Empezamos el día a las 7h00 porque a las 8h30 nos venían a buscar para el paseo de helicóptero. Mientras desayunábamos, Marcos se fue a hacer una tostada y se encontró con una señora que reclamaba que las tostadas tardaban mucho y mientras tanto, tomaba champán. Bueno. Jajaja. Esa misma señora, cuando pasé caminando cerca de ella, me miró de arriba a abajo y gruñó.
La empresa que nos había vendido el paseo de helicóptero http://www.shearwatervictoriafalls.com/nos vino a buscar en una combi. 20 minutos después ya estábamos esperando al piloto, que estaba volando con otro grupo. Marcos fue adelante con el piloto. Mamá, Gonzi, Papá y yo fuimos atrás juntos. El paseo estuvo espectacular, duró media hora más o menos, y de la ventana vimos elefantes, jirafas, cebras, una manada gigante de búfalos, y obviamente las cataratas Victoria. Mamá y yo nos mareamos un poco por todas las vueltas que el helicóptero daba. Creo que Gonzi también, porque salió medio tonto, pero no dijo nada. Después del paseo, obviamente nos vendieron el vídeo, las fotos y con eso, tardamos un poco más. Salimos de ahí a las diez menos diez, y teníamos un paseo marcado por las cataratas a las 10h! Corrimos. Llegamos al hotel y ya tuvimos que subir a otro autobús. -OBSERVACION- un autobús SOLO para nosotros. Jajaja, seguimos camino a las cataratas. Nuestro guía se llamaba O’Brian, y ya lo habíamos conocido el día anterior. Durante el paseo, nos empapamos, salimos todos mojados del parque, y encima Mamá y yo cargamos a Gonzi todo el paseo. Obviamente fue Mamá fue quien lo cargó la mayor parte del tiempo. Y la cámara paró de funcionar por el agua. Genial. Sin cámara para mi salto de Bungee Jumping. Sí, BUNGEE JUMPING. Creo que mamá no les contó eso. Pero igual, debe haber sido la cosa más radical y loca que ya hice en mi vida. Pero ya les cuento todo. Volvimos al hotel y almorzamos unas hamburguesas que la señora nos hizo al borde de la pileta. Todos riéndose, y lo único que pasaba en mi cabeza era el salto. Nervios. Miedo. Fuimos a la puerta del hotel y nadie llegaba. Mirábamos por la puerta de vuelta. Nada. El hotel llama a la agencia, y le dicen que fueron y no había nadie esperando. Como, NADIE?? El señor vino un poco después, y nos llevó hasta la frontera. Más o menos, que casi no había control. Después de «migraciones», caminamos por 1 km hasta la puente (Victoria Falls Bridge), donde se hacían los saltos. Mientras caminábamos, algunos vendedores nos perseguían con cosas para vender, como pulseras o collares. Todos le decían a papá: «are you going to jump, Big Papa?», papá les decía que yo iba a saltar, y todos me gritaban «NICE JUMP, SISTER». Un tipo con una bicicleta, que tenía una caja de madera atrás, quería llevarnos al puente. Le dijimos que ‘no’ millones de veces, pero igual nos siguió. Llegamos al puente, y nos dicen que tenemos que ir a registrarnos del otro lado del puente. Me hacen firmar un formulario que si me golpeo, o si me muero, no se responsabilizan por nada. Que te digan eso ayuda un montón con los nervios. Papá me llevó hasta el puente de vuelta, y los señores me empiezan a poner todo el equipamiento. Los nervios solo aumentaban. Y entonces llegó mi hora. Me pusieron en el borde, y cuando miré el agua y las piedras abajo mío, casi me arrepentí. 5, 4, 3, 2, 1, JUMP! Empezé a gritar con todo lo que pude, y en ese momento vi mi muerte próxima. No saben cuántos pensamientos pasaron por mi cabeza en 2 minutos. Hasta pensé en cómo me había olvidado de avisar a todos que me iba a morir. Después de varios rebotes, un señor me subió de vuelta al puente. Cuando salí de la plataforma, Papá me vino a abrazar. Volvimos al barcito donde estaban Mamá, Marcos y Gonzi, observando todo de lejos. Mamá me dijo que más o menos que me quería matar por hacerla pasar por todo eso. Jajaja, pero bueno, forma parte de ser madre. Compramos las fotos y el vídeo del salto. Y verlo varias veces me parece muy capeta. Así, volvimos al hotel, y todos me preguntaban cómo había sido. Fuimos a la pileta, tomamos algunas bebidas, y nos fuimos a bañar. Después de bañarnos, a las 7h30, fuimos a cenar, porque había un show a ese horario. El show no tenía nada de especial. Estaba divertido, pero nada del otro mundo. Y bueno, así terminó nuestro día de actividades radicales. Pero no me arrepiento de nada. Jajaja. Hoy, 20 de enero, todavía me duele el pie, y no consigo caminar normalmente. Ser radical tiene sus consecuencias. Nos vemos pronto.