iba a ser un paseo diferente al de los otros. Obviamente, fuimos «bobinhos», inocentes los cinco hacia la aventura, que parecía fácil, pero iba a ser mucho más difícil.

Tardamos en prepararnos. Creyendo que íbamos a salir a las 9.00 h, nos atrasamos en el desayuno y salimos a las 10.00 h. Buscamos los sandwiches que iríamos a comer a la vuelta. Con lo colgadas que eran las recepcionistas, esperamos un ratito más, para conseguir las vianditas.

Partimos con la VeraCruz hacia la aventura. El camino podía estar peor. Con algunas piedras sueltas y con puntas igual a alfileres, la VeraCruz cruzaba la estepa patagónica sin problemas. Nosotros adentro, ya teníamos leves sospechas de que la cosa no estaba bien organizada. Había pocas indicaciones. El camino se hacía peor, con pendientes más inclinadas. El Thule se la aguantó sin problemas. Media hora tardamos para llegar después de pasar lentamente por muchos caballos y guanacos, además de varios choiques, todos nuestros compañeros de viaje de la Patagonia.

Al final, para nuestro alivio, había otros autos estacionados. Salimos del auto y contemplamos el inmenso Cañadón. Para abajo eran 200 metros de altura hasta la base, donde quedaba el Río Pinturas. Miramos para abajo y pensamos: ¿Cómo vamos a bajar todo esto? Ahí al lado había un cartel tirado en el piso que decía «Cueva de las Manos» y abajo una flechita.

El sendero comenzaba empinado. Dudas sólo dudas. Será que era realmente por ahí? Dudosos, bajamos los primeros metros. El sendero tenía muchas piedras sueltas, lo que dificultaba el descenso. Apenas hicimos los primeros metros, el sendero giraba en una curva cerrada hacia la derecha. Metros después, otra curva cerrada ahora hacia la izquierda. Cuando miramos hacia abajo, notamos el camino bajaba de esa manera, curvas cerradas intercaladas por pequeñas rectas. El camino sinuoso empeoraba por causa de los nervios, no sabíamos para dónde íbamos. Teníamos una noción de que estábamos en el lugar correcto porque en el lado opuesto del Cañadón, se veía la Cueva de las Manos. Entonces, tendríamos que bajar las inmensas paredes del Cañadón. El camino bajaba de esa manera loca hasta cruzar dos paredones de piedra separados. Mientras tanto, el camino tenía unas piedras grandes sueltas y algunas veces, uno de nosotros se resbalaba. Había mucha tensión en el ambiente. En compensación, el paisaje era espectacular. A cada diez segundos parábamos para sacar fotos, por eso íbamos lento. Otro tema que nos daba un miedito era el hecho que el sendero no estaba bien marcado, entonces, cada uno tomaba un camino diferente, que le pareciera más cómodo. Unos iban más lentos que otros y otros iban mucho más rápido. El sendero, para quien no conoce y sin indicación ninguna, era difícil. Continuamos bajando por las curvas sinuosas hasta que pasamos los paredones y el camino seguía ahora un tramo más rectilíneo, siguiendo la bajada menos inclinada del Cañadón. Las piedras sueltas persistían y los resbalos también. Seguimos camino por unos 600 metros de bajada hasta que llegamos a una zona plana donde descansamos un rato. Después de tomar agua y saciar nuestras gargantas, seguimos nuestro camino. De repente, una pendiente aparece en el sendero y tuvimos dudas, porque el sendero no estaba bien marcado otra vez. Seguimos por la pendiente, y el camino volvió a tomar las curvas sinuosas. Sólo que estas curvas eran más inclinadas y más difíciles con piedras sueltas y tierra resbaladiza. Bajamos lentamente por las curvas, con los nervios a flor de piel. Quedamos unos quince minutos bajando la pendiente, hasta que la pendiente se transformó en la planicie, en la base de Cañadón. Como estábamos cerca del Río Pinturas, había un pequeño bosque. Cruzamos el bosque y de repente aparece el puente colgante que tanto esperábamos. El puente cruzaba los 20 metros de ancho del río. Era todo de metal y tenía un cartel que decía «Capacidad Máxima 1 persona». Mamá decidió pasar primero. «Quédate acá, Gonzi, si me caigo por lo menos estás de este lado». Estábamos todos dudando, pero el río debería tener 50 centímetros de profundidad. Mamá cruzó con calma y llegó al otro lado sin problemas. Gonzi probó su suerte después. El puente se la aguantó bien, entonces, crucé con confianza. Fue la parte más divertida. Nos sentíamos Indiana Jones y por hablando en eso, el ambiente y el paisaje, para quien vio Indiana Jones, La Última Cruzada eran muy parecidos. Los desiertos secos y los cañadones que cercan alguna planicie.

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Seguimos camino. Ahora volvíamos a subir, y ya veíamos el centro de visitantes. Mientras caminábamos, Papá se mira la billetera y le pregunta a Mamá si había traído la plata, porque él no tenía mucho para pagar las entradas. Mamá no tenía nada… Bosta, tal vez tendríamos que volver todo para buscar la plata y los documentos. Nooooooo… Papá decía que tenía reales y que tal vez le aceptarían, pero otra vez estábamos en duda. No había otra que continuar, no íbamos a volver todo otra vez.

El camino no era tan empinado. Subimos hasta al pie de unas escaleras y después el camino seguía subiendo por el cañadón, pero con más calma. Hacía calor. Paramos para sacarnos las camperas y buzos porque no aguantábamos más. Aireados, continuamos el camino que hacía un giro a la izquierda y finalmente la última subida hasta el centro de visitantes. Llegamos, cansados y con la lengua afuera. Entramos al centro y preguntamos cuánto costaban las entradas para la visita guiada a las cuevas. El dinero dio justo para los cinco, porque Agus y Gonzi no tenían que pagar (en realidad, Agus tenía, pero con la historia que le contamos y con nuestras caras de pobrecitos y acabados, no nos cobró). Agus encima tenía unos pesitos de no see qué viaje y conseguimos pagar para todos. La visita guiada salía justo a ese momento, entonces fuimos a encontrarnos con la guía.

Juntando a la gente, la guía nos contó una introducción de lo que sería la visita a las cuevas. Al ratito, seguimos a la guía por 600 metros hasta la primer cueva. Fue ahí, las primeras manos en negativos aparecieron ante nuestros ojos y apenas miramos impresionados.

La Cueva de las Manos es un sitio arqueológico muy importante en la Argentina. Acá fueron encontradas las pinturas rupestres más antiguas de América Latina. En el paredón del Cañadón del Río Pinturas, muchas manos en negativo pintadas en la pared, además de dibujos de guanacos, choiques y otros símbolos. La Cueva de las Manos es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1999. Por su valor y estado de conservación, las pinturas son impresionantes, y poseen 9000 años de edad. En este mismo, lugar estuvieron nuestros antepasados y dejaron sus marcas que hasta hoy existen. Por el lugar y las condiciones climáticas, las pinturas se conservaron y podrán conservarse por miles de años más. Entonces, permanecen intactas, pero el ambiente por si no lo cambian, porque si lo hicieran podrían perderse.

Bueno, continuamos camino contemplando maravillados las manos de color vivo en las paredes. Desde ocre, a rojo vivo, las manos llenaban las paredes. Además, la guía nos explicaba la representación de algunos guanacos en la cacería. En negro, blanco y amarillo, los guanacos y huemules aparecían en manadas, alrededor de las manos. Manos de diferentes tamaños, colores y una de seis dedos, inclusive. La historia sobre las pinturas era muy buena y Mamá y Gonzi eran los más curiosos del grupo. Era fantástico, con la linda vista, todas las manos y las pinturas conservadas por el tiempo. Era realmente algo de otro mundo, en realidad de otro tiempo. Después de la caminata con las vistas impresionantes, las manos parecían atraer nuestras miradas de una manera única. Era increíble. Y las pinturas sólo iban apareciendo, más y más. Nunca había visto tantas y tan bien conservadas. La pena es que uno no puede acercarse mucho porque hay unas rejas que impiden el acercamiento porque hubo muchos casos de vandalismo. Dañando las pinturas, sacando un pedazo de la piedra, haciendo grafitis al lado de las pinturas. Vale la pena hacer la visita. Después de una hora y media, volvimos al centro de visitantes, comimos los sandwiches de la hostería y nos preparamos mentalmente para la vuelta. Gonzi decía que no iba a aguantar y a Agus le dolían los pies, además, las suelas de las botas de Papá se habían roto. Puras quejas familiares.

A las 15.10 h, partimos por el mismo camino, pero ahora con menos dudas. Bajamos las escaleras y volvimos al bosque del río. Cruzamos el puente, y ahora subimos las pendientes. Subir era mucho más fácil que bajar, además el peso de la tensión era mucho menor. Ahora estábamos mucho más livianos. Subimos sin problemas. Llegamos al planicie y descansamos un ratito. Seguimos volviendo. La pendiente apareció, algunas arañas capetas por el camino, pero ningún problema ni nervios hasta ahí. La pendiente la subimos rápido. Después llegamos a la parte más difícil. Los dos paredones se erguían ante nosotros. Las curvas sinuosas también. Pero estábamos con energía, menos Papá que se sentaba en alguna piedra de tanto en tanto. Yo iba atrás del grupo por cualquier cosa. Gonzi comenzó a acelerar impresionantemente. En las curvas sinuosas, cada uno tomó un camino diferente otra vez. Cuando estábamos llegando al final, tomé un atajo y subiendo lo más rápido posible alcancé a Gonzi que estaba allá casi llegando. Corriendo y subiendo lo más rápido posible, porque Papá iba mucho más lento, entonces, él y yo habíamos quedado muy atrás. Corrí, subiendo las piedras y al final lo pasé y casi llegando primero. Gonzi reclamó, entonces baje la velocidad y decidí que él llegara primero. Todo esto era sólo para cargar un poco a Gonzi. Llegamos los dos. Después Mamá y Agus y al final Papá. Habíamos subido el Cañadón. Otra gran hazaña de los Caldas. Lo hicimos con todas las dificultades que enfrentamos. Cansados, contemplamos el nuestro camino, y el nuestro logro. Fue genial.

La VeraCruz, que estuvo esperándonos, salió de su lugar nuevamente, hacia la hostería otra vez. En al vuelta comentamos nuestra aventura a la Indiana Jones y cada situación que pasamos. Estuvo genial. Si hubiéramos venido en el auto hasta la Cueva no habría estado tan bueno. Fue una aventura diferente. Y mucho mejor que haberla hecho en auto. Y a pesar de haber sido un grupo desparejo y más lento que otros, hicimos el sendero, las dos veces en 50 minutos, diez minutos más que la media. Estábamos muy bien. La vuelta también fue rápida. Hicimos los 18 km de ripio y llegamos al hotel a las 17.00 h, muertos de cansancio del día que tuvimos. Pedimos unas aguas y nos bañamos en la habitación familiar. Unos dormían, mientras otros se refrescaban. Yo me dormí porque tardaban mucho. Día inolvidable, paisajes impresionantes y pinturas increíbles, algo más? Suficiente.

La cena, otra vez servida por las recepcionistas, fue a las 21.00 h y fue pollo a la pizza, a Gonzi le encantó. Decía «está muy bueno». Comimos y nos fuimos a dormir, yo por lo menos. Estaba con mucho cansancio acumulado.

Mañana nos dirigimos hacia Esquel. Puedo decir que Cueva de las Manos fue nuestra última parada para, digamos, visitar y conocer nuevos lugares. A partir de ahora, emprenderemos nuestra vuelta hacia Buenos Aires. Todavía estamos en la Patagonia y muchas cosas pueden pasar, pero ya nos comenzamos a despedir de la fantástica y inigualable Patagonia, nuestra casa por tantos días. Ya te comienzo a agradecer, gracias por tantos lugares espectaculares, que sigas encantando otras personas. Veremos lo que pasa mañana, es un tramo largo.