Día 6: Una mañana en el Museo

El jueves a la mañana tuvimos un dejá vu: Filipe precisaba entregar alguna cosa y se demoraba y demoraba. Teníamos que salir a las 9.30 h y nada. Gonzi, Agus y yo nerviosos a su alrededor y él seguía tipeando. Nos llamamos a silencio y esperamos. Nuestra entrada al museo era para las 10.30 h y estábamos en clima de drama porque íbamos a perder el horario; solo nos restaba confiar.

A eso de las 10.15 h conseguimos salir y llegamos justo a las 11.30 h. Expliqué la situación al portero y dijo que no habría problema. ¡Ufa!

El museo es todo lo ves que en la película con Ben Stiller y mucho más. La sensación es que se trata de una enciclopedia donde todo está en 3 dimensiones. Hay tantas pero tantas cosas para ver que uno debería reservarse varios días para visitar todo. No es nuestro caso así que nos conformamos con un par de horitas. Son como 45 salas para ver y los temas son los más variados.

Los dioramas de la película son hiperreales. Los animales parecen embalsamados pero no lo son; en realidad, son modelos cubiertos con pieles y detalles de verdad. Una obra de arte.

Hay elementos de todo el mundo en todos los temas tratados. Por ejemplo, hay un piso completo sobre los primeros habitantes de cada continente. El sector sobre los indígenas de Amazonas es sorprendente e inclusive, hay información sobre los indígenas de la Patagonia y del Chaco.

La exposición sobre el fondo del mar parece el oceanario de Lisboa, pero todos los animales son representaciones y esculturas. En el centro de la sala hay una ballena gigante que se sostiene del techo (imposible pensar la ingeniería que hay por detrás de ese detalle). El sector de los dinosaurios es igualmente impresionante. Por ser época de vacaciones, el museo estaba lleno y había muchos grupos escolares con nenes chiquitos. No sé cómo hacen para supervisar a tantas nenes.

Después del Museo, salimos a buscar un lugar para almorzar. Resolvimos ir a un restaurante «de verdad» porque veníamos comiendo bastante comida chatarra los últimos días. Almorzamos muy rico en lugar cerca del museo, llamado Lokal. https://lokal83.com/

Se hizo un poco tarde y el calor apretaba. Nuestro programa era ir a pasear de bicicleta por el Central Park. En mi mente, íbamos a pasear de una zona de visita a otra por los caminitos dentro del parque. Alquilamos las bicis a unos 200 m del parque. Para Filipe optamos por una bici eléctrica porque venía sufriendo con sus rodillas. Para mi sorpresa, hay tanta gente en bicicleta que hay solo un circuito, con semáforos y señales. Solo se puede avanzar en un sentido dentro del circuito y, encima, no es plano. En algunos momentos, el camino baja y, en otros, sube bastante, por eso es que las bicicletas tienen cambios. Personalmente, no entiendo mucho. Voy sintiendo la bici, si está pesada, clic, clic paso el cambio; si está liviana, manijita para el otro lado. Filipe iba adelante haciéndose el canchero mientras nosotros veníamos con la lengua afuera. Entre el sol y las subidas, estaba intenso. Agus y Filipe estaban perdiendo la paciencia. Filipe quería enseñarnos a usar los cambios y nosotros solo queríamos seguir. Agus estaba enojada. Se quedó para atrás para recuperar la paciencia. Unos pocos minutos después, me llama por teléfono.

—Ma, me caí.

—¿Cómo que te caíste? ¿Estás bien? ¿Qué pasó? ¿Podés andar?

—No consigo.

Aviso a Gonzi y a Filipe y empezamos a andar marcha atrás hasta encontrarla. Estaba hablando con un señor quenos trataba de explicar que Agus no había hecho nada mal pero había salido volando. Aparentemente, venía un grupo y clavó los frenos delanteros. El diagnóstico pintaba desastroso. Por donde la mirábamos tenía raspones: en la nariz, los codos, las piernas; tenía el párpado hinchada y un chichón. Ella se preocupaba por la bicicleta mientras trataba de limpiarse con una botellita de agua y una toalla de papel. Ohm ohm ohm. Fui a comprar más agua y mientras pensábamos qué hacer, pasó un señor en un carrito eléctrico. Después de ver la situación, nos explicó que ahí cerca estaban las oficinas del sector de mantenimiento del parque y que, probablemente, tendrían un kit de primeros auxilios.

Anduvimos con cuidado hasta el lugar. Era la hora de salida del personal. Por suerte, una señora se apiadó de nosotros y tomó control de la situación. ¡Gracias, Megan! Nos explicó que como no era su trabajo, no podía tocar a Agus así que nos fue dando indicaciones y elementos para que se limpiara y desinfectara los raspones. Nos dio venda para cubrir todo y hasta me prestó el teléfono para llamar al lugar donde habíamos alquilado las bicis. Me quedó pendiente la visita al parque. Es bueno tener motivos para volver, quién sabe.

Llegamos exactamente una hora después del plazo. Nos nos dijeron nada. No sé si es porque no querían problemas o porque tuvieron pena o si es normal. De ahí fuimos a una farmacia a comprar más elementos. Empezaban a aparecer otros moretones y a hincharse otras cosas. Solo de ver a Agus dolía. Por momento, ella se reía para no llorar. Llegamos a casa y se fue a tomar un baño y a limpiar todo lo que había quedado a mitad de camino. Fue horrible, pero realmente, podría haber terminado mucho peor.

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