Día 21: Hacia Vic Falls y tambores

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Adiós, Botswana, que parafraseando las sabias palabras de Gonzi, «não confunda Botswana com Bostawana» fue un lugar buenísimo de muchas experiencias locas y muchos animales únicos. Hoy es día de viajar hacia la última nación que irá recibir los Caldas, Zimbabue. De Kasane (donde estamos) hasta Victoria Falls, Zimbabwe, son 80 km. Para hacer este último tramo largo, van a buscarnos en una supuesta combi. Otra vez hicimos nuestras valijas y nos preparamos para nuevas aventuras. Después de 3130 km, el viaje llamado de Expedición África, termina en Victoria Falls, el lugar más simbólico de África. Tuvimos otra sorpresa, sin embargo. Al llegar a la recepción, en vez de una combi, apareció un auto de safari. El auto de safari es aquel utilizado para hacer las excursiones por las reservas naturales, o sea es una camioneta abierta, para recibir turistas y no valijas. Unas gotitas locas de sudor  surgen en la barriguita de Papá. Pensé que la camioneta iba a explotar con la mirada fija de Papá, como en las películas. Pero nada pasó. Ahhhhhhh… quería ver un poco de acción. Calmamente, pusimos las valijas en la camioneta, que no sé cómo no se cayeron. Estaban en perfecto equilibrio, pero nada de descanso, podían caerse a cualquier momento. Al entrar al auto, nuestro chofer nos explicó que esta camioneta era apenas para llevarnos hasta la frontera de Botswana con Zimbabue, pues la verdadera combi estaba esperándonos en el otro lado. Fueron 15 minutos hasta el puesto de migraciones. Llegando al local, pudimos ver las diferencias entre los dos países que estábamos conociendo. El puesto de Botswana era más limpio, más lindo y más cuidado. Cruzando la frontera, observamos el cartel de «Welcome to Zimbabwe». Conocimos a O’Brian, nuestro chofer de Shearwater Adventures, que nos iba a llevar hasta el Victoria Falls Hotel. Primero hicimos inmigraciones, junto con otro mundo de personas más. Un lío. La cantidad de gente por metro cuadrado era impresionante. Suerte que O’Brian sabía el esquema y todo fue más rápido. En los pasaportes, nos ocuparon una página entera, como una figurita que cubría toda la página. El proceso de obtener la visa tardó un buen rato, entonces nuestro chofer nos sugirió quedarnos afuera, calor, sudor y nervios mezclados con las ganas de irse. Al ver la figura de O’Brian, alivio… Entramos al auto y disfrutamos del tan querido aire acondicionado. Hasta Vic Falls, O’Brian nos contó sobre las principales actividades del lugar, como el vuelo de helicóptero, el salto de bungee jumping, la súper tirolesa, la caminata para conocer las cataratas, entre otras. Aclaramos nuestras dudas y conversamos a cerca de toda la región. Y también nos sugirió para la cena, el restaurante The Boma, con danza típica, comida típica y otras capeteadas, que de antemano parecían interesantes. Llegamos a la sucursal de Shearwater Adventures y reservamos un paseo de helicóptero para mañana a la mañana y una caminata con guía por las cataratas, y tal vez un salto de bungee jumping para Agus.

Para quien no sepa, las cataratas Victoria fueron descubiertas por David Livingstone en 1855, un misionero que catequizaba los pueblos africanos y también descubría nuevos caminos en la jungla densa y calurosa de la región central africana. Hay teorías de que los portugueses fueron los primeros a llegar, y tal vez sea muy probable, pues hay muchos indicios de eso. Victoria Falls recibió ese nombre en homenaje a la Reina Victoria, que era regente en el periodo de 1855. Victoria Falls es un accidente geográfico del río Zambezi, que nace en el norte de Zambia, pasa por Angola, Namibia, se junta con el Chobe de Botswana, pasa por las cataratas y desemboca en Mozambique, en el Océano Índico. Victoria Falls es una de las siete maravillas naturales (de las viejas).

El hotel Victoria Falls Hotel es el más antiguo de Zimbabue, inaugurado en 1904. El estilo es colonial y tiene vista de frente y tal vez la mejor posición para observar el puente y el humo de las cataratas. El servicio es excelente, las habitaciones también y todo lo demás era de alta gama. El hotel tiene tres restaurantes, entre ellos está el Livingstone Room, que está entre los seis mejores restaurantes del mundo, pero ir bien vestido «Smaaartly…» es una de las recomendaciones, sino fueeeeeera. A los Caldas, es claro, es imposible ir al Livingstone Room. Gonzi con el sovaquito, Agus con su risa imperial, yo de «chinelão», y nuestras conversas que todos saben que son y no necesito explicar las pocas razones por las cuales no vamos. De esa forma, nos acomodamos en las habitaciones y esperábamos por el paseo de barco por el Zambezi y ver la puesta del sol. Puedo decir con frialdad que fue una verdadera booooooooooooooooooosta, en todos los sentidos posibles e imaginables. Nos prometieron hipopótamos y elefantes, pero todo no pasaba de una excusa para tomar drinks y tal vez ver los animales imaginarios. Como nos dijo el capitán: «the more you drink, more you see». Nosotros, niños, no vimos nada. Una pérdida de tiempo. Después de dos horas de aburrimiento, llegamos al puertito y fuimos hasta The Boma, el restaurante tan esperado. En la puerta, nos hicieron poner unas telas coloridas, al modo local. Después, nos pusieron a bailar con un grupo del restaurante. Debo decirles que apenas las fotos y el momento pueden describen lo que pasó en esos diez minutos. El primero a bailar fue Papá, que no se cómo aceptó hacerlo. Al verlo de afuera era cómico, y Javi se va acordar del cullini del mismo individuo y sólo eso es comparable a la danza de Papá. En orden, fue Mamá, Agus y yo. En esos momentos, lo único que debemos hacer es acompañar. Bailamos por cinco eternos minutos, nos liberaron y apenas dije » Deu a louca em todos». Nos morimos de risa de uno del otro. Y continuamos nuestra experiencia. Nos pintaron la cara y nos llevaron hacia la mesa. El ambiente era típico de los pueblos africanos y todo era muy bien armado. Nos sentamos y el mozo nos pidió que limpiáramos las manos en un potecito, y también unas semillas para comer. El restaurante era self service. La comida era típica: Kudu, jabalí, avestruz, búfalo, cocodrilo, y otros. Había, para los aventureros, gusanos Mopani, capeeeeta. Claro que la aventura culinaria de los Caldas no iba tan lejos. Comimos carne de Kudu con arroz, básico africano. Durante la cena, venían diferentes personas ofreciendo servicios variados. Predecir el futuro con el humo del asado, pintar la cara (Agus se ganó una puesta del sol y papá, una hiena), artesanías, entre otros. Al terminar la comida, nos dieron unos tambores… Clase de tambor para todos. Acompañando el ritmo y el ruido parece que somos los reyes de la percusión, pero cuando te piden que toques solo, te das cuenta que no sabes nada, que estas tocando cualquier cosa, pero la experiencia de estar tocando el tambor vale la pena. Es algo tribal, natural, que parece infantil pero que todos acaban haciendo. Gonzi estaba como loco, y fue la única cosa que hizo pero estaba feliz. Después de media hora de tambor nos fuimos y Shearwater Adventures nos llevó hasta el hotel, que a propósito es una excelente empresa de actividades. Descansamos para el siguiente día que iba ser lleno de aventuras.

Día 18: Etosha (Namutoni) – Caprivi

De Etosha (Namutoni) a Caprivi (Divundu) son 590 km. Este es el tramo más largo de nuestra expedición africana. Este tramo es totalmente asfaltado. La idea era parar en Rundu, una ciudad importante para Namibia, y seguir hacia el próximo hotel: RiverDance Lodge. Para los curiosos, podemos decir que Caprivi es una estrecha zona que separa Namibia de Angola, Botswana y Zambia. Esta zona tiene como principal marco geográfico el río Okavango, donde habitan muchos pueblos africanos, además de hipopótamos y búfalos. Es una zona, básicamente, multicultural y muy remota de Namibia.
Bueno, dejando esos hechos de lado, hoy tuvimos una sorpresa impresionante. Todos nos levantamos temprano, nos preparamos rápido, cargamos las valijas sin demoras y salimos temprano. A las 9.15 h, todos los Caldas estaban listos. Pero el viaje que nos esperaba era largo, entonces cerramos las puertas y partimos rumbo al Caprivi. Este tramo era pura recta. Puedo decir que 90% del recorrido era recto. Como copiloto, estaba preocupado con el comandante, que cerraba los ojitos de vez en cuando ante las infinitas rectas y sus tramposos espejismos. Gonzi jugaba a los eternos jueguitos en su «Lepads». Mamá y Agus, compenetradas en sus lecturas. Y yo prestaban atención a cualquier señal de sueño de Papá. El paisaje constantemente cambiaba. En medio del camino, tuvimos un episodio que sacó a papá de la fase de sueño: la policía nos paró y le hizo una multa por manejar a 143 km.

Del ambiente seco de la savana africana hacia los húmedos bosques del Okavango; nuestras pieles sentían esos cambios. Otro cambio que surgía era la cantidad de insectos, típicos de esta región húmeda. La malaria y  las moscas Tse-Tse eran mis grandes miedos. Para quien no sepa, en Namibia, a cada 4500 personas hay un médico, en la región de Windhoek. Así que no me importó el calor, yo me preparé con repelente, pantalones largos  y una campera anti-mosquitos.

Cuanto más nos acercábamos al Caprivi, más notábamos los pequeños pueblos africanos, y las aldeas construidas con madera y paja. Llegando a Rundu, había una misión a ser cumplida…comer. Cuando dije que Rundu era ciudad importante, quise decir para Namibia. Una ciudad de 4000 habitantes, para un país de 2 millones de personas, es grande. Esta ciudad también es la puerta de entrada para los angoleños. Las calles principales eran de ripio y el edificio más alto es de 5 pisos. Al cabo de un rato, encontramos un pequeño restaurante donde comimos un bife riquísimo al modo namibio. De más está decir que nos costó decidirnos. Todo era sospechoso. Había mosquitos y encima se avecinaba una tormenta. Después de salirmos de Rundu Capeta, manejamos los últimos cien kilómetros del día. Agus tuvo el honor de hacer de GPS durante algunos kilómetros. En estos momentos, es posible entender que cuando uno no tiene nada que hacer, hace cualquier pavada, como fue el  caso de Agus. El RiverDance Lodge fue difícil de encontrar. Pero en el final de todo arco iris, hay un pote de oro. Quedaba en el medio de la nada, y estaba medio en construcción. Las habitaciones quedaban en la orilla del Okavango, no había aire acondicionado y las camas tenían cada una su mosquitero particular. Para ir de la recepción a los cuartos, había un sendero de arena en medio de la vegetacion. Después de muchas quejas y de arreglar las cosas, el chico de la recepción nos invitó para un paseo de barco en el Okavango. Ya era tarde, entonces iba a ser corto el paseo. El barco era una lancha muy pequeña, pero sólo íbamos nosotros cinco, que éramos los únicos huéspedes del hotel. El paseo fue fantástico. De un lado estaba Namibia, del otro estaba Angola. Yo le decía a papá, que nunca estuvimos tan cerca de Angola, el país de tantas historias del pasado africano de Papá. Vimos la puesta del sol, que era magnífica. Vimos tres hipopótamos y los pueblos de Angola, que cruzaban el río para ir a la escuela y para ir de compras, pues Angola está una verdadera bosta. Recibimos datos impresionantes de Namibia, un país que incentiva la educación, hasta para los más pobres y los extranjeros que no la consiguen en su proprio país, como Angola. Al fin del paseo, fuimos a comer a la luz de las velas, en una mesa elegante, junto a una fogata. Éramos los únicos huéspedes del hotel. Dormirse fue difícil. El silencio de la noche eran ensordecedor. Mañana vamos a hacer el último tramo de auto de nuestra expedición, hacia Kasane, Botswana, y también nuestro último día en Namibia, gran país de infinitos lugares y una nación acogedora, amiga y de tantos potenciales. Gracias, Namibia y hasta la próxima.

Día 14: Hacia el más allá

Después de la aventura en Walvis Bay, todos dormimos como piedras. Pero al día siguiente nos esperaba una largo tramo, entonces despertarse temprano era nuestra misión. Nuestro destino es Damaraland, una región muy remota y muy interesante, por las grandes montañas al lado de las infinitas planicies. De Swakopmund, manejamos hacia el norte, por la Skeleton Coast, donde hay muchas embarcaciones hundidas y también esqueletos de elefantes. Anduvimos por 72 km hasta Henties Bay, y continuamos manejando hasta Cape Cross, un lugar con dos cosas interesantes: la colonia de focas más grande del mundo, con más de 200.000 focas en todo el local; la otra cosa interesante es el padrão de Diogo Cão, que es un marco de piedra puesto por los navegadores portugueses en cada lugar que descubrían. La ruta para Cape Cross era de asfalto, lisa y con muy poco tráfico. La velocidad media de papá era de 120 km/h, impresionante. Llegamos en poco tiempo a Cape Cross, un lugar en el medio de la nada, cerca de fábricas de sal y de ocasionales casitas de los probables trabajadores. El desierto nos rodeaba y era muy difícil ver mínimos rastros de vegetación. La entrada al lugar tenía dos focas construidas con piedras, muy gracioso. Compramos el permiso para el parque y en seguida notamos el olor a bosta y a foca. Llegando al cabo, vimos los millones de puntos negros y los aullidos de los animales. Para cada lugar había centenas, miles de focas. Como papá dijo: nunca vi tantas focas juntas. Era imposible contarlas. Había de todos los colores, tamaños, formas y olores. Para Gonzi, el ambiente era insoportable. Las fotos son las únicas cosas que consiguen describir el lugar. Después de un rato largo viendo las focas, fuimos a ver la réplica del padrão. Era emocionante ver el marco de la nación portuguesa y pensar qué valientes fueron los tipos al ir hacia lo desconocido y no ver nada, como nosotros vimos. Volvimos al auto y ahora sí en dirección a Damaraland. Kilómetros y kilómetros de nada. Algunos árboles capetas en cada kilómetro cuadrado, nada más. Apenas la larguísima ruta de ripio. Con el tiempo, la vegetación va cambiando y también todo el ambiente al nuestro rededor. Los carteles de cuidado con los elefantes también aparecen, que a mí me parecieron geniales. Tuvimos que parar en Uis, que a Tití y a Javi les gustaría tanto cuanto Itu. Mínima. Terrible y Extraña. Los locales nos ofrecían «piedras preciosas» y terriblemente nos seguían. Encontramos un restaurante, que el servicio era a estilo Uuuuuuuuuuuiiiiiis. Todavía tuvimos que cargar nafta, que el precio era exorbitante, tan grande a estilo Uis. Capetérrimo. Seguimos camino de Damaraland. La ruta estaba empeorando a cada minuto, con huecos del tamaño de cráteres. Llegando a Camp Kipwe,  nuestro hotel, parecía que estábamos en el paraíso. Kipwe significa «bendecido». Apenas llegamos todos nos ayudaron a llevar las valijas y el gerente nos esperaba ansiosamente. El hotel quedaba en el medio de las piedras, medio camuflado. La recepción y el restaurante tenían forma de hongos, muy gracioso. Las habitaciones también estaban geniales. Tenían forma de hongo también. Era todo muy simpático y personalizado. El baño era al aire libre, con vista para el cielo. Rústico pero simpático. No había internet, ni televisión, o sea, un retiro espiritual, con el sonido del los insectos y el silencio. El gerente nos ofreció ver la puesta del sol con unas bebidas y algunos snacks. Cuando llegamos al lugar, una terraza en el medio de las piedras, la vista era única, indescriptible. Al menos una lágrima cayó de nuestros ojos. Después de la puesta del sol, descansamos en las habitaciones un poquito. Cenamos, y quedamos maravillados con la calidad de la comida, recordando los viajes anteriores y pensando cómo pudieron haber construido semejante estructura en el medio de la nada. Reservamos el paseo para observar los elefantes, y hay que despertarse temprano, otra vez. Este lugar, nos hizo, otra vez, pensar como todo valió la pena, aunque hayamos tenido que recorrer 438 km en las terribles rutas de ripio y las miles de ciudades como Uis.

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Día 10: Windhoek-Sossusvlei

Despertarse temprano fue muy complicado. Todos querían dormir, pero teníamos que encontrarnos con los empleados de Dunas Safari, en Windhoek, Namibia. El hotel era muy simpático, una guesthouse. Las habitaciones bien arregladas y todo en perfectas condiciones. A las 8, papá comenzó a conversar con los tipitos. Entre los temas de conversación estaban: el auto (que tuvieron que cambiar de modelo; nada de carrito), las rutas que tendríamos que tomar, unas curiosidades y unos tips para el futuro. Ciertas cosas, mientras escuchábamos los señores, nos preocupaban. Muchos de los consejos eran sobre el primer tramo en Namibia, Windhoek-Sossusvlei. Sossusvlei es un lugar que queda cerca del desierto Namib, el desierto naranja. El tramo que íbamos a recorrer era de 320 km, pero 318 eran de rutas de ripio. El auto que la empresa nos alquiló era una Toyota Hilux…excelente, porque era 4×4, entonces ningún problema. Yo me puse a analizar el mapa y recordaba con temor cada uno de los consejos…pero estábamos en África, la aventura comenzaba. Los primeros quarenta quilómetros tuvimos que prestar atención, porque había un punto, una bifurcación de las rutas C26 y la ruta D1982. Los locales consideraban ese local como una » ratoeira», o una trampa para ratas. Lo aconsejado era continuar por la C26, pero si entrábamos en la D1982 (considerada por nosotros como la «Demonio1982″) podíamos quedarnos en grandes problemas, o como nos dijo el guía » se entras na D1982m estás perdido». Después de pasar el primer desafío de Hércules, teníamos que pasar el segundo, «el paso de la D1275». Pero antes de eso, disfrutamos de los maravillosos paisajes realmente africanos, con las savanas y las planicies infinitas. Las rutas eran perfectas, no obstante sean de ripio, de gravilla suelta, entonces la pasamos bomba, sin problemas en el auto y todos admirados con la África diferente de Sudáfrica. El segundo desafío era un desfiladero muy inclinado, pero que no pasaba de algo común para nosotros, después de tantos kilómetros recorridos. Los guías nos habían dicho que este desfiladero era muuuuuuuuy peligroso, pero en realidad era un motivo de risa adelante de la gran experiencia de papá. El viaje fue calmo, y la única preocupación que teníamos por delante era un lugar para comer. Para que sepan, Namibia es el país con la menor densidad poblacional del mundo. O sea, muy poca gente, para un lugar tan grande. Namibia tiene 2 millones de habitantes, nada más. Los únicos lugares para comer eran: Solitaire y Sesriem. Solitaire era una ciudad de cien habitantes, máximo. Había un restaurante, una panadería y una estación de servicio que era lo principal de Solitaire. Esta pequeña ciudad nos hizo pensar acerca del mundo que nos rodea, de cuánto hay por conocer, y cómo nos podemos aventurar por el mundo. Solitaire era realmente solitaria, en el medio del desierto, de la nada misma, o como Gonzi diría: en Capetalandia. Después de comer una hamburguesa riquísima, la más rica de Solitaire, (tal vez de en un rayo de 500 km, que no hay, literalmente, nada) continuamos nuestro trayecto hacia el hotel. El último pueblo que vimos fue Sesriem, parecido a Solitaire. El descanso estaba a 25 km. Podemos decir que el nuestro hotel estaba en el medio de la nada, quedaba alejado de todo. Pero tuvimos una gran sorpresa. El hotel era impresionante. Está buenísimo. El lugar tiene forma de un fuerte, un pequeño castillo. Todo muy lindo y organizado. Las habitaciones eran raras, pero el nuestro  nos hizo olvidar de cualquier molestia. El servicio es excelente, con los empleados más cariñosos y amigos del mundo. Nos ayudaron en todo y también planearon un paseo en globo, sobre el desierto Namib, pero a las 5h30 de la mañana. Iba a ser excelente, pero duro de levantarse. La cena también fue riquísima y tuvimos muchas sorpresas. Primero, nos dimos cuenta de lo chico que es el mundo: había una pareja argentina en el restaurante del hotel que vivía en Buenos Aires. Nos encontramos en Namibia, en Namibia, impresionante. Otra de las sorpresas fue la fauna del desierto, que también vimos durante el recorrido. En la noche oscura vimos tres Orix, que son como «caballos del desierto», con cuernos rectos y color gris, y también vimos una lechuza gigante, que nos hizo una visita al restaurante. Papá nos decía que estábamos en el castillo de Hogwarts, con las lechuzas que mandan las cartas. Otros animales que vimos fueron los Kudu (pequeños ciervos), que fueron la comida de Agus, Papá y Gonzi, también vimos tres elegantes girafas, que estaban libres y no doradas como en los zoológicos, y las avestruzes que paseaban en el desierto árido, seco y inhóspito. Las vistas eran impresionantes. Y la última sorpresa, pero nola menos importante, fue el cielo más estrellado que vimos en el mundo. Fuera de la civilización, del mundo rápido, imparable, vimos aquellas lindas estrellas paradas, pero tan encantadoras. El cielo estrellado cerró el día de la mejor manera y nos hizo pensar de como todo esto valió la pena, mismo que tuviéramos que recorrer cientos de kilómetros y millares de aventuras.

Día 4: Calor y momentos extraños

El último día del año 2013 y una ciudad bellísima, que combinación excelente. Como siempre, la familia Caldas se despierta tarde, de acuerdo con la hora local. El jefe del viaje nos dijo que nos levantáramos a las 7:30 para encontrarnos con Manim. Nosotros cuatro estábamos listos para una nueva aventura y el señor Felipe, durmiendo en los brazos de Morfeo, como un lindo bebé. Bueno, después de salir en dirección a Table Mountain (el marco geográfico más importante y famoso de Cape Town) nos desviamos en dirección al puerto, nuevamente. Nos decían que el MussuloIII ya había partido, pero papá insistía: «quiero ver el puerto y conocer». Como simples escuderos del nuestro amo Quijote, fuimos hasta el puerto, y adivinen quién estaba allá, el barco y tooooda su tripulación. Nosotros quatro pensamos: «¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!» Para quienes no se imaginan el resultado, les cuento: quedamos los 4 sentaditos al sol, mientras él conversaba y tomaba unas cervecitas con el capitán y su tripulación, gente la cual no teníamos idea de quiénes eran. Después de esperar una hora bajo el sol capetoniano, infelices, sedientos, con los brazos quemados y aburridos del ambiente del barco, papá, finalmente, nos liberó de aquel lugar. Pero faltaba una cosa, pero tan inútil, tan insignificante, tan, digamos, innecesaria: el auto. Papá no se acordaba dónde estaba el auto, literalmente, había perdido el auto. Caminamos por los dos pisos del estacionamiento y nada de la combi gigante, que supuestamente era fácil de encontrar. ¿Cómo perder algo tan grande como una combi? ¡Impresionante! Sólo a los Caldas les pasa esto. Tan extraña era la situación que pedimos ayuda a los guardias. Papá lo niega pero anduvimos ida y vuelta por un piso que no era el correcto y después de veinte minutos de caminar por el estacionamiento encontramos a nuestra querida amiga.

El viento soplaba como nunca y nuestras esperanzas caían. El teleférico para subir a la Table Mountain cerraba en caso de vientos muy fuertes. Cuando llegamos a la estación, nuestras predicciones se confirmaron: no subimos a la montaña y apenas quedamos mirando el paisaje al nuestro alrededor.

Ya eran las cuatro de la tarde cuando decidimos ir a comer. Cuando llegamos al V&A Waterfront, todos los locales estaban cerrando por lo del Año Nuevo. Suerte que uno de los amigos de Manim  nos ayudó y consiguió un lugar para comer. Después subimos a la rueda gigante, Cape Wheel, una rueda gigante en Waterfront. Muy lindo.

Volvimos a casa y nos preparamos para la gran noche de fin de año. La invitación era a las 19 h pero como siempre, llegamos tarde. Solo que esta vez fue como 4 horas después del inicio. A las once y cuarto, todos nos miraban raro («estos tipos que llegan tarde»). Teníamos, al menos, una explicación para nuestro atraso: había kilómetros de tráfico y un auto se prendió fuego… Asustador, «a visão do inferno, do capeta…» Saludamos a todos y observábamos las diversas situaciones de la fiesta. Las raras danzas locales nos impresionaban, y también toda la gente borracha con las celebraciones del Año Nuevo. La fiesta fue muy simple. Poca comida, pocas sillas y mesas y un panorama de los fuegos muy limitado. Fue un fiasco. Y lo peor, nosotros salimos a las dos de la mañana del Waterfront (el local de la fiesta) y el tráfico estaba intenso, porque estábamos en el centro, donde eran todas las celebraciones. Deberíamos haber llegado al hotel en 20 minutos y sin embargo, tardamos una hora y media, tremeeeeendo. Al llegar al hotel, todos durmiendo y probablemente cansados para el día siguiente.
Apesar de todo, un nuevo año comenzó y muchas gracias a todos, las aventuras continuarán en 2014, y buen año.

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