Salida: 10.00 h – Llegada: 17.00 h – Distancia: 40 km – Total acumulado: 6860 km
Como teníamos un día entero para quedarnos acá en la Cueva de las Manos, nos despertamos a las 8.00 h. Cada uno se bañó y se preparó para el trekking que estaba por venir. La mayoría de visitantes va por Bajo Caracoles y sigue una ruta de ripio de 70 km. Existen otras vías de entrada hasta la Cueva de Las Manos, todas accesibles por auto, pero a través de largas rutas de ripio. Nuestro camino iba ser un poco diferente. El hotel queda en el lado opuesto del Cañadón Río Pinturas, evitando el viaje de auto para llegar hasta la Cueva de las Manos. Hay una ruta de ripio desde la Hostería Cueva de las Manos (nuestro hotel) de 18 km que nos llevaría hasta el punto de comienzo del trekking. El sendero baja el Cañadón, cruza el río por un puente colgante y después sube el Cañadón otra vez, hasta el centro de visitantes de Cueva de las Manos. Dificultad: media – Extensión: 2,5 km. Por lo que nos decían las recepcionistas, parecía fácil y bien organizado. Iba a ser un paseo diferente al de los otros. Obviamente, fuimos «bobinhos», inocentes los cinco hacia la aventura, que parecía fácil, pero iba a ser mucho más difícil.
Tardamos en prepararnos. Creyendo que íbamos a salir a las 9.00 h, nos atrasamos en el desayuno y salimos a las 10.00 h. Buscamos los sandwiches que iríamos a comer a la vuelta. Con lo colgadas que eran las recepcionistas, esperamos un ratito más, para conseguir las vianditas.
Partimos con la VeraCruz hacia la aventura. El camino podía estar peor. Con algunas piedras sueltas y con puntas igual a alfileres, la VeraCruz cruzaba la estepa patagónica sin problemas. Nosotros adentro, ya teníamos leves sospechas de que la cosa no estaba bien organizada. Había pocas indicaciones. El camino se hacía peor, con pendientes más inclinadas. El Thule se la aguantó sin problemas. Media hora tardamos para llegar después de pasar lentamente por muchos caballos y guanacos, además de varios choiques, todos nuestros compañeros de viaje de la Patagonia.
Al final, para nuestro alivio, había otros autos estacionados. Salimos del auto y contemplamos el inmenso Cañadón. Para abajo eran 200 metros de altura hasta la base, donde quedaba el Río Pinturas. Miramos para abajo y pensamos: ¿Cómo vamos a bajar todo esto? Ahí al lado había un cartel tirado en el piso que decía «Cueva de las Manos» y abajo una flechita.
El sendero comenzaba empinado. Dudas sólo dudas. Será que era realmente por ahí? Dudosos, bajamos los primeros metros. El sendero tenía muchas piedras sueltas, lo que dificultaba el descenso. Apenas hicimos los primeros metros, el sendero giraba en una curva cerrada hacia la derecha. Metros después, otra curva cerrada ahora hacia la izquierda. Cuando miramos hacia abajo, notamos el camino bajaba de esa manera, curvas cerradas intercaladas por pequeñas rectas. El camino sinuoso empeoraba por causa de los nervios, no sabíamos para dónde íbamos. Teníamos una noción de que estábamos en el lugar correcto porque en el lado opuesto del Cañadón, se veía la Cueva de las Manos. Entonces, tendríamos que bajar las inmensas paredes del Cañadón. El camino bajaba de esa manera loca hasta cruzar dos paredones de piedra separados. Mientras tanto, el camino tenía unas piedras grandes sueltas y algunas veces, uno de nosotros se resbalaba. Había mucha tensión en el ambiente. En compensación, el paisaje era espectacular. A cada diez segundos parábamos para sacar fotos, por eso íbamos lento. Otro tema que nos daba un miedito era el hecho que el sendero no estaba bien marcado, entonces, cada uno tomaba un camino diferente, que le pareciera más cómodo. Unos iban más lentos que otros y otros iban mucho más rápido. El sendero, para quien no conoce y sin indicación ninguna, era difícil. Continuamos bajando por las curvas sinuosas hasta que pasamos los paredones y el camino seguía ahora un tramo más rectilíneo, siguiendo la bajada menos inclinada del Cañadón. Las piedras sueltas persistían y los resbalos también. Seguimos camino por unos 600 metros de bajada hasta que llegamos a una zona plana donde descansamos un rato. Después de tomar agua y saciar nuestras gargantas, seguimos nuestro camino. De repente, una pendiente aparece en el sendero y tuvimos dudas, porque el sendero no estaba bien marcado otra vez. Seguimos por la pendiente, y el camino volvió a tomar las curvas sinuosas. Sólo que estas curvas eran más inclinadas y más difíciles con piedras sueltas y tierra resbaladiza. Bajamos lentamente por las curvas, con los nervios a flor de piel. Quedamos unos quince minutos bajando la pendiente, hasta que la pendiente se transformó en la planicie, en la base de Cañadón. Como estábamos cerca del Río Pinturas, había un pequeño bosque. Cruzamos el bosque y de repente aparece el puente colgante que tanto esperábamos. El puente cruzaba los 20 metros de ancho del río. Era todo de metal y tenía un cartel que decía «Capacidad Máxima 1 persona». Mamá decidió pasar primero. «Quédate acá, Gonzi, si me caigo por lo menos estás de este lado». Estábamos todos dudando, pero el río debería tener 50 centímetros de profundidad. Mamá cruzó con calma y llegó al otro lado sin problemas. Gonzi probó su suerte después. El puente se la aguantó bien, entonces, crucé con confianza. Fue la parte más divertida. Nos sentíamos Indiana Jones y por hablando en eso, el ambiente y el paisaje, para quien vio Indiana Jones, La Última Cruzada eran muy parecidos. Los desiertos secos y los cañadones que cercan alguna planicie.
Seguimos camino. Ahora volvíamos a subir, y ya veíamos el centro de visitantes. Mientras caminábamos, Papá se mira la billetera y le pregunta a Mamá si había traído la plata, porque él no tenía mucho para pagar las entradas. Mamá no tenía nada… Bosta, tal vez tendríamos que volver todo para buscar la plata y los documentos. Nooooooo… Papá decía que tenía reales y que tal vez le aceptarían, pero otra vez estábamos en duda. No había otra que continuar, no íbamos a volver todo otra vez.
El camino no era tan empinado. Subimos hasta al pie de unas escaleras y después el camino seguía subiendo por el cañadón, pero con más calma. Hacía calor. Paramos para sacarnos las camperas y buzos porque no aguantábamos más. Aireados, continuamos el camino que hacía un giro a la izquierda y finalmente la última subida hasta el centro de visitantes. Llegamos, cansados y con la lengua afuera. Entramos al centro y preguntamos cuánto costaban las entradas para la visita guiada a las cuevas. El dinero dio justo para los cinco, porque Agus y Gonzi no tenían que pagar (en realidad, Agus tenía, pero con la historia que le contamos y con nuestras caras de pobrecitos y acabados, no nos cobró). Agus encima tenía unos pesitos de no see qué viaje y conseguimos pagar para todos. La visita guiada salía justo a ese momento, entonces fuimos a encontrarnos con la guía.
Juntando a la gente, la guía nos contó una introducción de lo que sería la visita a las cuevas. Al ratito, seguimos a la guía por 600 metros hasta la primer cueva. Fue ahí, las primeras manos en negativos aparecieron ante nuestros ojos y apenas miramos impresionados.
La Cueva de las Manos es un sitio arqueológico muy importante en la Argentina. Acá fueron encontradas las pinturas rupestres más antiguas de América Latina. En el paredón del Cañadón del Río Pinturas, muchas manos en negativo pintadas en la pared, además de dibujos de guanacos, choiques y otros símbolos. La Cueva de las Manos es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1999. Por su valor y estado de conservación, las pinturas son impresionantes, y poseen 9000 años de edad. En este mismo, lugar estuvieron nuestros antepasados y dejaron sus marcas que hasta hoy existen. Por el lugar y las condiciones climáticas, las pinturas se conservaron y podrán conservarse por miles de años más. Entonces, permanecen intactas, pero el ambiente por si no lo cambian, porque si lo hicieran podrían perderse.
Bueno, continuamos camino contemplando maravillados las manos de color vivo en las paredes. Desde ocre, a rojo vivo, las manos llenaban las paredes. Además, la guía nos explicaba la representación de algunos guanacos en la cacería. En negro, blanco y amarillo, los guanacos y huemules aparecían en manadas, alrededor de las manos. Manos de diferentes tamaños, colores y una de seis dedos, inclusive. La historia sobre las pinturas era muy buena y Mamá y Gonzi eran los más curiosos del grupo. Era fantástico, con la linda vista, todas las manos y las pinturas conservadas por el tiempo. Era realmente algo de otro mundo, en realidad de otro tiempo. Después de la caminata con las vistas impresionantes, las manos parecían atraer nuestras miradas de una manera única. Era increíble. Y las pinturas sólo iban apareciendo, más y más. Nunca había visto tantas y tan bien conservadas. La pena es que uno no puede acercarse mucho porque hay unas rejas que impiden el acercamiento porque hubo muchos casos de vandalismo. Dañando las pinturas, sacando un pedazo de la piedra, haciendo grafitis al lado de las pinturas. Vale la pena hacer la visita. Después de una hora y media, volvimos al centro de visitantes, comimos los sandwiches de la hostería y nos preparamos mentalmente para la vuelta. Gonzi decía que no iba a aguantar y a Agus le dolían los pies, además, las suelas de las botas de Papá se habían roto. Puras quejas familiares.
A las 15.10 h, partimos por el mismo camino, pero ahora con menos dudas. Bajamos las escaleras y volvimos al bosque del río. Cruzamos el puente, y ahora subimos las pendientes. Subir era mucho más fácil que bajar, además el peso de la tensión era mucho menor. Ahora estábamos mucho más livianos. Subimos sin problemas. Llegamos al planicie y descansamos un ratito. Seguimos volviendo. La pendiente apareció, algunas arañas capetas por el camino, pero ningún problema ni nervios hasta ahí. La pendiente la subimos rápido. Después llegamos a la parte más difícil. Los dos paredones se erguían ante nosotros. Las curvas sinuosas también. Pero estábamos con energía, menos Papá que se sentaba en alguna piedra de tanto en tanto. Yo iba atrás del grupo por cualquier cosa. Gonzi comenzó a acelerar impresionantemente. En las curvas sinuosas, cada uno tomó un camino diferente otra vez. Cuando estábamos llegando al final, tomé un atajo y subiendo lo más rápido posible alcancé a Gonzi que estaba allá casi llegando. Corriendo y subiendo lo más rápido posible, porque Papá iba mucho más lento, entonces, él y yo habíamos quedado muy atrás. Corrí, subiendo las piedras y al final lo pasé y casi llegando primero. Gonzi reclamó, entonces baje la velocidad y decidí que él llegara primero. Todo esto era sólo para cargar un poco a Gonzi. Llegamos los dos. Después Mamá y Agus y al final Papá. Habíamos subido el Cañadón. Otra gran hazaña de los Caldas. Lo hicimos con todas las dificultades que enfrentamos. Cansados, contemplamos el nuestro camino, y el nuestro logro. Fue genial.
La VeraCruz, que estuvo esperándonos, salió de su lugar nuevamente, hacia la hostería otra vez. En al vuelta comentamos nuestra aventura a la Indiana Jones y cada situación que pasamos. Estuvo genial. Si hubiéramos venido en el auto hasta la Cueva no habría estado tan bueno. Fue una aventura diferente. Y mucho mejor que haberla hecho en auto. Y a pesar de haber sido un grupo desparejo y más lento que otros, hicimos el sendero, las dos veces en 50 minutos, diez minutos más que la media. Estábamos muy bien. La vuelta también fue rápida. Hicimos los 18 km de ripio y llegamos al hotel a las 17.00 h, muertos de cansancio del día que tuvimos. Pedimos unas aguas y nos bañamos en la habitación familiar. Unos dormían, mientras otros se refrescaban. Yo me dormí porque tardaban mucho. Día inolvidable, paisajes impresionantes y pinturas increíbles, algo más? Suficiente.
La cena, otra vez servida por las recepcionistas, fue a las 21.00 h y fue pollo a la pizza, a Gonzi le encantó. Decía «está muy bueno». Comimos y nos fuimos a dormir, yo por lo menos. Estaba con mucho cansancio acumulado.
Mañana nos dirigimos hacia Esquel. Puedo decir que Cueva de las Manos fue nuestra última parada para, digamos, visitar y conocer nuevos lugares. A partir de ahora, emprenderemos nuestra vuelta hacia Buenos Aires. Todavía estamos en la Patagonia y muchas cosas pueden pasar, pero ya nos comenzamos a despedir de la fantástica y inigualable Patagonia, nuestra casa por tantos días. Ya te comienzo a agradecer, gracias por tantos lugares espectaculares, que sigas encantando otras personas. Veremos lo que pasa mañana, es un tramo largo.